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Aniceto Ortega: un médico multifacetico

Olivia Moreno Gamboa.
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 27.

Reconocido por sus ideas eclécticas en la medicina, Aniceto Ortega destacó en el México de la segunda mitad del siglo XIX por su formación enciclopédica. Escribía tanto sobre los efectos terapéuticos de la música, como de tratados acerca de terremotos y erupciones. Pero en la memoria mexicana trascendió como uno de los compositores más originales de su generación. Un relato de aquellos años nos da cuenta de ese discurrir por los hospitales y los escenarios musicales.

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Dr. Aniceto Ortega, profesor de clínica de obstetricia, ca. 1860, litografía.

La crónica musical que se presenta en las próximas páginas fue publicada en El Siglo Diez y Nueve, uno de los diarios liberales de mayor circulación nacional del México independiente, y también uno de los más longevos. El autor de la crónica, publicada el 25 de septiembre de 1871, fue el periodista francés Alfredo Bablot (1827-1892), emigrado a México a mediados del siglo, quien en poco tiempo conquistó a la élite artística e intelectual de la capital por sus amplios conocimientos musicales que, aunados a sus buenas relaciones políticas, le valdrían en 1881 el nombramiento como director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación, por el presidente Manuel González.

Bablot se valió del seudónimo de Proteo para publicar una crónica de la última representación de la compañía de ópera italiana de la célebre Ángela Peralta, que actuó en el Tea- tro Nacional del 6 de mayo al 13 de septiembre de ese 1871. Para la quinta y última entrega, había prometido a sus lectores ocuparse de la ópera Guatimotzin, estrenada justamente en la clausura de la temporada lírica, pero en lugar de la prometida crónica musical, entregó al diario una curiosa conversación que supuestamente sostuvo con el autor de Guatimotzin, Aniceto Ortega.

Partitura Aniceto Ortega AGN (590x800)

Aniceto Ortega, La luna de Miel, Mazurca de Salón (portada), ca. 1870, partitura para piano. AGN, Propiedad Artística y Literaria, caja 1343, Exp. 18.

Aniceto Ortega del Villar nació en 1825 en Tulancingo en el seno de una familia culta, aficionada a la ciencia y las bellas letras. Junto a su hermano mayor Francisco (1822-1886), recibió una educación que inculcaba una moral severa, el gusto por la literatura y la música. Con frecuencia la familia recibía en su casa la visita de intelectuales y artistas. Así, los jóvenes Aniceto y Francisco crecieron en un ambiente estimulante, privilegio de la clase acomodada en nuestro país.

Aniceto y su herma- no cursaron estudios en la Escuela de Medicina, recién fundada en 1842. Se especializó en obstetricia, y una vez concluido sus estudios en diciembre de 1849, realizó un viaje de perfecciona- miento por Europa. En un lapso de cinco a seis meses visitó España, Francia, Italia y Gran Bretaña.

A su regreso a México se incorporó a su alma mater como profesor de medicina y cirugía. No obstante, el desempeño de importantes cargos administrativos le obligaba a dejar la cátedra por lar- gas temporadas. Durante el segundo imperio formó parte del Consejo Superior de Salubridad (encargado de regular la práctica médica y preservar la salud pública) y fue nombrado director del Hospital de Maternidad e Infancia, inaugurado en 1861 con el fin de atender a mujeres y niños pobres y a madres reservadas, es decir, jóvenes solteras que guardaban en secreto su embarazo y parto. Estuvo al frente del hospital hasta su muerte, ocurrida en 1875

Ortega retomó la enseñanza en 1868 como catedrático de clínica de obstetricia en la Es- cuela de Medicina que dirigía José María Vértiz, aunque a los pocos meses solicitó licencia por dos años, alegando motivos familiares.

A decir de sus contemporáneos, fue un médico de pensamiento ecléctico, pues si bien era fiel a la escuela francesa, a veces se inclinaba por la inglesa y la alemana. Entre otros aciertos, sus amigos galenos le reconocían haber divulgado y multiplicado los usos de la recién inventada inyección hipodérmica, y aplicado con buenos resultados maniobras atrevidas en la cirugía ginecológica

Ortega gozó de una posición económica estable gracias a su cargos públicos y quizá, sobre todo, a la práctica privada de la medicina entre una clientela escogida y numerosa. No por ello abandonó su altruismo con los enfermos  pobres, a los que atendía desinteresadamente, como narra Proteo.

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