Archivo de la categoría: Cuento histórico

Las tres sopas

Irma Ramírez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

La sopa de sapo es asquerosa, pero si se aprende a comerla de un solo jalón, y sin que se note el asco en los ojos o en la cara, puede sacar de muchos aprietos.

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Se puede hacer más desde adentro que desde afuera y se lo puedo apostar. Bueno, está bien, compañerita, me voy a sincerar con usted, al cabo después de la asamblea delegacional, ya ni modo, ni cómo sacar el sapo que sigue ahí, brincoteando en mis dentros.

No sé si fue porque ya estaba cansado de andar siempre en la vil chilla, de quedar mal con mis viejos, que por cierto no estuvieron muy de acuerdo con que estudiara la Normal, que porque luego tendría los ojos puestos en la ciudad, sin querer meter las manos en el trabajo rudo del campo. Y eso de que anduve en las extranjias, en lugar de ayudar en algo, al contrario, es pretexto para echarme más tierra encima y acusarme de tener la ideología metida hasta el tuétano. También pue’que me amilan eso de no verle futuro a andar a tiro por viaje con los güevos hasta el pescuezo, nomás pensando: y si me agarran, una tranquiza sería lo de menos, pero ¿si me torturan?, ¿de qué ha servido que los compas hayan aguantado esa friega? Entonces me dije que ya no iba a pensar que el trabajo vale igual que el capital, para qué creer que la luna es de queso, si eso nada más en los libros es verdad. Que iba a olvidar la sonsera de querer cambiar el mundo así nomás, juntándole la gente al gobierno, se la damos peladita y en la boca, nomás para arrasar con ella en un sólo aleteo de halcón. Que iba a ver la manera de entrar al mero ajo, donde se cocina el pastel. Porque en la mesa del cambio, sólo vi de dos sopas, a cual más de chiruleras, una bien caliente, hirviendo, diría yo, irme con los compas de la guerrilla, pero la mera verdad, para morirme no tengo ninguna prisa; aunque dicen que cuando te toca aunque te quites, y cuando no te toca aunque te arrimes, para qué ponerme en el mero tocadero. Además, si se está dispuesto a morir, también se está dispuesto a matar y ahí sí paso, de puro pensado se me enchina el cuero. La otra sopa es seguir siendo comunista muerto de hambre toda la renga vida, batallando por un empleo, siempre ninguneado y sirviendo sepa la bola a qué negras motivaciones, pues. ¿no dicen que uno de los fundadores del PCM era agente de la CIA? Para qué seguir así, harto de sudar la gota gorda para lograr cualquier cosa. Y ya me cansó esa onda de presionar, presionar y nunca ver desde arriba; es como escarbar el tiro de una mina, cuesta mucho tiempo y trabajo y al primer error se derrumba todo y uno puede quedarse aplastado, mientras otros sacan la riqueza. A, ¡no!, miento, hay otra sopa, la sopa de sapo; es asquerosa, pero si se aprende a comerla de un solo jalón, y sin que se note el asco en los ojos o en la cara, puede sacar de muchos aprietos y pue’que ayude a treparse bien arriba.

Bueno compañerita, sin darle más vueltas, ¿sabe qué? Me metí a esa onda del nuevo partido, ese dizque partido de los estudiantes. No hay que tener más de dos dedos de frente para saber que no es de derecha ni de izquierda, sino de arriba y adelante, pero para qué nos hacemos güeyes, los meros meros que deciden el triunfo o la derrota de las luchas sindicales y el avance, aunque sea a cuentagotas de la lucha antiimperialista, son el PRI y el gobierno, que no es lo mismo, pero es igual. Ahí está la fuerza, hay que apoyar al gobierno de Echeverría. Por eso me metí a esas ondas. Nos dieron clases de oratoria. Don Álfego era nuestro maestro.

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La desobediencia de mi abuela

Elios Mitre

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

M’hijo, he decidido desobedecer, a ver qué se siente.

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Ana María Ponce Delgado a sus 18 años, 1936. Colección de la familia Mitre Ponce.

¿A qué se le puede decir no a los 96 años?, ¿a la memoria inacabada?, ¿a las letras de un libro que la vista ya no distingue?, ¿a los pies cansados?, A?a los placeres del paladar?

Visito a mi abuela cada quince días, es un tributo a las enseñanzas que recibí en mi niñez y a la cálida protección que nos brindó al enviudar mi madre. Pero también es un deleite escuchar su lucidez al recontar sus andanzas.

