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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

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Ya no sólo documentos, archivos, expedientes, cartas, manuscritos, papeles. Ya no más tinta ni lecturas. En paralelo l registro impreso, voces, tonalidades, timbres, gritos, aullidos, risas y llantos. La oralidad tiene su espacio propio como Otra manera de recuperar y construir la historia. Desde antes incluso de que la imprenta plasmara con testimonios aquello que la memoria hilvanaba, su registro estaba acotado a la impresión en piedra, papel o tela. Presa de lo que letras y pinceles quisieran transmitir de ella. Sólo la imaginación  que cada uno quisiera hacer volar le colocaba tonalidad y  timbre a sus testimonios. Era su único arrojo de liberación. Cómo habrá sido la tonalidad de voz de Miguel Hidalgo anunciando la independencia, Guerrero lanzándose a una batalla, Moctezuma en diálogo con Cortés, el sonido de las descargas de los fusiles que acabaron con Maximiliano.  Será? cercana a como lo imaginaron directores de películas o actores que las interpretaron? La historia oral es hija de la tecnología y socia de las herramientas sonoras que comenzarán a construir el hombre en el siglo XX para ya no recurrir a la imaginación como interpretación de diálogos, Órdenes, anuncios, y todo aquello que la voz registra. Esas voces de las que se han tomado notas, capturadas en una cinta magnetofónica, y desde pocos años atrás en soportes digitales, relatan distintos episodios históricos, leyendas y creencias, que en este número de BiCentenario nos hemos propuesto recuperar en algunos ejemplos.

El sismo de 1985 en la Ciudad de México, rememorado recientemente por las generaciones que lo sufrieron con la tragedia de septiembre pasado, y que permite entender su alcance a los que no estábamos aquí tres décadas atrás, se relataría través de las palabras de quienes lo vivieron en la colonia Condesa, una de las varias zonas devastadas, y donde se manifiesta tanto el dolor como la solidaridad, el vacío y el silencio por los fallecidos y estructuras habitacionales derrumbadas, pero, sobre todo, por el temor y el miedo que decidió a muchos a salir de la colonia para buscar en otras delegaciones o ciudades la seguridad que ya no tenían. La soledad se apropió de la Condesa por un largo tiempo, hasta convertirse en una zona de oficinas y a la que la propia gentrificación la hizo un lugar para jóvenes profesionales. Recuerdos indelebles que sólo el tiempo permite cicatrizar.

Xochimilco tuvo un impacto relevante en el sismo reciente de 2017, relacionado con los espacios fluviales que la urbanidad desplazó en el Último siglo. A principios de 1900, con su tejido de canales de 33 kilómetros de longitud que abarcaban también Tláhuac y Milpa Alta, las vías de agua eran el centro de un comercio vivaz en el que se movían los habitantes de los barrios y pueblos ubicados a sus orillas. El hijo de uno de sus navegantes más asiduos relata, gracias a la memoria heredada de su padre, la vida diaria de entonces, del ganado que bebía de aquellos canales y de los recorridos hasta el mercado de Jamaica en anchas canoas conducidas por dos o tres remeros para trasladar a los pobladores o transportar hortalizas, verduras, forrajes y flores destinadas a la venta. Las descripciones de don Zacarías Santamaría dan cuenta de los rasgos de identidad de los pueblos del sur de la Ciudad de México a partir de la relación con el recurso del agua ?.

Las historias orales que se conjugan en este número de la revista se trasladan a 10 000 kilómetros de distancia y hasta el año 1976, para acercarnos a uno de los momentos más trágicos de una sociedad, para la cual México se convertiría en un oasis de vida consumado en el exilio. En ese año, el sangriento golpe militar argentino que se extendería por casi ocho años obligó a políticos, familias, militantes e intelectuales a buscar refugio en la embajada mexicana en Buenos Aires. Sobrevivieron a una muerte casi segura en la sede diplomática hasta lograr el salvoconducto que los trajera hasta aquí?. Fueron 68, pero algunos de ellos tardaron hasta seis años en salir de aquel encierro obligatorio. México unió a muchos de ellos no sólo por sobrevivir en espacios reducidos, relatan las víctimas de la persecución, sino por aprender a convivir pese a las profundas diferencias políticas, económicas y sociales. La protección y el amparo de la embajada era la diferencia entre la vida y la muerte.

