Archivo de la etiqueta: Sepia

Maltino

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

Bain News Service, Dr. [Aureliano] Urrutia, ca. 1915. Library of Congress, EUA.

Bain News Service, Dr. [Aureliano] Urrutia, ca. 1915. Library of Congress, EUA.

En su mirada taciturna y una parada inquieta –como si acabara de pasar por el puesto de periódicos y se dispusiera a ir al café con los amigos, pero que se encontró con el fotógrafo de la ciudad y lo puso a posar–, este hombre bien podría pasar por comerciante, hacendado o director de escuela. Estoy de paso, apúrese amigo –parece decir–, que el sol quema y no traigo este sombrero de adorno. Se lo ve relativamente joven, apenas pasados los cuarenta años. No se trata de un vecino anónimo de la colonia Roma, de la ciudad de México, si a la arquitectura de la casa a sus espaldas nos remitimos; ni tampoco de San Antonio, Texas, donde fue tomada la imagen. Aureliano Urrutia Sandoval tenía poco tiempo en esta última ciudad, un lugar al que al parecer llegó por casualidad. Había querido huir a Alemania, pero sus amigos del gobierno estadunidense lo convencieron de irse a tierras más cercanas. Detrás de esa imagen algo melancólica, había un médico cirujano que pronto se hizo célebre en Texas, desde que llegara en 1914, aunque también muy conocido en México en esos tiempos. Tuvo el mal tino de creer en alguien –aunque no se le conoce autocrítica por eso– y de regalarle su prestigio en la medicina con un cargo público que terminó por granjearle más odios que apoyos; abundantes polémicas y enemistades y, al final, catapultarlo al exilio. Para 1913, siendo amigo del general Victoriano Huerta, a quien salvó la vida en dos ocasiones, el doctor Urrutia terminó sirviéndole tan sólo tres meses de su gobierno funesto. Un tiempo corto, aunque suficiente para modificar radicalmente las percepciones que se granjeó en más de dos décadas brillantes en la atención de pacientes y como director de la Facultad de Medicina. Ubicado en el lugar más inconveniente de la historia, vistos los resultados de confiar en un proyecto en el que se cometieron decenas de crímenes de Estado, Urrutia no podría despegarse nunca más de la imagen de responsable de los asesinatos que le acusaron sus adversarios políticos mientras estuvo a cargo de la Secretaría de Gobernación en ese centenar de días. Refugiado en San Antonio ocho meses después –hasta crímenes posteriores a su renuncia le fueron endosados–, evitó pisar el país nuevamente; aún en 1944 las heridas seguían abiertas y se pedía juzgarlos penalmente. Aquellos días oscuros terminaron por marcar una vida de 104 años, insuficientes, quizá, para curar las heridas de una mala elección.

Techo de cristal

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Lupercio Escuela Comercial Miguel Lerdo de Tejada

Hay fotos que gritan, otras que nos hielan o entristecen, están las que nos aburren, las que injurian, desatan una carcajada, nos cargan de nostalgia o explotan en insultos. Hay fotos como esta que destellan por el silencio. Hasta el vuelo de una mosca se escucharía allí. Tanta concentración de las muchachas, si acaso hace sonar pausado el tecleo de sus máquinas. Unas leen distantes e inexpresivas, como la del fondo que al parecer camina parsimoniosa, la de la izquierda y sentada se empalaga con el texto sobre su escritorio, otra se detiene parada a dictar con lentitud, como diciendo con su mano apoyada sobre la adolescente que no se preocupe, poco a poco saldrá todo bien, si pone esmero y paciencia. ¡Tú puedes! Y es que tampoco esa tarea mecánica se resolvía con facilidad a la primera de cambio. Aplicar los diez dedos sobre unos teclados ruidosos requería aplicación. Nadie deseaba arruinar una hoja por una letra o un número que fuera a donde no correspondía en el texto. Los dedos se cansaban y hasta lastimaban. ¿A quién no le sucedía que por un mal cálculo la yema del medio o del anular se incrustara entre tecla y tecla y fuese a parar a los tentáculos de hierro que sostenían el teclado? Los anaqueles nos dicen que las prácticas están avanzadas o al menos el paso de alumnas por allí es nutrido. La heterogeneidad social también está presente. El recato de los vestidos por debajo de la rodilla de la mayoría, las mangas descubiertas y las que llegaban hasta el puño, y los cortes de cabello tradicionales sobre los más modernos, las distinguen entre sí. Silencio y compostura, dicen ellas, estudiantes en una de las aulas de la Escuela Comercial Miguel Lerdo de Tejada, cerca del Museo de San Ildefonso, en el centro capitalino, donde hacia los años veinte del siglo pasado se capacitaban para ser profesionistas exitosas y entrar a un mundo laboral de dominación masculina. Mujeres, que como en tantos lugares, lucharon para ganar un lugar ante la discriminación. Mucho se avanzó, pero la desigualdad persiste. Un techo de cristal, invisible, según la metáfora de los expertos, les impide aún abrirse paso en sus carreras.

