Archivo de la categoría: BiCentenario #27

Correo del Lector

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Acerca de algunos artículos

PORTADA Las reformas que transformaron al ejAi??rcito (948x1280) (2)BiCentenario No. 21

“Las reformas que transformaron al ejército”:
Si es cierto que “en 1917 se emprendió la reorganización de las fuerzas militares que hasta entonces no estaban unifica-das y significaban un problema político y económico para la estabilidad del país”,  ¿por qué entonces se celebró el “centenario del ejército” en 2014?

Clara Guadalupe García García

El centenario que se conmemoró el año pasado fue el de la disolución del  ejército federal a las órdenes de Victoriano Huerta, derrotado por el Ejército Constitucionalista, formado por Venustiano Carranza para operar en diferentes partes del país a las órdenes de jefes regionales decididos a defender el orden constitucional interrumpido por el golpe militar de Huerta. La unidad entre las distintas facciones se perdió, de ahí que no fue sino hasta 1917 cuando se inició la reorganización de las fuerzas militares para ser transformadas en el ejército nacional.

PORTADA niAi??o o niAi??a en el siglo XIX XX (893x1280)

BiCentenario N° 25

Entrevista a Regino Hernández Llergo Cuando Francisco Villa dijo a Hernández Llergo: “Si me llaman las circunstancias volveré a dónde me necesiten”, el general Jesús Salas Barraza recibió órdenes de eliminarlo. ¡El pez por su boca muere!

BiCentenario N° 5

“Ser niño o niña en los siglos XIX y XX” Los niños se comportaban como relata el artículo cuando eran niños. El siglo XXI es el siglo de los niños adultos.

José Luis C. G.

¿Sabías que?

El origen del mezcal o Mezcalli como se denominaba originalmente a la bebida proveniente del occidente de México, tiene más de 9 000 años de antigüedad, cuando los pueblos recolectores y caza-dores empezaron a cocer los magueyes en hornos bajo tierra, machacados en piedra para sacar los jugos y el néctar fermentado en pozos de roca con capacidad de hasta 1 000 litros. Por entonces no se destilaba. Esta técnica fue introducida por los filipinos llegados en la nao de China, al inicio de la época colonial. El aguardiente prehispánico era consumido por las clases gobernantes durante las ceremonias y fiestas religiosas así como en las celebraciones familiares.

Mezcal

Cartas

Gracias por la revista, como siempre interesante y su contenido de calidad.

Carlota Laura Meneses Sánchez

Es un verdadero gusto leer BiCentenario. Qué bueno que brinda un espacio a todas las manifestaciones culturales e históricas, gracias por facilitar la lectura de algunos artículos.

Martín Josué Martínez

Muchas gracias por compartir la revista. Si mal no recuerdo, hace varias semanas se anunció que se publicarían más artículos completos. Sería excelente que lo hicieran. Más aún, que adoptaran un formato electrónico.

Raúl Martínez

La revista electrónica está en proceso y por lo pronto subiremos más artículos completos.
BiCentenario

MUSEO UNIVERSITARIO ALEJANDRO RANGELPor amor a la historia

En la vieja casa de la hacienda de Nogueras, municipio de Comala, Colima, se halla el Museo Alejandro Rangel Hidalgo (1923-2000), en cuyas cuatro salas se distribuyen las colecciones donadas por él, para su exhibición, a la Universidad de Colima. Allí se encuentran una colección de bellas piezas prehispánicas originarias de la región, muebles diseñados por él, sus pinturas y la colección de tarjetas de Navidad que diseñó para la UNICEF en la década de 1960 y le dieron fama mundial.

Reloj de arena

JosAi?? MarAi??a Liceaga (406x500)16 de febrero de 1815
Desde Ario, Michoacán, el Supremo Gobierno Mexicano formado por José María Liceaga como presidente, además de José María Morelos y José María Cos, se dirige a los ciudadanos invitándolos a sacudir el profundo sueño que habéis dormido bajo la pesantez del león español, a perder la timidez de esclavos y sustituirla por la confianza de hijos y a manifestarles, sin atacar el dogma, la sana moral ni la tranquilidad pública, todo aquello que os parezca conducente a la felicidad de vuestra nación.