La transmisión oral de mitos y leyendas ancestrales permite también construir una oralidad a partir de las remembranzas de viejos pobladores del Soconusco, en municipios chiapanecos. Son tres leyendas entrelazadas a partir de fragmentos de relatos inspirados en textos que publicara el arqueólogo Carlos Navarrete.

Otro personaje ubicado en el mito, más cercano a la idolatría que a la denostación es la de Ernesto Che Guevara. Recurrimos a los testimonios de jóvenes mexicanos, muy alejados generacionalmente de las cinco décadas transcurridas desde su ejecución en la selva boliviana, para conocer cómo ven ellos al personaje que se ha ido construyendo, y aquí tanto sigue influyendo como insignia y bandera de un pensamiento Autico y político o en todo caso como mercancía intrascendente de consumo.

¿Qué más queda por leer y analizar de este BiCentenario número 38? Seguramente mucho.

A quienes se interesan por revisar el proceso de emancipación pueden recorrer un periodo notable en la vida del general navarro Xavier Mina, que alentado por el encuentro con Simón Bolívar, en Haití?, llega a lo que es hoy Tamaulipas para iniciar un proceso de reconfiguración en el Ánimo derrotista independentista, luego del fusilamiento de Jose María Morelos. Con varios triunfos sobre el mejor pertrechado y más numeroso ejército virreinal, se convirtió en un estandarte para las tropas trigarantes que entrarían libertadoras a la ciudad de México en 1821.

Hacia 1898 nacía un hospital que aún hoy es cuna de formación de oftalmólogos mexicanos y latinoamericanos. El Hospital de la Luz mantiene viva una historia de excelencia que da gusto conocer, no solo como centro de aprendizaje de especialistas, sino también por mantener una tradición de igualdad social para sus pacientes, en la que no importa el sector social al que pertenezcan.

Hasta aquí estas pinceladas por descubrir un nuevo BiCentenario. Tan diverso como completo, se encontrarán en estas páginas con un pintor chiapaneco que echaóa raíces en la Aguascalientes del porfiriato, la narcocultura de nuestra vida diaria de la que no podemos evadirnos y hasta un fantasma con más de un siglo de vida.

Darío Fritz

 

Editorial #37

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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En un México como el de la mitad del siglo XIX en el que dominaban los privilegios de las corporaciones militares y eclesiásticas, aunado al poder económico de comerciantes y grandes propietarios, la emergente clase media de pequeños propietarios y profesionales encontró en hombres clave para ese momento como el jalisciense Mariano Otero, figuras visionarias en la construcción y dirección de un país con mayores igualdades, federalista y en el que los derechos individuales fueran respetados.

Hace 170 años, este brillante jurista y político impulsó y logró incorporar en las discusiones que dieron lugar al Acta Constitutiva y de Reforma de 1847, el Juicio de Amparo, plasmado como un instrumento del liberalismo jurídico decimonónico para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, y que hasta el día de hoy representa el principal recurso jurídico al que han recurrido diversos sectores sociales para obtener una aplicación de la norma acorde con los principios de la Constitución.

Aunque puesto en vigencia seis años antes en la Constitución Política de Yucatán, por el jurista Manuel Crescencio Rejón, el amparo tuvo alcance nacional a partir del Congreso Constituyente y Extraordinario de 1846-1847 que debía elaborar una nueva carta magna, y en el que Otero, representante por Jalisco, fue su principal impulsor. Desde entonces, ha sido un medio constitucional por excelencia dentro de la estructura jurídica, abarcando temas tan diversos como la materia civil, penal, administrativa y laboral. En la actualidad es uno de los recursos legales más socorridos y que contribuye a que el poder judicial se considere uno de los pilares más confiables de las instituciones mexicanas.

BiCentenario dedica este número especial a Mariano Otero como hombre indispensable para entender la consolidación de las instituciones a partir de aquel documento constitucional que redactó junto a un grupo de legisladores que entendían que en México la distribución del poder se debía ampliar y ya no podía ser propiedad de unos pocos sectores. Que los estados recobraran la soberanía interna, asociados bajo la forma federativa, y que se incorporaran los derechos individuales, en los cuales el de amparo sería su garantía fundamental, eran pasos concretos establecidos en la Constitución promulgada en 1857.

