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Días entre cafés

Maximino Martínez Ocampo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

A Fernando Orozco y Berra le entretiene más la escritura que la medicina. Le han pedido un artículo y cavila sobre qué escribir. En los cafés encontrará un mundo por descubrir y retratar. También hallará el último golpe de frío que se pueda contar.

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Interior del café del Progreso, litografía en La Ilustración Mexicana, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1851. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar. Instituto Mora.

Una buena mañana en la ciudad de México de mitad de 1850, un médico convertido en escritor camina preocupado a lo largo de su estudio. Su nombre es Fernando Orozco y Berra y hace poco más de un año llegó a la ciudad de México procedente de Puebla buscando otra atmósfera y otros goces. A pesar de tener dos pequeñas arrugas en su entrecejo, es evidente su juventud, pues con 29 años la vida le sonríe avariciosa, haciéndole entrever horizontes sin límites. Y no podía ser de otra manera, pues en julio de ese año acababa de publicar una novela: La guerra de treinta años, dedicada a su hermano mayor, el historiador Manuel Orozco y Berra. El libro fue bien recibido por los letrados debido a las interesantes escenas que describía. La turbación de este novel autor se debe a que tiene que entregar para dentro de tres días un escrito al editor de La Ilustración Mexicana. Menos mal que con Ignacio Cumplido no tengo problemas –piensa–, ¡hace poco apareció uno de mis artículos en El siglo XIX!

fERNADO Orozco y Berra El Renacimiento (1000x1280)

El joven Fernando decide que quizá una pequeña incursión al Tívoli de San Cosme, ubicado en las afueras de la ciudad, le ayude pensar mejor sobre qué escribir. Pues ahí sabe que se busca la fortaleza y se siente que la sangre circula con más velocidad, activando las funciones del cerebro. Desayuna una costilla y un par de huevos, todo un desayuno francés, aunque claro, esto le pesa más a su bolsillo que un típico almuerzo local. Vale la pena –afirma el joven–  mientras no sea todos los no sea todos los días. Un breve paseo a lo largo de los jardines, de lo que años después Ignacio Manuel Altamirano llamaría Tebaida del amor y de la gastronomía, probablemente le permitan obtener un tema del qué hablar. Pero no, lo único que ve son flores que parecen más zacates y matorrales, además de un joven que lleva un ramito de violetas para su dómina. Herido por el recuerdo de aquella mujer poblana a quien abrió su corazón sin vacilar, sin reserva y sin aliño, Orozco y Berra decide abandonar el lugar

El día pasa y la inspiración no aparece, tampoco sus lecturas le dan un tema del que escribir. Cansado y con la noche encima, Orozco decide tomar una taza de café, una bebida fuerte, estimulante y deliciosa. ¡Eso es! –dice decidido–, escribiré sobre los cafés de esta noble ciudad, cosa que pocos han hecho antes. Conforme, camina a su habitación para emprender la siesta, sabe que el próximo día será largo y tiene que recorrer parte de la ciudad para recordar tantos lugares.

Cinco y media de la mañana y nuestro escritor ya está listo para abandonar su hogar, en la calle de San Andrés. El frío azota a la ciudad de México que para la época cuenta con unos 200 000 habitantes y unas 4 100 casas, según una guía de forasteros escrita por Juan Nepomuceno Almonte. Se dirige a El Progreso, en la esquina de las calles de Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo. La forma más rápida de arribar al café sería que nuestro autor llegara a la esquina y bajase por la calle de Vergara. Demasiado fácil –piensa– además de que insuficiente para ver la multitud de establecimientos del género que me interesa. Así que decide enfilarse en dirección a la Catedral. Al cruzar por la calle de Santa Clara, una cuadra adelante, se encuentra con cafés ambulantes donde unos albañiles desayunan atole y tamales para aguantar la dura jornada que les espera. Ni pensar en tomar un bocado ahí. Para él, la simple mención de esa comida le parece grosera y anticonstitucional.

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