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El Cancán rompe tradiciones

Ramón Jiménez Gómez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 26.

En la segunda mitad del siglo XIX irrumpía en México la cultura francesa. Era la tendencia de la época. Quien estuviera fuera del modelo cultural que irradiaba desde París se quedaba anquilosado en el pasado. Un ejemplo fue aquel baile de mujeres que alzaban sus piernas e inmortalizaría el pintor Toulouse Lautrec. Indecentes para algunos, tuvo su furor que decaería al cabo de un corto tiempo, hasta renacer durante el porfiriato.

4. Antecedente del CANCAN (640x438)

Winslow Homer, A Parisian Ball – Dan- cing at the mobille, Paris, en Harper’s Weekly, Estados Unidos, New York: Harper & Brothers, publishers, 23
de noviembre de 1867. Boston Public Library

La noche del 23 de julio de 1869 la compañía española de zarzuelas, dirigida por el compositor Joaquín Gatzambide, estrenó en el Gran Teatro Nacional la opereta Orfeo en los infiernos, con libreto de Ludovico Halevy y música de Jacques Offenbach. De repente el público se volvió loco: cayó y subió el telón rápidamente en más de diez ocasiones; cada vez que subía, la gente se deleitaba con esa extraña y alegre música, contemplando a la par las pantorrillas de Elisa Zamacois y Amalia Gómez, primeras émulas de la Rigolboche en México. Esa noche, como ya se estaba haciendo costumbre, el Teatro Nacional había ofrecido el espectáculo del cancán, aquella función venida de Francia que alborotaba a los mexicanos por igual: algunos la aplaudían eufóricamente, otros la condenaban categóricamente, pero eso sí, no pasaba inadvertida.

Sin duda, surgen varias preguntas. ¿Qué tan generalizado estaba el cancán en México? ¿A partir de cuándo se comenzó a poner en escena este espectáculo? ¿Cuáles fueron las opiniones que generó este baile? Son cuestionamientos que abordaré en el presente texto para poder comprender un poco mejor este aspecto cultural del México decimonónico.

Efectos de la Cola Marini en el Nacional,  El Mundo cA?mico t III, domingo, primero de enero de 1899 (895x1280)

Efectos de la cola Marini en el Nacional, en El mundo cómico, 1 de enero de 1899. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora.

Según la Real Academia de la Lengua cancán es la definición de una danza frívola y muy movida que se importó de Francia en la segunda mitad del siglo XIX, y que hoy se ejecuta sólo por mujeres como parte de un espectáculo, pero también es un sinónimo de molestia o fastidio. Y es que el mismo vocablo en francés también hace referencia al escándalo, pues en un principio esta danza nació como parte de las fiestas de los trabajadores: apareció por primera vez en París hacia 1830, en los barrios de Montparnasse, como una versión más del baile rápido; en ese sentido, el cancán era una danza para parejas, las cuales realizaban patadas altas y otra serie de gesticulaciones con los brazos y las piernas. Durante estos primeros años el baile fue conocido como chahut, término que igualmente significaba ruido o alboroto.

Frou Frou CANCAN

Leonetto Capiello, Le Frou Frou 20’, Jurnal Humoristique, 1899, litografía, Francia. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.

Los lugares donde gestó su primera época de oro fueron en los jardines y Bals Publics; el más famoso fue el Jardín Mabille situado en la avenida Montaigne, inaugurado en 1840 y en uso hasta 1870. A las presentaciones acu- dían todas las clases sociales, pues asistían tanto los aristócratas como los intelectuales (un Alexandre Dumas, por ejemplo) o los humildes grisettes. Dentro de estos últimos surgieron personalidades que, con más ca- risma que técnica, llegaron a convertirse en estrellas del cancán, tales como Rigolboche, Finette, Rosalba o Alice La Provenzale. Para 1858 el cancán se había consagrado ya como una opereta teatral definitiva, especialmente gracias a la inmortalización de la composición musical Orfeo en los infiernos del francoalemán Jacques Offenbach.

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Melesio Morales gana su lugar en la ópera del siglo XIX

Cecilia Vargas Ramírez
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La clase alta de la ciudad de México admiraba hacia 1860 la música de Verdi, Bellini o Donizetti. Apostar entonces por mexicanos ejecutando interpretaciones propias parecía una locura. Hasta que un grupo entusiasta juntó ideas, propuestas y dinero para hacerlo realidad.

Meesio Morales  En mil personajes en el mexico del siglo XIX, 1840-1870 Banco Mexicano Somex, 1979 T II (464x640)

Melesio Morales, en Mil personajes en el México del siglo XIX, 1840-1870, México, SOMEX, 1979.

