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El seAi??or X

DarAi??o Fritz

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 31.

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QuiAi??n no detesta estar varado en algA?n lugar, sin noticiasAi??sobre cuA?ndo continuarA? el viaje, ansioso por llegar aAi??destino y que alguien llegue para decirnos que estemosAi??en calma porque la demora va para largo. Una huelgaAi??en la aerolAi??nea, sobrecupo de pasajes, una tormenta queAi??conflictA?a llegadas y salidas, son razones suficientesAi??para echar a andar la verborragia del desencanto. LaAi??impotencia toma cuerpo de enojo y derroche de bilis,Ai??mientras las agujas del reloj pasan a cuentagotas. El seAi??orAi??de barba de candado da sus explicaciones al grupo, atentoAi??a que le resuelva su encrucijada. La calma no se ha roto.Ai??Hay atenciA?n, pero no se ve exasperado. La sufren lasAi??maletas en su funciA?n de asientos mullidos. No habAi??aAi??celulares por entonces para distraerse. A?CaminamosAi??hacia la izquierda?, podrAi??a decir el hombre con su gesto.

Era el 1 de diciembre de 1969 y aquellos jA?venesAi??que en su mayorAi??a no pasaban los 23 aAi??os estaban enAi??trA?nsito en el aeropuerto de la ciudad de MAi??xico paraAi??viajar a La Habana donde les esperaban tres meses deAi??trabajo solidario en la dura zafra cubana. En realidad,Ai??fueron cerca de un centenar que pasaron por allAi?? desdeAi??el 28 de noviembre, provenientes de Chicago, CaliforniaAi??o Misuri, y el abogado neoyorquino William CraigAi??cumplAi??a su papel de bombero ante las inclemencias deAi??la guerra frAi??a. El peligro de una detenciA?n o la posibilidadAi??de que fueran regresados era real. Evitarlo era suAi??misiA?n. Por eso los servicios secretos mexicanos marcaronAi??con una X sobre la cabeza de Craig para seAi??alarlo.Ai??Ellos mismos tomaron la foto de aquel hombre al queAi??le seguAi??an todos sus pasos desde dAi??as anteriores en queAi??se alojA? en un hotel en el Centro HistA?rico. Es posibleAi??que Craig les estuviera explicando que en grupos deAi??cinco debAi??an ir a una oficina del aeropuerto donde laAi??DirecciA?n Federal de Seguridad (DFS) les tomarAi??a unaAi??foto conjunta para ser fichados. Algunos quedarAi??anAi??registrados con un nA?mero sobre el pecho como si entraranAi??a un reclusorio.

PodAi??an sospecharlo o mantener algo de inocencia,Ai??pero la foto de cada uno de ellos tendrAi??a como destinoAi??tambiAi??n la oficina en MAi??xico de la CIA, a tono con laAi??cooperaciA?n permanente que se daba desde que a finalesAi??de los aAi??os cuarenta el gobierno de Harry TrumanAi??ayudA? a que las pesquisas anticomunista mexicanasAi??fueran eficientes.

La ai???Brigada Venceremosai???, que integraban estos estudiantes,Ai??profesores, carpinteros, heladeros o contadores,Ai??segA?n le declararon a la DFS, pretendAi??a romper elAi??bloqueo econA?mico a Cuba y hacerle ver a su gobiernoAi??que ai???el pueblo estadunidense desea la amistad con todosAi??los pueblosai???. Fue una quimera aquello como sabemos.Ai??Tuvieron que pasar mA?s de 55 aAi??os para que la relaciA?nAi??Estados Unidos-Cuba comenzara en 2016 a tener cordura.Ai??MAi??xico fue una visagra de esos vAi??nculos duranteAi??varias dAi??cadas, desde el momento en que los hermanosAi??Castro, el Che y su gente fueran detenidos en la ciudadAi??de MAi??xico antes de emprender el viaje revolucionarioAi??en el Granma. De eso se cumplen seis dAi??cadas en junioAi??de este aAi??o. Algo que forma parte del baA?l de la Ai??pica,Ai??al igual que el viaje solidario de estos jA?venes espiadosAi??como si fueran clones de JosAi?? Stalin.

