Archivo de la categoría: BiCentenario #27

La huella del Hospital General de México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Nació para aglutinar a los hospitales de la ciudad y modernizar el servicio. A más de un siglo de su creación es referencia de la medicina y enclave de la docencia y la investigación médica.

A Marta Alicia, médica.

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Rodeado por la concurrencia más bella y elegante –como la describió el poeta Amado Nervo en El Mundo–, el presidente Porfirio Díaz inauguró el Hospital General a las 10 de la mañana del 5 de febrero de 1905.

Pabellones del Hospital General mexico (800x719)

En el acto oficial, que tuvo lugar en el pabellón de ginecología, el doctor Eduardo Liceaga, alma de la obra desde que Díaz anunció la construcción en 1888, presentó los adelantos que reunía el nuevo hospital, anunció que este trabajaría en armonía con la Escuela y los profesionistas de la medicina y coadyuvaría a que el país rescatara sus fueros médicos en el nuevo mundo. Al final invitó: Ya tenemos los útiles del trabajo… ¡Ahora a trabajar!

Luego de que Amado Nervo leyera una poesía escrita para la ocasión, el séquito presidencial y los numerosos invitados recorrieron los diversos inmuebles entre grandes elogios, pues, según El País, se trataba del primero (hospital) de América por sus condiciones higiénicas, su magnitud y demás.

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En efecto, el Hospital General, primero en México en ser erigido exprofeso, fue causa de orgullo desde su inicio. Construido en terrenos de la colonia Hidalgo (hoy Doctores) por el ingeniero Roberto Gayol –aun cuando fue terminado por el arquitecto Manuel Robleda–, costó una suma superior a los 3 000 000 de pe- sos. En una superficie de más de 124 000 metros cuadrados, contaba con 69 edificaciones, de las cuales 32 eran pabellones para enfermos, 17 estaban destinadas a servicios generales y las demás a casillas de vigilancia y portería. En ellas se reunieron todos los hospitales existentes, salvo el de los enfermos mentales, que sería el Manicomio General La Castañeda y se inauguraría en 1910. Contaba, además, con el instrumental y los aparatos más modernos.

Salida de Porfirio DAi??az del Hospital (800x540)

Nacía entonces una institución duradera, que perdura hasta nuestros días y ha dejado una huella definitiva en el desarrollo de la atención, la docencia y la investigación médica en México. No obstante las múltiples dificultades que ha enfrentado y que van desde los recursos siempre insuficientes y los problemas de índole política y burocrática, la institución ha crecido y se ha renovado, siendo la última gran transformación la ocurrida después del sismo del 19 de septiembre de 1985, que derrumbó los edificios de gineco-obstetricia y de residencia médica, y dejó decenas de muertos entre doctores, enfermeras y pacientes –muchos de ellos niños recién nacidos–.

Ha sobrevivido, sobre todo, el espíritu que en 1905 intuyó Amado Nervo:

Plano del Hospital General de MAi??xico, 1901 (800x704)

Amigo mío desheredado,
hermano mío desconsolado:
Ya tienes casa, ya tienes pan (…)
La vida es dura; mas aun existe quien al enfermo refugio da,
y a los desnudos arropa y vis te (…)
Hoy se inaugura tu noble y raro Alcázar; míralo: ¡es para tí!
Tendrás un lecho, calor, amparo, afectos, aire puro, sol claro…
Qué bien se debe vivir aquí!

A 110 años de su inauguración, el Hospital General de México sigue siendo referencia primordial de la medicina mexicana.

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Las desatinadas políticas del desastre petrolero

Héctor L. Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

México apuntó a ser una potencia petrolera, pero con el paso de las décadas se transformó en importador de petróleo. Es una industria que bajó la producción, perdió reservas y exportaciones, sus instalaciones quedaron obsoletas y, además, sin posibilidades de hacer reinversiones porque sufre altas cargas fiscales. La polémica reforma energética de 2013 que apuesta a la inversión privada en el sector sigue generando dudas.

