Archivo de la categoría: Cuento histórico

Cuestión de honor

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Ganaste, Mariano. Piensa en eso ahora que, otra vez, como tantas madrugadas desde hace cuatro años, las pesadillas vuelven a despertarte y prefieres no dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y ponerte de pie, silenciosamente, para no despertar a Andrea. La noche se ve muy oscura por la ventana de la habitación, ni un rayo de luz ilumina las sombras, tampoco iluminaba la lobreguez de tu celda. Entonces, como el profeta Job, te preguntabas cuándo sería de día.

Sientes que has perdido todo y es de entenderse, ¡vaya que sí!, la experiencia fue aterradora: un hombre de leyes arrancado con lujo de violencia de su hogar, sin explicación alguna y sin que los ejecutores del poder de Tacubaya mostraran la menor compasión, ya no por él sino por los suyos que presenciaban el brutal atropello y quedaron sumidos en el más grande abatimiento. Pero por más que sabes que es inútil pasar y repasar lo que ocurrió pues no puedes cambiarlo, porfías, y aun escudriñas hasta en lo que en esos momentos especulabas y sentías.

Escuchas el silencio; afuera nada se mueve y a lo lejos apenas se alcanza a ver la luz del farol que agita el sereno. También el silencio dominaba en el convento de San Agustín, nada más interrumpido por el rezo de los frailes. Y te sumabas, Mariano, pero no para alabar a Dios como ellos hacían, sino para exigir justicia por el abuso cometido contra ti y Lafragua y Riva Palacio y Pedraza. Abuso, sí, pues su única culpa era defender los principios liberales y la federación. No habías hecho mal alguno, estabas seguro, tan así que cuando te advirtieron que iban por ti no quisiste desaparecer, pensabas que la mejor defensa sería la ley y la verdad acabaría por prevalecer.

Fue un error, lo entendiste de inmediato, pero hay que olvidarlo ya, ahora toca aceptar que lo pasado no puede cambiarse y esas semanas de soledad y silencio transcurridas, sin ver más que a los frailes agustinos quienes sin pronunciar palabra te llevaban los alimentos, acunaron la idea de que cualquier individuo –llámese como se llame, sea pobre o rico, mexicano o extranjero– precisa de una ley que ampare sus derechos y esté por encima de la arbitrariedad de cualquier gobierno. Pues bien, Mariano, el día llegó, esa ley ya entró en vigor y somos muchos quienes ganamos. De algo sirvió la injustificada estancia en esa fría y oscura celda conventual, cuando sólo maliciabas que todo era por defender lo que pensabas en el Congreso y en la prensa y por el temor del dictador a tu voz.

 

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¡Ay mi traje negro!

Silvia L. Cuesy
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Una larga travesía lleva a Benito Juárez de regreso a México. Hay sombreros que se pierden, una identidad simulada, náuseas permanentes, un cargamento que cuidar. Y una esposa que lo espera.

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Los pertrechos pagados por un particular mexicano serían enviados a Acapulco desde Nueva Orleans: 4 500 fusiles y suficiente parque para cargarlos, decenas de piezas de artillería y pólvora. De los arreglos para su envío se encargaría la compañía naviera de dos cubanos: Domingo Goicuría y Pedro Santacilia, amigos de los conspiradores mexicanos exiliados;ellos, los cubanos, eran también expatriados por traer entre manos la independencia de la isla y su anexión a Estados Unidos.

Poco a poco el grueso de los desterrados mexicanos en Nueva Orleans se hallaba concentrado en Brownsville, excepto Benito Juárez que en el verano de 1855 desembarcó en Acapulco. Ni Ocampo ni Mata ni Iglesias quisieron dirigirse a ese puerto dado su lejanía. El apremio les sacaba ronchas y prefirieron viajar hasta la frontera sur de Estados Unidos desde donde sería más fácil entrar a México en vez de dar un rodeo tan grande como lo haría su amigo.

