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Kathryn Blair. La vida sin mapa de camino

Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La autora de A la sombra del Ángel, una biografía novelada sobre su suegra, la polifacética Antonieta Rivas Mercado, actriz, mecenas, escritora, promotora cultural y defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, narra aquí su vida en México, la formación en Estados Unidos, el paso por Cuba y cómo es que llegó tardíamente a las letras.

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

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Kathryn Skidmore Blair nació en Cuba en 1920 y tres años después llegaba a una ciudad de México, provinciana y apacible, según relataría años más tarde, aunque en pleno proceso de reconstrucción posrevolucionario. Muy joven viajó a California, Estados Unidos, la patria de sus padres, en donde completó su formación escolar. Con el estallido de la segunda guerra mundial se involucraría como empleada en una fábrica de armamento y comentarista en Hollywood. Posteriormente viviría en Cuba donde presenció el ascenso del régimen revolucionario, lo cual la decidió a regresar a México en donde reside hasta la fecha.

Además de haber ejercido el periodismo, es escritora y ha publicado obras como El diario de Lucía (2000) y Breve relato de la historia de México de los olmecas al siglo XXI (2010), aunque sin duda su libro A la sombre del ángel es su obra más importante en la narra la vida de su suegra, Antonieta Rivas Mercado. El libro fue publicado por primera vez en 1995, y a la fecha ha vendido más de 200 000 ejemplares.

Aunque Kathryn no conoció en vida a Antonieta, el parentesco que las unía le dio la oportunidad de entrevistar a los familiares, obteniendo información de primera mano. La exhaustiva investigación que le tomó cerca de 20 años de trabajo, le permitió reconstruir de forma muy precisa la biografía de Antonieta, quien vivió tres momentos cruciales de la historia de México: el final del porfiriato, la revolución y posteriormente la lucha de poderes por gobernar al país, hasta su muerte en 1931, año en que decidió poner fin a su vida en la Catedral de Notre Dame, en París.

La obra de Blair tiene el valor de haber “rescatado” la figura de Antonieta Rivas Mercado, en un momento en el cual era poco conocida, al igual que otros personajes femeninos de gran relevancia para la historia nacional. Su relato permitió dimensionar la importancia de las labores altruistas y políticas de Antonieta.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

El seAi??or X

DarAi??o Fritz

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 31.

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QuiAi??n no detesta estar varado en algA?n lugar, sin noticiasAi??sobre cuA?ndo continuarA? el viaje, ansioso por llegar aAi??destino y que alguien llegue para decirnos que estemosAi??en calma porque la demora va para largo. Una huelgaAi??en la aerolAi??nea, sobrecupo de pasajes, una tormenta queAi??conflictA?a llegadas y salidas, son razones suficientesAi??para echar a andar la verborragia del desencanto. LaAi??impotencia toma cuerpo de enojo y derroche de bilis,Ai??mientras las agujas del reloj pasan a cuentagotas. El seAi??orAi??de barba de candado da sus explicaciones al grupo, atentoAi??a que le resuelva su encrucijada. La calma no se ha roto.Ai??Hay atenciA?n, pero no se ve exasperado. La sufren lasAi??maletas en su funciA?n de asientos mullidos. No habAi??aAi??celulares por entonces para distraerse. A?CaminamosAi??hacia la izquierda?, podrAi??a decir el hombre con su gesto.

Era el 1 de diciembre de 1969 y aquellos jA?venesAi??que en su mayorAi??a no pasaban los 23 aAi??os estaban enAi??trA?nsito en el aeropuerto de la ciudad de MAi??xico paraAi??viajar a La Habana donde les esperaban tres meses deAi??trabajo solidario en la dura zafra cubana. En realidad,Ai??fueron cerca de un centenar que pasaron por allAi?? desdeAi??el 28 de noviembre, provenientes de Chicago, CaliforniaAi??o Misuri, y el abogado neoyorquino William CraigAi??cumplAi??a su papel de bombero ante las inclemencias deAi??la guerra frAi??a. El peligro de una detenciA?n o la posibilidadAi??de que fueran regresados era real. Evitarlo era suAi??misiA?n. Por eso los servicios secretos mexicanos marcaronAi??con una X sobre la cabeza de Craig para seAi??alarlo.Ai??Ellos mismos tomaron la foto de aquel hombre al queAi??le seguAi??an todos sus pasos desde dAi??as anteriores en queAi??se alojA? en un hotel en el Centro HistA?rico. Es posibleAi??que Craig les estuviera explicando que en grupos deAi??cinco debAi??an ir a una oficina del aeropuerto donde laAi??DirecciA?n Federal de Seguridad (DFS) les tomarAi??a unaAi??foto conjunta para ser fichados. Algunos quedarAi??anAi??registrados con un nA?mero sobre el pecho como si entraranAi??a un reclusorio.