JuA?rez, sAi??mbolo de la repA?blica contra la intervenciA?n francesa (640x468)21 de marzo de 1865
Los vecinos de la ciudad de Chihuahua celebran el cumpleaños número 59 del presidente Benito Juárez, con grandes demostraciones de afecto. Le ofrecieron –escribiría el agasajado dos días después– una comida suntuosa por la noche, en la que se brindó por la independencia, por los defensores de ella, por la ciudad de Chihuahua, por los pueblos oprimidos, por nuestra familia y por mí.

JesA?s Carranza 39199 (562x800)11 de enero de 1915
El general Jesús Carranza, hermano del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado de operaciones en el Istmo de Tehuantepec, es asesinado en el paraje de Xambao, municipio de Santa María Tepantlali, Oaxaca, junto con su escolta. Traicionado y detenido por el general Alfonso Santibáñez desde el 30 de diciembre en San Jerónimo Ixtepec, se le había dejado vivir, junto con su hijo Abelardo y su sobrino Ignacio, después del fusilamiento del resto, a la espera de un arreglo con Venustiano Carranza, quien se negaría a negociar en tales términos.

Los hijos de Sanchez - copia29 de marzo de 1965
La Procuraduría General de la República declara que no existe delito que perseguir, ante la denuncia presentada el 11 de febrero por la junta directiva de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, contra el escritor estadunidense Óscar Lewis. El autor de Los hijos de Sánchez, libro publicado un año antes por el Fondo de Cultura Económica, había sido acusado de usar en el texto un lenguaje soez y obsceno, relatar escenas livianas, así como de difamar y ofender al pueblo mexicano y a su gobierno..

FÉ DE ERRATAS

En el texto El exilio de Marietta Blau en México, BiCentenario N° 26, el crédito de la institución de la autora Pilar Baptista Lucio, debió decir Universidad Panamericana en lugar de Universidad Anáhuac México Norte.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Portada

Dos figuras descollantes para la escritura y la fotografía de la primera mitad del siglo xx en el mundo, tuvieron el gran tino de buscar en México su manera de retratar momentos de profundas transformaciones. Uno porque se comprometió en el país convulsionado de 1914 a desentrañar el alma de los mexicanos y el porqué de la lucha fratricida. El otro, tres décadas más tarde, porque explicó con sus imágenes otro México bronco que para 1940 se dignificaba detrás del nacionalismo petrolero y le abría las puertas a los exiliados de las guerras, pero inmerso en un enfrentamiento claro entre derechas e izquierdas, en el que los conflictos sociales no se apagaban y hasta jugarse la vida parecía cotidiano.

Al joven poeta, escritor, periodista y hasta activista social, John Reed, le bastaron cuatro meses de trabajo para que sus relatos para la neoyorquina Metropolitan se convirtieran en la mejor obra de divulgación, quizá hasta el presente, sobre los controvertidos personajes de la Revolución que de la mano de Villa y Zapata recorrían el mundo como sinónimo de justicieros del infortunio de millones de desamparados. El otro personaje intrépido fue Robert Capa, el trotamundos húngaro, que a los 27 años tan sólo de la mano de una cámara Leika ya era un veterano en retratar guerras a las que detestaba, aunque no podía despegarse de ellas. Su huella en México fue tan corta como fructífera, tal cual el carismático y temperamental Reed. En sólo cinco meses de estadía identificó los rostros de la miseria, la violencia política, la identidad de un país que se transformaba aceleradamente.

Estos apuntes de vida que presentamos en BiCentenario son los de personajes aventurados para su tiempo, idealistas y únicos. Reed y Capa encontraron en México el testimonio de orfandad de miles que como ellos mismos buscaban un mundo más igualitario.

