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Los niños de Pancho Villa

Guadalupe Villa Guerrero – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1

Uno de los personajes más controvertidos de la revolución Mexicana es, sin duda, Pancho Villa. En torno suyo se han escrito una buena cantidad de libros que, sin términos medios, se han nutrido con historias fantásticas que subrayan los rasgos negativos de su carácter. Otros, en cambio, exploran la actuación del líder revolucionario analizándolo de manera integral, sin embargo, la relación que tuvo con los niños ha sido una veta prácticamente inexplorada. A Villa le duelen la pobreza, el abandono, la ignorancia y el maltrato infantil porque todo esto lo conoció de cerca. Como si el tiempo se hubiese detenido, hoy, a cien años de distancia, los mismos problemas persisten invariables sin que sociedad o gobierno encuentren la fórmula definitiva que resuelva esa afección. Los llamados “niños de la calle” en el campo y en las urbes, siguen lacerando la conciencia social.

Los niños de Pancho Villa

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Los niños mexicanos de las escuelas elementales socialistas 1934-1940

Eliva Montes de Oca Nava
Sociedad Mexicana de Historia de la Educación
Revista BiCentenario #10
NiAi??o en escuela

Niño en escuela

Hoy que son tan inciertos los rumbos que sigue el sistema educativo mexicano y que además se reclama por una pérdida general de valores, resulta útil revisar los modelos que se han puesto en práctica en nuestro pasado. Y un caso poco conocido es el de la escuela socialista que se implantó en el país durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934- 1940), de sumo interés por los valores democráticos y de responsabilidad social, así como por los sentimientos nacionales que se propuso transmitir a la niñez. Enseguida intentaremos un acercamiento, a través de su programa de estudios y de varios de los libros de texto que se publicaron de acuerdo con este programa.

El modelo de enseñanza socialista a(seguido, por lo demás, en otros lugares del mundo) defendía la educación laica dentro y fuera de las aulas y criticaba a la educación liberal del siglo XIX y principios del XX por aceptar que los niños recibieran explicaciones basadas en la religión. El propósito fundamental era crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y la vida social, para lo cual era preciso excluir toda doctrina religiosa y combatir fanatismos y prejuicios no sustentados en las ciencias y la razón.

El proyecto se llevó a la práctica, pese a la oposición del clero católico y muchos padres de familia, que la calificaron, entre otros, de impía e inmoral. Pero el gobierno intervino en casi todos los niveles de la enseñanza pública y privada “salvo en la Universidad Nacional de México que se pronunció por la libertad de cátedra”, a través de inspectores que aplicaron una estrecha vigilancia.

Sin embargo, los valores que se impulsaban no eran ni impíos ni inmorales pues se pretendía alcanzar, mediante su enseñanza, el Programa de estudios y de acción de la escuela socialista, donde se planteaba que la educación impartida por el estado debía promover el sentido de servicio a los demás, despertar un espíritu de solidaridad humana, entender la cultura como un producto comunitario y social y e impulsar, a través de las ciencias y la investigación, que los alumnos adquirieran un concepto racional de su sitio en el mundo natural y en la sociedad así como conciencia de las posibilidades de cambiarlo.

Esta educación tendría que dar al trabajo honrado un valor fundamental para el sano desarrollo de los seres humanos en lo individual y de la sociedad en su conjunto. Las labores manuales gozarían del mismo reconocimiento que las intelectuales, por ser ambas útiles y productivas y de importancia igual en hombres y mujeres. Para conseguirlo, se alentaría la formación de cooperativas escolares de producción, venta y consumo.

La escuela socialista practicaría la igualdad (a través de la educación mixta), a fin de que niños y niñas fueran vistos como iguales, independientemente de sus diferencias sexuales, raciales, económicas, religiosas, etcétera; sería integral, es decir, tendería a la formación equilibrada de los alumnos en todos los elementos y facultades que componen al ser humano; “desfanatizante”, librando con esto a las escuelas y a la sociedad en su conjunto de toda forma de idolatría y superstición, que hasta entonces habían fomentado la sumisión y el conformismo en el pueblo mexicano; emancipadora, es decir, se eliminar a todo aquello que favoreciera el acatamiento y la explotación de unos hombres por otros; y vitalista, en el sentido de pedir que la práctica acompañara a la teoría y el escolar participase activamente en la obtención de conocimientos que satisficieran sus intereses y que les fueran útiles para mejorar la condición de sus familias y su comunidad, en particular a los sectores más necesitados.

NiAi??os

Niños

La reforma educativa hizo necesaria la elaboración de libros de texto que, en cuanto a todos y contenidos, respondieran al nuevo programa. Se trazó un plan editorial e integró una comisión con “escritores revolucionarios”, a quienes se les dio la tarea de escribir y dictaminar los nuevos textos, mismos que, desde luego, habrían de seguir los lineamientos trazados, sin descuidar las estipulaciones de la enseñanza moderna. Además de ser ideológica y pedagógicamente distintos, los nuevos libros tendrían que estar al alcance de todas las posibilidades económicas y, si era posible, serían gratuitos.

