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El chocolate en México durante los siglos XIX y XX

Marcela Meza Rodríguez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

No hay duda que el sabor del chocolate, en sus muy distintas formas, es uno de los favoritos de muchos paladares. Su origen, sobre todo el cacao “el fruto original”, se sitúa en tierras americanas y su industrialización a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo, en el Viejo Mundo. Ahora bien, ¿cómo se desarrolló y transformó el consumo y la manufactura del chocolate en nuestro país?

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 21.50.05El cacao tuvo suma importancia para los mesoamericanos, tanto en el aspecto económico como en el alimenticio pues por una parte les servía de moneda y por otra para hacer chocolate, bebida que resultaba muy nutritiva. Se le veía como un regalo divino y se destinaba a los gobernantes, aunque también el común de la población lo consumía.

Los españoles se percataron pronto de su importancia y se apropiaron de su cultivo. Durante la Colonia, la gran demanda propició una producción muy alta; muchas actividades comerciales giraron en torno suyo, convirtiéndolo en un gran negocio y en parte esencial de la vida económica de distintas regiones, además de ser alimento de primera necesidad y bebida típica consumida por todas las cases sociales. Varió un poco la manera de prepararlo respecto a la época prehispánica: el cacao se siguió moliendo en el metate, pero con otros ingredientes como canela, almendras, anís y algún endulzante, para una vez molido y mezclado hacer barras o bolitas, que después se disolvían en agua o leche con ayuda de un molinillo.

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Después de la guerra de Independencia y a lo largo del siglo XIX, el chocolate no dejó de ser la bebida más popular de México. Si bien por influencia europea se impuso en la repostería y empezó a rivalizar con el café, no tuvo aún un rival digno como reconfortante, digestivo y estimulante.

Los talleres para elaborar el chocolate en forma artesanal existían desde el siglo XVIII. Las máquinas llegaron en el siglo XIX, lo que ayudó a aumentar y a la vez reducir sus precios. La industrialización fue lenta debido, seguramente, a que una población experta en el proceso del chocolate (compra, elaboración y consumo) y apegada a él de modo muy personal se resistió a delegarlo en manos de otros. Así, aunque casi toda la producción llegó a mecanizarse, sobrevivieron los talleres tradicionales que fueron la alternativa para un público tradicional. El chocolate continuó durante mucho tiempo preparándose y saboreándose en casa, por más que la apertura de numerosos cafés ofreció la posibilidad de degustarlo en espacios públicos.

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Se ignora cuándo se fundó la primera fábrica de chocolate en el país, pero se sabe que la llamada Diego Moreno y Compañía estaba asentada en 1841 en la ciudad de México. Aquí y en provincia la sucedieron otras entre 1860 y 1880, de gran capacidad, como La Concha y La Norma. Para 1900 había unas quince tan sólo en el Distrito Federal y había más en los estados de Querétaro, San Luis Potosí, Tabasco y Durango. Las primeras fábricas de golosinas de chocolate, fundadas por europeos y en las que los mexicanos participaron no surgirían sino después de 1890.

La manufactura del chocolate sufriría altibajos por el alza en el precio internacional del cacao en el siglo XX, en especial en la segunda mitad. Ante la competencia del café, además del cacao africano, el gobierno federal tomó distintas medidas para mejorar los cultivos y aumentarlos. Esto ha permitido que México tenga un lugar importante como productor. Desde luego, la industrialización y la concentración de la vida en las ciudades han modificado las formas de consumo; el uso de nuevas tecnologías hizo posible la fabricación de todo tipo de variantes: el chocolate soluble y múltiples dulces, pero el éxito creciente del café, el té, los jugos frutales y las bebidas alcohólicas lo desplazaron de las mesas y la preferencia del mexicano. Con todo, la publicidad de las empresas chocolateras le ha generado un gran impulso.

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El empleo del chocolate varía de acuerdo con las clases sociales: en el espacio urbano, el chocolate de mesa ha desaparecido casi por completo del consumo cotidiano, si bien se le retiene como golosina, mientras que en algunos estados tiene una mayor presencia como bebida tradicional o incluso típica –como en Oaxaca para su tradicional chocolate con pan–. El cacao posee todavía, en algunas comunidades indígenas, el valor de moneda o de material simbólico de intercambio.