¿Pero qué México querían los pensadores, los intelectuales, los hombres y mujeres que se imaginaban el país posrevolucionario? ¿Lo querían democrático, participativo, igualitario? ¿Liberal, conservador, socialista? ¿De derecha, de izquierda, de centro? Jesús Reyes Heroles fue una de esas piezas clave para entender, en este caso el Partido Revolucionario Institucional, cómo se concebía el poder y su ejercicio desde la organización política que durante siete décadas continuas delineó la vida de este país, y lo sigue haciendo. Cerebro partidario, disidente de muchas decisiones, Reyes Heroles fue un adelantado a su tiempo, al que no siempre se le hizo caso ni se le quiso escuchar. Con una biografía concisa sobre su pensamiento y la reproducción de opiniones personales al desaparecido diario Novedades, abrimos en este número una ventana para ver el México al que aspiraban los ideólogos de la política en la segunda mitad del siglo pasado. En próximas ediciones les seguirán otros. En esos tiempos políticos de los años 50 y 60 un vínculo que comenzó a afianzarse fue el del sector privado y sus negocios con el Estado. Uno de esos casos fue el de los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán que gracias a su amistad con Lázaro Cárdenas construyeron el Hotel Balneario de San José Purúa en Michoacán. Como nos relata el texto sobre esta obra que se convirtió en uno de los centros turísticos destacados del país, el fructífero negocio empezó a desmoronarse a partir del mismo momento en que uno de los hermanos quiso adentrarse en política y desde la oposición.

Las analogías entre presente y pasado nos llevan a comprender que en el siglo xix los problemas con el ambulantaje en la ciudad de México no diferían demasiado con el presente del nuevo milenio. Poner orden, obligarlos a pagar impuestos, quitarlos de las calles, mejorar la higiene eran las preocupaciones corrientes de las autoridades, incluso desde fines del siglo xviii. También por entonces los gustos y preferencias tanto de las clases populares como las adineradas en cuanto a sus apetencias culinarias iban delineando una cultura de sabores con raíces indígenas que llegan hasta el presente. Aquellos antojitos son los de hoy. Por entonces, a los habitantes de la ciudad también se les hacía agua la boca las quesadillas, tamales, pambacitos, memelas, tlacoyos y chilaquiles.

En esos tiempos, 1871 para ser más precisos, un médico, Aniceto Ortega, daba cuenta cómo el acceso educativo de lasélites a una formación enciclopédica permitía que la medicina se emparentara con la música. Ortega, nos dice su biografía que presentamos en esta edición de BiCentenario, visitaba y curaba a los enfermos en sus casas, pero se daba tiempo para escribir sobre los efectos terapéuticos de la música, tratados acerca de terremotos y erupciones, y además componer obras operísticas. Una eminencia que le sería reconocida con cargos públicos y el reconocimiento social.

Este nuevo número de la revista se complementa con la historia de las primeras participaciones del fútbol mexicano en torneos internacionales. Una preparación casi amateur para ir a competir al Mundial de Brasil en 1950, pero que sirvió como aprendizaje. También un análisis muy actual sobre la reforma energética y el futuro que nos puede esperar con esta nueva apuesta de la política por alcanzar una nación con mejores expectativas económicas. Y si el lector quiere leer esta edición de BiCentenario sentado en algún café, podrá imaginar también como pasaban su tiempo nuestros antepasados en las cafeterías de la capital. Hasta la próxima.