PodAi??an sospecharlo o mantener algo de inocencia,Ai??pero la foto de cada uno de ellos tendrAi??a como destinoAi??tambiAi??n la oficina en MAi??xico de la CIA, a tono con laAi??cooperaciA?n permanente que se daba desde que a finalesAi??de los aAi??os cuarenta el gobierno de Harry TrumanAi??ayudA? a que las pesquisas anticomunista mexicanasAi??fueran eficientes.

La ai???Brigada Venceremosai???, que integraban estos estudiantes,Ai??profesores, carpinteros, heladeros o contadores,Ai??segA?n le declararon a la DFS, pretendAi??a romper elAi??bloqueo econA?mico a Cuba y hacerle ver a su gobiernoAi??que ai???el pueblo estadunidense desea la amistad con todosAi??los pueblosai???. Fue una quimera aquello como sabemos.Ai??Tuvieron que pasar mA?s de 55 aAi??os para que la relaciA?nAi??Estados Unidos-Cuba comenzara en 2016 a tener cordura.Ai??MAi??xico fue una visagra de esos vAi??nculos duranteAi??varias dAi??cadas, desde el momento en que los hermanosAi??Castro, el Che y su gente fueran detenidos en la ciudadAi??de MAi??xico antes de emprender el viaje revolucionarioAi??en el Granma. De eso se cumplen seis dAi??cadas en junioAi??de este aAi??o. Algo que forma parte del baA?l de la Ai??pica,Ai??al igual que el viaje solidario de estos jA?venes espiadosAi??como si fueran clones de JosAi?? Stalin.

“Qué quiere usted: Soy mexicano”

Arturo D. Ríos
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

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En mayo de 1895 regresaba desde La Habana Leonardo Márquez, el exiliado lugarteniente de Maximiliano. Su presencia en el país generó protestas y apoyos. El periodista Ángel Pola lo acompañó en el tren que lo trajo a la ciudad de México desde Veracruz. Recuperamos aquí el relato del viaje y presentamos una rápida biografía del general a quien se acusaba por las matanzas de Tacubaya y los fusilamientos de liberales.

El militar de mayor grado que defendió al imperio y pudo escapar de la justicia republicana fue Leonardo Márquez, lugarteniente de Maximiliano que, a diferencia de otros jefes como Tomás Mejía o Miguel Miramón –por no hablar del mismo emperador–, a quienes comúnmente se consideró errados en lo político, pero dignos en lo personal, arrastraba una reputación dolorosa. Inspiraba, casi con unanimidad, los peores conceptos. Aunque él siempre lo negó, la mayor parte de la opinión pública lo responsabilizaba por las matanzas de Tacubaya (1859), suceso en el que civiles y médicos fueron pasados por las armas. Así mismo, se le atribuía la orden –que tampoco reconoció jamás– por la cual se fusiló, fuera de toda ley, a Melchor Ocampo (1861). Los liberales tampoco olvidarían que ese mismo año había mandado a fusilar a Leandro Valle y abatido a José Santos Degollado, el héroe de las derrotas.

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Primitivo Miranda. Mártires de Tacubaya, en El Libro Rojo, 1870.

Una vez que Maximiliano y sus generales fueron aprehendidos en Querétaro, la ciudad de México se convirtió en la última ciudad de un imperio ya prácticamente inexistente. Al frente de la defensa se encontraba Márquez. El 19 de junio de 1867, día en que Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, Márquez entregó el mando al general Ramón Tavera para que efectuara la capitulación. Él mismo no podía hacerlo porque, según las leyes republicanas expedidas en tiempo de guerra y los renco- res acumulados en su contra, era varias veces acreedor a la pena de muerte.