RefinerAi??a en Azcapotzalco, 1938 (800x653)

Obreros de la refinería “El águila”, 22 de marzo de 1938. SINAFO, CONACULTA-INAH-MEX.

En los últimos años se ha dado en nuestro país un intenso debate sobre el curso que debe tomar la explotación del petróleo. En torno a ello han surgido básicamente dos posiciones encontradas. La primera postula la necesidad de liberar a esta industria de los principios estatizadores de la expropiación decretada en 1938 y que, en consecuencia, se permita la participación de capitales privados en las diversas fases de este proceso (exploración, extracción, procesamiento y distribución) aduciendo la necesidad de recursos económicos y modernización de instalaciones, a cambio, desde luego, de compartir las ganancias derivadas de toda esta cadena.

La segunda postura sigue considerando como tabú la participación del capital privado y señala el carácter estratégico de esta industria como impulsora de la economía y principal fuente de re- cursos públicos. Los debates en diversos foros han sido intensos y en ocasiones álgidos. Ello prueba la enorme importancia del tema del petróleo en distintos campos. Desde la perspectiva económica, por ser fundamental en el desarrollo de infraestructura para promover la industrialización como generador de empleo y motor de crecimiento en el país, pero también en el plano de la política, como reducto ideológico del nacionalismo.

En diciembre del año 2013, la llamada reforma energética fue aprobada terminando con uno de los paradigmas del Estado nacionalista emanado de la Revolución Mexicana. Tal decisión fue urdida y ejecutada por el mismo partido político que 75 años antes (con gran consenso social y político) diera origen al decreto expropiatorio y que ahora, transmutado en agrupación neoliberal, dio marcha en sentido contrario. Ante tales eventos vale la pena desde hoy hacer una reflexión y un balance histórico y actual en torno al significado de estos eventos.

De los inicios al crecimiento con caos

La explotación del petróleo y su uso industrial en nuestro país se remonta  a mediados del siglo XIX. Entonces ya se comercializaba básicamente como iluminante, lubricante y combustible. De hecho, bajo el mandato imperial de Maximiliano se otorgó la primera de una serie de concesiones que se darían a lo largo de los años siguientes para llevar a cabo la explotación petrolera, con resultados más bien limitados.

Pozo petrolero, ca. 1922 - 373574

Trabajadores junto a una tubería en un pozo petrolero, 1922, Temapache Veracruz. Fondo Hugo Brehme, SINAFO.

En años posteriores, se aplicaron medidas para impulsar el desarrollo de esta creciente industria. En 1884 se dio el primer paso para desarrollar la producción local de petróleo y carbón con una nueva ley minera que revocó el derecho de la nación sobre los recursos del subsuelo y lo traspasó al dueño de la superficie. Con la misma idea, en 1901 se decretó la primera ley petrolera que autorizaba al ejecutivo a otorgar directamente con- cesiones de explotación a particulares en terrenos de propiedad federal.

Bajo esas condiciones, empresarios extranjeros invirtieron en el negocio, explotando los enormes yacimientos en México. Los iniciadores de esta industria fueron el  estadunidense Edward L. Doheny y el constructor británico Weetman D. Pearson, quienes con sus firmas Mexican Petroleum Company y Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, respectivamente, dominaron la industria petrolera nacional durante el primer cuarto del siglo XX.

Así inició una industria que, por su complejidad y enormes requerimientos de capital, tal vez no se hubiera desarrollado de manera endógena. Vale señalar que sorprendentemente el verdadero crecimiento se dio en una coyuntura que más bien parecía adversa a las inversiones: el caos revolucionario.