“Sírveme una copita de oporto, te platicaré cómo a mis seis años, mi madre casi me pierde en la inundación de Pachuca, al reventarse la presa allí por 1923. Al ver el afluente desbordado, en vez de escapar prefirió rescatar sus mercancías que estaban en el suelo. Confundida, me solté de su falda y corrí hacia la escalera donde se subía la gente.” De su trinchador tomé dos copitas, las llenó a medias y con un brindis ella reanudó sus maravillosas vivencias.

“Mi papá me llevaba libros y revistas que yo hojeaba sin descanso, pero al incendiarse la ferretera en 1930, esa noche todo se perdió, aunque alcancé a rescatar algunos de mis libros favoritos, hasta que un peón me salvé de entre las llamas. No sentí cuando me quemó, aunque me quedó la cicatriz que tengo en el mentón. No sentí cuando me quemé.”

Mi abuela aún tiene esa suave firmeza, es, como decía mi abuelo, como la gota en la piedra: cuando se decide nada la detiene.

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La revolución y el tiburón martillo

Javier Rico M.
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

El viaje estudiantil del verano de 1975 a un lejano Puerto Escondido estaba impregnado de ideales revolucionarios. En el camino, el descubrir el México profundo dejó otras enseñanzas para aquellos jóvenes que luego se perderían en sus propias búsquedas de vida.

Vista Panoramica de Acapulco Tarjeta postal , col. Ramón Aureliano (640x422)

Vista panorámica de Acapulco, tarjeta postal, ca. 1870. Colección Particular.

Pero ustedes no traen nada, ¿verdad?” Por un instante (sólo por un instante) sus palabras fluyeron como un mero trámite para mantener la conversación. “No”, respondimos casi a coro. Pero pasado ese momento, quizá por una especie de súbita revelación, nos llenamos de espanto. Había pronunciado la frase con el rostro hacia nosotros, pero en realidad su mirada se perdía en el camino que dejábamos atrás a bordo de un vehículo de carga. A?Era una pregunta como cualquier otra, una sospecha o, peor aún, una advertencia?, ¿qué había querido decir con “nada”?, objetos robados, drogas, armas Juan A., Humberto H., Guillermo S., Carlos F. y yo intercambiamos una ráfaga de miradas “¿Nooo?, ¡cómo no, güey! ¡Los libros!”

Era el verano de 1975. El plan de viajar a Puerto Escondido (una especie de paraíso perdido al que imaginábamos como un mítico lugar: la playa prometida) lo urdieron los dirigentes de un taller de música folclórica latinoamericana de Prepa 5, del cual eramos orgullosos integrantes. El dinero para el viaje salió de varias semanas de hacer brigadas (al salir de clases subíamos a los camiones a tocar una pieza musical y pedíamos una cooperación para materiales e instrumentos para nuestro taller). Cubrimos el tramo de México a Oaxaca en tren, con pasajes de segunda clase. Recuerdo que no fue fácil abrirse paso para encontrar lugar en los asientos de madera entre aquellos pasajeros, gente del campo, que había invadido el pasillo con parte de su equipaje: gallinas, huacales, canastas, cajas de cartón, costales de yute… Luego de catorce horas de viaje nos trasladamos a un poblado cercano; de ahí iniciaríamos la segunda etapa larga del viaje.

Ya habíamos dejado atrás Ocotlán, donde parientes cercanos de Guillermo S. nos ofrecieron esperar en su casa al pariente lejano X, chófer de un camión de carga, que esa noche saldría rumbo a Pochutla. Gustosamente, el pariente lejano X nos daría un aventón. “¿Son amigos de Memo, compañeros de la Prepa, allá en México?”, decía con orgullo alguna de las mujeres de la casa mientras extendía un mantel blanco sobre la mesa del comedor. No tardó en llegar una noticia desalentadora: el pariente lejano X, nunca supimos por qué había cancelado el viaje.

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Los desvelos de Raúl

Silvia L. Cuesy

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

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La Consulta, pluma y pincel, en El Ahuizote, Semanario Político de Caricaturas, 5 de agosto de 1911.

