La formación del adolescente mexicano

La formación del adolescente mexicano

Ivonne Meza Huacuja
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Con objetivos diferentes, durante el porfiriato y el proceso posrevolucionario los jóvenes pasaron a ocupar un lugar preponderante de caras al futuro de un país que apostaba por insertarse en el mundo. Las pedagogías estadounidense y francesa fueron el punto de encuentro que propició su despegue.

Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.
Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Aunque el término adolescencia puede encontrarse desde la antigüedad, no gozó de gran difusión sino hasta mediados del siglo xix, cuando fue redefinida a partir de los “descubrimientos” realizados por médicos, psicólogos y pedagogos estadunidenses. A grandes rasgos, el nuevo concepto resaltaba, como propios de los individuos de entre 11, 12 hasta 18 o incluso hasta 25 años (el rango de la edad cronológica variaba entre los autores), algunas características consideradas peligrosas para el orden social. Además de las transformaciones fisiológicas de la edad, la adolescencia fue descrita como un periodo de alteraciones, donde la rebeldía, el instituto gregario, el impulso sexual, así como la propensión al vicio justificaban su subordinación a la autoridad adulta y a instituciones especializadas en su tratamiento. A pesar de que esta nueva definición fue producto de la ideología protestante, de las transformaciones sociales y de la expansión de las ciudades en los Estados Unidos, fue recogida por autoridades y especialistas en otros países, y adaptadas a las expectativas, necesidades políticas y sociales de sus nuevos contextos.

Prototipos

Los esfuerzos por la reconfiguración de México como una nación moderna durante el porfiriato y los gobiernos de la posrevolución tuvieron efectos decisivos en la adopción y configuración de las nociones de adolescencia y de los prototipos de adolescentes en el país. Varios actores nacionales e internacionales intervinieron, con distintos significados sobre la adolescencia y los adolescentes, en profunda concordancia con nociones de ciudadanía propias de sus respectivas comunidades. Ministros católicos, normalistas, educadores, psicólogos, médicos y jóvenes estudiantes respondieron a los ideales de sus grupos de afiliación y sus proyectos religiosos, sociales y políticos a futuro. Posteriormente, juristas, partidos políticos, empresarios y medios de comunicación configuraron nuevos significados que coadyuvaron a la constitución de una vasta gama de significados sobre los adolescentes en nuestro país.

Aunque el término moderno y científico de adolescencia fue introducido en México por diversas vías, el papel de los misioneros protestantes resultó fundamental para su adopción y aplicación en el ámbito educativo a finales del siglo XIX y principios del XX. Además de pretender la adhesión de nuevos feligreses (y constituirse como fuerza que pudiera contener al catolicismo), a través de las misiones se buscó la regeneración de la sociedad mexicana por medio de la educación y la introducción de valores democráticos. Los adolescentes, constituyeron un sector que capturó la atención de estas congregaciones. Uno de los ejes fundamentales de su doctrina era el de la consciencia individual (individuos autónomos capaces por si mismos de decidir e intervenir en su propio destino) el cual concordaba (o incluso había inspirado) con algunos postulados de la psicología experimental con respecto a la adolescencia considerada como un periodo de autoexploración y formación de una identidad propia.

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Alumnas del colegio Franco-mexicano, ca. 1929. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Para alcanzar su cometido las agrupaciones protestantes se empaparon con las investigaciones psicológicas, pedagógicas y médicas sobre los adolescentes y crearon instituciones especializadas en su formación física e intelectual como la YMCA, que ganó popularidad en México incluso entre jóvenes de familias católicas. De igual forma, destacados pedagogos como Andrés Osuna, Moisés Sáenz, José U. Escobar practicaron el protestantismo y fueron educados en escuelas normalistas de México y Estados Unidos. El gobierno de Porfirio Díaz recibió aquellas con beneplácito, pues constituían un símbolo de modernidad y cosmopolitismo para el país que proyectaba.

No resulta una coincidencia que, en la capital del país, la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), formadora de los futuros dirigentes del país, constituyera una de las primeras instituciones de educación formal que adoptara los conocimientos científicos sobre la adolescencia para transformar los programas de estudio. Desde su fundación en 1868, su orientación privilegiaba la enseñanza de las ciencias sobre las disciplinas humanísticas y desterraba los temas religiosos.