Que Otero fuera una de esas figuras prominentes de la transformación política del país, tenía que ver con su formación en una Guadalajara entonces liberal y federalista, renuente a los privilegios sociales, que sí se veían en la ciudad de México. Jurista estudioso y profundamente crítico, fue la cara quizá más visible, o la que ha logrado perdurar a lo largo del tiempo, de un grupo de personalidades  (Mariano Riva Palacio, Ignacio Cumplido, Juan Manuel González Ureña, Manuel María Gaxiola, Francisco Elorriaga o Luis de la Rosa, entre otros), que luchaban contra el antiguo conservadurismo y pretendía darle otro rumbo al país. Otero consideraba imperioso introducir orden y unión en la política, mejorar la economía y la recaudación, aplicar justicia en la repartición de los impuestos, reorganizar la fuerza militar con buenos cuadros de jefes y oficiales, disciplinados y fieles. Pregonaba por el fin de las ideas monárquicas y antiindependentistas, a las que el clero contribuía con su poder intocable y criticaba a la prensa servil a esos intereses.

El joven legislador mostraba su desazón, se aislaba, según decía un año antes de morir, para no mezclarse con la mala política de entonces. Prefería limitar su actividad política a votar en el Senado a conciencia. Pero ese desánimo circunstancial era propio de su compromiso. Otero se interesaba en el rumbo político de México, aunque también era un hombre que formaba parte del ambiente intelectual de la época, asiduo a las discusiones y debates en tertulias, miembro de la Academia de Letrán, creador de un órgano político como El Siglo Diez y Nueve. “Nos hemos propuesto publicar el presente diario, cuyo objeto más esencial será el de calmar las pasiones agitadas con tantos años de inquietudes, promover la unión de todos los mexicanos e indicar lo que creamos conveniente a nuestra regeneración política”, escribía en su primer número de octubre de 1841. Así como el Congreso sería el foro desde el cual defendería sus principios, el periodismo fue el vehículo para dar a conocer su particular visión del México de entonces.

El Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la república mexicana, que escribiera en 1842, sería un texto fundamental para entender cómo analizaba el momento político y económico. Allí hablaba de la clase media que debía emerger como “el principal elemento de la sociedad” el verdadero germen del progreso y el ingrediente político más natural y favorable que pudiera desearse para la futura Constitución de la República”.

A Mariano Otero se le recuerda por su paso como congresista, las controversias y argumentos por contar con un régimen legal orientado a defender las garantías y derechos de los ciudadanos, ante las injusticias y abusos de los funcionarios públicos. Tuvo también un breve paso en la administración pública como secretario de Relaciones Exteriores del presidente José Joaquín de Herrera. Fue en un momento crítico para el país, cuando la derrota en la guerra contra Estados Unidos marcaba el ánimo general, la economía estaba en mal estado, el ejército desbaratado y la reconciliación entre los mexicanos era indispensable. Los asuntos a los que se enfrentó no fueron menores como el retiro de las tropas estadunidenses de la aduana de Veracruz y la problemática de los mexicanos que se quedaron en los territorios comprendidos en el tratado de paz.

En el recuerdo de Mariano Otero y su legado vale precisar cuánto sacrificio le implicó también, aún y a pesar de su búsqueda pacífica y conciliatoria por la unidad nacional y un cambio de mentalidad, que sus ideas progresistas lo condujeran a la cárcel en 1842. Allí aprendería cómo se podían violar leyes y derechos civiles sobre las personas. De cómo abusa una autoridad sin límites, especialmente sobre el ciudadano común y corriente. Ese encarcelamiento sería el origen de una permanente dedicación por diseñar un código de garantías y derechos que defendieran al ciudadano, y resultar su herencia fundamental para generaciones de mexicanos: el Juicio de Amparo.

