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Kathryn Blair. La vida sin mapa de camino

Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La autora de A la sombra del Ángel, una biografía novelada sobre su suegra, la polifacética Antonieta Rivas Mercado, actriz, mecenas, escritora, promotora cultural y defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, narra aquí su vida en México, la formación en Estados Unidos, el paso por Cuba y cómo es que llegó tardíamente a las letras.

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

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Kathryn Skidmore Blair nació en Cuba en 1920 y tres años después llegaba a una ciudad de México, provinciana y apacible, según relataría años más tarde, aunque en pleno proceso de reconstrucción posrevolucionario. Muy joven viajó a California, Estados Unidos, la patria de sus padres, en donde completó su formación escolar. Con el estallido de la segunda guerra mundial se involucraría como empleada en una fábrica de armamento y comentarista en Hollywood. Posteriormente viviría en Cuba donde presenció el ascenso del régimen revolucionario, lo cual la decidió a regresar a México en donde reside hasta la fecha.

Además de haber ejercido el periodismo, es escritora y ha publicado obras como El diario de Lucía (2000) y Breve relato de la historia de México de los olmecas al siglo XXI (2010), aunque sin duda su libro A la sombre del ángel es su obra más importante en la narra la vida de su suegra, Antonieta Rivas Mercado. El libro fue publicado por primera vez en 1995, y a la fecha ha vendido más de 200 000 ejemplares.

Aunque Kathryn no conoció en vida a Antonieta, el parentesco que las unía le dio la oportunidad de entrevistar a los familiares, obteniendo información de primera mano. La exhaustiva investigación que le tomó cerca de 20 años de trabajo, le permitió reconstruir de forma muy precisa la biografía de Antonieta, quien vivió tres momentos cruciales de la historia de México: el final del Porfiriato, la revolución y posteriormente la lucha de poderes por gobernar al país, hasta su muerte en 1931, año en que decidió poner fin a su vida en la Catedral de Notre Dame, en París.

La obra de Blair tiene el valor de haber “rescatado” la figura de Antonieta Rivas Mercado, en un momento en el cual era poco conocida, al igual que otros personajes femeninos de gran relevancia para la historia nacional. Su relato permitió dimensionar la importancia de las labores altruistas y políticas de Antonieta.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

El señor X

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

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Quién no detesta estar varado en algún lugar, sin noticias sobre cuándo continuará el viaje, ansioso por llegar a destino y que alguien llegue para decirnos que estemos en calma porque la demora va para largo. Una huelga en la aerolínea, sobrecupo de pasajes, una tormenta que conflictúa llegadas y salidas, son razones suficientes para echar a andar la verborragia del desencanto. La impotencia toma cuerpo de enojo y derroche de bilis, mientras las agujas del reloj pasan a cuentagotas. El señor de barba de candado da sus explicaciones al grupo, atento a que le resuelva su encrucijada. La calma no se ha roto. Hay atención, pero no se ve exasperado. La sufren las maletas en su función de asientos mullidos. No había celulares por entonces para distraerse. ¿Caminamos hacia la izquierda?, podría decir el hombre con su gesto.

Era el 1 de diciembre de 1969 y aquellos jóvenes que en su mayoría no pasaban los 23 años estaban en tránsito en el aeropuerto de la ciudad de México para viajar a La Habana donde les esperaban tres meses de trabajo solidario en la dura zafra cubana. En realidad, fueron cerca de un centenar que pasaron por allí desde el 28 de noviembre, provenientes de Chicago, California o Misuri, y el abogado neoyorquino William Craig cumplía su papel de bombero ante las inclemencias de la guerra fría. El peligro de una detención o la posibilidad de que fueran regresados era real. Evitarlo era su misión. Por eso los servicios secretos mexicanos marcaron con una ‘X’ sobre la cabeza de Craig para señalarlo. Ellos mismos tomaron la foto de aquel hombre al que le seguían todos sus pasos desde días anteriores en que se alojó en un hotel en el Centro Histórico. Es posible que Craig les estuviera explicando que en grupos de cinco debían ir a una oficina del aeropuerto donde la Dirección Federal de Seguridad (DFS) les tomaría una foto conjunta para ser fichados. Algunos quedarían registrados con un número sobre el pecho como si entraría un reclusorio.