Darío Fritz

Sumario #27

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

DSC03111El ambulantaje en el siglo XIX
Gisela Moncada González

Zacapoaxtla abatiendo suavos, 1310 (257x257)La batalla del 5 de mayo
Carlos Tello Díaz

Ventas en la calleAntojitos mexicanos. Entre el gozo y la desconfianza
Ricardo Candia Pacheco

The socialist party anuncio (132x132)Le decían Jack
Guadalupe Villa Guerrero

El candidatoEmpresa y turismo en la sierra michoacana
Paulina Martínez Figueroa

Estampilla 1950 (300x300)El futbol mexicano sin samba
Rogelio Jiménez Marce

DESDE HOY

GasolinerAi??aLas desatinadas políticas del desastre petrolero
Héctor L. Zarauz López

DESDE AYER

3884-AnfiteatroLa huella del Hospital General de México
Ana Rosa Suárez Argüello

TESTIMONIO

El_suplicio_de_CuauhtAi??mocAniceto Ortega: Un médico multifacético
Olivia Moreno Gamboa

ARTE

Robert Capa, Segovia front, Spain, late May/early June 1937Robert Capa, mensajero del tiempo
Rebeca Monroy Nasr

CUENTO HISTÓRICO

Interior del CafAi?? Progreso (300x300)Días entre cafés
Víctor Maximino Martínez Ocampo

ENTREVISTA

En el escritorio INCLUIR (298x300)Jesús Reyes Heroles. El ideólogo que explicó al PRI
Héctor Zarauz López

SEPIA

Primera ComuniA?n (300x300)El linaje.
Darío Fritz

La batalla del 5 de mayo

Carlos Tello Díaz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Presentamos un extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que la editorial Debate publicará próximamente.

Patricio Ramos. Batalla de Puebla, 2017 1-4 (1024x663)

Ai?? Patricio Ramos, Batalla de Puebla, 1862, A?leo sobre tela. Colección Museo de Historia Mexicana.

El 3 de mayo en la noche, día de nuestro arribo a Puebla, el general en jefe don Ignacio Zaragoza detuvo en su alojamiento a los generales que sucesivamente llegábamos a darle parte de las novedades del día y de la marcha, escribió Porfirio. Cuando nos habíamos reunido los generales don Ignacio Mejía, don Miguel Negrete, don Antonio Álvarez, don Francisco Lamadrid, don Felipe B. Berriozábal y yo, nos manifestó el general Zaragoza que la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México. Zaragoza tenía su cuartel en la iglesia de los Remedios, al este de la ciudad, por la salida del camino a Amozoc –una iglesia fortificada como todas, en la que apenas era posible entrever el esplendor del barroco del siglo XVIII. Durante la plática que tuvo con sus oficiales, vestidos todos de casaca y pantalón de paño azul obscuro, con botones y galones de oro en los hombros y los puños, el general en jefe agregó que una nación de más de 8 000 000 de habitantes no podía permitir que el invasor llegara sin oposición hasta la capital, que por eso debían combatir hasta el final, hasta el sacrificio, si no para vencer, cosa difícil, al menos para causar en el enemigo el daño suficiente para obligarlo a permanecer en Puebla, con el fin de dar a la nación el tiempo necesario para preparar la defensa del resto de la República. Todos los jefes ahí presentes respondieron animados de los mismos sentimientos.

Los templos y los conventos de Puebla, unidos por una serie de trincheras, servían de puntos de apoyo para la defensa de la plaza, que además estaba protegida, fuera de ese perímetro, por los fuertes de Loreto y Guadalupe, situados al noreste de la ciudad, sobre la cresta del cerro de San Cristóbal. Zaragoza empleó la noche del 3 de mayo en mejorar las fortificaciones del interior, en hacer trabajos de zapa alrededor de los fuertes, para lo cual mandó expropiar los instrumentos de labranza de las haciendas en las inmediaciones de Puebla. Después artilló los fuertes del cerro con lo que tenía, que no era lo mejor. Sus cañones pare- cían antiguos: había que cargarlos por la boca, con balas en forma de esfera, potentes, pero muy poco certeras. La desproporción entre las fuerzas enfrentadas en esos momentos era gigantesca. Los fusiles de los franceses tenían, en promedio, un alcance de 800 metros; los de los mexicanos, en general, un alcance de 300 metros. Existe la leyenda de que muchas de las armas utilizadas por Zaragoza databan de los tiempos de la batalla de Waterloo. Es posible, pues entre ellas estaba el mosquete llamado Brown Bess, inglés, común a fines del siglo XVIII, usado en la campaña contra Napoleón, después en India y en África, vendido por los ingleses a México durante la invasión de Estados Unidos, por lo que circulaba todavía al estallar la guerra de Intervención. Aquel mosquete no era de chispa sino de pedernal, con la cabeza del martillo hecha de sílex. Pesaba cerca de cinco kilogramos, sin la bayoneta.