Juárez había retrasado su viaje de Nueva Orleans a Acapulco a causa de unas inexplicables fiebres que lo postraron en cama sin la posibilidad de consultar a un médico o adquirir algún remedio, y porque los fondos para comprar las armas, y pagar el embarque de las mismas y otros gastos, no aparecían por ningún lado. A los pocos días de sanar de puro milagro, le llegó una cantidad proveniente de Brownsville y casi al mismo tiempo también una remesa que le mandaba Margarita, su mujer. Después de la aprehensión de su marido ella había abierto una tiendita en la Villa de Etla para procurar ingresos. Una y otra vez regateaba y pedía crédito a los proveedores y volvía a vender el surtido, y vuelta a lo mismo varias veces. Cada ganancia la dividía en dos: una la ahorraba para luego enviarla al marido y con la otra mitad malcomían y malvestían ella y sus hijos. Aún convaleciente, el oaxaqueño partió de regreso a México el 20 de junio. A Benito Juárez se le salían unos cuantos suspiros, hondos como el océano que surcaba, y sus ojos se le humedecían con un líquido igual de salado que el mar. La imaginaba haciendo las pequeñas rifas que ella le había platicado. Lo más duro: pensarla pidiendo prestado a sus familiares o al compadre Mejía.

Mediante sus influencias en Estados Unidos, Nueva Orleans, Nueva York y Washington, Santacilia había logrado conseguir más armamento y al fin organizó el envío en el mismo buque en el que trepó a don Benito. El oaxaqueño era quien cuidaría que la carga llegara a manos de los ayutlistas –encabezados por Álvarez, gobernador de Guerrero, y Comonfort, administrador de la aduana de Acapulco-, tal como se había convenido.

—¿Cuándo y dónde usted y yo volveremos a vernos?, sólo Dios
sabe, don Benito —dijo Santacilia al momento de palmear la espalda del
mexicano en el abrazo de despedida.
—Cuándo, no lo sé Santa. Pero sí le digo que únicamente podrá ser
en dos lugares: en México libre o en la eternidad…

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Jornada al fondo de la noche

Arturo Garmendia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Pues ahora, de esos que murieron jóvenes te llega el murmullo.
Rainer María Rilke. Elegías de Duino

La hoguera del vivac ilumina los pies de los soldados que se preparan para pasar la noche. Su luz es incierta y asciende por los cuerpos yacentes con dificultad. Muchos rostros quedan en penumbras, pero el capitán D’Anjou girando la cabeza puede reconocer a los zuavos, tocados con su fez e inconfundibles por sus anchos pantalones rojos; a los húsares austriacos, en su uniforme verde; y a los propios soldados franceses, de chaqueta corta y quepí azul marino. Próximo a él reposa un jovencito, que custodia el estandarte de la compañía. Se descubre para apoyar la cabeza sobre su mochila y por su cuello desborda una cascada de rizos rubios que, junto a su pálida faz, le dan el aspecto de una jovencita. Al capitán D’Anjou le recuerda a su hija. Le pregunta:

–¡Eh, tú! ¿Cómo te llamas?

–Cristóbal Villafagne, señor.

–¿Cuántos años tienes?

–Recién cumplí diecisiete.

–¿Y de dónde eres?

–De Lorena, señor.

–¿Cuándo llegaste?

–Hace tres días desembarcamos en Veracruz, señor.

–Vamos a la guerra –repuso el capitán– ¿No tienes miedo?

–¿Miedo a qué, señor? Nuestro ejército es el más poderoso del mundo y en cuanto a los mexicanos… Lo dijo nuestro comandante, en Orizaba: “… somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y sensibilidad que, a partir de este momento y al mando de nuestros 6 000 valientes soldados, ya somos dueños de México”.

–Ningún soldado debe menospreciar al enemigo –sentenció D’Anjou, añadiendo:

–¿Y qué has venido a buscar aquí?

–La gloria, señor… y fortuna. Mi familia espera eso de mí.

Las conversaciones se han ido apagando. El fuego chisporrotea y alguien tose. El joven alférez saca de su chaqueta un relicario, y del joyel un mechón de rubios cabellos, que contempla en silencio. El capitán interrumpe sus pensamientos.