La situación se ha vuelto insostenible, es como si las reco­mendaciones dadas se tomaran al revés. Raúl siente que sus ya de por sí escasas horas de sueño se ven ahora reducidas y turbadas por los desaciertos de su hermano mayor; hay que estar a las vivas a cada rato y cuidar del adelantamien­to moral inculcado con perseverancia y disciplina. Si por lo menos el ingrato se acordara de acudir a él, la vigilia valdría la pena; a últimas fechas ya no le presta la atención acos­tumbrada tiempo atrás. Y la verdad es que una tarea de tal envergadura no es como para echársela a cuestas sin atender una indicación diaria, por lo menos. ¿Qué hacer si Pancho ya no lo evoca, si ya hizo a un lado el reglamento? ¿Habrá perdido sus facultades al apartarse de las serenas regiones de las ideas? Y al presagiar lo que ha de venir, todo su ser se cimbra como si se repitiera el accidente que le quitó la vida cuando, de niño, trató de alcanzar una lámpara de keroseno, y esta se le vino encima, prendida, y su cuerpecito se incendió como antorcha sin que ser humano o sobrenatural alguno pudiera salvarlo…

A Pancho se le ha metido en la cabeza que él solo puede hacer frente a la misión redentora de buscar el bien de sus semejantes y sacar de la pobreza a unos y del materialismo mundano a otros, de sanar las llagas morales de sus compa­triotas. Y eso está bien, de eso se trataba tanto consejo… Lo preocupante es ver que ha equivocado la manera; de no co­rregir el rumbo, el precipicio les pesará a los dos. Raúl ya no sabe dónde meterse. Su vergüenza no tiene freno ni control por haber sido el primero en darle ese consejo a su amado hermano. ¿Qué se pensará de él al verse tanta torpeza de Pancho? ¿Cómo deslindar responsabilidades si continúa dor­mido en sus laureles?

No puede creer que Pancho tan metódico antes, tan com­prometido con los espíritus, ahora se muestra nervioso, irrita­ble y tartamudea más de lo acostumbrado; otras veces, todo lo contrario: su mente se va hasta el final del universo que no tiene final y por eso se aleja más y más inexorablemente…, ha pasado de la desobediencia a la apatía y el abandono. En cambio hay ocasiones que parece un chiquitín que de pronto tira un juguete por agarrar otro que se le antoja más atractivo. Sin embargo, la niñez queda casi en el olvido de tan remota… En esta empresa y en estos momentos hay que portarse como hombres, demostrar valor y firmeza, claridad y congruencia.

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Días entre cafés

Maximino Martínez Ocampo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

A Fernando Orozco y Berra le entretiene más la escritura que la medicina. Le han pedido un artículo y cavila sobre qué escribir. En los cafés encontrará un mundo por descubrir y retratar. También hallará el último golpe de frío que se pueda contar.

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Interior del café del Progreso, litografía en La Ilustración Mexicana, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1851. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar. Instituto Mora.

Una buena mañana en la ciudad de México de mitad de 1850, un médico convertido en escritor camina preocupado a lo largo de su estudio. Su nombre es Fernando Orozco y Berra y hace poco más de un año llegó a la ciudad de México procedente de Puebla buscando otra atmósfera y otros goces. A pesar de tener dos pequeñas arrugas en su entrecejo, es evidente su juventud, pues con 29 años la vida le sonríe avariciosa, haciéndole entrever horizontes sin límites. Y no podía ser de otra manera, pues en julio de ese año acababa de publicar una novela: La guerra de treinta años, dedicada a su hermano mayor, el historiador Manuel Orozco y Berra. El libro fue bien recibido por los letrados debido a las interesantes escenas que describía. La turbación de este novel autor se debe a que tiene que entregar para dentro de tres días un escrito al editor de La Ilustración Mexicana. Menos mal que con Ignacio Cumplido no tengo problemas –piensa–, ¡hace poco apareció uno de mis artículos en El siglo XIX!

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El joven Fernando decide que quizá una pequeña incursión al Tívoli de San Cosme, ubicado en las afueras de la ciudad, le ayude pensar mejor sobre qué escribir. Pues ahí sabe que se busca la fortaleza y se siente que la sangre circula con más velocidad, activando las funciones del cerebro. Desayuna una costilla y un par de huevos, todo un desayuno francés, aunque claro, esto le pesa más a su bolsillo que un típico almuerzo local. Vale la pena –afirma el joven–  mientras no sea todos los no sea todos los días. Un breve paseo a lo largo de los jardines, de lo que años después Ignacio Manuel Altamirano llamaría Tebaida del amor y de la gastronomía, probablemente le permitan obtener un tema del qué hablar. Pero no, lo único que ve son flores que parecen más zacates y matorrales, además de un joven que lleva un ramito de violetas para su dómina. Herido por el recuerdo de aquella mujer poblana a quien abrió su corazón sin vacilar, sin reserva y sin aliño, Orozco y Berra decide abandonar el lugar

El día pasa y la inspiración no aparece, tampoco sus lecturas le dan un tema del que escribir. Cansado y con la noche encima, Orozco decide tomar una taza de café, una bebida fuerte, estimulante y deliciosa. ¡Eso es! –dice decidido–, escribiré sobre los cafés de esta noble ciudad, cosa que pocos han hecho antes. Conforme, camina a su habitación para emprender la siesta, sabe que el próximo día será largo y tiene que recorrer parte de la ciudad para recordar tantos lugares.