Posrevolución

Durante las siguientes décadas, como parte de la reorganización gubernamental posrevolucionaria, resurgió un creciente y paulatino interés por los adolescentes y la adolescencia
que incitó una serie de querellas por parte de distintos grupos antagónicos por el control de la formación de los futuros ciudadanos, observados como actores, líderes y defensores de los distintos proyectos de nación. La jurisdicción sobre la ENP, de los contenidos y la (in)disciplina de sus alumnos fue objeto de disputa entre las autoridades de la Secretaría de Instrucción Pública y luego, en 1921, de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con los directivos y alumnos de la Universidad Nacional, discrepantes de la intromisión gubernamental en decisiones consideradas de dominio propio. Los gobiernos posrevolucionarios consideraron a la ENP como reducto de la élite porfirista, la falta de apoyo de la mayoría de sus alumnos a la lucha revolucionaria e incluso su oposición a algunos proyectos culturales posrevolucionarios, como la destrucción de algunos murales en 1923 en el edificio de la preparatoria, contribuyeron a los fallidos intentos gubernamentales por su sujeción. Fue en 1926 cuando la ENP fue dividida en dos instituciones, los primeros tres años pertenecieron a la recién fundada escuela secundaria administrada por la SEP, mientras que los últimos dos permanecieron en manos de la Universidad.

Autoridades de la SEP, como el subdirector Moisés Sáenz, justificaron la creación de las secundarias argumentando la necesidad de establecer una escuela que respondiera a las capacidades intelectuales de los adolescentes. Basándose en pedagogos estadounidenses y franceses, así como en las junior high school del vecino país del norte, maestros y psicólogos mexicanos advertían preocupados el cambio abrupto entre los contenidos de la denominada escuela primaria superior y de la ENP y la alta exigencia de esta última, situación que representaba un estrés excesivo en los adolescentes que podría tener consecuencias en su correcto desarrollo físico y en la estabilidad emocional durante su adultez. Finalmente, se argumentó la falta de control de los maestros sobre los adolescentes de la ENP, así como los constantes abusos de los alumnos de mayor edad hacia los pequeños para justificar la mencionada separación.

Paradójicamente, la escuela secundaria también fue denominada la “escuela de la revolución”, ya que, a ella, a diferencia de la ENP, aducían sus directivos, podían llegar adolescentes de todos los sectores sociales y, con ello, demostrar el compromiso democrático de los nuevos gobiernos posrevolucionarios.

Ahora bien, en la práctica, durante su primera década de existencia, la mayoría de los alumnos inscritos en las secundarias públicas en el Distrito Federal, así como los planteles de Nogales, Cananea, Ciudad Juárez, Piedras Negras, Matamoros, La Paz y Chilapa provinieron de los sectores medios y altos de la sociedad mexicana. La posición económica de sus familias les permitía extender su etapa como estudiantes, no así los jovencitos de sectores populares quienes, si acaso, lograban continuar sus estudios, eran inscritos en las escuelas de artes y oficios o en instituciones de educación técnica para poder contribuir a la sobrevivencia de sus familias con un salario extra.

En suma, la escuela secundaria surgió como aparato ideológico del Estado, pues sus alumnos participaron en festivales en donde se celebraba la mexicanidad por medio de concursos del himno nacional, bailables con música tradicional de las distintas regiones de México, certámenes y desfiles deportivos, tablas gimnásticas y conmemoraciones de algún acontecimiento histórico del nuevo régimen como la Revolución mexicana e incluso con el establecimiento de los “boy scouts” mexicanos quienes en 1913 llevaron el nombre de Tribus de Exploradores Mexicanos.

