El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

Fausta Gantús  /  Instituto Mora

Revista BiCentenario # 18

Escena inicial
El sonido de un balazo atravesó el aire. Eran las diez y media de la mañana del 20 de marzo de 1882. El cuerpo de Luis Joannini Ceva, conde de San Miguel, ministro plenipotenciario de Italia en México, yacía tendido en el piso de su estudio en medio de una gran mancha de sangre que fluía desde el orificio abierto en la sien derecha provocado por una bala que acababa de dispararse con la pistola que un poco antes compró en una armería de la ciudad.

Suicidio

Édoudard Manet, “El suicidio” (1877)

Arribo, presentación y éxito social
El baile de máscaras había sido un éxito rotundo. El ministro italiano y su esposa realmente se esmeraron en hacer de esa la recepción más elegante e importante del año, tanto así que el esplendor de la fiesta alumbraría aún por mucho tiempo a la sociedad mexicana y varios años más tarde seguiría siendo recordada en los anales de la prensa, como en los “Ecos dominicales”, de La Patria Ilustrada, en su edición del 15 de febrero de 1886.

Aunque lo cierto es que en su momento el baile de fantasía no había dejado satisfechos a todos por igual, y había quien, como en el caso de Juvenal, sobrenombre de Enrique Chavárri, el famoso escritor de El Monitor Republicano, opinaba en su sección del 22 de agosto de 1880 que el evento no satisfizo las expectativas que había generado. Aseguraba que no fue tan fastuoso como se esperaba, que el hecho de la proximidad de otro acontecimiento parecido ocasionó que los trajes no fueran tan notables aunque, él mismo aclaraba, sí fueron de buen gusto y “dignos de mencionarse”. Otros, en cambio, consideraron que fue una fiesta concurrida, llena de buen gusto y elegancia y dejó “gratísimos recuerdos y el deseo de que se repitiera”, como anotaban los redactores de El Siglo Diecinueve unos días antes, el 16 de agosto. Lo cierto es que esa noche, la del sábado 14 de agosto, los anfitriones se esmeraron en atender a sus invitados, entre quienes se hallaba lo más granado del mundo de la política, así como lo mejor de la sociedad capitalina.

Ignacio Mariscal

Ignacio Mariscal

Al terminar la celebración el conde debió estar muy contento. La ciudad de México era una promesa de futuros éxitos, como el de la noche que recién concluía. Es probable que entonces recordara el banquete diplomático celebrado en Palacio Nacional unos meses atrás, en enero de ese mismo año de 1880, con el cual habían sido obsequiados por las autoridades mexicanas los cónsules de Bélgica, Guatemala y él mismo en su carácter de ministro plenipotenciario del reino de Italia, y en el que conviviera con muchos de sus pares, como los de Estados Unidos, Alemania, España y Bélgica, entre varios otros. Por supuesto, ahí departió también con los secretarios de estado, Eduardo Pankhurst, de Gobernación, Ignacio Mariscal, de Relaciones, y Carlos Pacheco, de Guerra; estaban también Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte de Justicia, así como algunos gobernadores, entre ellos el del Distrito Federal, Luis Curiel. Casi todos los periódicos dieron cuenta de la recepción diplomática, durante el mes de enero, en los días posteriores al evento.

Desde su llegada a México el conde Joannini tuvo una apretada agenda que incluía la asistencia a diversos eventos sociales, entre ellos el banquete que la colonia italiana preparó en su honor los primeros días del año de 1880 o su participación en el programa organizado por la Sociedad

Allard, al que se integró en la presentación pública mostrando sus dotes artísticas al piano; con los miembros de esa misma sociedad también se ocupó de ofrecer varios conciertos en su propio domicilio. Sus aptitudes musicales pronto hicieron que fuera considerado como “un consumado diletantte”, que se le apreciara como “un músico de primer orden” y fuera tenido por un notable crítico musical; además de que se distinguía también por sus cualidades como conversador. Al parecer Joannini era bien apreciado entre sus colegas del mundo de la política tanto como por varios periodistas, como Filomeno Mata, el famoso director de El Diario del Hogar, quienes le tenían cordiales deferencias.