Cinco y media de la mañana y nuestro escritor ya está listo para abandonar su hogar, en la calle de San Andrés. El frío azota a la ciudad de México que para la época cuenta con unos 200 000 habitantes y unas 4 100 casas, según una guía de forasteros escrita por Juan Nepomuceno Almonte. Se dirige a El Progreso, en la esquina de las calles de Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo. La forma más rápida de arribar al café sería que nuestro autor llegara a la esquina y bajase por la calle de Vergara. Demasiado fácil –piensa– además de que insuficiente para ver la multitud de establecimientos del género que me interesa. Así que decide enfilarse en dirección a la Catedral. Al cruzar por la calle de Santa Clara, una cuadra adelante, se encuentra con cafés ambulantes donde unos albañiles desayunan atole y tamales para aguantar la dura jornada que les espera. Ni pensar en tomar un bocado ahí. Para él, la simple mención de esa comida le parece grosera y anticonstitucional.

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De orden suprema

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

guillermo prieto

Su maldad ha convertido a la patria en un vasto cuartel

Guillermo Prieto (Fidel)

Santa Anna presumirá de generoso por haberte arraigado en este pueblo, Francisco, sin más celadores que el cura y el juez de paz, pero el exilio en el extranjero habría sido mejor.

El rebozo verde y la falda roja de doña Lupe ondean junto a la cerca; a la nívea blusa sólo le faltan el águila y la serpiente. ¿Por qué vestirá así? Malhaya, cierra ahora el libro, se inquietará si descubre que lees versos y no las vidas de santos que el cura ordenó. ¡Vaya que debe de creerse lo que este dice sobre los malos instintos que excita la poesía! ¿Sabrá esta mujer de amor? Pregúntale… ¡Vamos, si tiene marido! Para enfadarla es mejor que le cuentes de cómo santa María Egipciaca vagó desnuda por el desierto durante sesenta años incitando a un pobre eremita.

Buen día, don Pancho. ¿Despertó al fin? Je je, el señor cura y el señor juez le mandan sus saluditos. ¿Tiene hambre? Ahorita le alisto el almuerzo y si quiere luego converso. Dice mi Pedro que soy una liosa, pero yo digo que a veces sirve ¿no lo piensa así?

Escucha cómo los pasos de doña Lupe andan ya en la cocina, Francisco. ¿Cómo será su Pedro? Si la recua que este posee llega muy lejos, rara vez vendrá. ¡Ojalá que llegara pronto para recibir noticias frescas! La mejor sería que el dictador cayó, así regresarías a la imprenta y al café del Bazar y la Alameda. ¡El cuaderno! ¡Corre! No sea que la doña lo vea sobre el buró. Ponlo arriba del ropero, allí nunca sacude. Si lo llega a leer, la asustarán tus opiniones a favor de la revuelta y si se lo lleva al cura y este lo pasa al juez y el juez al jefe de distrito, ¡quién sabe la que te espera! Y de seguro que es secuaz de Santa Anna: ¿por qué si no te alojan en su casa? Versa bien Fidel: ¡verdugos de los pueblos son de su señor esclavos! Buscarán la suprema orden para devolverte a Ulúa y de allí se sale… con los pies por delante. Tu existencia valdrá menos que un grano de anís.

Basta, tampoco vivas en víspera. Mejor recuerda el escrito de anoche, es bueno, es firme, es convincente. Si tu editor lo leyera, lo pondría en la primera plana. Aunque si cerraron el diario… ¡Malhaya con la ley de prensa! Bien dice el poeta que la palabra se ha vuelto sorda, sin ímpetu, sosegada. Aunque si consiguieran imprimirlo en un taller clandestino, y circulase como hoja suelta, ¡con suerte llega a Quinzuñas y a sus sicarios y les da chorrillo!