Herramientas

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

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El biólogo Alfonso Herrera trabajando en su laboratorio, ca. 1926, inv. 18217. SINAFO

El mecánico con sus llaves, el carnicero con sus cuchillos, el herrero con sus pinzas, el tornero con sus martillos. Con todas las herramientas a la mano nuestro hombre de la foto podría ser tomado como tal. Los utensilios sobre la mesa, las mangueras suspendidas sobre la pared al fondo, alguna tubería bajando del techo y el artefacto junto a la ventana destinado quizá a apretar algo desconocido. Hay fotos que confunden y engañan como esta. No es el caso de las clásicas luces en el cielo que algunos inspirados se figuran invasiones extraterrestres, pero el paso del tiempo y el blanco y negro ayudan a cuestionar las apariencias y lecturas. Por suerte el señor trae bata, algo arrugada y con manchas –mecánico no, podríamos conjeturar, porque ya se la hubiera acabado por completo–, y el saco y la corbata ajustada nos hacen intuir que destazador de animales no puede ser, tampoco pulidor de piezas de metal. El detalle sin duda está entre ambas manos. En esa especie de gotero que cae sobre un recipiente. Y si a eso se suma un bigote estilo morsa, muy nietzscheano, extraño para aquellas opciones profesionales un tanto rudas, nos acerca al científico que también podríamos imaginar y que los orígenes de la foto dan por cierto. Quién podría vislumbrar que en la azotea de su casa este biólogo septuagenario, que vivía de una pensión, después de toda una vida dedicada a tratar de descubrir los orígenes de la vida, continuaba investigando, empecinado en la difusión secular de la ciencia, darwinista de pies a cabeza, aislado, casi olvidado por sus pares, incluso los que formó, impedido de estar en la universidad, aunque tuviera todos los títulos para merecerlo. Sulfobios, colpoides, protoplasma, plasmogenia, síntesis abiótica, microestructuras, formaban parte de su lenguaje cotidiano como un rompecabezas, el que finalmente tuvo que dejar incompleto. Fue parte de la vanguardia de los científicos de su época en el mundo, por eso mantenía correspondencia con el naturalista alemán Ernst Haeckel y colegas europeos tomaban como influyentes sus teorías y experiencias. Dirigió el Museo Nacional de Historia Natural donde participaría de la creación del Jardín Botánico y el zoológico capitalino. La ciencia en México lo tiene muy presente y valorado como un pionero que hizo escuela, muchas veces escaso de recursos y con una pasión infinita. Un día de 1942 falleció sobre su mesa de trabajo junto al microscopio, como el de la foto, rodeado de sus herramientas. Se llamaba Alfonso Luis Herrera.

Balneario

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

William Henry Jackson, BaAi??os de aguas termales iv, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

William Henry Jackson, Baños de aguas termales IV, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

Eso de bañarse se agradece. Sana heridas, purifica el espíritu, recupera energías, elimina tensiones y, sobre todo, no aleja amistades ni obliga a tapar los orificios de la nariz cuando el vaho que dejamos sabe a fragan­cias de El Cairo, un viejo dicho ya demodé que daba cuenta de la mala fama de las calles en la antigua capital de los faraones. Estos hombres y mujeres de la imagen se refrescan del fuerte calor de la temporada estival de Aguascalientes en una acequia de aguas termales, la as­piración mínima que podían tener los menos agraciados por el desarrollo económico en 1888, cuando fue tomada la foto. El estadounidense William Henry Jackson, un amante de la naturaleza, incluso en pinturas, lo retrató junto a otras estampas urbanas de entonces. No podían nadar allí, claro está, en esa larga y estrecha hendidura de la tierra que serpenteaba a los alrededores del bal­neario Los Arquitos, boyante en aquellos tiempos para los sectores pudientes y en la actualidad recuperado como centro cultural.

El agua del manantial que pasaba por las acequias para distribuirse entre los mil huertos urbanos, según una narración de la época, reblandecía los cuerpos de las pieles áridas por el trabajo rudo y limpiaba las ro­pas ajadas de un sector numeroso de la población para la cual la modernidad del grifo en sus viviendas estaba aún muy lejana. Mientras los más intrépidos o menos tímidos disfrutaban, afuera algunas mujeres, como se ve en las dos indígenas ataviadas de cabo a rabo, quizá espantadas por la escena de los cuerpos semidesnudos y mojados, esperaban turno para lavar sus humildes telas y usar los árboles cercanos como tendedero. Allí, los bañistas se podían tomar el tiempo que quisieran..