La transformación de las formas de producción y consumo del chocolate ha influido en un cambio de su significado. La bebida que en el pasado fue perfecta para la relajación, el reposo, la digestión y el convite es hoy una golosina, un regalo, un portador de calorías y energía, además de un medio para expresar buenos deseos e incluso amor.

Cartas de un padre a su indeciso hijo y de un suegro a su mentecada nuera. De Matías Quintana a Andrés Quintana Roo y a Leona Vicario

Laura Machuca G.
CIESAS

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Matías Quintana, menos conocido por la historiografía nacional, fue padre del célebre Andrés Quintana Roo. Un acercamiento a su persona resulta de gran interés pues no sólo representa a ese tipo de hombre que debió debatirse entre el antiguo y el nuevo régimen, sino que además su actuación en Yucatán estuvo muy influenciada por las acciones de su hijo, a quien amaba entrañablemente, como se puede observar tanto en las cartas que anexamos como en una publicación que tuvo gran trascendencia: Clamores de la fidelidad americana contra la opresión.

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Matías nació en Mérida el 24 de febrero de 1767 y contrajo nupcias con la campechana María Ana Roo. Tuvieron ocho hijos: Ana Guadalupe, Andrés, Tomás Domingo, Tomasa, María, Manuela, Josefa y María Ana, aunque sólo sobrevivieron los cinco primeros. Tomás Domingo fue cura y un activo hacendado y político local. Las hijas se casaron con personajes prominentes de la Península.

Si bien en Yucatán no hubo lucha armada, sí se vivió un choque ideológico entre los liberales, conocidos como sanjuanistas, y los rutineros, conservadores, aunque en realidad ninguno de los dos bandos desconoció al rey Fernando VII. De hecho, el único que llegó a dudar del rey fue precisamente Matías Quintana, al enterarse del destino tomado por su hijo. Matías se había unido al grupo sanjuanista desde sus inicios hacia 1805, cuando un grupo de vecinos del barrio de San Juan de Mérida se reunía en torno al capellán de la parroquia, Vicente María Veázquez. En 1812 el grupo encontró su punto de cohesión alrededor de la constitución de Cádiz, cuyos preceptos se volvieron su credo.

Matías no hizo estudios profesionales o académicos, pero le gustaba escribir. Su padre Gregorio, un español de la Coruña, había sido comerciante y Matías siguió por el mismo camino. Apenas hizo una educación básica y después se consagró a trabajar con su padre. Entre los dos crearon la compañía Quintana e Hijo y establecieron una tienda llamada Conejo. Ni siquiera hay evidencia de que Matías haya pasado por el seminario, de ahí quizá que se preocupara tanto por la educación de su hijo mayor. Además ocupó puestos en la administración regional, tuvo haciendas y fungió como prestamista. Sin duda tenía bastante solvencia económica. Cabe resaltar que contadas familias yucatecas podían costear estudios de sus hijos fuera, como él lo hizo con Andrés.

Para sus actividades comerciales Matías tenía apoderados en diversos lugares: Madrid, Habana, México. De hecho se tiene evidencia que en esta última ciudad, Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, tío de Leona Vicario, había fungido como apoderado de la compañía Quintana e hijo. Se debe recordar que Andrés, después de hacer estudios en el Seminario conciliar de Mérida, se fue a estudiar leyes a la Universidad de México a donde llegó en el segundo semestre de 1808, justo poco después de la destitución del virrey Iturrigaray. Lo primero que hizo fue validar los estudios hechos en Mérida y obtuvo así el grado de bachiller en artes el 11 de enero de 1809 y en cánones el 21 del mismo mes y año, en la Universidad Real y Pontificia de México. Al mismo tiempo se integró en el despacho del licenciado Agustín Pomposo Fernández de San Salvador. Fue ahí donde conoció a Leona y se enamoró a pesar de que ella ya estaba comprometida. Así empezó el noviazgo a escondidas del tío, pues cuando por fin la pidió en matrimonio, aquél le negó la mano con el pretexto del prometido. Andrés sí puso al corriente a su padre y le pidió permiso para casarse.