La primera sentencia de un juicio de este tipo, tras su incorporación a la carta magna de 1857, se resolvió en una hoja. En la actualidad contienen centenares de páginas. Se ha vuelto una instancia jurídica compleja, a tono también con los cambios sociales de los últimos 170 años. El peligro de transformarse en elitista, alejado de los conocimientos mayoritarios de la población, comienza a ser señalado por algunos estudiosos. Este homenaje de BiCentenario a Mariano Otero trata de recuperar las vicisitudes de un hombre visionario, pero también es una invitación a atesorar y cuidar aquello que se considera imprescindible para nuestra convivencia diaria y una garantía de igualdad ciudadana.

Darío Fritz

 

Editorial # 35

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

La historia lineal de los vínculos entre las naciones parece necesitar de algunos nudos y enredos que las paralizan por un tiempo hasta encontrar quiénes los desaten para inyectarle mayor energía y volver a avanzar sin piedras ni lodos que la atoren. En ese lapso de marañas abunda el griterío y el desentendimiento, la amenaza de la fuerza y el golpeteo incesante de la descalificación. Desde una de las trincheras se lanzan fuegos artificiales que obligan a agazaparse del otro lado, hasta que la pólvora deje de iluminar el cielo por cansancio de los artilleros o pérdida de eficiencia. Juegan al límite, pero en el fondo la pólvora sirve para intentar imponer condiciones, aunque no caerá a tierra. Podrá haber daños, pero no destrucción. Las necesidades de convivir están implícitas y terminan por imponerse. Que de la noche a la mañana una parte quiera hacer responsable a la otra de sus propias carencias o imponerse, habla de una estrategia antigua y repetida. Después de varias décadas de vivir en una vecindad en armonía, México se encuentra con que el vecino estadunidense ya no quiere que las hojas del árbol que los divide le caigan a él y de paso pretende tirarle por encima de la barda lo que no le sirve. El nudo y los enredos han vuelto a instalarse. En la década de 1920 pasó algo similar. Y el discurso y la vocinglería fueron bastante semejantes a los de hoy. Había xenofobia, racismo, prejuicio y desconfianza. Los factores políticos y económicos alimentaban el distanciamiento. El político se llamaba anticomunismo; el económico, petróleo y tierras. Se criticaban el atraso y la pobreza, la capacidad de gobernar, los orígenes étnicos y la falta de justicia. Hoy se habla de robo de mano de obra, se criminaliza a migrantes y hasta se proponen militares extranjeros para combatir el narcotráfico. La diplomacia de Washington alucinaba con una confabulación mexicano-soviética que instalaría el comunismo aquí y por ende en Latinoamérica, una amenaza para la Doctrina Monroe. La mirada de entonces era la de hombres anglosajones y protestantes, una vieja guardia republicana convencida de la superioridad moral, cultural y económica de Estados Unidos, nos dice María del Carmen Collado, lo cual no dista demasiado de la que se ve en estos días en Washington. El conflicto se resolvió cuando se avizoró una guerra innecesaria y las voces más moderadas pudieron imponerse. Aquella experiencia que abre la portada de esta edición de BiCentenario ameniza el análisis del presente y puede servir de proyección de una vecindad seguramente distante para los próximos cuatro años.

Después de aquellos desencuentros vino una crisis económica como la de 1929, que ubicó como uno de sus blancos a los migrantes mexicanos que llegaron en grandes cantidades tras la primera guerra mundial para trabajar en la agricultura, el tendido del ferrocarril y la industria. La prisión y fuertes multas fueron las dos armas que se esgrimieron para despojarse de ellos. Su economía ya no los necesitaba. La participación de un cónsul en Los Ángeles con sensibilidad para afrontar el problema y creatividad para resolverlo fue relevante aquel año. Rafael de la Colina organizó la repatriación de más de 30 000 mexicanos que vivían en California para llevarlos hasta Guadalajara, Guanajuato y la Ciudad de México. Su testimonio agudo describe las mismas dificultades del migrante de hoy en Estados Unidos o en tantas partes del mundo: discriminación, explotación laboral, desconocimiento, indefensión y olvido.

Como contraposición, en la otra punta de cualquier escala comparativa, estaban actrices y actores mexicanos que intentaban destacar en Hollywood por esas fechas. Dolores del Río, Guadalupe Vélez y Ramón Novarro pudieron dar cuenta de una migración exitosa, aunque temporal, y a la que a pocos se le ocurría reprochar. Una muestra de que el tema migratorio es un fenómeno de la pobreza.