“QuAi?? quiere usted: Soy mexicano”

Arturo D. RAi??os / Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 23.

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En mayo de 1895 regresaba desde La Habana Leonardo MA?rquez, el exiliado lugarteniente de Maximiliano. Su presencia en el paAi??s generA? protestas y apoyos. El periodista A?ngel Pola lo acompaAi??A? en el tren que lo trajo a la ciudad de MAi??xico desde Veracruz. Recuperamos aquAi?? el relato del viaje y presentamos una rA?pida biografAi??a del general a quien se acusaba por las matanzas de Tacubaya y los fusilamientos de liberales.

El militar de mayor grado que defendiA? al imperio y pudo escapar de la justicia republicana fue Leonardo MA?rquez, lugarteniente de Maximiliano que, a diferencia de otrosAi?? jefes como TomA?s MejAi??a o Miguel MiramA?n ai??i??por no hablar del mismo emperadorai??i?? a quienes comA?nmente se considerA? errados en lo polAi??tico, pero dignos en lo personal, arrastraba con una reputaciA?n dolorosa. Inspiraba, casi con unanimidad, los peores conceptos. Aunque Ai??l siempre lo negA?, la mayor parte de la opiniA?n pA?blica lo responsabilizaba por las matanzas de Tacubaya (1859), suceso en el que civiles y mAi??dicos fueron pasados por las armas. Asimismo, se le atribuAi??aAi?? la orden ai??i??que tampoco reconociA? jamA?sai??i?? por la cual se fusilA?, fuera de toda ley, a Melchor Ocampo (1861). Los liberales tampoco olvidarAi??an que ese mismo aAi??o habAi??a mandado fusilar a Leandro Valle y abatido a JosAi?? Santos Degollado, el hAi??roe de las derrotas.

R. Martires de Tacubaya (480x640)

Primitivo Miranda. MA?rtires de Tacubaya, en El Libro Rojo, 1870.

Una vez que Maximiliano y sus generales fueron aprehendidos en QuerAi??taro, la ciudad de MAi??xico se convirtiA? en la A?ltima ciudad de un imperio ya prA?cticamente inexistente. Al frente de la defensa se encontraba MA?rquez. El 19 de junio de 1867, dAi??a en que Maximiliano, MiramA?n y MejAi??a fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, MA?rquez entregA? el mando al general RamA?n Tavera para que efectuara la capitulaciA?n. Ai??l mismo no podAi??a hacerlo porque, segA?n las leyes republicanas expedidas en tiempo de guerra y los rencores acumulados en su contra, era varias veces acreedor a la pena de muerte.

PermaneciA? escondido durante seis meses en el corazA?n de la ciudad, seguramente ayudado por familiares y amigos de mucha confianza. Al fin, un dAi??a saliA? de su refugio vestido de arriero. TomA? caminos perdidos para llegar a Veracruz donde, gracias a Victoria Tornel de Segura, Jorge de la Serna y el doctor Adolfo Hegewish, pudo permanecer quince dAi??as oculto en la casa de este A?ltimo hasta que pudieron arreglar su partida en un barco algodonero procedente de Nueva Orleans, cuyo capitA?n les cobrA? mil pesos en oro americano a cambio de llevarse al perseguido polAi??tico.

De esta manera, el general iniciarAi??a un largo y solitario exilio de 28 aAi??os en La Habana. Al parecer nunca abandonA? la ilusiA?n de redimirse frente a la historia, ya que esporA?dicamente publicA? manifiestos en los que negaba las culpas que se le imputaban y los instintos sanguinarios que se le atribuAi??an. Asimismo, comerciantes mexicanos que visitaban continuamente Cuba ai??i??en especial yucatecos y campechanosai??i??, recordarAi??an que era comA?n observar a MA?rquez en el puerto y los hoteles en los que se hospedaban, repartiendo panfletos que contaban su versiA?n de la historia.