La Revolución iniciada en noviembre de 1910 generó una gran inestabilidad debido a la lucha armada y a los diversos cambios de gobierno. Por si fuera poco en todo este periodo, desde Francisco I. Madero hasta Álvaro Obregón, se establecieron nuevas legislaciones y requerimientos fiscales a las compañías petroleras, las cuales resistieron hasta el límite de sus posibilidades (incluyendo un amplio rango de medidas que fueron desde acciones legales e inconformidad diplomática, hasta el apoyo a rebeliones contrarevolucionarias). Sin embargo, por primera vez debieron pagar impuestos al erario. Pronto los recursos provenientes del petróleo fueron vitales para las finan- zas nacionales y ya en 1920 representaban el 21.5% de los ingresos federales

Ni la Revolución ni el cobro de impuestos lograron impedir el desarrollo de esta industria y en ello fueron fundamentales un par de factores ajenos a la realidad nacional: el primero fue que se generalizó en el mundo el uso del motor de combustión interna, que se había ido mejorando desde la segunda mitad del siglo XIX cuando Karl Benz construyó un  modelo que  funcionaba con gasolina. Este invento hizo que, en pocos años, cambiara radicalmente el patrón de consumo energético, sustituyéndose el carbón por gasolina. Ello propició el desarrollo de la industria automotriz, en la cual se había aplicado esta innovación tecnológica.

El segundo factor fueron algunas convulsiones internacionales, principalmente la llamada Gran Guerra (1914- 1918), que incrementaron el consumo de petróleo, pues la maquinaria bélica se movía con él. Tal contexto convirtió a México en el segundo productor mundial, al punto que entre 1920 y 1922, uno de cada cuatro barriles de petróleo extraídos en el orbe, provenían de suelo nacional.

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El futbol mexicano sin samba

Rogelio Jiménez Marce.
Benemérita Universidad de Puebla

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Una selección de futbolistas con escasa preparación física y condiciones técnicas en desarrollo fue a Brasil a disputar su segundo mundial en 1950. A juzgar por los resultados –tres derrotas– pudo ser un fracaso, pero en realidad México buscaba fogueo y más que nada continuar aprendiendo..

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Selección mexicana contra el Génova de Italia, 11 de junio de 1950. AGN, Fondo Hermanos Mayo.

En el 2014 se celebró por segunda ocasión la Copa Mundial de Futbol en Brasil. La selección mexicana ha participado en las dos ocasiones que este evento deportivo se ha llevado a cabo en el país sudamericano. Este artículo centrará su atención en lo acontecido con el representativo nacional en el Mundial de 1950. Aunque la historia de México en los primeros mundiales se caracterizó por sus reiterados fracasos deportivos, resulta de interés para comprender la manera en que la selección se ha convertido, al igual que otras selecciones, en un producto mercadológico y una pantalla para desviar la atención de los temas de relevancia nacional, tal como aconteció en 2014 cuando se discutieron diversas reformas constitucionales en los días en que jugaba México. Quizá en este momento la selección ya no muestra la fragilidad de antaño, pero sigue sin trascender en el escenario mundial para decepción de millones de seguidores.

Los Preparativos

La participación en 1950 representó el retorno de México a la competencia, después de las ausencias en Italia (1934) y Francia (1938). La primera por haber perdido la eliminatoria con Estados Unidos y la segunda por unirse a la protesta de los países americanos inconformes con la decisión de la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA) de conceder la sede a un país europeo, pese a que se había estipulado que ésta se alternaría con América. A diferencia de su primera participación (1930), en la que fue invitada por Uruguay como país organizador, en diciembre de 1948 la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) había solicitado a la FIFA que le permitiera participar en la justa deportiva.

El 11 de enero de 1949, el periódico Excélsior mostraba su preocupación por la falta de respuesta de la FIFA, aunque después las autoridades de la FMF aclararon que el silencio fue producto de una tardanza en el correo internacional, motivo por el cual hicieron los trámites por vía telefónica y se aceptó la petición. La FMF también declaró que Rafael Garza Gutiérrez, seleccionado nacional en la primera copa del mundo y entrenador del club América, fue nombrado seleccionador nacional, quien informó que solicitaría a la FMF que el equipo hiciera una gira previa por Europa, a fin de que se acostumbrara a los estilos de juego que se utilizaban en esas tierras.