Podían sospecharlo o mantener algo de inocencia, pero la foto de cada uno de ellos tendría como destino también la oficina en México de la CIA, a tono con la cooperación permanente que se daba desde que a finales de los años cuarenta el gobierno de Harry Truman ayudó a que las pesquisas anticomunista mexicanas fueran eficientes.

La “Brigada Venceremos”, que integraban estos estudiantes, profesores, carpinteros, heladeros o contadores, según le declararon a la DFS, pretendía romper el bloqueo económico a Cuba y hacerle ver a su gobierno que el pueblo estadounidense desea la amistad con todos los pueblos. Fue una quimera aquello como sabemos. Tuvieron que pasar más de 55 años para que la relación Estados Unidos-Cuba comenzara en 2016 a tener cordura. México fue una bisagra de esos vínculos durante varias décadas, desde el momento en que los hermanos Castro, el Che y su gente fueran detenidos en la Ciudad de México antes de emprender el viaje revolucionario en el Granma. De eso se cumplen seis décadas en junio de este año. Algo que forma parte del baúl de la épica, al igual que el viaje solidario de estos jóvenes espiados como si fueran clones de José Stalin.

“Qué quiere usted: Soy mexicano”

Arturo D. Ríos
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

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En mayo de 1895 regresaba desde La Habana Leonardo Márquez, el exiliado lugarteniente de Maximiliano. Su presencia en el país generó protestas y apoyos. El periodista Ángel Pola lo acompañó en el tren que lo trajo a la ciudad de México desde Veracruz. Recuperamos aquí el relato del viaje y presentamos una rápida biografía del general a quien se acusaba por las matanzas de Tacubaya y los fusilamientos de liberales.

El militar de mayor grado que defendió al imperio y pudo escapar de la justicia republicana fue Leonardo Márquez, lugarteniente de Maximiliano que, a diferencia de otros jefes como Tomás Mejía o Miguel Miramón –por no hablar del mismo emperador–, a quienes comúnmente se consideró errados en lo político, pero dignos en lo personal, arrastraba una reputación dolorosa. Inspiraba, casi con unanimidad, los peores conceptos. Aunque él siempre lo negó, la mayor parte de la opinión pública lo responsabilizaba por las matanzas de Tacubaya (1859), suceso en el que civiles y médicos fueron pasados por las armas. Así mismo, se le atribuía la orden –que tampoco reconoció jamás– por la cual se fusiló, fuera de toda ley, a Melchor Ocampo (1861). Los liberales tampoco olvidarían que ese mismo año había mandado a fusilar a Leandro Valle y abatido a José Santos Degollado, el héroe de las derrotas.

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Primitivo Miranda. Mártires de Tacubaya, en El Libro Rojo, 1870.

Una vez que Maximiliano y sus generales fueron aprehendidos en Querétaro, la ciudad de México se convirtió en la última ciudad de un imperio ya prácticamente inexistente. Al frente de la defensa se encontraba Márquez. El 19 de junio de 1867, día en que Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, Márquez entregó el mando al general Ramón Tavera para que efectuara la capitulación. Él mismo no podía hacerlo porque, según las leyes republicanas expedidas en tiempo de guerra y los rencores acumulados en su contra, era varias veces acreedor a la pena de muerte.

Permaneció escondido durante seis meses en el corazón de la ciudad, seguramente ayudado por familiares y amigos de mucha confianza. Al fin, un día salió de su refugio vestido de arriero. Tomó caminos perdidos para llegar a Veracruz donde, gracias a Victoria Tornel de Segura, Jorge de la Serna y el doctor Adolfo Hegewish, pudo permanecer quince días oculto en la casa de este último hasta que pudieron arreglar su partida en un barco algodonero procedente de Nueva Orleans, cuyo capitán les cobró 1000 pesos en oro americano a cambio de llevarse al perseguido político.

De esta manera, el general iniciaría un largo y solitario exilio de 28 años en La Habana. Al parecer nunca abandonó la ilusión de redimirse frente a la historia, ya que esporádicamente publicó manifiestos en los que negaba las culpas que se le imputaban y los instintos sanguinarios que se le atribuían. Asimismo, comerciantes mexicanos que visitaban continuamente Cuba –en especial yucatecos y campechanos–, recordarían que era común observar a Márquez en el puerto y los hoteles en los que se hospedaban, repartiendo panfletos que contaban su versión de la historia.