En diciembre de 1894, cuando todos aquellos que tenAi??an una opiniA?n polAi??tica pensaban ai??i??satisfechos o decepcionados, dependiendo el casoai??i?? que el rAi??gimen encabezado por Porfirio DAi??az habAi??a logrado una gran concentraciA?n de atribuciones, circulA? por las calles una noticia que parecAi??a venir de otro tiempo: Leonardo MA?rquez ofrecAi??a su espada al gobierno mexicano en caso de que estallara una improbable guerra con Guatemala (ambos paAi??ses sostenAi??an conflictos fronterizos). Salvo algunas expresiones de alarma mA?s bien aisladas, nadie pareciA? tomar demasiado en serio la posibilidad de que MA?rquez, de casi 75 aAi??os, olvidado cuando no escarnecido, volviera para luchar en ninguna guerra.

R. Melchor Ocampo (480x640)

Primitivo Miranda. Asesinato de Melchor Ocampo, en El Libro Rojo, 1870.

Unos meses despuAi??s, sin embargo, tomA? fuerza el rumor de que el gobierno le habAi??a concedido permiso para volver, no como soldado sino como un viejo que deseaba morir en su patria. Un sector de la prensa liberal encabezado por El Monitor Republicano repudiA? la decisiA?n y lanzA? crAi??ticas furibundas con la esperanza de que el gobierno diera marcha atrA?s, pues Leopardo MA?rquez ai??i??dijoai??i?? no tenAi??a derecho al perdA?n ni a pisar el suelo que habAi??a enrojecido con sangre de hAi??roes. AdemA?s ai??i??se advirtiA?ai??i?? su figura podAi??a insolentar al viejo partido conservador, siempre al acecho de las instituciones republicanas. No tuvo Ai??xito, pues el 28 de mayo de 1895 el denostado general desembarcA? en el puerto de Veracruz.

Los estudiantes, particularmente los de la Escuela Nacional Preparatoria, hicieron eco de las protestas y, una vez que supieron que MA?rquez se acercaba a la ciudad de MAi??xico, acudieron a la estaciA?n del tren de Buenavista para manifestarse contra su presencia. Unos dAi??as despuAi??s y a manera de reclamo, organizaron un mitin para conmemorar la muerte de Ocampo, el cual finalizA? con la aprehensiA?n de algunos de ellos. Finalmente, enviaron una carta al embajador de Estados Unidos para advertirle que el alojamiento de MA?rquez en el Hotel Washington era una afrenta contra el hAi??roe estadunidense y pedAi??an mudar el nombre del edificio por el de Hotel de la TraiciA?n.

Otra parte del pA?blico y la prensa, sin embargo, apoyA? el regreso del general o se declarA? indiferente ante un asunto que, dadas las condiciones del paAi??s y del personaje en cuestiA?n, ya no era polAi??tico sino personal: un anciano al que no podAi??an quedarle muchos aAi??os de vida ai??i??nadie podAi??a imaginar que aA?n vivirAi??a otros 18ai??i??, enjuto y nostA?lgico, querAi??a morir en su paAi??s. Nada mA?s. Quienes asAi?? opinaban no reconocAi??an en Ai??l al Tigrede Tacubaya sino a un viejo con el que era indigno ensaAi??arse.

En este contexto El Noticioso y El Universal, mA?s allA? de sus opiniones (el primero en contra y el segundo a favor de su regreso), enviaron reporteros a cubrir la llegada de MA?rquez. Respectivamente, A?ngel Pola y Enrique Beteta MAi??ndez. Este A?ltimo era un redactor y reportero que ocupaba un lugar secundario en su periA?dico. Por esto, por la animadversiA?n que El Universal producAi??a entre muchos colegas y porque el mismo MA?rquez lo desmintiA? respecto a algunos datos, su texto no tuvo tanto Ai??xito como el aparecido en El Noticioso, que es el que aquAi?? presentamos. Hubo otra razA?n: Pola era reconocido para entonces como uno de los reporteros mA?s sagaces de la capital.Ai?? A estas cualidades se sumaba el interAi??s que siempre manifestA? por la historia reciente del paAi??s. AsAi??, fue casi natural que a Ai??l le tocara narrar los pormenores del regreso que MA?rquez emprendiA? desde Veracruz hacia la ciudad de MAi??xico.