Como faltaba más de un año para que se celebrara la copa mundial, se pensó aprovechar la visita del club brasileño Vasco da Gama a tierras mexicanas para participar en una serie internacional contra varios equipos nacionales. Según uno de los columnistas dDSCN3921 - copia (522x800)e Excélsior, esta experiencia resultaría fundamental porque los seleccionados aprenderían de la habilidad, la eficiencia, el virtuosismo y la luminosidad del estilo sudamericano, pues era tiempo de que los mexicanos abandonaran su viejo estilo, basado en balonazos y tiros directos, y adoptaran el fútbol revolucionario caracterizado por el dominio del balón, la velocidad y la eficacia. Se creía que el Vasco aportaría mayores enseñanzas que el Botafogo, otro equipo brasileño invitado anteriormente por el club España a participar en la inauguración del campo de Vista Alegre, duelo que terminó en una batalla campal.

Tras la llegada del Vasco da Gama, un pe- riodista pidió a su presidente, Rodríguez Tavares, su opinión del fútbol mexicano. En un tono diplomático, Rodríguez indicó que tenía buena calidad y si lograba una buena preparación, podría esperarse que hiciera un excelente papel en el mundial, aunque reconocía que no tenía posibilidades reales de ganar el campeonato pues en ese tipo de competencias intervenían factores diversos.

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Por su parte, el entrenador del equipo carioca, Flavio Acosta, advertía que la principal carencia del fútbol mexicano era la falta de entrenadores capaces de guiar a los jugadores. En el país existían buenos futbolistas, decía, pero no se contaba con la persona que lograra encauzar a los jugadores en todos sus niveles. A diferencia de su presidente, Acosta consideraba que el México ofrecería resistencia en el terreno de juego y que si contaba con un poco de suerte, podría ubicarse entre los primeros diez lugares. Explicaba que si bien no estaba a la altura de Argentina, Brasil y Uruguay, tenía el mismo nivel futbolístico que Chile

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Empresa y turismo en la sierra michoacana

Paulina Martínez Figueroa
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán fueron amigos de Lázaro Cárdenas casi desde la infancia. Ellos serían un sostén económico fundamental para las aspiraciones presidenciales cardenistas. Hacer negocios con el Estado fue la manera en que le pagaron aquel favor y la construcción del Hotel Balneario de San José Purúa, en Michoacán, resultó un ejemplo. Pero cuando quisieron ser una alternativa política, aquella amistad no estaba para protegerlos.

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Balneario San José Purúa México, ca. 1950. Colección Particular.

El turismo y la hotelería moderna surgieron en México entre los años veinte y treinta del siglo XX gracias a la reunión de una serie de condiciones tanto económicas, como políticas y culturales que posibilitaron su desarrollo. Como suele suceder con cualquier actividad nueva, resultó necesario dotarlos de un marco jurídico que los ayudara a funcionar, integrarlos a la vida del país, dar a conocer su importancia y justificar la necesidad de su fomento, de manera que se pudieran incorporar, de forma paulatina, tanto al imaginario como a la realidad nacional.

La creación de una idea de turismo y la manera en que este fue reconocido oficialmente como una actividad formal, legal, viable y digna de apoyo, se consiguió principalmente a través de dos vías: por un lado, gracias a la intervención gubernamental -a través de leyes y dependencias que la supervisaran– y, por otro, debido a la intensa participación de la iniciativa privada que adoptó la actividad y la apoyó financiando infraestructura que la sustentara y la transformara en algo tangible.

A finales de los años treinta, las políticas gubernamentales para fomentar el turismo en la República Mexicana –que inició en la década de los veinte con el apoyo a la construcción de infraestructura carretera– eran importantes en el papel, pero desgraciadamente escasas en la práctica. La falta de organización, debilidad y pobreza del Estado, que apenas se recuperaba de la lucha revolucionaria de 1910-1920, propició la incursión de individuos presentes en la política mexicana como empresarios turísticos.

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El candidato Miguel Enríquez Guzmán, candidato de la Federación de Partidos del Pueblo. AGN, Archivo Fotográfico Díaz, Delgado y García, caja 97/6.