A la mirada exterior le sigue el espejo propio. En México hubo en el último siglo poblaciones migrantes que recibieron un trato similar al que se ha documentado para los mexicanos al norte del río Bravo. Lo vivieron los chinos en la primera década del siglo xx y ahora los centroamericanos. Sin embargo, esto no es lineal. Otros inmigrantes como los húngaros, que llegaban hacia fines del siglo XIX y principio del XX, pudieron establecerse sin inconvenientes y aprovechar el desconocimiento que se tenía de México en su país para promocionarlo, aunque implicara ocultar una realidad abundante en inequidades.

Los años de la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siguiente han sido ricos en circunstancias y hechos que fueron moldeando cambios relevantes. A partir de historias personales relatamos en este número de BiCentenario el aporte a la medicina militar que dio el médico Francisco Montes de Oca con su insistencia en ofrecer una mejor atención de las enfermedades y avances en la salubridad, hasta llegar a crear en 1881 la Escuela Práctico Médico Militar (EPMM). Otro caso a destacar se sitúa en Yucatán y lleva el nombre de Pedro Guerra. La casa de fotografía que abrió en 1877, a la que se sumaría su familia posteriormente, retrató durante 90 años a generaciones de yucatecos y los acontecimientos de la península. Hoy es parte de un acervo que lleva su nombre con más de 500 mil imágenes.

En esos años se fue enraizando una práctica gubernamental que se ha convertido en uno de los fenómenos más lacerantes para el país. Una descripción de cómo era la corrupción en el siglo XIX muestra que desde el Estado se podían generar fortunas, en tanto la impunidad protegía su práctica. Más que un rasgo genético, se trata de una relación con las instituciones que perdura por décadas, argumenta el autor.

En este número 35 hay otras narraciones por descubrir: el compromiso de Gustavo Garmendia con la causa revolucionaria, la figura del charro en la cultura nacional, la tradición tan acendrada de festejar a nuestras madres o la historia de una mujer independentista, también madre, traicionada por el confort de su marido. Hasta la próxima.

 

Editorial

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 33.

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Un lugar pensado para formar generaciones de profesionales que no pretendAi??a competir con el molde de lo que otras instituciones ya trabajaban. Un centro que entendiera a la historia como integrada y parte de las ciencias sociales, pero nunca aislada. De investigadores adaptados a esa concepciA?n. Un lugar con una biblioteca sui generis donde el acervo general y su fondo antiguo le dan un toque de exclusividad. Un centro de formaciA?n y conocimiento asentado sobre la que fue la casa de un hombre liberal y A?nico, que estableciA? las bases de la separaciA?n del Estado del poder monacal. La identidad se construye con el tiempo y en ella confluyen historias personales de aspiraciones y utopAi??as, la herencia de valores y tradiciones, la pertenencia a un territorio.

El Instituto de Investigaciones Dr. JosAi?? MarAi??a Luis Mora llega a los 35 aAi??os de vida y el sello de su identidad que lo hace reconocible se identifica tambiAi??n con la pertenencia al espacio donde estA? enraizado. NaciA? en el barrio de Mixcoac, alguna vez considerado pueblo risueAi??o y florido de aire saludable, que lo ha hecho suyo como parte de sus esquinas, su arquitectura de fachadas centenarias, de haciendas, ranchos y terrenos baldAi??os devenidos en centros universitarios y culturales, colegios de origen espaAi??ol o inglAi??s, parques hundidos, estadios para el futbol y los toros, habitado un siglo atrA?s por indAi??genas y migrantes europeos.

Este nA?mero 33 de BiCentenario, casi en concordancia con los siete lustros de vida del Instituto, da cuenta del trajinar de esta instituciA?n acadAi??mica desde 1981, pero tambiAi??n de la riqueza de su pertenencia a un barrio de calles empedradas o de barro transformadas en grandes avenidas, de cauces de agua y A?reas verdes devoradas por la explosiA?n urbana, de iglesias sobrevivientes y de viviendas donde se oficiaba misa en tiempos en que se perseguAi??a la bendiciA?n desde el atrio, de personajes que la habitaron porque encontraron allAi?? un remanso frente a la agitada vida en el centro capitalino, que huAi??an de los jaloneos de la polAi??tica o comenzaron a ilustrar aquAi?? una vida de intelectuales.