Antes de topar al general, Pola se dio tiempo para visitar Puebla y asistir a la nueva inhumaciA?n de los restos de Miguel MiramA?n que, por iniciativa de ConcepciA?n Lombardo de MiramA?n, descansarAi??an en la catedral de dicha ciudad. Como seAi??alA? un diario, era una extraAi??a coincidencia observar a MiramA?n resurgiendo de la tumba al tiempo que MA?rquez volvAi??a del exilio.

Debido al encono o curiosidad que habAi??a suscitado el arribo del exiliado, diversos periA?dicos se apresuraron a reproducir Ai??ntegro o en parte el reportaje de Pola, que asAi?? se anotaba un Ai??xito mA?s en su carrera. Cabe decir que Pola, con algunas modificaciones y aAi??adidos merced al tiempo transcurrido, volviA? a publicar este texto a manera de introducciA?n al libro Manifiestos. El imperio y los imperiales (1904). En Ai??l, reuniA? y anotA? con cierta profusiA?n varios de los manifiestos que MA?rquez publicara para defender su actuaciA?n histA?rica.

MA?rquez, Manifiestos..., rectificaciones de A?ngel Pola, MAi??xico, F. VA?zquez, 1904 (2)

MA?rquez, Leonardo. Manifiestos, el Imperio y los imperiales. MAi??xico: Imprenta de F. VA?zquez, 1904. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora.

Una A?ltima nota: MA?rquez no morirAi??a en MAi??xico. Probablemente en 1911, con casi 90 aAi??os a cuestas y viviendo una Ai??poca que en definitiva no era la suya, emprendiA?, esta vez por voluntad propia, un A?ltimo exilio en La Habana, donde morirAi??a dos aAi??os despuAi??s.

Llegada a MAi??xico del General Leonardo MA?rquez

Por A?ngel Pola

(El Noticioso, 30 de mayo de 1895)

Leonardo Marquez, Imprenta Ch. Wittman, 1904 (2)

Gral. Leonardo MA?rquez, ca. 1900.

A la una llegA? el tren de Veracruz a la Esperanza. En el vagA?n de primeraAi?? clase, en un asiento cerca de la puerta delantera, venAi??a sentado el general Leonardo MA?rquez. A un vistazo se daba con Ai??l, con cuatro seAi??as: es bajo de cuerpo, delgado, anciano, una hendidura atroz en el carrillo derecho.

RatifiquAi?? las seAi??as tan instantA?neamente, como el pensamiento:

ai??i??A?Usted es el General MA?rquez?ai??i?? le preguntAi??.

ai??i??SAi??, seAi??or.

Y puse en sus manos una tarjeta y desde luego me hablA? con familiaridad. Pasamos al restaurant y tras nosotros iba un muchacho cargando una petaca de lona, color de plomo, a la que no le quitaba la vista de encima. ComiA? bien y violento, y al querer saber sin reticencias ai??i??quien esto narra- si bebAi??a vino, agua o cerveza, dijo el General:

Cerveza, hombre, A?quAi?? reticencias!, yo soy franco; yo siempre les llamA? a las cosas por sus nombres.

DespuAi??s al tren y entramos de lleno en plA?tica. SaliA? el 23 de La Habana en el vapor Seguranca; durante la travesAi??a del mar no tuvo ningA?n contratiempo; a Veracruz le notA? grandes progresos y dice que sintiA? satisfacciA?n por esto.

Si yo quiero a mi patria, hombre, soy mexicanoai??i??, exclamA? como en prueba del placer que sentAi??a por el adelantamiento material de aquel puerto.