Una recomendación fue retirar de las escuelas los libros que se estuvieran usando en ellas, en especial los de lectura y literatura (como la serie titulada Rosas de la infancia de María Enriqueta Camarillo). Se argumentó que estos libros estaban llenos de personajes fantásticos que “domesticaban” a los lectores, inculcándoles sentimientos de resignación frente a la situación en que vivían. Representaban una sociedad ideal en la que la armonía reinaba entre las clases y los trabajadores recibían salarios justos de los patrones y se ocupaban alegremente en sus labores. Asimismo, los hijos de los hacendados eran amigos de los hijos de los campesinos y los hijos de los obreros de los hijos de los empresarios. La religión tenía un peso definitivo; de acuerdo con ella, los ricos se mostraban caritativos con los pobres, obsequiándoles sus sobrantes.

Libro de lectura de primer grado

Libro de lectura de primer grado

Para sustituir estos textos, el maestro Rafael Ramírez escribió la serie llamada Plan Sexenal Infantil. Aquí nos referiremos al Libro de Lectura para el Ciclo Intermedio de las Escuelas Rurales, que ilustra con claridad acerca de la formación de los niños en las escuelas socialistas. En este libro, destinado al tercero y cuarto año de primaria, el autor se propuso impulsar a la acción a sus pequeños lectores, sumarlos a las inquietudes de los mayores e incorporar la escuela a la comunidad, de forma que dejara de verse como una institución separada del resto social.

La trama del libro se desarrolla en un pequeño pueblo campesino llamado “El porvenir”, que evidentemente representaba la sociedad que, a juicio de los educadores socialistas, se tenía que construir. El trabajo en la escuela era siempre en grupo, el maestro instruía a los niños, pero también se encargaba de alfabetizar y dirigir a los padres en sus demandas sociales, entre ellas la tierra y el ejido. Se discutían y solucionaban los problemas en asambleas de distinto tipo “por toda la población, o los padres, o los alumnos, o un grado o grupo escolar” en las que se oían y valoraban todas las opiniones. Tarea central acordada en estas reuniones para los niños fue que lucharan contra la injusticia y la explotación humana. Para el profesor Ramírez, se trataba de escuelas efectivas de organización social futura.

La escuela socialista mexicana

La escuela socialista mexicana

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Ser niño o niña

Laura Suárez de la Torre – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 5.

En el siglo XIX

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Un niño de posición acomodada recibía una educación cuidadosa y una serie de privilegios que, con el tiempo, le sumarían a los grupos rectores del país, desde un punto de vista político o económico o aun religioso. Su vida transcurría sin preocupaciones, o cuando menos eso se pretendía, para que pudiera dedicarse a forjar con denuedo una profesión de abogado, médico, maestro y, más tarde, quizá como ingeniero en los colegios establecidos para ese fin. Su infancia pasaba entre el estudio con silabarios y catecismos, libros de fábulas y máximas de buena educación. Gozaba con los juegos al aire libre y, en casa, con trompos y soldados de latón o cartulina de vivos colores, marionetas de trapo, una corneta o juguetes de madera pintada: un caballito risueño, luchadores enfrentados, un torero, el juego de la oca y la lotería. Se le enseñaba la religión con el catecismo del Padre Ripalda; en ella iban las prácticas devotas, pero además la celebración de fiestas, acompañadas por juguetes como los alfeñiques y los judas, las matracas y las calaveras.

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En el siglo XX

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Niños y niñas tuvieron la posibilidad de mejorar su condición de vida, que intentó abrirles la Revolución mexicana. La educación no se enfocaría a formar buenos cristianos, sino a instaurar una educación científica y difundir los principios cívicos y nacionalistas de un Estado liberal que desde el XIX se perseguían sin gran éxito. Los niños privilegiados no fueron los únicos que pudieron aspirar a ser médicos y abogados y las niñas dejaron de tener como única opción la de ser esposas y madres o monjas.

Niños y niñas pudieron, poco a poco, asistir a escuelas primarias en todo el país y aspirar a un progreso, aunque no todos, pues las diferencias continuaron entre los niños y las niñas de los distintos sectores sociales y entre los del campo y la ciudad. Las acostumbradas y populares rondas o las canciones de Cri-Crí y los entretenimientos tradicionales que se practicaban en el hogar o al aire libre fueron desapareciendo. Por dar un ejemplo, los niños y las niñas de las ciudades salieron a las calles a disfrutar de los parques y jardines en nuevas urbanizaciones; anduvieron en bicicletas, triciclos y patines; jugaron fútbol y béisbol. Asistieron a los cines y se pasaron muchas horas ante las televisiones, las computadoras y los videojuegos. Todos (unos más, otros menos) recibieron los beneficios de los avances médicos, que les permitieron traspasar los primeros años de vida, lo cual en siglos anteriores, no era común. Por último, el autoritarismo que se ejercía sobre ellos se fue perdiendo y se proclamaron abiertamente sus derechos, derechos que, lamentablemente, no se han conquistado a plenitud.

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