Las cartas que presentamos fueran escritas por Matías del 22 de agosto al 7 de noviembre de 1812. Se trata de un periodo de transición en Yucatán, pues aunque la constitución de Cádiz ya había sido promulgada desde el 11 de marzo y que el diputado yucateco a las Cortes, Miguel González Lastiri, en cuanto pudo regresó y la dio a conocer en Yucatán, el documento causó tanto impacto que las autoridades retrasaron su publicación hasta el 8 de octubre. En las cartas de Quintana se observa la preocupación porque la Constitución se plantificara de una vez.

Se nota la gran desesperación del padre por no recibir noticias del hijo desde mayo de 1812. Justo en julio, Andrés se fue a presentar a Tlalpujahua, Michoacán, luego en Zitácuaro se puso a las órdenes de Ignacio Rayón. Don Matías en sus cartas pide al hijo que regrese a su hogar y que deje a su novia que le quita el tiempo. Al parecer, Matías ya había dado su consentimiento para el matrimonio desde principios de 1812 y no había recibido más noticias. A Leona la ve con muy malos ojos, incluso la trata de “inconsiderada”, “débil” , “mentecata”, e “irresoluta” . Como hombre de su época, Matías no pensó en la verdadera lucha interna que libraba Leona, por un lado, para no decepcionar a su tío, pero por el otro, para apoyar una causa en la que creía, a la cual finalmente se entregó. Para Leona no fue fácil la ida de Andrés, y desde su casa colaboró con el movimiento, sirviendo de enlace entre distintos insurgentes, comprando armas con su dinero y enviándolas a su destino, además de dinero, ropa y medicinas. Como no fue tan discreta en sus movimientos fue descubierta. Leona resultó ser más decidida de lo que su yerno creía y en marzo de 1813 simplemente huyó, aunque con Andrés no se vería sino hasta meses después. En cuanto a Matías su actitud le valió ser encarcelado en San Juan de Ulóa de 1814 a 1817, junto a sus compañeros Francisco Bates y Lorenzo de Zavala. Una vez obtenida la independencia marchó a México como diputado por Yucatán y nunca más regresó.

Correspondencia emitida por Josef Matías Quintana, vecino de Mérida, a su hijo el Licenciado Andrés Quintana y Roo, Abogado de la Real Audiencia, y a su prometida Maráa de la Soledad Vicario.

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Cartas de Don Matías Quintana vecino de Mérida, a su hijo don Andrés que existe con Morelos.

Mérida y agosto 22 de 1812.

Mi amada Leoncita. Por mis anteriores habrás visto que di la licencia a Andrés solamente por no desairarte ni faltarte al honor debido de tu notorio merito. Pero el espacio de más de ocho meses y la necesidad en que me hallo de concluir este negocio, me hace suplicarte decidir con firmeza si te casas con él, o de no decirle que se ponga en camino en un mes después de recibida ésta porque yo no puedo tolerar que ni tú ni él están indecisos en negocios en que al momento deben concluirse. Yo en este concepto di la licencia y no puedo sufrir que ni tú ni él sean el objeto de las hablillas de ese pueblo de que está corrido tu afectuosísimo servidor que te ama.

Josef Mathías Quintana [rúbrica]

Mérida y agosto 29 de 1812.

Amado hijo Andrés. Hasta 24 de mayo te dije que tuve carta tuya. Para mí tan plausible como que por ella te miraba fiel a la constitución de la monarquía española. Prescinde de los dicterios de los Rutineros y sí simplemente virtuoso y leal a la patria.

No llevo a gusto por ningún pretexto que sigas con la bobera del casamiento. Si di mi consentimiento fue nada más que por no desairar a Leoncita. Pero ya que la debilidad de ésta la hace respetar más las preocupaciones de su tío y a su mismo honor, ya que no tiene talento para conocer su vituperio en el negocio de mayor importancia para una mujer, yo no puedo autorizar el escándalo con mi consentimiento y tu luego, luego trasladándole este capítulo le dirás que te vienes en un mes a más tardar que tu padre tan celoso del honor de sus hijos, como de las personas que los favorecen con su estimación no puede sufrir que sean el objeto de la sátira y de la murmuración y sin más avío que el mío preciso, te pondrás en camino luego, luego, como lo espera de tu filial obediencia tu padre que te ama y bendice.