A cada nueva perspectiva, a medida que avanzaba el tren hacia MAi??xico, rejuvenecAi??a en su conversaciA?n. Al sonido del gigantesco galope que producAi??a la locomotiva al hallar resistencia en medio de la soledad de las llanuras, palpitaba su viejo corazA?n, latAi??a fuerte como queriendo romper la cA?rcel del pecho con la respiraciA?n amplia del aire sano del paAi??s natal.

ai??i?? A?Ah, cA?mo ha adelantado mi patria! Todo esto no lo dejAi?? asAi?? cuando huAi?? de ella. Recuerdo: salAi?? de MAi??xico a caballo, acompaAi??ado de mi ayudante RincA?n. Llevaba la cara, aquAi?? donde tengo el balazo, muy hinchada, muy abultada. EncontrAi?? en una barranca a un grupo de caminantes. Yo creAi?? que estaba perdido, pues no; me dijeron a mi paso: adiA?s amigo. Y yo les respondAi??: adiA?s, amigos. Y seguAi?? mi camino. En TehuacA?n, sin sentir, lleguAi?? a encontrarme entre soldados enemigos y escapAi?? por mi sangre frAi??a, casi a la vista de ellos. De Veracruz salAi?? con un trajecito azul. Se aseaba en el muelle el seAi??or general DAi??az; tomAi?? a la izquierda y bajAi?? al bote que me aguardaba y me alejAi??. [...]

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??base a la Revista BiCentenario.

La venganza por amor de un hijo de Santa Anna

Araceli Medina ChA?vez / Instituto Mora

BiCentenario #22

El coronel JosAi?? MarAi??a de Santa Anna ayudA? a su padre a mantenerse en el poder a base de represiA?n y muerte. Cuando la dictadura cayA?, escapA? a La Habana a rehacer su vida. Tuvo casas de empeAi??o y una economAi??a holgada. Pero volver a casarse, luego de enviudar, fue una decisiA?n que no se perdonarAi??a.

Santa Anna, hijo

JosAi?? LA?pez de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita OA?Really y PavA?n. FotografAi??a inAi??dita)

SegA?n deja leer Antonio LA?pez de Santa Anna en sus memorias y otros escritos, amA? a sus descendientes y a su manera se preocupA? por todos y cada uno de ellos. Aunque pueda suponerse ai??i??dada la reputaciA?n de mujeriego de la cual gozabaai??i?? que procreA? numerosos vA?stagos, solamente reconociA? haber engenAi??drado cuatro hijos legAi??timos con su primera esposa, InAi??s de la Paz GarcAi??a, y cinco con otras mujeres, segA?n su testamento. JosAi?? MarAi??a fue su hijo con Rafaela Morenza. NaciA? en XalaAi??pa, Veracruz, en 1831. De su infancia nada sabemos. Hacia 1853-1855, figurA? en las filas del ejAi??rcito durante el A?ltimo gobierno de su padre. ParticipA? en la campaAi??a de persecuciA?n que el dictador desatA? contra todos aquellos que, a su juicio, ponAi??an en peligro la estabiliAi??dad de su rAi??gimen. A partir de ese momento se convirtiA? en un instrumento del caudillo para llevar a cabo la polAi??tica de represiA?n.

En 1854, mientras su alteza serenAi??sima se divertAi??a en corridas de toros, peleas de gallos o ceremonias de Estado, JosAi?? MarAi??a cumplAi??a con la comisiA?n de sofocar las sublevaciones y disturbios que se generaron en la provinAi??cia de MichoacA?n despuAi??s de proclamado el Plan de Ayutla, pero, si bien ocupA? MaraAi??vatAi??o, no logrA? contener la insurrecciA?n. En MAi??xico se menciona que su trA?nsito por el estado fue como el de un sangriento meteoro: viejos, mujeres y niAi??os, que a su parecer eran rebeldes, fueron inhumanamente sacrificados. Por su parte, el diplomA?tico francAi??s Alexis de Gabriac cuenta que el hijo del dictador habAi??a sido obligado a dejar secretamente sus tropas despuAi??s de haber recibido una paliza de manos de sus soldados y oficiales a causa de su cobardAi??a e incompetencia para hacer cumplir sus A?rdenes. La verdad nunca podrA? saberse.