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Monólogo de un fantasma

Astrid Prisilla Carbonell Chávez
Universidad Anáhuac México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

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El día primero de noviembre me encontraba lejos de mi patria. El anhelado olor a cempaxúchitl y chocolate acudía a mi imaginación, arrastrándome a la búsqueda de una andanza parisina. Fue así como me encaminé hacia el cementerio de Montparnasse, con la decisión de apreciar un día de muertos afrancesado. Peculiar manera de seguir la tradición latinoamericana, aquella que esconde cientos de misteriosos ritos añorantes de la existencia del más allá. Para mis adentros pensaba que el ojo global mira sin parpadear a las calacas mexicanas. Para el mundo, el paso de la vida a la muerte es un momento emblemático que causa admiración, temor, dolor e incertidumbre, pero en México, la muerte es una carcajada, el mexicano vive seduciendo a la niña blanca, ya sea para venerarla, honrarla e incluso burlarse de ella al acudir a innumerables bailes en donde al son que impone la vida el hombre no para de zapatear. Con ello demuestra su filosofía, los mexicanos son aquellos que acogen la muerte con humorismo y le dan la bienvenida con alegría, la veneran como a la vida, dándole un matiz especial, porque entienden el significado de que la vida no existe si no es vivida y mucho menos tendría un significado sin la presencia de la encantadora muerte.

Un susurro entre las tumbas corta de tajo mis reflexiones; al fondo del panteón una capilla relativamente sencilla en color gris llama mi atención a causa del blasón que presentaba sobre la puerta. Un escudo con un Águila devorando a la serpiente, en cuyo marco se lee el nombre de un fantasma: Porfirio Díaz. Desde el interior escapaba un gutural sonido pregonando quejumbrosas reflexiones en un monólogo casi inteligible que ahora trataré de plasmar.

Ay Nicolasa, ¿estás ahí?, soy tu hermano Porfirio, no hay soldados como los nuestros; no nos importaron sus historias de guerra. Sus cruces adornan la base de nuestra bandera mexicana. Pídele a Dios que no me vuelva loco de felicidad; dale un abrazo a Delfina. ¿Loco? He tenido una eternidad para escuchar a miles de personas pasar llamándome ¿loco?, para muchos de los mexicanos no fui más que un dictador afrancesado loco. Loco se vuelve el hombre cuando supone que el futuro de la democracia es puesto en peligro por la prolongada permanencia en el poder de un solo presidente:

¿No te conmueve, di, la bancarrota ni el hambre que a tu pueblo tanto aprieta?
Si no te enmiendas, yo sin ser profeta Te digo que saldrás a la picota.

 

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Ciudad de México. Mexico City

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Ciudad de México. Mexico City

Entrada de Scott a la ciudad de México (2)

Basta el estruendo del primer cañonazo para despertarla, habría querido dormir otro poco, la madrugada estuvo llena de ruidos que interrumpían su sueño y le negaron el descanso: voces que daban órdenes, carretas que se arrastraban sobre el empedrado, patadas y relinchos de caballos a los que se disponía para el recorrido hacia el mar, botas que andaban, corrían, bajaban, subían. Se acurruca de nuevo, solo quiere un minuto de tregua, no pensar en la nueva realidad que se aproxima. Pero el segundo cañonazo le trae su obligación a la memoria, sí debe presenciar la salida del invasor, mostrar alivio y regocijo en una fecha que será notable en los fastos nacionales, las generaciones venideras recordarán este 12 de junio de 1848 como el día de la liberación, muchos países celebran uno, México tendrá? que hacerlo desde hoy y para siempre.