Josef Mathías

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El Zócalo de la ciudad de México en los siglos XIX y XX

BiCentenario #18

Tania Santa Anna Saucedo / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

¿Qué citadino no ha caminado por el Zócalo capitalino?, ¿quién no lo ha visto por lo menos en fotografías o televisión? Aunque su magnitud se puede ver opacada por la belleza de la Catedral metropolitana o la seriedad del Palacio Nacional, allí está, siempre presente. Así lo escribió Madame Calderón de la Barca en La vida en México: “Hice mi debut en México yendo a misa a la Catedral. Pasamos por la calle de San Francisco [hoy Madero], la calle más hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas (entre ellas, el Palacio de Iturbide, ricamente labrado, pero ahora casi en ruinas), y que termina en la Plaza en donde se levantan la Catedral y el Palacio”.

Todos tenemos en la mente la imagen de esa enorme plaza, donde en medio ondea la bandera de México en una enorme asta, pero ¿cuántos conocemos su historia? Por ejemplo, que su nombre oficial es Plaza de la Constitución, y recibió este nombre a finales del virreinato, porque ahí se juró la Constitución de Cádiz de 1812 en la Nueva España de 1813. Antes era llamada Plaza de Armas, Plaza Principal o Plaza Mayor.

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De hecho, su origen se remonta a la época prehispánica, cuando era el lugar donde se realizaban las ceremonias religiosas, ya que los palacios donde habitaban los gobernantes y los templos dedicados a los diferentes dioses se encontraban a su alrededor. Más tarde, cuando llegaron los españoles, utilizaron esos mismos sitios para construir los edificios que representarían al poder político, civil y religioso.

A fin de conmemorar en 1843 la Independencia de México, Antonio López de Santa Anna convocó a un concurso para erigir una columna conmemorativa en el centro de la plaza. El ganador fue Lorenzo de la Hidalga, quien ordenó construir primero el zócalo, es decir la base donde iba a ser colocada la futura columna. El monumento nunca fue construido y el Zócalo siguió allí por tantos años que los habitantes de la ciudad comenzaron a utilizar la palabra para referirse a la Plaza Mayor.

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El emperador Maximiliano retomaría este proyecto encomendando a Ramón Rodríguez Arangoity la remodelación del ZA?calo, lo cual incluía la construcción de la columna monumental del proyecto original de De la Hidalga. La columna estar a rodeada con esculturas de los héroes de la Independencia y coronada con una gran figura alada. Sin embargo, al ver los planos, el emperador decidió que en vez de una figura alada se pusiera el águila imperial rompiendo una cadena y remontando el vuelo; sus planes también quedaron inconclusos por la caída del Imperio y su fusilamiento.

Poco antes, en 1866, el alcalde municipal Ignacio Trigueros había mandado a hacer los jardines de la plaza, en vista de que los citadinos tenían el hábito de reunirse allí. Se plantaron árboles, colocaron bancas de hierro y construyeron fuentes y para dar seguridad a los paseantes, se pusieron lámparas de hidrógeno. Años después, en 1878, se instalaría un kiosco de hierro en el centro “hecho en París y regalo al ayuntamiento de Antonio Escandón”, a fin de que orquestas y bandas alegraran a los paseantes. En el Porfiriato hubo otro kiosco más pequeño, colocado por las empresas de tranvías y desde el cual ellas ofrecían sus servicios.

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Durante la Decena Trágica (en 1913), al ser bombardeado el Palacio Nacional, los jardines del Zócalo fueron dañados, por lo que al año siguiente se retiraron los fresnos; también se cambió la estructura trazando nuevos caminos entre las A?reas verdes, además de que en cada esquina de la plaza se plantó una palmera.

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Los jardines permanecerían allí hasta 1952, cuando fueron totalmente retirados. La plaza se quedó vacía, como una gran explanada, en la que años más tarde se colocó la imponente asta bandera que todos conocemos.