El desenlace: un suicidio

“Adiós María, adiós hijos míos, perdonadme y olvidadme” fueron las últimas palabras que el destituido ministro escribió en su nota suicida para despedirse de su familia. Tras conocerse la funesta noticia, estuvieron al lado de la condesa las señoras de Mariscal, cónyuge del ministro de Relaciones, y de Morgan, esposa esta última del embajador de Estados Unidos, Philip H. Morgan, prestándole consuelo y apoyo. “El cortejo fúnebre fue imponente”, relataba un diario, en tanto otro señalaba la generosidad de las autoridades mexicanas que habían asumido los gatos de la inhumación. Asistieron al velorio importantes funcionarios del gobierno mexicano, como Ignacio Mariscal, de las delegaciones extranjeras y un nutrido contingente de miembros de la colonia italiana quienes se volcaron a ofrecerle el último adiós al infortunado conde.

J. G. Posada, "Corrido de la muerte de Manuel González", detalle (1893)

J. G. Posada, “Corrido de la muerte de Manuel González”, detalle (1893)

Por aquellos días en los que la atención estaba puesta en el suicidio de Joannini algunos periódicos registraron en una pequeña nota de gacetilla, de apenas tres líneas, el suicidio de un gendarme que se dio muerte en el callejón de Camarones ignorándose los detalles del caso, como lo hizo El Nacional el 21 marzo. A diferencia de la muerte del conde, la del gendarme no causó conmoción ni ocupó las primeras páginas de diario alguno. Evidentemente ocurría así porque el tema del suicidio no era una novedad y el gendarme un simple desconocido.

El suicidio era un asunto que preocupaba desde hacía mucho y las noticias locales y muchas internacionales daban cuenta de ello. Por ejemplo, entre marzo de 1879 y marzo de 1882 un solo periódico de la capital informó de al menos 18 casos, uno de un comerciante extranjero. Constantemente la prensa consignaba noticias sobre muertos encontrados en la capital y en otros estados de la República, ultimados a tiro de pistola, por consumo de venenos (como la estricnina), a puñaladas, arrojándose a las acequias, tirándose al vacío desde la ventana de un hotel o desde alguna de las torres de la catedral, echándose a las vías del tren; algunos se consumaban con éxito, otros resultaban fallidos; quienes lo acometían eran los mismo de origen nacional que extranjeros que residían en el país o estaban de paso por alguna circunstancia.

Respecto al nivel socio-económico, según notas de los diarios provenían de los estratos más diversos, desde gente de los sectores populares (como sirvientes, obreros o soldados) hasta miembros de familias distinguidas o importantes integrantes del mundo de la política. Las motivaciones para quitarse la vida eran muchas, se suicidaban por culpa de la pobreza, de la deshonra, de la miseria, de los celos, del abandono, de los amores no correspondidos, por malversación de fondos, por enajenación mental y hasta por causa de la leva. Si los suicidas acometen el acto fatal por un egoísmo extremo o por una cobardía insuperable, resulta difícil, casi imposible de determinar. Pero sus deudos han de cargar con el pesar de la incertidumbre por el resto de sus vidas, eso es un hecho sobre el que se tiene mayor certeza.

El tema de los suicidios era una preocupación que había empezado a cobrar relevancia un par de décadas atrás, en la década de 1860. Muchos intelectuales, científicos y políticos se ocupaban del asunto en diversos escritos en los que se trataba de explicar, entender y detener la proliferación de esa práctica, asociada con el ámbito citadino y considerada por algunos una consecuencia negativa de la modernidad. La ley no estuvo ajena a las disertaciones, emisión de disposiciones, e intento de regularlo, aunque el suicidio había perdido su carácter delictivo en el Código Penal del Distrito Federal de 1871 y en términos legales sólo era considerado ya como una ofensa para el propio suicida.

