Policías y científicos. Un intento fallido en la década de 1920

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Alejandro Ponce Hernández. Instituto Mora

Abogar por cuerpos policiales profesionalizados no es algo nuevo. Hace un siglo se implementó un programa para que la gendarmería urbana de la ciudad de México diese un vuelco en las capacidades de sus efectivos, por entonces analfabetas y provenientes de la criminalidad, a personas con gran moralidad y capacidades intelectuales óptimas para enfrentar los desafíos de la seguridad.

Formación de policías en el patio del “Cuartel de Peredo” ca. 1924, inv. 3028. SECRETARÍA DE CULTURA.-INAH.-FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

La Asociación Internacional de Policía de Ciencias dio a conocer en 2016 los resultados del primer Índice Mundial de Policía y Seguridad Interna (wispi, por sus siglas en inglés), el cual evaluó a los cuerpos policiales de 127 países según los siguientes criterios: capacidad (número de agentes, número de fuerzas armadas, seguridad privada y funcionalidad de las prisiones), proceso (corrupción, efectividad, soborno, reportes/actas), legitimidad (debido proceso, confianza en la policía, uso para intereses privados y terror político) y resultados (homicidios, crímenes violentos, terrorismo y percepción ciudadana de seguridad pública). En este ejercicio, la policía mexicana ocupó el puesto 118, convirtiéndose así en la segunda peor policía del continente americano, sólo por encima de la venezolana, la cual obtuvo el lugar 119.

El tema de la mala actuación del sistema policiaco en México (en niveles municipal, estatal y federal) se renueva constantemente con base en la aparición de casos mediáticos en los que la policía federal actúa de forma imprudente, violenta e ilegal. Ante los múltiples cuestionamientos críticos en su contra, las autoridades correspondientes suelen responder con planes que proyectan la moralización y la profesionalización de los cuerpos de vigilancia del país. Esta estrategia, más discursiva que práctica, lleva repitiéndose más de 100 años. Hasta ahora sus resultados no han sido los esperados. En la siguiente narración, de la mano de algunos testimonios de los años veinte del siglo pasado, se desarrolla la historia del primer intento y fracaso en el desarrollo de una policía profesional y científica en México.

En junio de 1923, gracias a las gestiones de Gonzalo García Travesi y de Celestino Gasca, se fundó en la ciudad de México la Escuela Técnica de Policía. El objetivo de la nueva institución era la generación de profesionales en el ámbito de la seguridad pública. Con ello se buscaba sustituir el descuidado reclutamiento que la Inspección General de Policía llevaba a cabo para formar los cuadros de la gendarmería urbana. Si hasta ese momento esta había estado compuesta por hombres analfabetas y criminales, desde entonces, se proyectaba, sólo podrían unirse a sus filas personas con gran moralidad y con las capacidades intelectuales óptimas para enfrentar los desafíos que se les presentasen en sus labores cotidianas.

Para Iván Menéndez Mena, director de la escuela, el nacimiento de la policía científica fue posible gracias al surgimiento del sistema de medición antropométrico de Alphonse Bertillon en 1885, del desarrollo de la dactiloscopia que llevó a cabo Juan Vucetich a finales del siglo xix y de la aparición de los primeros museos de policía en 1901 (lugares de investigación sobre la criminalidad, los criminales y los métodos científicos de investigación). El punto en común de las tres técnicas referidas era que, dejando atrás las teorías especulativas tan características de la criminología decimonónica, se concentraban en la elaboración de estudios prácticos que daban resultados positivos en la lucha contra la criminalidad. He aquí el punto clave en la concepción que tenía Menéndez Mena de la policía técnica. El policía profesional debía limitarse a actuar metódicamente, no a teorizar. La idea de la creación de la escuela era, en un principio, establecer métodos científicos de investigación y, a partir de ellos, uniformar los procedimientos policiales. Por ello, debían acudir a sus instalaciones todos los elementos en activo de la policía para recibir instrucción. Esta pretensión no tuvo el éxito esperado, por lo cual, a mediados de 1924, se crearon 100 plazas para aspirantes a gendarmes técnicos. Con la condición de concurrir periódicamente a la escuela, cada uno de esos aspirantes recibía una asignación diaria de 1.50 pesos. Esta medida contribuyó a la existencia de dos tipos de gendarmes en la ciudad; unos de índole tradicional y otros de índole técnico.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.