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El ambulantaje en el siglo XIX

Gisela Moncada González
Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Terminada la guerra de Independencia las autoridades intentaron ordenar el comercio callejero en la capital. Había una necesidad recaudatoria del fisco pero también de generar espacios de confort para los habitantes. Los resultados no fueron los que se buscaban.

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La venta de alimentos en las calles de la ciudad de México ha sido una práctica común a lo largo de nuestra historia. La recurrencia de puestos en cada esquina procede no sólo de nuestra herencia colonial, sino prehispánica. ¿Dónde se fijaban los puestos? ¿Qué se vendía en ellos? ¿En qué horarios se instalaban? ¿Qué medidas empleaba la autoridad para regularlos? Son varias de las preguntas que este artículo trata de responder.

Conviene precisar que a comienzos del siglo XIX, y desde antes, el comercio de alimentos en las calles de la ciudad de México era muy frecuente, no sólo porque no se contaba con mercados fijos y establecidos, sino porque resultaba una práctica común entre la población indígena llegar a la ciudad a vender sus productos. Diariamente ingresaban canoas con productos de la tierra, como se nombraba en la época a las frutas y verduras; la mayoría de los vendedores llegaban desde muy temprano de Xochimilco, Cuemanco, Chalco y Texcoco, y se establecían en algún tianguis, alrededor de alguna iglesia, en una esquina e incluso, en la Acequia Real.

DSC03109 (640x480)Esta práctica de vender en cualquier sitio y no necesariamente en un mercado fijo se toleró durante todo el periodo colonial, ya que al no haber mercados de mampostería bien establecidos se permitió la instalación de tianguis en días específicos. La documentación de la época no muestra denuncias de los habitantes de rechazo a este tipo de puestos. Sin embargo, durante la guerra de Independencia (1810-1821), el comercio en las calles aumentó considerablemente y, por primera vez, la autoridad de la ciudad comenzó a ver como un problema la recurrencia de puestos fuera de los tianguis, en la periferia de estos y, sobre todo, en las principales calles.

La autoridad argumentaba que dichos puestos daban mal aspecto, denotaban falta de higiene y entorpecían el libre tránsito. Pero tras estos argumentos existía otro más importante, la autoridad iba perdiendo el control de la recaudación en el cobro del derecho de plaza, un impuesto que se cobraba a todo aquél que instalaba un puesto en cualquier lugar de la ciudad. El llamado derecho de plaza no se había cobrado a los indígenas durante casi todo el periodo colonial, pero a partir de 1821, cuando México se consolidó como nación independiente, el gobierno de la primera república federal introdujo la noción del contribuyen- te, y por lo tanto, comenzó a cobrarle a toda persona que vendiera cualquier producto, sin hacer distinción de si era indígena o no.

La generosa recaudación que el gobierno de la ciudad percibía del comercio obligó a las autoridades a ser más rigurosa en su control, ya que 70% de sus ingresos provenían de dos rubros: primero, la recaudación procedente del derecho de plaza; y en segundo lugar, el derecho municipal, que era el impuesto que se cobraba por la entrada de mercancías en las distintas garitas. Por ello, se buscó durante la primera república federal una política fiscal más eficiente que en el periodo virreinal y, en consecuencia, se incrementó la persecución del vendedor ambulante.

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