En diciembre de 1894, cuando todos aquellos que tenían una opinión política pensaban –satisfechos o decepcionados, dependiendo el caso– que el régimen encabezado por Porfirio Díaz había logrado una gran concentración de atribuciones, circuló por las calles una noticia que parecía venir de otro tiempo: Leonardo Márquez ofrecía su espada al gobierno mexicano en caso de que estallara una improbable guerra con Guatemala (ambos países sostenían conflictos fronterizos). Salvo algunas expresiones de alarma más bien aisladas, nadie pareció tomar demasiado en serio la posibilidad de que Márquez, de casi 75 años, olvidado cuando no escarnecido, volviera para luchar en ninguna guerra.

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Primitivo Miranda. Asesinato de Melchor Ocampo, en El Libro Rojo, 1870.

Unos meses después, sin embargo, tomó fuerza el rumor de que el gobierno le había concedido permiso para volver, no como soldado sino como un viejo que deseaba morir en su patria. Un sector de la prensa liberal encabezado por El Monitor Republicano repudió la decisión y lanzó críticas furibundas con la esperanza de que el gobierno diera marcha atrás, pues Leopardo Márquez –dijo– no tenía derecho al perdón ni a pisar el suelo que había enrojecido con sangre de héroes. Además –se advirtió–, su figura podía insolentar al viejo partido conservador, siempre al acecho de las instituciones republicanas. No tuvo éxito, pues el 28 de mayo de 1895 el denostado general desembarcó en el puerto de Veracruz.

Los estudiantes, particularmente los de la Escuela Nacional Preparatoria, hicieron eco de las protestas y, una vez que supieron que Márquez se acercaba a la ciudad de México, acudieron a la estación del tren de Buenavista para manifestarse contra su presencia. Unos días después, y a manera de reclamo, organizaron un mitin para conmemorar la muerte de Ocampo, el cual finalizó con la aprehensión de algunos de ellos. Finalmente, enviaron una carta al embajador de Estados Unidos para advertirle que el alojamiento de Márquez en el Hotel Washington era una afrenta contra el héroe estadunidense y pedían mudar el nombre del edificio por el de Hotel de la Traición.

Otra parte del público y la prensa, sin embargo, apoyó el regreso del general o se declaró indiferente ante un asunto que, dadas las condiciones del país y del personaje en cuestión, ya no era político sino personal: un anciano al que no podían quedarle muchos años de vida –nadie podía imaginar que aún viviría otros 18–, enjuto y nostálgico, quería morir en su país. Nada más. Quienes así opinaban no reconocían en él al tigre de Tacubaya sino a un viejo con el que era indigno ensañarse.

En este contexto El Noticioso y El Universal, más allá de sus opiniones (el primero en contra y el segundo a favor de su regreso), enviaron reporteros a cubrir la llegada de Márquez. Respectivamente, Ángel Pola y Enrique Beteta Méndez. Este último era un redactor y reportero que ocupaba un lugar secundario en su periódico. Por esto, por la animadversión que El Universal producía entre muchos colegas y porque el mismo Márquez lo desmintió respecto a algunos datos, su texto no tuvo tanto éxito como el aparecido en El Noticioso, que es el que aquí presentamos. Hubo otra razón: Pola era reconocido para entonces como uno de los reporteros más sagaces de la capital. A estas cualidades se sumaba el interés que siempre manifestó por la historia reciente del país. Así, fue casi natural que a él le tocara narrar los pormenores del regreso que Márquez emprendió desde Veracruz hacia la ciudad de México.

Antes de topar al general, Pola se dio tiempo para visitar Puebla y asistir a la nueva ihhumación de los restos de Miguel Miramón que, por iniciativa de Concepción Lombardo de Miramón, descansarían en la catedral de dicha ciudad. Como señaló un diario, era una extraña coincidencia observar a Miramón resurgiendo de la tumba al tiempo que Márquez volvía del exilio.

Debido al encono o curiosidad que había suscitado el arribo del exiliado, diversos periódicos se apresuraron a reproducir íntegro o en parte el reportaje de Pola, que así se anotaba un éxito más en su carrera. Cabe decir que Pola, con algunas modificaciones y añadidos merced al tiempo transcurrido, volvió a publicar este texto a manera de introducción al libro Manifiestos. El imperio y los imperiales (1904). En él, reunió y anotó con cierta profusión varios de los manifiestos que Márquez publicara para defender su actuación histórica.

MA?rquez, Manifiestos..., rectificaciones de A?ngel Pola, MAi??xico, F. VA?zquez, 1904 (2)

Márquez, Leonardo. Manifiestos, el Imperio y los imperiales. México: Imprenta de F. Vázquez, 1904. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora.