Nadie los iba a perseguir con cronómetro en mano, a excepción de las señoras lavanderas que quisieran apurar el regreso a casa con la tarea hecha. Cerca de allí, los más pudientes y que sólo asistían al balneario, apenas podían estar en las aguas termales 40 minutos, según precisaba un letrero de entonces. Para diferenciar claramente quienes tenían acceso a balneario y acequias, otro anuncio establecía: El agua de estos baños viene direc­tamente de su manantial por acueducto cerrado. La acequia abierta no surte estos baños. No fuera a ser que hubiese contaminación de efluvios corporales.

No era aquello una Venecia en el centro mexicano, ni tampoco una copia a menor escala de Tenochtitlán. El agua clara y ondulante corre lentamente, retrataba un texto de Enrique Fernández Ledesma que describía a la Aguascalientes de fines del siglo XIX. Una imagen bucólica para la actualidad en que las aguas termales sobreviven escasas, recluidas a tiempos vacacionales o de fines de semana entre cuartos de hoteles y masajes con aroma a incienso y barro.

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Sepia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Darío Fritz

Primera ComuniA?n (800x535)

“Primera comunión, Querétaro, 1919. Colección Laura Suárez de la Torre.

Tanta seriedad apabulla. Nadie se sale aquí del libreto. Todos bien planchados, las manos en sus lugares, los calzados lustrosos, las miradas concentradas, ni una pestaña alebrestada, ningún cabello que se aparte de su sitio. No importan edades, sexo, ni jerarquía familiar. Una obediencia ciega ante los flashazos del fotógrafo. Aquí no se mueve una hoja. Nada diría que después de terminada la sesión, esas niñas y niños convertirían el lugar en un jolgorio. Uno se atrevería a creer que el patriarca diría vamos a casa, y todos saldrían en fila detrás de él en busca de la calle. Silenciosos, disciplinados y respetuosos. De allí a la iglesia, posiblemente, para que la niña Guadalupe Suárez recibiera su primera comunión. Miradas, formas de pararnos, vestimenta, dicen mucho de nosotros para explicar lo que somos. Nada haría suponer que de las gemelas Teresa y Concepción, aupadas por su madre y su abuela, o de los niños estilo marinero José y Ricardo, serían jóvenes algunos años después que romperían con los cánones conservadores en los que se los criaba allá por 1919. Mucho menos de Ignacio, el mayor, con más porte por lo que se ve para ser uno de los tantos profesionales de carreras tradicionales entre las familias de abolengo de Querétaro. La revo- lución de Villa y Zapata había pasado de refilón por el estado y aquellos niños más grandes, como Guadalupe e Ignacio, poco supieron en esos momentos de la guerra intestina que sacudió a las familias mexicanas. Cuidados al extremo de la contaminación que podría significar la violenta realidad política y social del país.

Aún y cuando el abuelo Adolfo era el prominente Director del Colegio Civil de Querétaro, que a tono con las investiduras de largo aliento de la época permaneció 18 años en el cargo. Lo dejó en 1911 para ser nada menos que gobernador. A la par de que Porfirio Díaz abandonaba la presidencia eterna, también lo hacía en el estado Francisco González de Cosío, otro longevo en aquello de atarse a la silla: 24 años continuados gobernando. Don Adolfo poco pudo hacer. Duró algunos meses apenas. Se iniciaban los gobiernos estatales que al cabo de unos cuatro meses terminaban quitados. Pero esa es otra historia. El principio de la familia siempre unida no queda duda que se habrá preservado hasta nuestros días en el linaje que el ingeniero Adolfo de la Isla heredó y supo fortalecer y extender.

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Ilusiones

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

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Niños en la vía del tren, [s.f.]. Colección de Graziella Altamirano Cozzi.

La escenografía ha cambiado, pero el presente y el pasado de los niños que piden ayuda –seguramente unas monedas– se mantienen en su lugar. Manos alzadas que imploran por algo que llevar a casa. Del otro lado de las vías entonces, o del otro lado de una vereda, un camellón, una avenida, en la actualidad. Sólo pueden ofrecer a cambio la bondad de sus rostros aún inocentes. Son solidarios con las necesidades de quienes los arropan todos los días, les aportan unos bocados y los duermen en las noches. Detrás de ellos hay quienes están fuera del mercado laboral, que seguramente pasaron por situaciones similares a sus edades, que por poco rato fueron a la escuela y no les quedó más que aprovechar las oportunidades de hacer los trabajos más duros. Los tiempos cambian y la humanidad hace sus progresos, pero la pobreza no deja de regenerarse. La esperanza de vida de ellos no era la misma de sus contemporáneos de hoy, que por necesidad los evocan. Ahora podemos hablar de 75 años de expectativas de vida, aunque para ellos –sean los niños de la foto o los que vemos hoy en nuestras calles–, quizá las cifras se mantengan en los 35 años de principios del siglo XX, cuando fue tomada la imagen. La actual no deja de ser una realidad más dura.