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Amaneceres de junio

Silvia L. Cuesy
El Colegio de México.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

Once días después de la coronación de Franz Joseph como rey de Hungría, asesinaron a Max. Así terminó su imperio en un país de fanáticos conservadores monárquicos y de taimados indígenas republicanos.

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Ludwig Angerer, Familia imperial de Austria, fotografía, ca. 1860.

De mi calendario desprendo la última hoja de mayo. Los sentimientos se arremolinan… ¿Ha pasado un año?, ¿dos?, ¿una década?, ¿un siglo acaso? El corazón de una madre no distingue tiempo. Los hijos son nuestro eterno presente así, el sufrimiento de antaño me persigue ahora. En especial junio me estremece trayendo imágenes de irónicas jugarretas de los hados, lejanas a todo entendimiento… El deseo de vivir no existe más en mí. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué momento el designio de la Providencia bifurcó por tan diferentes sendas los destinos de mis dos bien amados hijos? Ocurrió en sus mocedades, supongo, en el transcurso de unas cuantas horas. Épocas turbulentas aquellas.

¡Ah!, la avanzada tecnología de la era ferrocarrilera y telegráfica había esparcido la explosión revolucionaria iniciada en París. Llegó hasta Viena cimbrando los cimientos de la monarquía; la violencia trastocó lo establecido. Por doquier se pretendía tumbar gobiernos. ¡Dios mío!, Praga y Berlín bombardeados. Las monarquías, aquí y allá, sacudidas por la nueva ideología. Dinamarca y Holanda prometían reformas, era impensable; en Londres hubo manifestaciones. Mis hijos, los dos hermanos adolescentes, huyeron de Viena. En Europa se reprimía a los rebeldes a sangre y fuego.

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Johann Höfelich, Francisco José, Fernando Maximiliano y Carlos Ludwin, litografía, 1844. Wikimedia Commons

En Austria se precisó un cambio de mando. La sucesión designaba al inútil archiduque Francisco Carlos, ese estúpido que en mala hora me tocó por marido; estorbo inservible, por lo que me convertí en el hombre de la casa, mote con el que pronto fui conocida en la corte. ¡Válgame si no he sido el hombre de la casa! Gracias a mi carácter salvé al imperio al obligar a mi cónyuge a abdicar a favor de Franz Joseph. ¡Adiós días de mi juventud!, suspiró desconcertado mi primogénito, a sus 18 años. Su majestad, musitó Max, inclinándose ante su hermano, apenas dos años mayor. Era el 1 de diciembre de 1848.

Sólo Dios y yo sabemos que la inteligencia y apostura de mis dos primeros hijos no se deben a la rémora a la que me uní para formar una familia… ¡Ah!, los santos del cielo y yo no podemos engañarnos: claramente vemos en ellos las virtudes de aquel tierno mozuelo, amante mío, a quien la parca alzó en brazos y huyó robándomelo. En cuanto al resto de mi descendencia, la imbecilidad de mi esposo se refleja en las costumbres y el temperamento de que a diario dan muestra.

Si estuviera en mí volver a vivir, a diferencia de ayer, hoy imploraría que mi entrañable Max no quisiera levantarse y dejar atrás su lecho. Imagino ese lecho, tal vez ahuecado por su silueta fetal, y quiero rescatar su forma y con desesperación ponerlo a salvo en el vientre mío donde otrora se escanció el amor. Anhelaría que la luz tempranera no se filtrara por la carcelaria ventana hiriendo de nuevo sus azules ojos con falsas promesas de vida. Que no se diera cuenta del encierro al que esa puerta y sus cómplices paredes lo confinaban. No más visitas, no más escritura de cartas, no más consejos. ¡No más trajín y llanto en los cuartos vecinos, por piedad!

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Mariposas al vuelo

Gloria María Fulladosa Morales

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En medio del escenario, la voz no se apaga. La solista queda en el centro de una esfera opresora, sujeta a los arbitrios de sus íntimas extrañezas. Siente que pierde su chaqueta y se le estruja el corazón. Cree escuchar los sollozos de la muchedumbre. La función está por terminar..

Gran evento musical tuvo lugar en Lecumberri. Extraordinaria función única a cargo de Guillermo Ferrer Clavé, director del Orfeo Catalá.
El Imparcial, septiembre de 1910.