Estos hombres, gracias a sus posiciones en el gobierno, consiguieron espacios adecuados para desarrollar zonas turísticas que en algunos casos los enriquecieron, pero que en otros también resultaron un dolor de cabeza. Desde conflictos con los pobladores, escasez de ser- vicios básicos y abastecimiento de productos hasta problemas de salud ocasionados por las presiones financieras y los endeudamientos continuos, fueron trabas comunes con las que se toparon al tratar de crear lo que en su discurso consideraban nuevas fuentes de empleo y de desarrollo económico nacional.

Personajes como Juan Andrew Almazán, Abelardo L. Rodríguez, Alberto J. Pani o Pascual Ortíz Rubio se aventuraron como empresarios en los primeros años de la posrevolución. A ellos se unieron los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán. Estos militares, casi desde niños, también fueron identificados en esta época por su clara y fraterna amistad con el general Lázaro Cárdenas, oriundo de Michoacán, el estado donde levantaron un nuevo y exitoso espacio turístico, San José Purúa. Hasta allí acudieron lo mismo visitantes extranjeros y nacionales que intelectuales, artistas y, claro está, la elite política del momento

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Le decían Jack

Guadalupe Villa Guerrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Estuvo tan sólo cuatro meses en México, pero le fueron suficientes para explicar los complejos personajes que dieron vida a la revolución mexicana. Escritor comprometido con sus ideas, temperamental y carismático, John Reed iba a contracorriente. Escribía tanto sobre la represión a obreros en su natal Estados Unidos como sobre la revolución bolchevique en Rusia. Así abrió los ojos de muchos a través de reportajes y libros que mostraban otras perspectivas del mundo

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Quizá como ningún otro, Reed nos dejó el registro de la rica y compleja gama de personajes que de muy diversas maneras se integraron a los ejércitos revolucionarios. Él mismo se consideró, temporalmente, un revolucionario más entre las fuerzas de la División del Norte, al unirse a las tropas del general Tomás Urbina en su marcha a Torreón. La colección de reportajes que actualmente es posible disfrutar en el libro México Insurgente, nos adentra en sus experiencias: Esto era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran como un centenar de sol- dados, cubiertos de harapos pintorescos; algunos vestían ropas de obrero, de mezclilla; otros, las chaquetillas charras de los peones; en tanto que uno o dos alardeaban de sus pantalones pegados de vaqueros. Sólo unos cuantos llevaban zapatos; los más de ellos huaraches, y el resto iba descalzo. […] los rifles colgaban de sus monturas, llevaban cuatro o cinco cananas de cartuchos cruzados sobre el pecho, altos sombreros de flotantes alas; inmensas espuelas que tintineaban al cabalgar; sarapes de brillantes colores, amarrados atrás de la silla. Todo esto constituía su equipo.

Otros combatientes retratados por el reportero fueron los soldados de fortuna o mercenarios, algunos de ellos habían combatido en el ejército maderista y estaban de regreso en el país para ofrecer sus servicios, aun sin hablar el español: El capitán canadiense Treston tenía su vivac y su batería de ametralladoras bajo la sombra de los álamos […] habían descargado los cañones y sus pesados trípodes, de las mulas, veíanse regados en todo el contorno los útiles de campaña. Los animales pastaban en la rica y verde pradera. Los hombres estaban acuclillados o tira- dos a lo largo de las orillas del canal. Treston nos saludó agitando una tortilla llena de ceniza que comía y gritó: ¡Oiga, Reed! ¡Por favor, venga acá a traducirme! ¡No puedo hallar a mis intérpretes, y si entramos en acción, estaré en un aprieto! No sé hablar el condenado idioma; cuando vine aquí, Villa contrató los servicios de dos intérpretes para que me acompañaran siempre. seq-5 (388x640)Y ahora no los encuentro […] ¡siempre se ausentan y me dejan en un atolladero!

Tan solo fueron cuatro meses los que Reed permaneció en nuestro país y, no obstante, los pintorescos relatos recogidos a lo largo de su travesía, muestran al socialista comprometido que intentó desentrañar el alma de los mexicanos y el porqué de la lucha fratricida. Este vivaz e infatigable periodista no regresaría más a México, pero estaría presente en muchos de los escenarios de protesta social en su tierra y en las guerras internacionales que caracterizaron al siglo XX

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