[...]

Francisca Grau de LA?pez de Santa Anna.

Francisca Grau de LA?pez de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita OA?Really y PavA?n. FotografAi??a inAi??dita.)

JosAi?? MarAi??a seAi??alA? en su confesiA?n como la causa de su desgracia el hecho de haberse dejado seducir por una cubana que, mA?s tarAi??de, se convirtiA? en su suegra y no lo dejA? viAi??vir en paz hasta el dAi??a de su deceso. Confiesa que sostuvo relaciones sexuales con Octavia PoublAi??, una criada costurera que trabajA? al servicio de su esposa enferma ai??i??Nestora de Rugamaai??i??, y quien se entregaba a Ai??l a cambio de abundantes billetes del banco espaAi??ol que [Ai??l] le regalaba, hasta que tras la muerte de la mujer a quien servAi??a, en 1873, partiA? de esa casa. Al poco tiempo de haber enviudado, el coronel se sintiA? tan solo que resolviA? volver a contraer nupcias. RecordA? que Octavia habAi??a comenAi??tado acerca de Francisca Grau, su hija de trece aAi??os, muy estudiosa y de talento, y decidiA? pedirla en matrimonio. RA?pido fue en su bA?squeda a los barrios bajos de la ciudad. No escuchA? el consejo de los amigos que le hicieAi??ron notar lo apresurado de su decisiA?n y cA?mo imitaba a su padre por no guardar luto en la viudez y desposar a una niAi??a, y que ademA?s sabAi??an de los antecedentes de OctaAi??via, e incluso de los de la madre de ella, Desideria CabAi??, originaria de GA?iAi??nes (regiA?n al sur de la isla).

[...]

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MA?s allA? del Golfo: Conspiradores en Cuba y YucatA?n

 

Jorge Luis Rodríguez Basora
Universidad de YucatánRevista BiCentenario #17

Que España pudiera emprender una invasión de reconquista fue preocupación prioritaria de nuestra política exterior durante los primeros años de vida del México independiente. Aunque las tropas realistas que permanecieron en el fuerte de San Juan de Ulúa después de 1821 fueron desalojadas cuatro años después, la Independencia aún corría riesgo, ya que al otro lado del golfo, en la isla de Cuba, el gobierno español gestaba planes para recuperar el dominio de sus antiguas colonias.

Carte du Mexique

La gran cantidad de españoles que seguía en México representaba igualmente un peligro. Muchos de ellos, con varias décadas de residencia en América, no pudieron o no quisieron abandonar el país pese a sus simpatías por el viejo régimen. De allí que el gobierno del presidente Guadalupe Victoria autorizara varios decretos en donde se ordenaba la expulsión de aquellas personas que hubieran nacido en la ex metrópoli y residiesen en territorio mexicano. Las medidas ocasionaron la salida de cientos de ellos, aunque permitieron la estadía de un número significativo. Según el historiador Harold Sims, solo el 25% partió tras la expulsión.

En este marco surgió un conflicto en la frontera de México con el mar Caribe. El gran vínculo que Yucatán, y en especial la élite de Mérida, tenían con

Cuba, hizo que en la península se gestara un enfrentamiento político cuando el gobierno federal, al declarar la guerra a España, prohibió el comercio con cualquiera de los puertos que estuvieran bajo su dominio. Esto afectó directamente el intercambio entre el puerto de Sisal y La Habana, por lo que los comerciantes y la élite de Mérida llegaron incluso a hablar de separarse de México y volver al seno español. Esta situación hizo que el gobierno enviara a la península yucateca al general Antonio López de Santa Anna para restablecer el orden. Si bien el conflicto se solucionó y los yucatecos cortaron todo trato con la isla, el episodio dejó en claro la estrecha relación que perduraba entre los habitantes de ambos territorios.