Los niños de la calle habitan las calles. Y hasta alcantarillas. Muchos han perdido familias. Sus familias son otros como ellos, de la misma edad. Con suerte y caen en manos generosas de casas-hogar donde pueden comer, bañarse y compartir un colchón. Es el lujo de cada día. Si los tratan con respeto, se habrán sacado la lotería. Los niños de nuestra foto vivían en poblaciones que por su tamaño aún se fundían con el campo. Alimentarse, al menos, estaba más al alcance de la mano. Las milpas cercanas proveían del maíz, el nopal o los frijoles, y hasta frutas. Y era posible criar una gallina o un cerdo en un terreno vecino. Sufrir es un concepto que en la marginalidad los niños deben aprenden demasiado pronto. Nunca regales dinero, deben aprender el esfuerzo del trabajo, decimos muchos. ¿Pero se les puede inculcar si los adultos no podemos ofrecerles la educación, el alimento o la compensación de un juguete? Seis de los niños que nos miran desde la cámara están distraídos en la curiosidad de ser retratados o atentos a algún truco del fotógrafo. Pero dos –semioculta aparece lo que sus cabellos largos y vestimentas denotan una niña–, permanecen imperturbables en su objetivo: el sombrero y las manos se alzan para pedir. Arriba del vagón un adulto que no vemos posiblemente se preste a entregar algo. O a permanecer indiferente y esperar a que el tren se mueva para dejarlos allí con sus esperanzas truncas. ¿Acaso no es esa la imagen que podemos descubrir en algunas de nuestras calles de hoy?

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Pasiones de un maquinista

Darío Fritz

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México núm. 24.

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A mi Lucha adorada, con todo mi cariño, Orizaba, Guillermo, 22 de octubre de 1921, Veracruz. Colección ARSA.

Los que nacieron con el ferrocarril a un paso de sus casas  o formando parte de sus vivencias personales –subir en él para vacacionar, visitar familiares, asistir a una cita médica importante–, saben de los ritos que podía generar y el respeto que deparaba. Desde preparar maletas, llegar con anticipación a la estación, instalarse a conversar en la sala de espera, divagar por los acompañantes que la fortuna deparaba para la travesía (especialmente para los pasajeros de poblaciones intermedias que subían sin asientos numerados) o si la calefacción ayudaría a hacer más soportables las noches gélidas. El andén de una estación ferroviaria podía ser bullicioso, y nadie dejaba de otear en el horizonte para ver al filo de las vías si aquella mole de hierro se acercaba. Un punto de luz en la inmensidad lo delataba en la noche; el vibrar de los durmientes o un pitido perdido lo hacía reconocer en el día. Pero su entrada a una estación siempre era triunfal. Nadie se animaría a llamarle la Bestia. Todos callaban a su paso, sinónimo de respeto y gratitud, o una necesidad ante el estruendo ensordecedor. El olor particular del combustible y de los frenos de la locomotora invadían con su aura, diferente del que se sentía dentro de los vagones. El rito continuaba: mientras los pasajeros se acomodaban en sus asientos y  hasta algún familiar subía a ayudar, especialmente hombres, abajo los más curiosos caminaban junto al convoy para ubicar a conocidos de otros pueblos o descubrir nuevas caras. Era también una forma de sociabilizar. Tres personajes eran clave en la llegada del tren: el jefe de estación, tan respetado como el jefe policial del pueblo, el guarda y uno casi invisible pero imprescindible, el maquinista. Serio y concentrado observaba todo el tiempo el horizonte, atento a que nada se le atravesara sobre las vías. Tenía su glamour, como el de los pilotos de aviones actuales, aunque eran su antítesis. Desconocidos para el pasajero, vestían overol, se engrasaban con tanto fierro que manipulaban y como cumplían funciones de mecánicos, sus manos distaban de estar sedosas. El glamour lo alimentaba el poder de conducir hasta un nuevo destino. Ese era el caso de Guillermo Fernández (manos en la cintura en la imagen) posando junto a su equipo en la locomotora que en los años veinte cubría el recorrido México-Veracruz. Después de haber sido uno de los reprimidos en la huelga de Río Blanco, sumarse a la revolución y sufrir la persecución de los huertistas, en tiempos de paz ya pudo dedicarse a su pasión de la infancia: manejar locomotoras. Al pasar por Orizaba gozaba con tocar el silbato y que le saludaran. Allí estaba Luz del Carmen Bravo, que corría desde su casa cercana. En poco tiempo se casarían y tendrían dos hijos. El 22 de octubre de 1921 el maquinista enamorado le envió esta foto con dedicatoria, una postal de su otra pasión.

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