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Moda de los teatros a principios del siglo xx, en Ernesto Chavero, Teatros en México 1910-1911,
México, Artes y Letras, 1911.
Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”- Instituto Mora

Sylvia lamenta ser tan pelirroja y llamativa. Preferiría desaparecer como aquella muchacha que la asombró hace algunos años en el escenario del Teatre Principal de Barcelona, al evaporarse de la escena milagrosamente entre antorchas y fogonazos, mientras el ilusionista sonreía diabólico y profesional. Ahora esto no es posible, está obligada a permanecer al frente del improvisado escenario porque no solamente forma parte de las primeras voces del coro, sino que también es una de las solistas; debe actuar para esa audiencia deformada y trastornada por el encierro. El desasosiego atrapa a la joven, debilita sus rodillas, siente los ávidos ojos que desmenuzan su cuerpo y recuerda la constante burla de sus hermanas: ¡Ay, Sylvia! ¿Qué se siente ser tan vanidosa? ¡Eres la presunción andando, hermanita! Sonríe un poquito, muy poquito y de lado. Ya les contará, ya les platicará lo que se siente entrar al Palacio Negro. La verdad es que hoy quisiera con toda su alma no ser como es. Se esconde detrás de un muro imaginario, permanece con la mirada baja, ni siquiera se atreve a sonreír. Durante el concierto, el volumen de su voz descendería provocando la mirada interrogante de Guillem Ferrer Clavé.

Eran las diez de la mañana cuando los carros que trasladaban a los artistas disminuyeron la marcha al desembocar por la ancha avenida polvorienta, para estacionarse frente a la sobria construcción circundada por llanos y pastizales secos. Después de traspasar la muralla almenada, les esperaba un gran mezzanine y a la derecha una puerta que daba acceso  al penal. Los artistas caminaban uno detrás de otro y eran revisados por guardias que veían los pases y escudriñaban sus rostros, el de ella en especial.  Penitenciaria, En MAi??xico su evoluciA?n social, MAi??xico, J, Basllesca y CompaAi??Ai??a 1902 (640x158)Las pecas, la cabellera  rojiza que apenas podía dominar con un chongo, el cuerpo como figurín de revista y los grandes ojos color miel deslumbraron al último de ellos, un hombre cuyo uniforme tenía un tono menos oscuro que el resto. La saludó inclinando la cabeza. Ella, orgullosa, abanicando las pestañas, levantó el mentón para que su nariz respingada luciera mejor y desvió la mirada hacia otro lado con arrogancia, mientras avanzaba en fila como habían ordenado los oficiales de policía. El guardia no se desanimó y decidió ocupar el lugar del empleado que prendía unos distintivos especiales en la ropa de cada uno de los visitantes. Eran artesanías realizadas con papel de china.

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Sólo una idea

Ana Suárez – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango, 450 años de historia, edición especial.

La guerra ya se huele. Casi se palpita. El país puede desaparecer. Qué hacer para impedirla. Hay que desatar antes de romper, dice alguien en tono diplomático. ¿Una carta que en su ambigüedad ayude a ganar tiempo?

L. Garcés, Palacio Nacional, ca. 1855. Col. RAA.

L. Garcés, Palacio Nacional, ca. 1855. Col. RAA.

Arista se pregunta si destapa la jaula, pero piensa que mejor no, apenas pasan de las seis y, aunque haya llegado abril, el canarito puede coger frío. Por su parte es inútil que se acueste de nuevo, como suele decirse nomás daría vueltas y todo lo vería peor. Y si por suerte lograra conciliar el sueño sentiría otra vez la angustia de la derrota, no de cualquier derrota, sino de la última, la final.

Se dice que no es posible seguir de esa manera, tiene que hacer algo, organizar sus ideas, tomar decisiones, sólo así recuperaría el sosiego. Y reniega: Si por mí fuera carajo ya me encontraría yo en Minatitlán, listo para combatir y caer junto a los defensores del fuerte. Pero no, su posición se lo impide, se ha convertido en el primer prisionero de la nación y no le resta más que permanecer en palacio y aguardar allí las noticias que logren remitir quienes están al cargo. Respira profundo y murmura: Debo calmarme, el país continúa en paz, mientras yo viva, algo podré hacer. Ordena que le lleven el traje de general, con todas sus medallas y hasta la banda de presidente. Sacará fuerzas de donde sea, y el rango y las condecoraciones le ayudarán, son suyas después de todo, sudor, y sangre, e incluso lágrimas sellaron su posesión, y en este mundo y en el otro son muchos quienes pueden dar testimonio de ello.