Permaneció escondido durante seis meses en el corazón de la ciudad, seguramente ayudado por familiares y amigos de mucha confianza. Al fin, un día salió de su refugio vestido de arriero. Tomó caminos perdidos para llegar a Veracruz donde, gracias a Victoria Tornel de Segura, Jorge de la Serna y el doctor Adolfo Hegewish, pudo permanecer quince días oculto en la casa de este último hasta que pudieron arreglar su partida en un barco algodonero procedente de Nueva Orleans, cuyo capitán les cobró 1000 pesos en oro americano a cambio de llevarse al perseguido político.

De esta manera, el general iniciaría un largo y solitario exilio de 28 años en La Habana. Al parecer nunca abandonó la ilusión de redimirse frente a la historia, ya que es- porádicamente publicó manifiestos en los que negaba las culpas que se le imputaban y los instintos sanguinarios que se le atribuían. Asimismo, comerciantes mexicanos que visitaban continuamente Cuba –en especial yucatecos y campechanos–, recordarían que era común observar a Márquez en el puerto y los hoteles en los que se hospedaban, repartiendo panfletos que contaban su versión de la historia.

En diciembre de 1894, cuando todos aquellos que tenían una opinión política pensaban –satisfechos o decepcionados, dependiendo el caso– que el régimen encabezado por Porfirio Díaz había logrado una gran concentración de atribuciones, circuló por las calles una noticia que parecía venir de otro tiempo: Leonardo Márquez ofrecía su espada al gobierno mexicano en caso de que estallara una improbable guerra con Guatemala (ambos países sostenían conflictos fronterizos). Salvo algunas expresiones de alarma más bien aisladas, nadie pareció tomar demasiado en serio la posibilidad de que Márquez, de casi 75 años, olvidado cuando no escarnecido, volviera para luchar en ninguna guerra.

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Primitivo Miranda. Asesinato de Melchor Ocampo, en El Libro Rojo, 1870.

Unos meses después, sin embargo, tomó fuerza el rumor de que el gobierno le había concedido permiso para volver, no como soldado sino como un viejo que deseaba morir en su patria. Un sector de la prensa liberal encabezado por El Monitor Republicano repudió la decisión y lanzó críticas furibundas con la esperanza de que el gobierno diera marcha atrás, pues Leopardo Márquez –dijo– no tenía derecho al perdón ni a pisar el suelo que había enrojecido con sangre de héroes. Además –se advirtió–, su figura podía insolentar al viejo partido conservador, siempre al acecho de las instituciones republicanas. No tuvo éxito, pues el 28 de mayo de 1895 el denostado general desembarcó en el puerto de Veracruz.

Los estudiantes, particularmente los de la Escuela Nacional Preparatoria, hicieron eco de las protestas y, una vez que supieron que Márquez se acercaba a la ciudad de México, acudieron a la estación del tren de Buenavista para manifestarse contra su presencia. Unos días después, y a manera de reclamo, organizaron un mitin para conmemorar la muerte de Ocampo, el cual finalizó con la aprehensión de algunos de ellos. Finalmente, enviaron una carta al embajador de Estados Unidos para advertirle que el alojamiento de Márquez en el Hotel Washington era una afrenta contra el héroe estadunidense y pedían mudar el nom- bre del edificio por el de Hotel de la Traición.

Otra parte del público y la prensa, sin embargo, apoyó el regreso del general o se declaró indiferente ante un asunto que, dadas las condiciones del país y del personaje en cuestión, ya no era político sino personal: un anciano al que no podían quedarle muchos años de vida –nadie podía imaginar que aún viviría otros 18–, enjuto y nostálgico, quería morir en su país. Nada más. Quienes así opinaban no reconocían en él al tigre de Tacubaya sino a un viejo con el que era indigno ensañarse.