Conforme el tiempo transcurría, aumentaban los rumores de que la expedición contra México era inminente, y los temores se acrecentaron en 1827, cuando fue descubierta una conspiración encabezada por el cura Joaquín Arenas, cuyo objetivo era restituir el poder español en México, lo que obligó al gobierno mexicano a permanecer atento ante cualquier situación que pudiera presentarse.

Esto sucedió en noviembre de 1828, cuando el comandante militar del puerto de Sisal comunicó a las autoridades de Yucatán que dentro de un barco procedente del puerto de Pensacola, en Estados Unidos, se había encontrado correspondencia dirigida a varias personas de las ciudades de Mérida y Campeche, de carácter sospechoso tanto por quienes aparecían como destinatarios como por quienes eran remitentes. En ella había, además, información y noticias referentes a la expedición contra la república, y más sospechoso aún, cartas escritas en un lenguaje cifrado.

Este contexto atrajo rápidamente la atención del Supremo Gobierno Nacional, el cual exigió al gobierno del estado que enviase las cartas tan pronto como fuese posible o, en su defecto, copias de ellas, ya que, con ayuda de éstas, resultaría posible desenmascarar algún tipo de conspiración que vinculara a la población local con gente de La Habana.

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Cuba libre, MAi??xico soberano

Elsa V. Aguilar Casas
INEHRM-UNAM

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 12.Ai??

Vista de la Habana, siglo XIX, E. Leplante (detalle)

Mientras que potencias como Gran BretaAi??a y Francia se demoraron en fijar su posiciA?n con respecto a la Independencia de MAi??xico, en 1830 el diplomA?tico mexicano Manuel Eduardo de Gorostiza escribiA? un folleto titulado An Englishman, Cuba or the policy of England. Mexico and Spain with regard to that island, que se difundiA? en espaAi??ol como Cuba o la polAi??tica de Inglaterra, MAi??xico y EspaAi??a con respecto a la isla. Esa publicaciA?n formA? parte del plan ideado por dicho personaje para obligar a aquellos gobiernos a manifestarse con respecto a la presencia de fuerzas espaAi??olas en Cuba. AquAi?? la historia.

Al consumarse la Independencia en septiembre de 1821, MAi??xico tuvo la tarea de consolidarla frente a las grandes potencias y de defenderse de una posible reconquista por parte de EspaAi??a, que no reconociA? la reciAi??n alcanzada libertad de la Nueva EspaAi??a. Cuba adquiriA? entonces una importancia fundamental: Para decirlo de manera muy general y breve, la situaciA?n geogrA?fica de la conocida como Perla del Caribe la convertAi??a en la base de operaciones militares de la metrA?poli en el Nuevo Mundo ai??i??desde la cual podAi??a tanto proveerse de suministros como desplazarse con facilidad a las costas continentales. Era, de hecho, su A?nica base en la regiA?n puesto que habAi??a perdido el resto de sus colonias americanas.

No sA?lo el gobierno mexicano estuvo muy atento a lo que allAi?? sucedAi??a, tambiAi??n las autoridades de Gran BretaAi??a y Estados Unidos observaban con particular atenciA?n los sucesos, pues el papel que la isla jugaba en la geopolAi??tica del Nuevo Mundo les era de sumo interAi??s. Desde 1823, el imperio britA?nico comunicA? al general Guadalupe Victoria su deseo de que la isla fuera libre y que en eso no tenAi??a

mA?s miras que el impedir que la ocupe una potencia extraAi??a, dejando a [suai??i??] arbitrio [ai??i??] constituirse por sAi?? misma o unirse a MAi??xico.

Ya un aAi??o antes, el ministro estadunidense en EspaAi??a, John Forsyth, habAi??a advertido a su gobierno acerca de la posibilidad de que MAi??xico y la Gran Colombia intentaran apoderarse de ella, ya que resultaba evidente que, por puro espAi??ritu de conservaciA?n, ambos paAi??ses lucharAi??an por arrebatarla al reino espaAi??ol.

[...]
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