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El 20 de noviembre en el siglo XX y el XXI

Julián González de León Heiblum / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.22.32El primer aniversario de la Revolución iniciada el 20 de noviembre de 1910 no tuvo grandes festejos, aunque sí se aclamó al nuevo presidente Francisco I. Madero y al movimiento triunfador. No fue sino hasta 1912 que hubo una ceremonia oficial, con un banquete en Palacio Nacional en el que los invitados eran sobre todo parte de los tres poderes y hubo discursos apologistas. El momento clímax fue la alocución presidencial sobre la justicia, la ley y la libertad.

La crisis económica, entre otros factores, impidió los festejos muy elaborados para ese día, pero había funciones especiales de cine, teatro, música y oratoria, promovidas por la Asociación pro-Madero.

El Comité Oficial de Conmemoracione Patrias se hizo cargo de la celebración durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), pero no fue sino hasta 1929, con el presidente Emilio Portes Gil, que tuvo mayores dimensiones. Se inauguró el Campo Deportivo Militar, aprovechando un festival preparado por la secretaría de Guerra y Marina, con entrega de medallas y concurso de carros alegóricos que sobre todo representaban los deportes propios de los militares, como polo, equitación natación y otros.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.03Desfiles deportivos y militares cruzaron el centro de la capital hacia Palacio Nacional en los siguientes años y por varios sexenios, el presidente participaba con discursos cortos y/o rituales patrióticos. A partir de que se decretó en 1946 como fiesta nacional, brigadas de deportistas representaron a las instituciones de gobierno, educación y militares; asociaciones deportivas y laborales y grupos extranjeros en los carros. La cifra de participantes creció con los años; de 8,000 en 1930 pasó a 50,000 en 1934. Luego varió el número, siendo a veces más alto, otras menos. Se redujo en los últimos lustros, quizá por la gradual separación del discurso revolucionario, sobre todo con el ascenso del Partido Acción Nacional al Ejecutivo.

Con el tiempo, se introdujo la práctica de celebrar, antes del 20 de noviembre, torneos a los que se llamó Juegos Deportivos Nacionales de la Revolución. Se añadían y quitaban espectáculos siempre numerosos: demostraciones de la Fuerza Aérea, tablas gimnásticas, bailes, actos de malabarismo, el relevo del Fuego Simbólico de la Revolución Mexicana “una antorcha iba de mano en mano hasta encender una llama fija en el Monumento del mismo nombre” y aun la recreación de la llegada de Madero, Zapata y Villa a la capital.

El desfile perdió a veces su espíritu alegre, como muestra de luto por tragedias nacionales. Fue así en 1984 con las explosiones petroleras en San Juan Ixhuatepec y en 1985 por el terremoto. Hubo años en que los festejos fueron muy elaborados y otros más bien sencillos, como en el 2000, último año del gobierno de Ernesto Zedillo y del Partido Revolucionario Institucional en la presidencia.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.57El aniversario solía acompañarse de eventos paralelos, como entrega de galardones a veteranos de la Revolución, así como banquetes, mítines, conciertos, lecturas u obras de teatro. Los presidentes pronunciaban discursos legitimadores e sus gobiernos e inauguraban obras públicas en el D.F. o los estados. Casos especiales fueron la Sala de la Revolución en el Museo Nacional (1935) y el Museo de la Revolución (1986). En el 50 aniversario, los restos fúnebres de Madero se llevaron al Monumento, con una gran ovación al iniciado del movimiento revolucionario.

La solemnidad perdió fuerza en 2004, cuando el presidente Vicente Fox la redujo a su visita personal para poner flores ante la estatua de Madero. Dos años después la canceló, aunque el gobierno del D.F. se encargó. El presidente Felipe Calderón restauró el desfile en 2009, dándole una índole militar.