El Instituto Mora naciA? en una casa a la que la vicisitud de la polAi??tica, la economAi??a, la religiA?n y hasta las creencias esotAi??ricas la tornaron un lugar peculiar. Fue vivienda de ValentAi??n GA?mez FarAi??as cuando el vicepresidente jacobino se escabullAi??a de las amenazas catA?licas a sus A?rdenes de quitar poder a los prelados, y donde morirAi??a y serAi??a enterrado ante la negativa de la vecina iglesia de San Juan Evangelista de darle morada final en su cementerio. TambiAi??n tropas estadunidenses la ocuparAi??an en 1847. Algunas creencias dirAi??an que el espAi??ritu de don ValentAi??n recorrerAi??a la casa durante varias dAi??cadas, para temor de sus descendientes y visitantes, hasta ser llevado a la Rotonda de las Personas Ilustres. Del mismo ValentAi??n se relatan aquAi?? las idas y vueltas que tuvo el intento de recuperaciA?n de una pintura que lo retrataba en Palacio Nacional y que finalmente por esas historias repetidas en el mundo del arte, quedarAi??a en manos privadas, y se tendrAi??an que hacer copias, una de las cuales el Instituto adquiriA?.

La pintura de ValentAi??n GA?mez FarAi??as no es un hecho aislado dentro de la vocaciA?n cultural del Instituto Mora. Las esculturas, principalmente, forman parte de su paisaje en exposiciones individuales y colectivas al aire libre, como se relata en esta ediciA?n. Otro elemento distintivo en el mundo acadAi??mico.

La gran perla de la instituciA?n ha sido su biblioteca ai???Ernesto de la Torre Villarai???, nacida cinco aAi??os antes que el Instituto y que cumple a cabalidad con el objetivo de ser reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por su fondo antiguo con algo mA?s de 10 000 volA?menes. RamA?n Aureliano, quien la conoce desde sus entraAi??as desde hace algunos aAi??os, nos pone en manos de dos testimonios clave: uno que habla sobre JosAi?? Ignacio Conde y DAi??az RubAi??n, el inspirador de la biblioteca, y la inquietante historia de su acervo personal que tuvo que vender forzado por el gobierno; y el segundo, las palabras del propio Ernesto de la Torre Villar, su primer director. ai???Podemos decir que es paradA?jico, pero pienso que de una Biblioteca saliA? el Instituto Moraai???, dice orgulloso durante una charla que data de 2002.

Pero a dA?nde nos lleva esa vocaciA?n de identidad del Instituto Mora con su vecindad, con ser parte tambiAi??n de ese pueblo, municipio y hoy colonia Mixcoac. EstA?n vivos la parroquia de la AsunciA?n de MarAi??a o de Santa MarAi??a Nonoalco, edificada en el siglo XVI, los restos de la que fuera la Hacienda de Nonoalco,hoy convertida en vecindad, las huellas exteriores de la casa morisca de la familia Serralde, el Parque Hundido en la zona de ladrilleras. Como parte ya del imaginario colectivo, La CastaAi??eda, el mAi??tico hospital que Porfirio DAi??az presentA? como una revoluciA?n en la salud mental y seis dAi??cadas despuAi??s serAi??a demolido. Una manera de explicarnos el antes y el despuAi??s de las transformaciones de un lugar son las fotografAi??as, dibujos y material fAi??lmico. El trabajo de Lourdes Roca nos ayuda a descifrar y explicar esos cambios de Mixcoac.