En este contexto El Noticioso y El Universal, más allá de sus opiniones (el primero en contra y el segundo a favor de su regreso), enviaron reporteros a cubrir la llegada de Márquez. Respectivamente, Ángel Pola y Enrique Beteta Méndez. Este último era un redactor y reportero que ocupaba un lugar secundario en su periódico. Por esto, por la animadversión que El Universal producía entre muchos colegas y porque el mismo Márquez lo desmintió respecto a algunos datos, su texto no tuvo tanto éxito como el aparecido en El Noticioso, que es el que aquí presentamos. Hubo otra razón: Pola era reconocido para entonces como uno de los reporteros más sagaces de la capital. A estas cualidades se sumaba el interés que siempre manifestó por la historia reciente del país. Así, fue casi natural que a él le tocara narrar los pormenores del regreso que Márquez emprendió desde Veracruz hacia la ciudad de México.

Antes de topar al general, Pola se dio tiempo para visitar Puebla y asistir a la nueva in- humación de los restos de Miguel Miramón que, por iniciativa de Concepción Lombardo de Miramón, descansarían en la catedral de dicha ciudad. Como señaló un diario, era una extraña coincidencia observar a Miramón resurgiendo de la tumba al tiempo que Márquez volvía del exilio.

Debido al encono o curiosidad que había suscitado el arribo del exiliado, diversos periódicos se apresuraron a reproducir íntegro o en parte el reportaje de Pola, que así se anotaba un éxito más en su carrera. Cabe decir que Pola, con algunas modificaciones y añadidos merced al tiempo transcurrido, volvió a publicar este texto a manera de introducción al libro Manifiestos. El imperio y los imperiales (1904). En él, reunió y anotó con cierta pro- fusión varios de los manifiestos que Márquez publicara para defender su actuación histórica.

MA?rquez, Manifiestos..., rectificaciones de A?ngel Pola, MAi??xico, F. VA?zquez, 1904 (2)

Márquez, Leonardo. Manifiestos, el Imperio y los imperiales. México: Imprenta de F. Vázquez, 1904. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora.

Una última nota: Márquez no moriría en México. Probablemente en 1911, con casi 90 años a cuestas y viviendo una época que en definitiva no era la suya, emprendió, esta vez por voluntad propia, un último exilio en La Habana, donde fallecería dos años después.

Llegada a México del General Leonardo Márquez

Por Ángel Pola

(El Noticioso, 30 de mayo de 1895)

Leonardo Marquez, Imprenta Ch. Wittman, 1904 (2)

Gral. Leonardo Márquez, CA. 1900.

A la una llegó el tren de Veracruz a la Esperanza. En el vagón de primera clase, en un asiento cerca de la puerta delantera, venía sentado el general Leonardo Márquez. A un vistazo se daba con él, con cuatro señas: es bajo, de cuerpo delgado, anciano, una hendi- dura atroz en el carrillo derecho.

Y puse en sus manos una tarjeta y desde luego me habló con familiaridad. Pasamos al restaurante y tras nosotros iba un muchacho cargando una petaca de lona, color de plomo, a la que no le quitaba la vista de encima. Comió bien y violento, y al querer saber sin reticencias –quien esto narra– si bebía vino, agua o cerveza, dijo el General:

Cerveza, hombre, ¡Qué reticencias!, yo soy franco; yo siempre les llamé a las cosas por sus nombres.

Después al tren y entramos de lleno en plática. Salió el 23 de La Habana en el vapor Seguranca; durante la travesía del mar no tuvo ningún contratiempo; a Veracruz le notó grandes progresos y dice que sintió satisfacción por esto.

Si yo quiero a mi patria, hombre, soy mexicano, exclamó, como en prueba del placer que sentía por el adelantamiento material de aquel puerto.

A cada nueva perspectiva, a medida que avanzaba el tren hacia México, rejuvenecía en su conversación. Al sonido del gigantesco galope que producía la locomotiva al hallar resistencia en medio de la soledad de las llanuras, palpitaba su viejo corazón, latía fuerte como queriendo romper la cárcel del pecho con la respiración amplia del aire sano del país natal.

