Sepia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Darío Fritz

Primera ComuniA?n (800x535)

“Primera comunión, Querétaro, 1919. Colección Laura Suárez de la Torre.

Tanta seriedad apabulla. Nadie se sale aquí del libreto. Todos bien planchados, las manos en sus lugares, los calzados lustrosos, las miradas concentradas, ni una pestaña alebrestada, ningún cabello que se aparte de su sitio. No importan edades, sexo, ni jerarquía familiar. Una obediencia ciega ante los flashazos del fotógrafo. Aquí no se mueve una hoja. Nada diría que después de terminada la sesión, esas niñas y niños convertirían el lugar en un jolgorio. Uno se atrevería a creer que el patriarca diría vamos a casa, y todos saldrían en fila detrás de él en busca de la calle. Silenciosos, disciplinados y respetuosos. De allí a la iglesia, posiblemente, para que la niña Guadalupe Suárez recibiera su primera comunión. Miradas, formas de pararnos, vestimenta, dicen mucho de nosotros para explicar lo que somos. Nada haría suponer que de las gemelas Teresa y Concepción, aupadas por su madre y su abuela, o de los niños estilo marinero José y Ricardo, serían jóvenes algunos años después que romperían con los cánones conservadores en los que se los criaba allá por 1919. Mucho menos de Ignacio, el mayor, con más porte por lo que se ve para ser uno de los tantos profesionales de carreras tradicionales entre las familias de abolengo de Querétaro. La revo- lución de Villa y Zapata había pasado de refilón por el estado y aquellos niños más grandes, como Guadalupe e Ignacio, poco supieron en esos momentos de la guerra intestina que sacudió a las familias mexicanas. Cuidados al extremo de la contaminación que podría significar la violenta realidad política y social del país.

Aún y cuando el abuelo Adolfo era el prominente Director del Colegio Civil de Querétaro, que a tono con las investiduras de largo aliento de la época perma- neció 18 años en el cargo. Lo dejó en 1911 para ser nada menos que gobernador. A la par de que Porfirio Díaz abandonaba la presidencia eterna, también lo hacía en el estado Francisco González de Cosío, otro longevo en aquello de atarse a la silla: 24 años continuados go- bernando. Don Adolfo poco pudo hacer. Duró algunos meses apenas. Se iniciaban los gobiernos estatales que al cabo de unos cuatro meses terminaban quitados. Pero esa es otra historia. El principio de la familia siempre unida no queda duda que se habrá preservado hasta nuestros días en el linaje que el ingeniero Adolfo de la Isla heredó y supo fortalecer y extender.

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