También los periódicos se sumaron al esfuerzo de exponer las razones que podían provocar los actos suicidas y llamaban reiteradamente a la necesidad de ponerles freno mediante diversas estrategias, incluida la propuesta de suprimir publicidad a tales actos dejando para ello de consignarlos en sus páginas, lo que, sin embargo, no sucedió. El Tiempo, un periódico independiente en su posición política pero francamente católico en lo religioso, apuntaba en julio de 1877 que “el suicidio es una muerte furtiva y vergonzosa, es un robo que se hace al género humano”. Por su parte, en el contexto del suicidio de Joannini, los redactores de El Diario del Hogar, reconocidos liberales, anotaban el 26 de marzo: “El misterio pavoroso del suicidio preocupa hondamente y sea que se compadezca o se acrimine al suicida, el corazón se conmueve siempre al dar su fallo […] el suicida es digno de lástima porque para nosotros obra siempre en virtud de un arrebato de demencia”. Estas notas ilustran de manera notable dos de las posiciones más importantes que imperaban en la época, pues si bien ambas consideraban al suicidio un acto terrible, unos optaban por el franco repudio y la condena por cuestiones morales en tanto los otros, más en la sintonía del discurso científico, intentaban comprender las motivaciones que conducían a un hombre a optar por esa acción radical.

Rumores

Las malas lenguas murmuraban que ante la deshonra que amenazaba con hacer presa de su casa y su apellido, Joannini no tuvo más opción que la de poner fin a sus días. Las voces maledicentes decían por lo bajo que el juego había sido su perdición. Personas menos malevolentes solo apuntaban que su suicidio se debía al “desastre financiero privado”. Algunas que lo apreciaban poco se encargaron de hacer saber que la verdadera razón era que había sido destituido de su cargo por el gobierno italiano y sintiéndose afrentado por tal decisión había apretado el gatillo. Pocos, los más benevolentes, dirían que se había matado presa de la más profunda tristeza porque no fue capaz de superar la muerte del más pequeño de sus hijos, ocurrida meses atrás. Otros más intentaron negar el suceso y para ello lanzaron la hipótesis de que lo ocurrido había sido en realidad un triste y trágico accidente sucedido mientras el conde examinaba su arma.

Por su parte, en un primer momento, el gobierno y parte de la prensa italiana se darían a la tarea de desmentir tales versiones y fortalecer la idea de que la desgracia fue consecuencia de su falta de planeación económica. Sin embargo, un par de meses más adelante, en Roma circularía un extenso artículo, mismo que sería traducido y reproducido en México en junio por El Siglo Diecinueve, en el que se señalaba que “El conde Joannini no era rico, pero sus costumbres fueron siempre algo dispendiosas. Aquellas costumbres al fin y al cabo lo condujeron a la catástrofe deplorabilísima [sic] que se efectuó en México”. En esas páginas también se reconocía que el gobierno italiano puso en receso al conde sin haberlo prevenido y se admitía que “el gobierno habría debido llamarlo primeramente, y después tomar las providencias que hubiese creído más conformes con sus propios intereses, sin demasiado perjuicio para Joannini”. Según este relato, al ministro se le anunció sorpresivamente la decisión del rey de retirarlo de su encargo “con una pensión proporcional a su sueldo de 5,500 libras”. Sin embargo, ningún periódico explicaba por qué el conde había sido de pronto notificado de su destitución, cuáles eran los verdaderos motivos que llevaron al gobierno italiano a tomar la decisión y a proceder de manera poco ortodoxa, nadie se preguntó ni aclaró si había alguna razón de orden político que hubiera afectado las relaciones entre ambos países o si el ministro había cometido algún error táctico en el desempeño de sus funciones. ¿Por qué había sido destituido Joannini, un hombre de tan sólo 47 años de edad de los cuales 26 los había dedicado a servir a su país en la carrera diplomática?

La versión de la destitución se reprodujo en varios periódicos y era evidente que para el conde esa noticia implicaba una humillación y la deshonra. Algunos afirmaban que tras abrir la carta con los sellos del ministerio de Negocios Extranjeros del gobierno de Italia y enterarse de que había sido retirado del cargo y un nuevo ministro había sido designado para sustituirle fue presa de la desesperación y no pudiendo lidiar con tal estigma adquirió un arma, escribió un par de líneas para su esposa y sus hijos y se pegó un tiro.