Una última nota: Márquez no moriría en México. Probablemente en 1911, con casi 90 años a cuestas y viviendo una época que en definitiva no era la suya, emprendió, esta vez por voluntad propia, un último exilio en La Habana, donde fallecería dos años después.

Llegada a México del General Leonardo Márquez

Por Ángel Pola

(El Noticioso, 30 de mayo de 1895)

Leonardo Marquez, Imprenta Ch. Wittman, 1904 (2)

Gral. Leonardo Márquez, CA. 1900.

A la una llegó el tren de Veracruz a la Esperanza. En el vagón de primera clase, en un asiento cerca de la puerta delantera, venía sentado el general Leonardo Márquez. A un vistazo se daba con él, con cuatro señas: es bajo, de cuerpo delgado, anciano, una hendidura atroz en el carrillo derecho.

Y puse en sus manos una tarjeta y desde luego me habló con familiaridad. Pasamos al restaurante y tras nosotros iba un muchacho cargando una petaca de lona, color de plomo, a la que no le quitaba la vista de encima. Comió bien y violento, y al querer saber sin reticencias –quien esto narra– si bebía vino, agua o cerveza, dijo el General:

Cerveza, hombre, ¡Qué reticencias!, yo soy franco; yo siempre les llamé a las cosas por sus nombres.

Después al tren y entramos de lleno en plática. Salió el 23 de La Habana en el vapor Seguranca; durante la travesía del mar no tuvo ningún contratiempo; a Veracruz le notó grandes progresos y dice que sintió satisfacción por esto.

Si yo quiero a mi patria, hombre, soy mexicano, exclamó, como en prueba del placer que sentía por el adelantamiento material de aquel puerto.

A cada nueva perspectiva, a medida que avanzaba el tren hacia México, rejuvenecía en su conversación. Al sonido del gigantesco galope que producía la locomotiva al hallar resistencia en medio de la soledad de las llanuras, palpitaba su viejo corazón, latía fuerte como queriendo romper la cárcel del pecho con la respiración amplia del aire sano del país natal.

– ¡Ah, cómo ha adelantado mi patria! Todo esto no lo dejé así cuando huí de ella. Recuerdo: salí de México a caballo, acompañado de mi ayudante Rincón. Llevaba la cara, aquí donde tengo el balazo, muy hinchada, muy abultada. Encontré en una barranca a un grupo de caminantes. Yo creí que estaba perdido, pues no; me dijeron a mi paso: adiós amigo. Y yo les respondí: adiós, amigos. Y seguí mi camino. En Tehuacán, sin sentir, llegué a encontrarme entre soldados enemigos y escapé por mi sangre fría, casi a la vista de ellos. De Veracruz salí con un trajecito azul. Se aseaba en el muelle el señor general Díaz; tomé a la izquierda y bajé al bote que me aguardaba y me alejé.

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La venganza por amor de un hijo de Santa Anna

Araceli Medina Chávez / Instituto Mora

BiCentenario #22

El coronel José María de Santa Anna ayudó a su padre a mantenerse en el poder a base de represión y muerte. Cuando la dictadura cayó, escapó a La Habana a rehacer su vida. Tuvo casas de empeño y una economía holgada. Pero volver a casarse, luego de enviudar, fue una decisión que no se perdonaría.

Santa Anna, hijo

José López de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita O’Really y Pavón. Fotografía inédita)

Según deja leer Antonio López de Santa Anna en sus memorias y otros escritos, amó a sus descendientes y a su manera se preocupó por todos y cada uno de ellos. Aunque pueda suponerse –dada la reputación de mujeriego de la cual gozaba– que procreó numerosos vástagos, solamente reconoció haber engendrado cuatro hijos legítimos con su primera esposa, Inés de la Paz García, y cinco con otras mujeres, según su testamento. José María fue su hijo con Rafaela Morenza. Nació en Xalapa, Veracruz, en 1831. De su infancia nada sabemos. Hacia 1853-1855, figuró en las filas del ejército durante el último gobierno de su padre. Participó en la campaña de persecución que el dictador desató contra todos aquellos que, a su juicio, ponían en peligro la estabilidad de su régimen. A partir de ese momento se convirtió en un instrumento del caudillo para llevar a cabo la política de represión.