Después de arreglarse con cuidado, Arista da un trago al café que le acaban de poner sobre la mesilla de noche, elige un bizcocho del cesto colocado junto a la taza, lo muerde, es inútil, no pasa bocado, y murmura ¡puta madre, yo nunca he dejado de comer! Acaso es porque que en esta ocasión a él le corresponde el principal deber. No queda más que enfrentar el problema, pero resuelve sacar antes la jaula del cuarto y, con ella en brazos, poco a poco para no asustar a su huésped, recorre galerías y pasillos guardados por soldados y, ya en su despacho, la cuelga de otra percha, allí, junto a la ventana, a donde más tarde pegará el sol.

jose fernando ramirez. Mil personajes en el México del siglo XIX, 1840-1870-Editorial Extinta (453x640)

José Fernando Ramírez (1804-1871).

Se arrellana en seguida en una butaca, reclina la cabeza contra el respaldo y ahora sí da espacio a sus reflexiones. Es claro que no hay remedio, la cámara dio su dictamen, en verdad que él podría anular el decreto y contentar de esa manera a los gringos de mierda, pero no, no quiere, no va a actuar como un dictador. Una cosa es que en el pasado hiciera sus negocitos, todos extraen ventajas de sus puestos y él también ha tenido sus necesidades, otra dar un golpe de Estado, eso sí sería demasiado. No importa que los pinches diputados hayan metido la pata, tuvieron que haber pospuesto el rechazo del tratado para permitirle ganar tiempo, pues lo que quisieron impedir sucederá de todas maneras, y por la mala: los americanos van a ocupar el istmo en cuanto se enteren de que la votación fue en su contra, y construirán sin tardar el ferrocarril transoceánico.

[…]

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El cupo, el juez y el capitán

Rosalía Martha Pérez Ramírez
Instituto Alfonso Vélez Pliego, BUAP

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En la Puebla de 1837, la disposición del gobernador de completar el personal que se necesitaba en el ejército, era un dolor de cabeza para los jueces. ¿Con quiénes podrían completar la cuota que se pedía?

R. 727. Puebla, vista de la catedral, MAi??xico a travAi??s de los siglos, t. 3 (2)

Vista de la catedral de Puebla, litografía, en México a través de los siglos, T. 3, 1888.

Desde el cuartel menor de la calle de Herreros donde se hallaba el juzgado de paz, don Tomás Axotla caminaba diligentemente hacia la esquina de Mercaderes una tarde de primavera de 1837. Contaba con el tiempo preciso para encontrarse con sus colegas en el taller de don Manuel Zincuneguin, que por esos años era el sastre más reconocido entre las esferas poblanas. Lo mortificaba la idea de llegar tarde a la cita pero ¡qué le iba a hacer!¸ los empleados del juzgado le habían hecho una despedida esa mañana; pero más lo perturbaba que su bondad natural, tan reconocida en dicho acto, se encontrara precisa- mente a prueba. ¿Cuál era la causa? Pues nada menos que la orden de la presidencia de la República para que jueces, fiscales, ministros y demás personal de la administración de justicia se metieran en gastos, por la imperiosa necesidad, porque era imperiosa, de adquirir uniformes nuevos. Don Tomás estaba enfurruñado, renegaba de la disposición del señor presidente, que por segunda ocasión en el país era don Anastasio Bustamante, y aunque había argumentado que por no ser ministro del tribunal superior a él no le tocaba, la orden los alcanzaba a todos. ¡Días de protocolos y besamanos!, aunque de muy poca liquidez en las nóminas de las dependencias. Sudando un poco logró entrar al taller de sastrería atrás de sus colegas, quienes lo saludaron amablemente, disimulando su extrañeza al verlo llevar una gallina bajo el brazo, obsequio de sus empleados que así le agradecieron sus bondades.