¿Y el asunto del juego?

Pocos, casi ninguno de los periódicos mencionaron o aludieron al escabroso tema del juego y el papel central que pudo haber tenido en la muerte de Joannini. Sólo El Correo del Lunes, un impreso cuyo director, Adolfo Carrillo, no era muy bien visto por cierto sector de la propia prensa, pues se asumía que tenía vínculos con el gobernador del Distrito, por entonces Ramón Fernández, a cuyos intereses servía desde las páginas de su publicación, dio cuenta de una carta firmada sólo con las iniciales F.P.T., en la que se denunciaban las posibles “causas que motivaron el lamentable suicidio del Ministro de Italia en México”.

Paul Cezanne, "Jugadores de Cartas" (1893)

Paul Cezanne, “Jugadores de Cartas” (1893)

En efecto, el 27 de marzo de 1882, El Correo del Lunes reprodujo la historia que narraba una persona que declaraba haber trabajado como tallador en una casa de juego, cuyos datos precisos omitía, y de donde había sido despedido apenas unos días atrás sin que conociera los motivos, aunque, sospechaba que el mismo estaba relacionado con la trágica muerte de ministro italiano.

El anónimo autor refería como el embajador era un asiduo visitante de ese lugar, al que acudía varias veces por semana, ganando unas veces y perdiendo otras; daba cuenta de que Joannini había dejado de asistir por espacio de un mes pero que en los días próximos al trágico suceso había regresado y la noche del viernes anterior a su suicidio “jugó desde las siete hasta las doce de la noche, perdiendo, según yo observé, tres mil pesos”. Pidió un crédito de mil pesos a la casa, que después de concedido también perdió con “lama baraja”, lo que significaba que había sido víctima de las “fullerías y pilladas”, de las trampas con la que en esos sitios se esquilmaba a los clientes. Asimismo, apuntaba que el ministro se retiró del lugar comprometiéndose a pagar su deuda el domingo siguiente. Para recoger los mil pesos, los dueños del lugar comisionaron al denunciante, quien pasó al domicilio del conde, puntualmente. Habiéndose presentado, narraba que el diplomático lo recibió “muy agitado y estru[jando] en aquellos momentos una carta”, pero que le entregó la suma acordada expresándole: “Diga vd. al Sr. *** que esto es lo único que me queda. Me agrada saldar mis cuentas y no quiero que en México se murmure contra mí”.

Cierta o falsa la versión que el periódico reproducía, tocaba un tema por demás álgido y conflictivo en la historia del gobierno del Distrito Federal: el relativo a la existencia de casas de juego que funcionaban en la clandestinidad bajo el amparo solapado de las autoridades. Los reclamos, las críticas, las exigencias de buena parte de la prensa a quienes detentaban los mandos en el municipio de México, en el gobierno del Distrito Federal, en el ministerio de Justicia y, en ocasiones, al mismo presidente para que pusieran freno a su existencia fueron una constante que venía de varios años atrás, continuaron en la administración de Manuel González y siguieron durante buena parte del periodo porfiriano sin obtener resultados favorables. Las denuncias sobre lo pernicioso que resultaban esos centros de vicio para la sociedad capitalina, los casos expuestos por los impresos en los que se daba cuenta de cómo el juego arruinaba a las personas y destruía a las familias llenaron incontables páginas. Sin embargo, al parecer, en opinión de los representantes de la prensa, poco se hizo desde las altas esferas del poder para ponerle freno, al contrario épocas hubo en las que proliferaron descaradamente pues del contubernio entre los propietarios y las autoridades sacaban provecho y se enriquecían unos y otros.

Epílogo

La política, el juego y el suicidio se entretejen en la historia del breve paso y trágica muerte del ministro plenipotenciario de Italia en México, que inició en diciembre de 1879 cuando presentó sus credenciales al presidente de la República y concluyó el 20 de marzo de 1882 cuando con una detonación de pistola puso fin a su existencia. Las leyes y disposiciones oficiales que a lo largo de todo el siglo XIX reiteradamente prohibían la existencia de casas de juegos de azar no fueron suficientes para evitar la presencia de varias que operaban en la clandestinidad. El supuesto contubernio de las autoridades políticas con los propietarios de esos centros fue una denuncia reiterada por la prensa aunque no comprobada. Lo que es cierto, al parecer, es que esos negocios operaron de manera habitual sin que nadie los clausurara.