– ¡Ah, cómo ha adelantado mi patria! Todo esto no lo dejé así cuando huí de ella. Recuerdo: salí de México a caballo, acompañado de mi ayudante Rincón. Llevaba la cara, aquí donde tengo el balazo, muy hinchada, muy abultada. Encontré en una barranca a un grupo de caminantes. Yo creí que estaba perdido, pues no; me dijeron a mi paso: adiós amigo. Y yo les respondí: adiós, amigos. Y seguí mi camino. En Tehuacán, sin sentir, llegué a encontrarme entre soldados enemigos y escapé por mi sangre fría, casi a la vista de ellos. De Veracruz salí con un trajecito azul. Se aseaba en el muelle el señor general Díaz; tomé a la izquierda y bajé al bote que me aguardaba y me alejé.

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La venganza por amor de un hijo de Santa Anna

Araceli Medina ChA?vez / Instituto Mora

BiCentenario #22

El coronel JosAi?? MarAi??a de Santa Anna ayudA? a su padre a mantenerse en el poder a base de represiA?n y muerte. Cuando la dictadura cayA?, escapA? a La Habana a rehacer su vida. Tuvo casas de empeAi??o y una economAi??a holgada. Pero volver a casarse, luego de enviudar, fue una decisiA?n que no se perdonarAi??a.

Santa Anna, hijo

JosAi?? LA?pez de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita OA?Really y PavA?n. FotografAi??a inAi??dita)

SegA?n deja leer Antonio LA?pez de Santa Anna en sus memorias y otros escritos, amA? a sus descendientes y a su manera se preocupA? por todos y cada uno de ellos. Aunque pueda suponerse ai??i??dada la reputaciA?n de mujeriego de la cual gozabaai??i?? que procreA? numerosos vA?stagos, solamente reconociA? haber engenAi??drado cuatro hijos legAi??timos con su primera esposa, InAi??s de la Paz GarcAi??a, y cinco con otras mujeres, segA?n su testamento. JosAi?? MarAi??a fue su hijo con Rafaela Morenza. NaciA? en XalaAi??pa, Veracruz, en 1831. De su infancia nada sabemos. Hacia 1853-1855, figurA? en las filas del ejAi??rcito durante el A?ltimo gobierno de su padre. ParticipA? en la campaAi??a de persecuciA?n que el dictador desatA? contra todos aquellos que, a su juicio, ponAi??an en peligro la estabiliAi??dad de su rAi??gimen. A partir de ese momento se convirtiA? en un instrumento del caudillo para llevar a cabo la polAi??tica de represiA?n.

En 1854, mientras su alteza serenAi??sima se divertAi??a en corridas de toros, peleas de gallos o ceremonias de Estado, JosAi?? MarAi??a cumplAi??a con la comisiA?n de sofocar las sublevaciones y disturbios que se generaron en la provinAi??cia de MichoacA?n despuAi??s de proclamado el Plan de Ayutla, pero, si bien ocupA? MaraAi??vatAi??o, no logrA? contener la insurrecciA?n. En MAi??xico se menciona que su trA?nsito por el estado fue como el de un sangriento meteoro: viejos, mujeres y niAi??os, que a su parecer eran rebeldes, fueron inhumanamente sacrificados. Por su parte, el diplomA?tico francAi??s Alexis de Gabriac cuenta que el hijo del dictador habAi??a sido obligado a dejar secretamente sus tropas despuAi??s de haber recibido una paliza de manos de sus soldados y oficiales a causa de su cobardAi??a e incompetencia para hacer cumplir sus A?rdenes. La verdad nunca podrA? saberse.

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Francisca Grau de LA?pez de Santa Anna.

Francisca Grau de LA?pez de Santa Anna. Col. Particular (Martha Aurelia Margarita OA?Really y PavA?n. FotografAi??a inAi??dita.)

