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La lucha libre a dos de tres caídas

Martín Josué Martínez Martínez / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #21

Nacida en los círculos de la clase alta de mediados del siglo XIX, deambuló como espectáculo secundario durante siete décadas, hasta que en 1933 tres empresarios visionarios la popularizaron. La lucha libre vivió su época dorada en los años 60, pero hoy sobrevive atada al negocio televisivo, aunque con menos público

Escena de lucha libre ca. 1914-1915, Ciudad de MAi??xico. Col. RamA?n Aureliano AlarcA?n

Escena de lucha libre ca. 1914-1915, Ciudad de México. Col. Ramón Aureliano Alarcón

En la arena los reflectores se dirigen al ring, un grito irrumpe en el aire e inicia la batalla corpórea: ¡Lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo! De inmediato ambos gladiadores se prensan con brazos y manos para intentar someter al oponente. Ante el descuido del réferi, los golpes prohibidos se hacen presentes y el público enojado desata una retahía de insultos, el caos se instaura. La ausencia de reglas es quizás una de las principales características de la lucha libre, lo que ha llevado a que algunos sectores la consideren hoy como innoble y vulgar. Pero no siempre fue así.

Durante el segundo imperio se introdujeron diversas actividades que fueron absorbidas por las clases altas en su afán de mostrarse cada vez más europeas. Entre ellas se encontró el noble arte de la lucha grecorromana, que pretendía demostrar la fortaleza y el refinamiento del ejército francés. Tras aquella primera exhibición el 26 de junio de 1865, en el Palacio de Buenavista, la lucha adquirió gran popularidad y abandonó los lujosos salones para invadir otros lugares de diversión.

A fines del siglo XIX y durante las tres primeras décadas del siglo XX, el transitar de los atletas mexicanos que intentaban difundir el también llamado pancracio no fue nada fácil, pues aunado al público exigente se encontraron los obstáculos que representaron los promotores de otros deportes como el boxeo, así como las caravanas de las empresas de lucha extranjeras. Poco a poco lograron colocarse como un simple relleno en las corridas de toros, como intermedio en las funciones de cine o un número más en los circos, donde tuvieron que complementar sus rutinas con coreografías, acrobacias y actos de verdadera fortaleza en los que hasta enfrentaban osos.

Lucha libre, Ciudad de MAi??xico, 1911-1913, Biblioteca Instituto Mora

Lucha libre, Ciudad de México, 1911-1913, Biblioteca Instituto Mora

México no contaba con las bases necesarias para el desarrollo del deporte-espectáculo, los lugares dedicados a las exhibiciones, además de escasos, se hallaban en pésimas condiciones y los pocos luchadores que trabajaban en Estados Unidos eran presa de un boicot que buscaba terminar con sus carreras. Todo llegó a su fin cuando el ex revolucionario empresario Salvador Lutteroth González se asoció con el empresario Francisco Ahumada y el promotor Miguel Corona para adquirir un local en la calle de Río de la Loza, número 94, en la colonia Doctores del Distrito Federal, e iniciar así los trabajos de remodelación, que concluyeron el jueves 21 de septiembre de 1933, día en que comenzó a escribirse de manera formal la historia de la lucha libre con la inauguración de la Arena México y la fundación de la EMLL (Empresa Mexicana de Lucha Libre). La gran cantidad de público congregado aquella noche vaticinó lo que se esperaba.

Durante las décadas de 1940 y 1950, las arenas comenzaron a surgir en diversos barrios a lo largo y ancho de la capital. Algunas tuvieron gran renombre por su aforo, ubicación y sangrientos combates, tales como la Degollado en la colonia Guerrero, la Libertad en la Santa María, la Nacional donde se encuentra el cine Palacio Chino, y por supuesto la Coliseo entre los barrios de la Lagunilla y Tepito, así como la Revolución que congregó a los habitantes de las hoy delegaciones Álvaro Obregón y Benito Juárez.

La lucha libre se vio enriquecida con la incorporación de acrobacias, saltos, atuendos llamativos y máscaras que escenificaron la lucha cósmica del bien contra el mal. Durante la década de 1960, se vivió el boom de los enmascarados, quienes saltaron del ring a las fotonovelas y la pantalla grande, convirtiéndose en verdaderos ídolos, como el Santo y Blue Demon, quienes lograron derrotar a infinidad de monstruos con llaves y patadas voladoras en lo que fue un género cinematográfico único en el mundo.

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Mil máscaras, fotografía tomada de un cartel guatemalteco de 1972. Col. Ramón Aureliano Alarcón

Con la muerte de estos héroes comenzó la agonía de la lucha libre, que también se vio seriamente dañada en 1990, tras las transmisiones televisivas y la llegada del wrestling estadounidense, el cual terminó por sepultar arenas e ídolos que eran adorados todos los domingos. Los intentos por volver a esa época en que un Cavernario Galindo o un Wolf Ruvinskis encendían al público han resultado vanos, pues no se ha logrado que los miles de aficionados acudan semana a semana para vociferar al unísono el grito catártico que pinta a estos lugares de sociabilidad: ¡Mátalo! ¡Queremos ver sangre!

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