Ve el zócalo, son las seis, el sol se acaba de asomar, su luz viste a la catedral, los palacios y los portales con ropajes de estreno, ¿qué no es una fiesta? La infantería y la caballería, 10 o 12 o 14 000 hombres forman un cuadro azul alrededor de la plaza, mientras que 5 o 6 000 voluntarios, seguidos por más de un centenar de carretas cargadas con la artillería y un buen suministro de víveres,  trazan una línea multicolor que se extiende por Plateros, casi llega a la Alameda, entre todos semejan un ejército de juguete listo para desfilar en cuanto se le dé cuerda, pero esa es nada más una imagen. Ella lo sabe mejor que nadie, lo supo muy pronto, cuando sus dueños la abandonaron y no había quien la protegiera.

Mientras los cañones disparan y la bandera de las barras y las estrellas desciende del asta de palacio, se acuerda del 14 de septiembre, cuando el enemigo pasó por las garitas de San Cosme y Belén, para dirigirse luego hacia la plaza mayor. Ya desde antes (Padierna-Churubusco-Molino del Rey-Chapultepec) la había estado rodeando, la asedió, la acosó, pero ella se sentía segura, nunca creyó estar en peligro, su hogar era una fortaleza. Ese día se percató de su error, Él iba a tomarla, nada lo impediría, y tuvo miedo y reaccionó impulsivamente, tan pronto se le acercó, intentó empujarlo, lo araño, lo mordió y también lo golpeó, tenía que lastimarlo. Durante 37 horas se batió en las calles y las avenidas, acechó atrás de las esquinas y en los quicios de las puertas, desde las ventanas y las azoteas le arrojó piedras, palos, ladrillos y hasta agua hirviendo. Pero tu defensa no sirvió para ahuyentarlo, fracasaste.

 

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Negrita linda

Silvia L. Cuesy

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

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Eras una mariposa al vuelo, Josefa. Combinabas desparpajo, donaire, frescura. A través de los años tus aleteos fueron perdiendo gracia, pero el amor que sentía por ti superaba cualquier merma en tu belleza. La jovialidad que esparcías a tu paso era tanta que, al verte, yo me alegraba de ser tu eterno y feliz enamorado Catorce preñeces le restaron esbeltez al primor de tu cintura, redondearon tu cálido cuerpo y aflojaron tu carne aceitunada. Catorce críos te enloquecieron por turnos con llantos y alborozo infantil; corrías de aquí para allá, jugabas con uno, altercabas con otro, los animabas al baile tocando alguna tonadilla con la flauta; si había enfermitos velabas junto a su cama o, tristemente, diste el adiós a alguno en el camposanto. Sin embargo, ninguna gravidez logró hacerte renunciar a las ideas libertarias que fuiste madurando con el correr de la vida; ideas tan poco comunes en una dama consagrada a su hogar como lo pretendiste ser tú, mujer. Yo te exhortaba a guardarte la lengua frente a la gente, ya fuera en público o en privado. Prudencia y cautela te imploraba Respondías que además de darle a la Nueva España tantos hijos como Dios quisiera, también estabas para infundir valor en los hombres nacidos en este reino. Hombres que habrían de luchar algún día por erradicar de este suelo la opresión y petulancia de los españoles. ¡Ah, esos españoles que despertaban en ti tanta animadversión!

¡Ay, Josefa! Eras casi una niña. Tenías la edad de nuestra Carmen Camila. No, miento, eras dos años menor. Si mi memoria no es traicionera, cuando entrelazamos miradas por primera vez rondabas los dulces 16, más o menos. No imaginé en ese momento la vida de amor y tortura que serías capaz de darme. No me arrepiento. Aliñaste mi rutinaria existencia, y más que una madre fuiste una hermana mayor para mis hijas, pues ni siquiera les doblabas la edad. Gracias a ti dejé atrás mi lóbrega viudez y tú, pícara, resucitaste mi hombría y a María Guadalupe y a María Josefa, mis dos hijas, les arrancaste carcajadas a raudales con tus juegos y ocurrencias. Supiste darles el mismo cobijo de madre que a ti te dieron en el colegio.