JosAi?? MarAi??a seAi??alA? en su confesiA?n como la causa de su desgracia el hecho de haberse dejado seducir por una cubana que, mA?s tarAi??de, se convirtiA? en su suegra y no lo dejA? viAi??vir en paz hasta el dAi??a de su deceso. Confiesa que sostuvo relaciones sexuales con Octavia PoublAi??, una criada costurera que trabajA? al servicio de su esposa enferma ai??i??Nestora de Rugamaai??i??, y quien se entregaba a Ai??l a cambio de abundantes billetes del banco espaAi??ol que [Ai??l] le regalaba, hasta que tras la muerte de la mujer a quien servAi??a, en 1873, partiA? de esa casa. Al poco tiempo de haber enviudado, el coronel se sintiA? tan solo que resolviA? volver a contraer nupcias. RecordA? que Octavia habAi??a comenAi??tado acerca de Francisca Grau, su hija de trece aAi??os, muy estudiosa y de talento, y decidiA? pedirla en matrimonio. RA?pido fue en su bA?squeda a los barrios bajos de la ciudad. No escuchA? el consejo de los amigos que le hicieAi??ron notar lo apresurado de su decisiA?n y cA?mo imitaba a su padre por no guardar luto en la viudez y desposar a una niAi??a, y que ademA?s sabAi??an de los antecedentes de OctaAi??via, e incluso de los de la madre de ella, Desideria CabAi??, originaria de GA?iAi??nes (regiA?n al sur de la isla).

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MA?s allA? del Golfo: Conspiradores en Cuba y YucatA?n

 

Jorge Luis Rodríguez Basora
Universidad de YucatánRevista BiCentenario #17

Que España pudiera emprender una invasión de reconquista fue preocupación prioritaria de nuestra política exterior durante los primeros años de vida del México independiente. Aunque las tropas realistas que permanecieron en el fuerte de San Juan de Ulúa después de 1821 fueron desalojadas cuatro años después, la Independencia aún corría riesgo, ya que al otro lado del golfo, en la isla de Cuba, el gobierno español gestaba planes para recuperar el dominio de sus antiguas colonias.

Carte du Mexique

La gran cantidad de españoles que seguía en México representaba igualmente un peligro. Muchos de ellos, con varias décadas de residencia en América, no pudieron o no quisieron abandonar el país pese a sus simpatías por el viejo régimen. De allí que el gobierno del presidente Guadalupe Victoria autorizara varios decretos en donde se ordenaba la expulsión de aquellas personas que hubieran nacido en la ex metrópoli y residiesen en territorio mexicano. Las medidas ocasionaron la salida de cientos de ellos, aunque permitieron la estadía de un número significativo. Según el historiador Harold Sims, solo el 25% partió tras la expulsión.

En este marco surgió un conflicto en la frontera de México con el mar Caribe. El gran vínculo que Yucatán, y en especial la élite de Mérida, tenían con

Cuba, hizo que en la península se gestara un enfrentamiento político cuando el gobierno federal, al declarar la guerra a España, prohibió el comercio con cualquiera de los puertos que estuvieran bajo su dominio. Esto afectó directamente el intercambio entre el puerto de Sisal y La Habana, por lo que los comerciantes y la élite de Mérida llegaron incluso a hablar de separarse de México y volver al seno español. Esta situación hizo que el gobierno enviara a la península yucateca al general Antonio López de Santa Anna para restablecer el orden. Si bien el conflicto se solucionó y los yucatecos cortaron todo trato con la isla, el episodio dejó en claro la estrecha relación que perduraba entre los habitantes de ambos territorios.

Conforme el tiempo transcurría, aumentaban los rumores de que la expedición contra México era inminente, y los temores se acrecentaron en 1827, cuando fue descubierta una conspiración encabezada por el cura Joaquín Arenas, cuyo objetivo era restituir el poder español en México, lo que obligó al gobierno mexicano a permanecer atento ante cualquier situación que pudiera presentarse.

Esto sucedió en noviembre de 1828, cuando el comandante militar del puerto de Sisal comunicó a las autoridades de Yucatán que dentro de un barco procedente del puerto de Pensacola, en Estados Unidos, se había encontrado correspondencia dirigida a varias personas de las ciudades de Mérida y Campeche, de carácter sospechoso tanto por quienes aparecían como destinatarios como por quienes eran remitentes. En ella había, además, información y noticias referentes a la expedición contra la república, y más sospechoso aún, cartas escritas en un lenguaje cifrado.

Este contexto atrajo rápidamente la atención del Supremo Gobierno Nacional, el cual exigió al gobierno del estado que enviase las cartas tan pronto como fuese posible o, en su defecto, copias de ellas, ya que, con ayuda de éstas, resultaría posible desenmascarar algún tipo de conspiración que vinculara a la población local con gente de La Habana.

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