Alexandre Benois, "En la casa de juego" (1910)

Alexandre Benois, “En la casa de juego” (1910)

El caso Joannini pone de manifiesto las consecuencias más dramáticas a las que el vicio del juego podía arrastrar a sus víctimas y muestra también que pobres y ricos, artesanos y ministros, plebeyos y aristócratas podían, por igual, caer en la trampa que constituían las apuestas y recurrir al suicidio como vía de escape. Si Joannini corrompió su desempeño oficial por causa de su inclinación al juego no es algo de lo que se tenga noticia pero alguna sospecha despierta el hecho de que El Foro diera cuenta, tan sólo un mes después del triste suceso, de que había llegado a la aduana un paquete solicitado por el ministro de Italia, que por su contenido importaba el pago de más de seis mil pesos de aranceles, siendo que una vez instalado un embajador la ley sólo le permitía importar un máximo de tres mil pesos. En atención a la viuda, el presidente Manuel González, aprobando la opinión de Ignacio Mariscal y de Jesús Fuentes Muñiz, concedió que le fuera entregado el mismo sin cobrársele los impuestos correspondientes. Sin embargo, la señora Joannini, agradecida, rechazó la dispensa alegando que “los efectos no habían sido pedidos por su esposo” y que no podía aceptar las mercancías para no “comprometer” la memoria de su difunto marido y devolvió los bultos sin abrirlos.

¿Qué contenían esos paquetes? Imposible saberlo. ¿Los había solicitado el ministro a pesar de negarlo su viuda? Todo parece indicar que sólo él pudo hacerlo. ¿Para qué fin? Si bien no podemos afirmarlo con certeza porque no contamos con fuentes para ello, si podemos suponer que el conde, orillado por su crítica situación económica provocada por las pérdidas en el juego, probablemente se había enredado en acciones fraudulentas aprovechándose de su cargo diplomático y que, descubierto por las autoridades italianas, procedieron a retirarle su autoridad antes de que sus acciones empañaran la reputación del gobierno que representaba.

Finalmente, si bien el suyo no es el único caso de figuras sobresalientes del espacio público que optaron por matarse, pues ahí está antes el conocido caso del poeta romántico Manuel Acuña, sin embargo la muerte de Joannini constituye una interesante pista para tratar de entender los razones que podían conducir a un individuo a optar por el suicidio, así como observar las variadas posiciones desatadas en su entorno como reacción a tal acto, mismas que iban desde el rechazo y el repudio hasta las actitudes comprensivas y solidarias. Ante la amenaza de la deshonra y el deshonor, imposibilitado para reparar sus equívocos, atrapado en los valores culturales y sociales de la época, el conde sólo tuvo un camino para resarcir sus errores, evadir la afrenta pública, salvar el nombre de su familia y escapar al castigo de la justicia y de las leyes, aunque no al rumor y la maledicencia: el suicidio.

PARA SABER MÁS:

  • Alberto del Castillo, “Notas sobre la moral dominante a finales del siglo XIX en la ciudad de México. Las mujeres suicidas como protagonistas de la nota roja”, en Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La Ciudad de México en el cambio del siglo(XIX-XX), México, UNAM, 2001, pp. 319-338.
  • Miguel Ángel Isais Contreras, “Suicidio y opinión pública en la Guadalajara de fines del siglo XIX: representaciones y censuras”, en Jorge Alberto Trujillo, Federico de la Torre, Agustín Hernández y María Estela Guevara (eds.), Anuario 2005, México, Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de los Altos-Seminario de estudios regionales, 2007, pp. 107-133.
  • Vicente Morales, Gerardo, Historia de un jugador(1874), en http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=368:gerardo-historia-de-un-jugador-1874&catid=93:la-matraca
  • Semo, Ilán, (coord.), La Rueda del Azar. Juego y jugadoresen la historia de México, México, 2000.