En 1854, mientras su alteza serenísima se divertía en corridas de toros, peleas de gallos o ceremonias de Estado, José María cumplía con la comisión de sofocar las sublevaciones y disturbios que se generaron en la provincia de Michoacán después de proclamado el Plan de Ayutla, pero, si bien ocupó Maravatío, no logró contener la insurrección. En México se menciona que su tránsito por el estado fue como el de un sangriento meteoro: viejos, mujeres y niños, que a su parecer eran rebeldes, fueron inhumanamente sacrificados. Por su parte, el diplomático francés Alexis de Gabriac cuenta que el hijo del dictador había sido obligado a dejar secretamente sus tropas después de haber recibido una paliza de manos de sus soldados y oficiales a causa de su cobardía e incompetencia para hacer cumplir sus órdenes. La verdad nunca podrá saberse.

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Francisca Grau de López de Santa Anna.

Francisca Grau de López de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita O’Really y Pavón. Fotografía inédita.)

José María señaló en su confesión como la causa de su desgracia el hecho de haberse dejado seducir por una cubana que, más tarde, se convirtió en su suegra y no lo dejó vivir en paz hasta el día de su deceso. Confiesa que sostuvo relaciones sexuales con Octavia Poublé, una criada costurera que trabajó al servicio de su esposa enferma –Nestora de Rugama–, y quien se entregaba a él a cambio de abundantes billetes del banco español que [él] le regalaba, hasta que tras la muerte de la mujer a quien servía, en 1873, partió de esa casa. Al poco tiempo de haber enviudado, el coronel se sintió tan solo que resolvió volver a contraer nupcias. Recordó que Octavia había comentado acerca de Francisca Grau, su hija de trece años, muy estudiosa y de talento, y decidió pedirla en matrimonio. Rápido fue en su búsqueda a los barrios bajos de la ciudad. No escuchó el consejo de los amigos que le hicieron notar lo apresurado de su decisión y cómo imitaba a su padre por no guardar luto en la viudez y desposar a una niña, y que además sabían de los antecedentes de Octavia, e incluso de los de la madre de ella, Desideria Cabé, originaria de Güines (región al sur de la isla).

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Más allá del Golfo: Conspiradores en Cuba y Yucatán

 

Jorge Luis Rodríguez Basora
Universidad de Yucatán

Revista BiCentenario #17

Que España pudiera emprender una invasión de reconquista fue preocupación prioritaria de nuestra política exterior durante los primeros años de vida del México independiente. Aunque las tropas realistas que permanecieron en el fuerte de San Juan de Ulúa después de 1821 fueron desalojadas cuatro años después, la Independencia aún corría riesgo, ya que al otro lado del golfo, en la isla de Cuba, el gobierno español gestaba planes para recuperar el dominio de sus antiguas colonias.

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La gran cantidad de españoles que seguía en México representaba igualmente un peligro. Muchos de ellos, con varias décadas de residencia en América, no pudieron o no quisieron abandonar el país pese a sus simpatías por el viejo régimen. De allí que el gobierno del presidente Guadalupe Victoria autorizara varios decretos en donde se ordenaba la expulsión de aquellas personas que hubieran nacido en la ex metrópoli y residiesen en territorio mexicano. Las medidas ocasionaron la salida de cientos de ellos, aunque permitieron la estadía de un número significativo. Según el historiador Harold Sims, solo el 25% partió tras la expulsión.

En este marco surgió un conflicto en la frontera de México con el mar Caribe. El gran vínculo que Yucatán, y en especial la élite de Mérida, tenían con

Cuba, hizo que en la península se gestara un enfrentamiento político cuando el gobierno federal, al declarar la guerra a España, prohibió el comercio con cualquiera de los puertos que estuvieran bajo su dominio. Esto afectó directamente el intercambio entre el puerto de Sisal y La Habana, por lo que los comerciantes y la élite de Mérida llegaron incluso a hablar de separarse de México y volver al seno español. Esta situación hizo que el gobierno enviara a la península yucateca al general Antonio López de Santa Anna para restablecer el orden. Si bien el conflicto se solucionó y los yucatecos cortaron todo trato con la isla, el episodio dejó en claro la estrecha relación que perduraba entre los habitantes de ambos territorios.

Conforme el tiempo transcurría, aumentaban los rumores de que la expedición contra México era inminente, y los temores se acrecentaron en 1827, cuando fue descubierta una conspiración encabezada por el cura Joaquín Arenas, cuyo objetivo era restituir el poder español en México, lo que obligó al gobierno mexicano a permanecer atento ante cualquier situación que pudiera presentarse.