Recuerdo nuestra duda hace ya tiempo, acurrucados en el lecho. Aún insisto en que, persiguiéndome, te ocultabas tras una columna del imponente patio del Colegio de Vizcaínas. Tú alegabas haber entrado a ofrecerme un vaso de horchata fresca a la oficina del director; como colegiala una de tus tareas era atender a los patronos y cofrades cuando llegaran de visita igual que si estuvieras en tu propia casa. No importa cómo haya sido el encuentro, lo que sí es preciso es agradecerlo. Si la sapiencia divina juntó a dos almas tan opuestas, muy a pesar de todas las críticas y señalamientos, por algo fue… Eras atrevida, Josefa, y yo un irredento pecador.

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Dilema

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

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Está ahí, en su despacho de Palacio Nacional, sentado en la silla que tanto trabajo le costó alcanzar, se dice que a lo mejor es cierto lo que afirman sus enemigos, y también sus amigos; ya es bastante, lleva 18 años de ser presidente y demasiados de beber de esa pócima que es el poder. Llegó el momento de retirarse. Se pone la mano sobre el corazón, susurra que ha de aceptar la realidad, está viejo y sobre todo enfermo y si no se cuida en cualquier momento la angina de pecho le dará un susto.

Benito piensa que si accede a tal petición requerirá de fuerza, mucha fuerza, pero él supo estar a la altura desde la infancia, ¡si por eso dejó Guelatao decidido a no pastorear a una oveja más! También lo estuvo más tarde: ¡tanto tiempo viviendo a salto de mata para salvar al gobierno liberal, primero de los reaccionarios, después de los franceses y las tropas imperiales! Sí, por supuesto que podría, debería entonces de pensar en alejarse ahora, cuando todos y todo le aconsejan guardarse para la historia. Su vida política ha de terminar dignamente, como la de un patricio, no tiene razón para exponerla en otra revolución, ¡si adivina el designio de don Sebastián, tan impaciente por sucederlo, y no se diga de don Porfirio, es casi tan ambicioso como él lo fue!

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No es la primera vez que considera el retiro. Lo hizo cuando dudó entre permanecer en Oaxaca, ejerciendo como mero abogado, pero al lado de Margarita, criando junto a los hijos, y no tener que enviarlos a los Estados Unidos para protegerlos del enemigo. Lo hizo también más tarde, mientras peregrinaba por el norte con el ejército enemigo a sus espaldas, cuando pensó en desistir de todo, en alcanzar a la familia y que el país se las arreglará como fuese o se fuera al carajo pero sin arrastrarlos consigo. Lo ha pensado también últimamente: se le antoja hacer un largo viaje, ir a la ciudad de Nueva York de la que ella solía contarle tantas cosas, o siquiera volver a Veracruz, allí donde siempre fue bien recibido.

Pero no quiso entonces, esas ideas le parecieron absurdas, si él hizo lo que tenía que hacer, de él dependía el porvenir de la república y estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Y tampoco lo desea ahora; se pregunta además qué haría de su vida si decidiera no reelegirse, si Margarita se fue y los hijos no lo necesitan. Además, retirarse con honores no es lo suyo; si bien puede dejar que otros administren y dispongan, a él le gusta pronunciar la última palabra, complacerse con la sumisión y las reverencias de los otros, sentir que él tiene el poder, que él lo encarna.

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Estreno de residencia

Arturo Sigüenza
FFyL, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En la inauguración del hospital para enfermos mentales La Castañeda, una baronesa, el secretario particular del presidente y un general desaliñado y falto de memoria que ya formaba parte de la población del psiquiátrico sostienen una conversación desopilante.

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La esplendente construcción albergaba ya a sus nuevos huéspedes, y se otorgaba un festín para recibir al distinguido séquito que encabezaba el presidente de la república, formado por embajadores y cónsules, destacados empresarios y alta burguesía. La banda de música de viento, perfectamente uniformada, complacía a los invitados allí reunidos para conmemorar la inauguración de aquella arquitectura de corte francés, como una muestra de la abundancia económica que seguía pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad política interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor ángulo ante los fotógrafos que se abrían paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas ávidas del brindis con champán que ya estaba siendo descorchado.

Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregación en el campo de castaños que rodeaba el vasto edificio. Así que por fin cumplió su promesa, mi preciado amigo…

Se lo dije, “baronesa, ¿dudó acaso en algún momento de mi palabra?”

“¡Oh!, de ninguna manera, sólo que después de dos años de espera…” dijo agitando más rápido su abanico, “cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.”

“Pues ya lo ve. Hasta el señor presidente dejó en casa su indumentaria de general, para presentarse de frac y sombrero de copa, como exige la ocasión.”

“Mi marido no ha de tardar en traer mis pertenencias, ¡me urge un cambio de prendas!”

“Se encuentra usted exquisita, baronesa, pierda cuidado. Lo importante es que nos han otorgado un lugar acorde con nuestra clase social.”

Como protegidos del gobierno, ya era hora de cambiarnos de aquel muladar…

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La calva del secretario particular brillaba desde esa perspectiva. Declamaba su discurso haciendo pausa cada dos frases para incitar la oleada de aplausos dirigidos al primer mandatario, quien a pesar de verse agotado saludaba generoso a la élite que lo había sostenido tanto tiempo en el poder. El próximo aniversario de la independencia, fecha que por capricho hizo coincidir con el día de su cumpleaños, lo tenía atareado como ningún otro en sus tres décadas de mando, debido a las presiones sociales que cada vez cobraban mayor fuerza en el ámbito popular.

Docenas de cohetones retumbaron al final del sermón político y la aristocracia se enfiló, copa en mano, hacia las amplias escalinatas de la entrada principal. Adentro, un anciano de ajadas vestiduras militares, desaliñado y barbudo, corrió nervioso hacia el ventanal, ocupando con gran destreza su muleta y su pierna de palo hasta que cayó hecho una piltrafa.

“¡Pecho tierra! ¡Cañones en la retaguardia!”

“Guarde compostura, capitán, que la guerra ha terminado…”

“¡Yo nunca bajo la guardia!”

Apenas uno se descuida y ya tenemos a la turba en nuestras narices…

“Relájese, va a incomodar a nuestra querida baronesa…”

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“¿Baronesa, dice usted? Ejem, ejem… a sus pies, ilustre señora” dijo el hombre agitado desde el suelo, “¿no va a presentarnos?”

Aquí vamos otra vez, “le ruego me disculpe… Claro, claro capitán, la baronesa De la Croix. Baronesa, el capitán García.”

La mujer hizo un gesto de enfado y estiró la mano enguantada de satín. Tenía la suficiente paciencia para soportar al pobre hombre que padecía notablemente de la memoria,

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Las tres sopas

Irma Ramírez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

La sopa de sapo es asquerosa, pero si se aprende a comerla de un solo jalón, y sin que se note el asco en los ojos o en la cara, puede sacar de muchos aprietos.

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Se puede hacer más desde adentro que desde afuera y se lo puedo apostar. Bueno, está bien, compañerita, me voy a sincerar con usted, al cabo después de la asamblea delegacional, ya ni modo, ni cómo sacar el sapo que sigue ahí, brincoteando en mis dentros.