En la misma tarde calurosa subían por la calle de la Aduana, que ahora se conoce como de la Aduana Vieja, varios muchachos, empujándose y bromeando entre sí con toda la alegría de la edad, encaminados hacia el mismo local. Bien mirado, ya no estaban tan jóvenes como para alborotar tanto, andaban por los 17 años de edad desbordando energía. El más alegre de ellos, Melchorito Barreda y Nurieta, traía bajo el brazo un atado de figurines que había estado hojeando esos últimos días, para ajustarse a los dictados de la última moda que llegaba de Francia. Los dos grupos entraron casi al mismo tiempo al espacioso taller, en donde el personal tuvo la atención de recibirlos y rogarles un momento de espera. Por un lado, los muchachos, ante espejos muy grandes que enmarcaban su as- pecto juvenil (uno de estos espejos puede aún admirarse en la dulcería El Lirio, de la calle de Santa Clara), y en otra sala, los jueces y demás empleados de los juzgados, a quienes también, se les rogó esperar. La colección de figurines parisinos pasaba de mano en mano entre los amigos de Melchor, todos ellos vecinos de la traza española de la Puebla, que soñaban con lucir el pantalón de estribos, chaleco de terciopelo afelpado, de cuadros o de sedas de aguas con botón de seda, un poquito más largos de lo acostumbrado. Los grabados mostraban pantalones de casimir de cuadros, de medios colores, con pialera y más bien anchos; corbatas de chal de colores oscuros salpicadas de blanco, con nudo a la negligée y un pequeño prendedor; y para rematar, sombreros negros de ala ancha y copa alta, terminan- do el atuendo con un bastón delgado con cabecita de marfil, guante blanco,

¡Vaya! esta moda los hacía imaginarse bajo el balcón de alguna moza recitándole aquellos versos de…

Era notorio el contraste entre los dos grupos, mas no se podía decir, ni mucho menos, que los jueces tuvieran el paso cansado, ya que a pesar de contar con tres o cuatro lustros más de edad, montar a caballo los mantenía en forma, y bueno, de vez en cuando se presentaban en el teatro para darse gusto con las cantantes extranjeras que pasaban por la ciudad. Lo cierto es que en esos años, a la judicatura le preocupaban muchas cosas y entre ellas una en particular oprimía a los jueces hasta provocarles dolores de cabeza: las disposiciones dadas años atrás por el gobernador Juan José Andrade, consistentes en llenar el cupo, o dicho de otro modo, completar el personal que se necesitaba en el ejército ¡Y no era para tomarse a la ligera! Los papeles que se pegaron en los lugares de costumbre, anunciaban: El gobierno del departamento fijará a los alcaldes término prudente para que remitan el cupo conforme a las leyes, imponiéndose a quienes no lo cumplan multas de hasta 400 pesos o prisión de seis meses.

Pues no, no era para tomarlo a chiste, porque si ya en el año 1832 se anunciaba castigo a los alcaldes, pronto la normativa alcanzó también a los jueces. Por otra parte, desde tiempos del gobernador Patricio Furlong el gobierno central había reducido la edad para el alistamiento a las milicias cívicas de 22 a 18 años, y la disposición, que se extendió a todos los cuerpos, pronto iba a incluir a muchos jóvenes como Barredita y condiscípulos.

Pero volvamos al decreto que motivaba la reunión de Axotla y sus colegas en el taller de Zincuneguin esa tarde que ya iba refrescando. Le había tocado a don Juan González Cabofranco, por ser entonces gobernador de Puebla, transmitir a los juzgados la orden de modificar los uniformes del personal, dándoles un toque de elegancia y lujo, orden que la judicatura recibió con preocupación porque hacía cinco años que la paga se había vuelto irregular. El comedido sastre circulaba entre todos obsequiosamente, oyendo las especificaciones que le daban sus notables clientes y tomándoles medidas, asegurando que empezaría los trabajos en cuanto tuviera los materiales necesarios. Así se enteró que el atuendo de los jueces sería muy parecido al de los ministros y el fiscal de la Suprema Corte de Justicia, que ya le eran conocidos. Su asistente principal, flaco como un silbido, tomaba las notas para la confección del uniforme señalado como grande, consistente en casaca de paño azul oscuro, con solapa, puño y faldones de espalda, carteras bordadas, el derredor de los filos de la casa- ca con el mismo bordado que las carteras y botón de oro con el águila nacional. Se usaría con el centro de casimir blanco compuesto de chupa y calzón corto. El sombrero iba montado, sin galón, guarnecido de pluma blanca en lo interior, con presilla de oro y escarapela nacional, y para terminar, una espada con guarnición de oro. Había otro atuendo más sencillo, pero ese día no fue encargado. Algunos oficiales y escribientes habían acompañado a los jueces; su uniforme debería llevar una franja angosta bordada de oro en el cuello y vueltas de la casaca de paño azul obscuro, cosa que les preocupaba, porque a ellos también se les pagaba cuando el gobierno podía, y eso no era muy frecuente. Para todos los jueces era reglamentario el bastón con puño de oro, trencilla y borlas de seda negra.

R. Trajes hacia 1823 Puebl (800x408)

Trajes de nuestra niñez, 1823 en Apuntes artísticos sobre la historia de la pintura en la ciudad de Puebla, 1874.

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