Los personajes que habitan el barrio y enorgullecen a sus habitantes generan un halo de admiraciA?n, misterio y mito, que se va transmitiendo por generaciones. Para Mixcoac llevan un mismo apellido: Ireneo Paz, el escritor, periodista, editor y polAi??mico defensor en algA?n tiempo de Porfirio DAi??az; Octavio, su hijo, abanderado de la causa zapatista, escritor tambiAi??n, pero sobre todo activista social, de muerte trA?gica y vida desafortunada; y quien seguramente genera mayor reconocimiento, fortalecido por su contemporaneidad, Octavio, el nieto e hijo, poeta y escritor. El Premio Nobel de Literatura dice en un relato que aquAi?? reproducimos, que en Mixcoac alguna vez se sintiA? ai???centro del mundoai???. Entre nubes y un cielo azul, descubriA? el entusiasmo y tal vez la poesAi??a.

Justamente lo que podemos sentir cuando nos consideramos parte de un lugar.

DarAi??o Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 31.

BiCentenario 31 (1466x2000)

La inseguridad, el temor a ser vAi??ctimas de una agresiA?n, delAi??robo, el ultraje, el daAi??o fAi??sico o psAi??quico, es tan antiguo comoAi??la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad seAi??pueden hallar en forma de terror, persecuciA?n, fobias o simpleAi??sobresalto. Ni es de estos dAi??as ni de tiempos cercanos, aunqueAi??las experiencias personales son las que nos marcan. Pero enAi??los aAi??os posteriores a la independencia de la corona espaAi??olaAi??los aventurados viajeros que cruzaban el paAi??s en diligenciasAi??o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por laAi??incertidumbre, con el corazA?n pegado a la garganta, porqueAi??sabAi??an que podAi??an ser vAi??ctimas de atracos en el momento mA?sAi??inesperado. Subirse al A?nico transporte que por entonces lesAi??permitAi??a cruzar valles y montaAi??as tenAi??a altos riesgos pese aAi??contar siempre con guardias que los protegAi??an mientras queAi??los propios viajeros se aprovisionaban de pistolas o cuchillosAi??para la autodefensa. Para la delincuencia, clAi??rigos y extranjerosAi??solAi??an estar a salvo de los ataques personales. Pero estoAi??no siempre se correspondAi??a en el caso de las mujeres queAi??eran objeto de secuestros y abusos. El linchamiento de losAi??ladrones o su ejecuciA?n sumaria por los propios guardias deAi??los carruajes para ser exhibidos en los caminos como ejemploAi??de escarmiento ya se conocAi??an. Pero tambiAi??n los delincuentesAi??tenAi??an su aura de Robin Hood. No eran mal vistos como seAi??pudiera creer, algo que nos asemeja con el presente de mA?s deAi??un narcotraficante. HabAi??a una red clientelar que los protegAi??aAi??y a su vez mA?s de una situaciA?n Ai??pica de los maleantes queAi??los convertAi??a en objeto de fascinaciA?n. Las leyes benAi??volas enAi??muchos casos propiciaban la libertad antes que la sentencia,Ai??pero detrA?s habAi??a un contexto de crisis polAi??tica y econA?micaAi??que lo explicaba.

Esa incertidumbre que se vivAi??a en los caminos de Veracruz,Ai??Puebla o Zacatecas en los aAi??os 30 y 40 del siglo XIX tambiAi??nAi??la vivAi??an aA?n a fines de esa centuria los habitantes de lasAi??grandes ciudades que en las noches a falta de luz artificial seAi??veAi??an obligados a refugiarse en sus casas. La vida en las callesAi??no se extendAi??a mA?s allA? de las 20 A? 21 horas, como mA?ximoAi??las 22, y siempre que la luna reflejara algo de luminosidad. ElAi??calendario de fases lunares era clave para programar fiestas yAi??reuniones. Las velas y el ocote fueron los aliados de los mA?sAi??animosos, y luego las lA?mparas de gas, pero hasta que noAi??llegA? la luz elAi??ctrica, la penumbra reinA? y la costumbre de estar en casa desde temprano fue la norma. A esas horas, lasAi??calles eran dominio de la supersticiA?n, de aparecidos y almasAi??fantasmales, leyendas urbanas y rurales de las que mejor era protegerse con puertas y ventanas bien cerradas.