No sé si fue porque ya estaba cansado de andar siempre en la vil chilla, de quedar mal con mis viejos, que por cierto no estuvieron muy de acuerdo con que estudiara la Normal, que porque luego tendría los ojos puestos en la ciudad, sin querer meter las manos en el trabajo rudo del campo. Y eso de que anduve en las extranjias, en lugar de ayudar en algo, al contrario, es pretexto para echarme más tierra encima y acusarme de tener la ideología metida hasta el tuétano. También pue’que me amilan eso de no verle futuro a andar a tiro por viaje con los güevos hasta el pescuezo, nomás pensando: y si me agarran, una tranquiza sería lo de menos, pero ¿si me torturan?, ¿de qué ha servido que los compas hayan aguantado esa friega? Entonces me dije que ya no iba a pensar que el trabajo vale igual que el capital, para qué creer que la luna es de queso, si eso nada más en los libros es verdad. Que iba a olvidar la sonsera de querer cambiar el mundo así nomás, juntándole la gente al gobierno, se la damos peladita y en la boca, nomás para arrasar con ella en un sólo aleteo de halcón. Que iba a ver la manera de entrar al mero ajo, donde se cocina el pastel. Porque en la mesa del cambio, sólo vi de dos sopas, a cual más de chiruleras, una bien caliente, hirviendo, diría yo, irme con los compas de la guerrilla, pero la mera verdad, para morirme no tengo ninguna prisa; aunque dicen que cuando te toca aunque te quites, y cuando no te toca aunque te arrimes, para qué ponerme en el mero tocadero. Además, si se está dispuesto a morir, también se está dispuesto a matar y ahí sí paso, de puro pensado se me enchina el cuero. La otra sopa es seguir siendo comunista muerto de hambre toda la renga vida, batallando por un empleo, siempre ninguneado y sirviendo sepa la bola a qué negras motivaciones, pues. ¿no dicen que uno de los fundadores del PCM era agente de la CIA? Para qué seguir así, harto de sudar la gota gorda para lograr cualquier cosa. Y ya me cansó esa onda de presionar, presionar y nunca ver desde arriba; es como escarbar el tiro de una mina, cuesta mucho tiempo y trabajo y al primer error se derrumba todo y uno puede quedarse aplastado, mientras otros sacan la riqueza. A, ¡no!, miento, hay otra sopa, la sopa de sapo; es asquerosa, pero si se aprende a comerla de un solo jalón, y sin que se note el asco en los ojos o en la cara, puede sacar de muchos aprietos y pue’que ayude a treparse bien arriba.

Bueno compañerita, sin darle más vueltas, ¿sabe qué? Me metí a esa onda del nuevo partido, ese dizque partido de los estudiantes. No hay que tener más de dos dedos de frente para saber que no es de derecha ni de izquierda, sino de arriba y adelante, pero para qué nos hacemos güeyes, los meros meros que deciden el triunfo o la derrota de las luchas sindicales y el avance, aunque sea a cuentagotas de la lucha antiimperialista, son el PRI y el gobierno, que no es lo mismo, pero es igual. Ahí está la fuerza, hay que apoyar al gobierno de Echeverría. Por eso me metí a esas ondas. Nos dieron clases de oratoria. Don Álfego era nuestro maestro.

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La desobediencia de mi abuela

Elios Mitre

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

M’hijo, he decidido desobedecer, a ver qué se siente.

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Ana María Ponce Delgado a sus 18 años, 1936. Colección de la familia Mitre Ponce.

¿A qué se le puede decir no a los 96 años?, ¿a la memoria inacabada?, ¿a las letras de un libro que la vista ya no distingue?, ¿a los pies cansados?, A?a los placeres del paladar?

Visito a mi abuela cada quince días, es un tributo a las enseñanzas que recibí en mi niñez y a la cálida protección que nos brindó al enviudar mi madre. Pero también es un deleite escuchar su lucidez al recontar sus andanzas.

“Sírveme una copita de oporto, te platicaré cómo a mis seis años, mi madre casi me pierde en la inundación de Pachuca, al reventarse la presa allí por 1923. Al ver el afluente desbordado, en vez de escapar prefirió rescatar sus mercancías que estaban en el suelo. Confundida, me solté de su falda y corrí hacia la escalera donde se subía la gente.” De su trinchador tomé dos copitas, las llenó a medias y con un brindis ella reanudó sus maravillosas vivencias.

“Mi papá me llevaba libros y revistas que yo hojeaba sin descanso, pero al incendiarse la ferretera en 1930, esa noche todo se perdió, aunque alcancé a rescatar algunos de mis libros favoritos, hasta que un peón me salvé de entre las llamas. No sentí cuando me quemó, aunque me quedó la cicatriz que tengo en el mentón. No sentí cuando me quemé.”

Mi abuela aún tiene esa suave firmeza, es, como decía mi abuelo, como la gota en la piedra: cuando se decide nada la detiene.

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