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John J. Burke: el diario de un viaje secreto

BiCentenario #6

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John J. Burke –fraile de la orden de San Pablo Apóstol, fundador y secretario de la National Catholic Welfare Conference, asociación del episcopado estadounidense– es el autor del diario cuyas páginas reproducimos. En ellas narra su viaje ultra secreto a México, del 1 al 5 de abril de 1928, para reunirse con Plutarco Elías Calles y buscar una solución al conflicto entre la Iglesia y el Estado. Venía con la representación del delegado apostólico para Estados Unidos y México Pietro Fumasoni Biondi. El organizador de la entrevista, celebrada en el fuerte de San Juan de Ulóa, Veracruz, el día 4, fue el embajador de Estados Unidos Dwight W. Morrow.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 18.32.12Eran años álgidos de la guerra sin cuartel entre el gobierno de Calles y los cristeros. Miles de campesinos católicos del centro y centro occidente del país y algunos clérigos ultramontanos, liderados por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa se incorporaron a la guerra cristera (1926-1929), que costó la vida a 80 000 hombres y mujeres. El episcopado nacional había suspendido los cultos desde 1926 con el apoyo de Roma, para presionar al gobierno y protestar contra las medidas anticlericales. En consecuencia, la mayor parte de los fieles no recibía los servicios religiosos, salvo aquellos que podían procurárselos clandestinamente en algunas casas. Se trataba de un choque entre dos proyectos de país. Por un lado, una iglesia y una feligresía que deseaban que aquella recuperara todo su poder y su influencia en la sociedad, a través de los sindicatos católicos y del control de la educación. Por otro, un gobierno que aspiraba a la consolidación de un Estado fuerte, laico y comprometido con la solución de los problemas sociales.

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Los católicos mexicanos partidarios del movimiento habían logrado movilizar a los influyentes Caballeros de Colón y a la NCWC estadounidenses a fin de presionar a la Casa Blanca para que exigiera al gobierno de México la modificación de los artículos constitucionales que limitaban a la Iglesia. Aquellos que imponían ciertas restricciones al culto exigían que los sacerdotes y las monjas se registraran en la Secretaría de Gobernación para autorizar el número de religiosos en el país y establecían la educación laica. Washington se negaba a interferir con el argumento de que se trataba de la política interna del vecino. No obstante, le interesaba la solución del conflicto para que el gobierno de México se estabilizara, prosperasen las inversiones estadounidenses y el país cumpliera con sus compromisos económicos internacionales.

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La oportunidad para buscar una salida a la guerra se presentó cuando Morrow llegó a México en octubre de 1927. El diplomático estaba convencido de que era posible un arreglo digno y aceptable para los dos bandos a través de un modus vivendi. La Casa Blanca lo autorizó para que mediara extraoficialmente en el conflicto. El representante gozaba de la confianza de Calles y su carácter de extranjero presbiteriano le daba un aura de neutralidad. Morrow se había reunido con Burke en varias ocasiones, la más reciente durante la Conferencia Panamericana en La Habana en enero de 1928. El paulino estaba interesado en la solución del conflicto armado y en la reanudación de los cultos en México, coincidía con la visión del embajador y le pidió que arreglara una entrevista con Calles.

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Alameda Central de la Ciudad de México. Cuatro siglos de remodelaciones

Eulalia Ribera Carbó
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

Cuando en 1592 se iniciaron los trabajos de jardines en lo que hoy es la Alameda capitalina, los anegamientos eran una constante. El ganado compartía el lugar con un tianguis. Durante décadas formó parte del esplendor del virreinato, el Porfiriato lo hizo uno de sus símbolos y en el último siglo los remozamientos fueron a la par de la estética de los momentos políticos.

Casimiro Castro, “La ciudad de México tomada en el globo desde el noroeste”, México y sus alrededores, México, Decaen, 1864.

El jardín de la Alameda Central de la ciudad de México fue reabierto el 26 de noviembre de 2012 para gozo de los paseantes, con el anuncio de que, luego de ocho meses de haberle sometido a intensos trabajos de remodelación y limpieza, los mexicanos recobrábamos parte de nuestra historia. Lo cierto es que, más que recobrarla, esta última actuación en la Alameda escribió una más de las páginas de historia de un espacio que se redefine desde hace más de 400 años, cada vez que el gobierno decide recomponerlo y adaptarlo a las exigencias políticas, sociales, ideológicas o estéticas de su tiempo.

Casimiro Castro, "Interior de la Alameda de MAi??xico, MAi??xico y sus alrededores, MAi??xico, Decaen, 1864.