AsAi?? se va desentraAi??ando este nA?mero 31 de BiCentenario.Ai??En toda aventura revolucionaria, la seguridad es quizA? loAi??que menos cuenta. Las convicciones, la ideologAi??a, la apuestaAi??por las ideas se llevan al extremo, y la vida, la familia, losAi??proyectos profesionales pasan a ocupar un lugar secundario.Ai??A los hermanos Benavides, de Coahuila, poco les importA?Ai??poner en juego hasta su sA?lida economAi??a personal. CreyeronAi??en el movimiento maderista y a Ai??l se incorporaron sin dudarlo.Ai??Como asesores jurAi??dicos, secretarios privados, diputado oAi??empuAi??ando las armas y dirigiendo la tropa, las historiasAi??de AdriA?n, Luis y Eugenio Benavides retratan sus certezasAi??polAi??ticas por una causa. No esperA?bamos recompensa, recordabaAi??uno de ellos al final de su vida: pactamos recorrer juntos laAi??aventura revolucionaria, decAi??a, segA?n nos cuenta el texto deAi??Javier Romo Aguirre.

Esos aAi??os de inestabilidad polAi??tica y social se complementanAi??en este segundo ejemplar del aAi??o de BiCentenario con el legadoAi??fotogrA?fico de Cruz SA?nchez, un inquieto polAi??tico de YautepecAi??que ademA?s de ser alcalde retratA? al zapatismo. Su trabajo, pocoAi??conocido y conservado en el archivo de la UNAM, se apreciaAi??por su calidad y por las circunstancias que le tocaron vivir:Ai??residAi??a donde se concentraba el principal cuartel del generalAi??Emiliano Zapata y, entre ellos, los militares de su confianza.

Pero no son pA?ginas las de esta ediciA?n que A?nicamenteAi??nos petrifican con el sobresalto de cruzar los caminos y callesAi??citadinas de hace siglo y medio o que desmenuzan aspectos pocoAi??conocidos de la revoluciA?n de 1910 y 1913. Un joven e ilustradoAi??JosAi?? Antonio Alzate y RamAi??rez dejaba que la imaginaciA?n seAi??desplegara y con base en la experimentaciA?n se mostraba comoAi??un Leonardo Da Vinci mexicano del siglo XVIII. Hijo de unaAi??familia que le ayudA? a financiar sus publicaciones de avancesAi??cientAi??ficos y las de otros colegas, Alzate dejA? testimonio de laAi??actividad ilustrada en MAi??xico, sin importar autores ni temA?ticas.Ai??La medicina, la construcciA?n o la astrologAi??a, a pedido de clAi??rigosAi??o autoridades, lo hicieron un baluarte de la divulgaciA?n, comoAi??nos hace saber Mauricio SA?nchez.

En tiempos mA?s cercanos contamos las vicisitudes vividasAi??por el exilio, principalmente europeo, que llegA? a MAi??xicoAi??en los aAi??os 40 del siglo pasado, alentado por las polAi??ticas,Ai??en algunos aspectos selectivas, de los gobiernos de LA?zaroAi??CA?rdenas y Manuel A?vila Camacho.

TambiAi??n nos adentramos en recuperar los avataresAi??culturales del Hotel del Prado, un edificio Ai??pico que porAi??esos mismos aAi??os se levantaba sobre avenida JuA?rez y que eraAi??un ejemplo de las transformaciones del paAi??s, especialmenteAi??porque sobre sus paredes desfilaron las pinturas de varios deAi??los artistas mA?s reconocidos en esos aAi??os.

El centenar de pA?ginas que configuran cada nA?meroAi??de BiCentenario se complementa en esta ediciA?n 31 conAi??un nostA?lgico recuerdo de los cafAi??s ubicados en los bordesAi??limAi??trofes del Centro HistA?rico de la ciudad de MAi??xico y queAi??aA?n sobreviven a la tecnologAi??a del siglo XXI.

Empezamos describiendo en estas lAi??neas los temores a laAi??inseguridad de hace mA?s de siglo y medio y lo cerramos conAi??un destello anecdA?tico de los controles propios de la guerra frAi??aAi??que reinaban en MAi??xico hace seis dAi??cadas. La zafra cubana,Ai??unos estudiantes en trA?nsito en el aeropuerto capitalino y losAi??espAi??as de entonces sirven de anzuelo para la lectura.

No se asusten, regresamos en el prA?ximo nA?mero.

DarAi??o Fritz