Esto sucedió en noviembre de 1828, cuando el comandante militar del puerto de Sisal comunicó a las autoridades de Yucatán que dentro de un barco procedente del puerto de Pensacola, en Estados Unidos, se había encontrado correspondencia dirigida a varias personas de las ciudades de Mérida y Campeche, de carácter sospechoso tanto por quienes aparecían como destinatarios como por quienes eran remitentes. En ella había, además, información y noticias referentes a la expedición contra la república, y más sospechoso aún, cartas escritas en un lenguaje cifrado.

Este contexto atrajo rápidamente la atención del Supremo Gobierno Nacional, el cual exigió al gobierno del estado que enviase las cartas tan pronto como fuese posible o, en su defecto, copias de ellas, ya que, con ayuda de éstas, resultaría posible desenmascarar algún tipo de conspiración que vinculara a la población local con gente de La Habana.

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Cuba libre, México soberano

Elsa V. Aguilar Casas
INEHRM-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Vista de la Habana, siglo XIX, E. Leplante (detalle)

Mientras que potencias como Gran Bretaña y Francia se demoraron en fijar su posición con respecto a la Independencia de México, en 1830 el diplomático mexicano Manuel Eduardo de Gorostiza escribió un folleto titulado An Englishman, Cuba or the policy of England. Mexico and Spain with regard to that island, que se difundió en español como Cuba o la política de Inglaterra, México y España con respecto a la isla. Esa publicación formó parte del plan ideado por dicho personaje para obligar a aquellos gobiernos a manifestarse con respecto a la presencia de fuerzas españolas en Cuba. Aquí la historia.

Al consumarse la Independencia en septiembre de 1821, México tuvo la tarea de consolidarla frente a las grandes potencias y de defenderse de una posible reconquista por parte de España, que no reconoció la recién alcanzada libertad de la Nueva España. Cuba adquirió entonces una importancia fundamental: Para decirlo de manera muy general y breve, la situación geográfica de la conocida como Perla del Caribe la convertía en la base de operaciones militares de la metrópoli en el Nuevo Mundo desde la cual podía tanto proveerse de suministros como desplazarse con facilidad a las costas continentales. Era, de hecho, su única base en la región puesto que había perdido el resto de sus colonias americanas.

No sólo el gobierno mexicano estuvo muy atento a lo que allí sucedía, también las autoridades de Gran Bretaña y Estados Unidos observaban con particular atención los sucesos, pues el papel que la isla jugaba en la geopolítica del Nuevo Mundo les era de sumo interés. Desde 1823, el imperio británico comunicó al general Guadalupe Victoria su deseo de que la isla fuera libre y que en eso no tenía

más miras que el impedir que la ocupe una potencia extraña, dejando a [su] arbitrio [...] constituirse por sí misma o unirse a México.

Ya un año antes, el ministro estadunidense en España, John Forsyth, había advertido a su gobierno acerca de la posibilidad de que México y la Gran Colombia intentaran apoderarse de ella, ya que resultaba evidente que, por puro espíritu de conservación, ambos países lucharían por arrebatarla al reino español.

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Por su voluntad y libremente

Ana Suárez – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita te hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, para que el fresco te dure todo el día. Tratas de rezar, fracasas, discurres que poco hiciste por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero nadie hubiera podido, los feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. santo dios, no dejas de meditar en que, de cumplir, hoy estarías más sosegado, habrías obtenido acaso que las mujeres y los niños se quedaran, al menos el crío ese dPor su voluntad y librementeel gorrito azul y el kíotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y sólo provocó que el indio que la seguía por el muelle te contemplara furioso. tuviste miedo, lo tenías desde antes, reconócelo que ya no corres riesgo. Si por eso acudiste ayer a mitad de la noche, solo, en la oscuridad hallaste el valor para llevar a la fortaleza la bendición que, antes de partir, el cura de Santa Isabel debe a cualquier peregrino. Mea culpa, mea culpa. sacudes el polvo del sayo y las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, como si el remordimiento lo hiciera más pesado, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de nuestra señora del Buen Viaje. Madre santísima, ni esa imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre san Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fueron los indios quienes pecaron, mucho, y los pecadores deben recibir su castigo. entrelazas los dedos, ruegas a la Virgen que los acompañe y les dispense y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación ante el destierro.

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