Los adolescentes se convirtieron en emisarios de la nueva cultura revolucionaria, pues los eventos donde participaron fueron difundidos por autoridades de la SEP a través de la prensa y la radio, y celebrados en teatros, estadios y avenidas principales que, de acuerdo con algunos informes de le época, registraban saturación por parte de sus espectadores. Además de promover el sentimiento de apego y orgullo por la tradición indígena y mestiza del país, muchos de estos eventos y actividades extraescolares incluyeron algún tipo de actividad deportiva que contribuía a difundir la importancia salud, del cultivo de la belleza física y del trabajo en equipo, elementos fundamentales para la conformación de una ciudadanía trabajadora, fuerte y sana. Es decir, la escuela secundaria fue un espacio donde se buscó moldear la conciencia de las generaciones próximas a llegar a la vida adulta, amén de promover un sentimiento de orgullo y unidad nacional en un país abrumado por la diferencia de credos y las constantes luchas por alcanzar la silla presidencial.

No todos los sectores vieron con beneplácito la intrusión del Estado en labores que pensaban debían ser competencia de los padres de familia. Algunos sectores católicos se opusieron ferozmente al control estatal argumentando la fuerte influencia protestante extranjerizante. No obstante, aunque en pocas ocasiones utilizaron los términos adolescencia y adolescentes, reprodujeron los formatos de las instituciones de formación extracurricular protestantes y estatales para dicho grupo y fundaron clubes, círculos de catequesis juvenil e incluso asociaciones escultistas. Al igual que los sectores protestantes y estatales, el cultivo intelectual y físico fue importante, pero a diferencia de éstos la formación religiosa constituyó su prioridad. De hecho, la proclama “Por Dios y por la Patria” nos recuerda el orden en la escala de respeto y lealtad dentro asociaciones juveniles como la Liga de Estudiantes Católicos luego Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM).

Paternalismos

Los bríos reformistas y democratizadores durante la administración de Lázaro Cárdenas extendieron la utilización del término adolescentes y sus respectivos cuidados a los jóvenes de los sectores populares. Además de comenzar a aparecer algunas publicaciones sobre la adolescencia rural, proliferó en periódicos y revistas, que se trataba de un periodo de peligro. De acuerdo con algunos especialistas de la época, la plasticidad de la personalidad, característica de la adolescencia, posibilitaba la corrección de su mal comportamiento y de supuestas “desviaciones” sexuales. De hecho, en algunas ocasiones además del medio social, se responsabilizaba a los padres de familia de la mala conducta de sus hijos, pues si bien se reconocía científicamente la tendencia transgresora de los adolescentes, los progenitores, en su papel como adultos, eran vistos como responsables de su orientación.

El dominio del mundo adulto sobre los menores se conjugó con la consolidación del Estado paternalista mexicano, pues este último, a través de los Tribunales para Menores, establecidos en 1929 en el Distrito Federal, se encargaron de su procesamiento, su tratamiento y del seguimiento de su reinserción en la sociedad. Adultos especializados como médicos, psicólogos, maestros y trabajadores sociales eran los responsables de dictar sentencia y orientar a los menores infractores. No obstante, no fue sino hasta 1936, cuando aparecieron publicaciones especializadas con referencias directas a la condición adolescente de algunos acusados. De acuerdo con algunos expertos, el discernimiento de los adolescentes, a diferencia de los niños, se encontraba presente, pero de forma parcial con respecto al de los adultos. Por lo tanto, era importante su evaluación individual por parte de especialistas, quienes deberían llegar a una sentencia adecuada dependiendo de la personalidad e intencionalidad del acusado.

La configuración de la noción de adolescencia en México, si bien siguió los parámetros construidos en Estados Unidos, adoptando las preocupaciones e intereses de la sociedad en ese país, con el transcurso del tiempo fue adquiriendo las particularidades del nuevo contexto. Insertadas durante un periodo de cambio gubernamental, las nuevas teorías psicológicas y pedagógicas sobre la adolescencia fueron recogidas por pedagogos y aplicadas en espacios difusores y formadores de los futuros líderes del país, como fueron las escuelas secundarias, preparatorias, clubes y organizaciones juveniles. Estos nuevos prototipos se fundieron con los intereses propios de cada grupo social y constituyeron una ventana de aproximación a los intereses, preocupaciones y proyectos a futuro de las distintas comunidades. Todos estos ejemplos, nos llevan a la reflexión sobre el papel de los determinantes culturales en la configuración de las modernas nociones de adolescencia y a reflexionar sobre la imposición y reproducción de dichos prototipos en los adolescentes de ayer y hoy.

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