Casimiro Castro, “Interior de la Alameda de México, México y sus alrededores, México, Decaen, 1864.

A mediados del siglo XVI el virrey Antonio de Mendoza inició el reordenamiento de la ciudad de México con los lineamientos dictados por el urbanismo utópico y el espíritu humanista del Renacimiento. Quiso ensanchar también la traza reticular hacia el poniente, más allá de los límites del islote de México-Tenochtitlán, y para eso adquirió los terrenos cenagosos comprendidos entre la vieja calzada Méxicoa-Tacuba (hoy Avenida Hidalgo) y la recién prolongada calle de San Francisco (hoy Madero). Fue ahí donde en 1592 se iniciaron las obras de un jardín para el ornato urbano por iniciativa del virrey Luis de Velasco.

Miguel Mata y Reyes, El aguador, 1854, Museo Nacional de Historia

Miguel Mata y Reyes, El aguador, 1854, Museo Nacional de Historia

Se plantaron los primeros álamos que dieron el nombre al sitio y proyectaron las calzadas y una fuente; pero la saturación de agua en un suelo chinampero hizo penosos y difíciles los trabajos. El jardín quedaba constantemente anegado, y durante todo el siglo XVII fue siempre pisoteado por el ganado que libre lo invadía para pastar en él, aplastado por el tianguis que se instalaba encima y sucio por la basura que azolvaba las acequias.

Pese a todo, se mantuvo la vocación asignada al lugar, y a comienzos del XVIII, la Alameda era el paseo público de la capital de Nueva España. Cada año, el cabildo elegía a un alcalde encargado de su cuidado y el jardín era escenario importante del calendario festivo: el arribo de virreyes y arzobispos, la celebración veraniega de San Juan, Corpus Christi, carnestolendas; todo pasaba por ahí. Para la segunda mitad de siglo, los ejidos y barrios que se extendían alrededor habían ido perdiendo su carácter rural, y la edificación y reconstrucción de iglesias, conventos y casas reflejó el crecimiento económico y el esplendor urbano del virreinato. El jardín se hizo eco de la reforma administrativa, la ciencia, la técnica y las inquietudes higiénicas. Fue un paseo ilustrado con la desecación y consolidación definitiva de su suelo, la instalación de cañerías, nuevas plantaciones, riego y por supuesto decoración con cercas, fuentes, estatuas, portadas y ampliaciones diseñadas por arquitectos de la talla de Ignacio de Castera y Manuel Tolsá.

La Alameda, circa 1960, Col. RAA

La Alameda, circa 1960, Col. RAA

A fines de la colonia, la Alameda era el paseo predilecto de los moradores de la ciudad de México. Pero, como es lógico suponer, con la lucha de independencia y los difíciles años de inestabilidad política y zozobra económica que siguieron, quedó lastimada y abandonada. No fue sino hasta después de la restauración de la república, una vez pasados los horrores de la guerra civil y la intervención extranjera, cuando se reiniciaron con dedicación los trabajos para rehacer las infraestructuras del jardín y mejorar su imagen. Desde entonces todo fue innovación. El Estado liberal, definitivamente consolidado con la dictadura de Porfirio Díaz, se empeñó en mostrar grandeza y refinamiento con fuentes, monumentos “clásicos”, bancas de fierro fundido, columnas de chiluca y banquetas de cemento Portland. En la Alameda se instalaba cuanto exigía la bella época: kioscos para la música; carpas para bailes, teatro y zarzuelas; jacalones provisionales para títeres, acróbatas y prestidigitadores; puestos de comida y bebida; aparatos mecánicos desmontables; una pajarera y un reloj eléctrico; un tren infantil; el extraordinario pabellón morisco; flores y árboles de los nuevos gustos botánicos y el fastuoso hemiciclo de inspiración clásica, dedicado a Benito Juárez. Esta es la Alameda que modificada más o menos, hemos heredado en el siglo XXI y la que los encargados del ordenamiento, acicalamiento y gobierno del espacio urbano han restaurado para su conservación.

La Alameda en mayo de 2013

La Alameda en mayo de 2013

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