Era la noche del 14 de noviembre de 1865 cuando en el entreacto de la ópera Baile de Máscaras, de Giuseppe Verdi, que se estaba presentando en el Teatro Imperial de la ciudad de México (antes conocido como Gran Teatro Nacional) se empezaron a escuchar gritos y palmoteos desordenados que provenían de las galerías del teatro. Se trataba de un gran grupo de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes que pedían a gritos que la compañía de ópera que se presentaba esa temporada en el Teatro Imperial accediera a poner en escena la ópera Ildegonda del joven músico mexicano Melesio Morales. Los estudiantes colgaron de la barandilla del teatro un cartel con la leyenda “Ildegonda”, y no pararon de hacer escándalo hasta que Annibale Biacchi, el empresario que era dueño de la Compañía de Ópera, salió al escenario y declaró al enardecido público que cumpliría con sus exigencias: la ópera Ildegonda, de Melesio Morales, sería representada esa misma temporada. Satisfechos, los estudiantes que habían iniciado el alboroto ocuparon nuevamente sus asientos y el espectáculo pudo continuar. Esta velada escandalosa fue el punto culminante de una serie de conflictos y negociaciones entre un grupo de intelectuales, Melesio Morales y el gobierno del emperador Maximiliano por un lado, y el empresario Biacchi, por otro.

Partitura Melesio M., Puebla (534x640)

H. Naguel, sucesores y Litografía de
A. Sánchez, “¡Ilustre Puebla de Zaragoza
México te saluda!”, Melesio Morales (compositor), partitura musical, 1869. Colección particular

Morales había estudiado música desde los nueve años y fue alumno de algunos de los músicos más destacados de la primera mitad y mediados del siglo XIX, como Agustín Caballero, Felipe Larios y Antonio Valle. En 1863, cuando Morales apenas contaba con 25 años de edad, estrenó su primera ópera titulada Romeo y Julieta. Por entonces trabajaba como maestro de música en la pequeña academia establecida en la casa del músico Cenobio Paniagua y se empleaba también con las diversas compañías de ópera extranjeras que venían a México. Morales se había casa- do con Ramona Landgrave, quien era parte de una de las familias mexicanas más importantes y poderosas. Sin duda, todo esto ayudó a que a lo largo de su vida conociera a diversos personajes influyentes que serían un factor clave en la evolución de su carrera como músico. Además, era un asiduo concurrente a las tertulias que se organizaban en la casa del pianista Tomás León, a las cuales acudían también personajes notables de la época que compartían un enorme gusto por la música, entre los cuales no sólo había músicos como Paniagua y Aniceto Ortega (que también era médico), sino que asistían abogados (el caso de Urbano Fonseca), geógrafos (Antonio García Cubas, por ejemplo) y escritores como Agustín Siliceo.

Un club fantasma

ue este grupo de hombres cultos quienes, al enterarse de que Melesio Morales estaba interesado en dar a conocer su nueva ópera, intercedieron por él ante el empresario Biacchi. Para ello se presentaron como miembros de un supuesto club filarmónico que se haría responsable de los gastos de la puesta en escena de Ildegonda. Dicho club en realidad no existía en ese momento pero era necesario decir lo opuesto para convencer a Biacchi de que la Ildegonda de Morales podía resultar una inversión segura y seria. Biacchi no aceptó. Antonio García Cubas, quien se presentó ante el empresario italiano como parte del club filarmónico, afirmó que este expresó su decisión en estos términos…

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Mujer de altos vuelos

María de los Ángeles Avelar Mayer
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #16

A?ngel ZA?rraga: NiAi??a aprendiendo la historia, 1927

Si bien durante el siglo XIX la paulatina inserción de la mujer dentro de ciertos campos como el académico o el laboral (restringido a ciertas áreas), como el magisterio fue aceptada, el que dejase en un segundo plano las tareas domésticas continuó siendo duramente rechazado por la sociedad; en este sentido, se le permitió desarrollarse personalmente siempre y cuando satisficiera primero las necesidades de los otros. Pero no todas las mujeres estuvieron totalmente de acuerdo con los cánones que se les imponían ni con la continuidad de las estructuras tradicionales que condicionaban el crecimiento personal al estricto ejercicio de los roles que les habían sido designados. Una de estas mujeres fue la tabasqueña Dolores Correa Zapata, maestra y escritora que si bien reconoció como primordiales las labores de esposa y madre, también comprendió que no todas las mujeres estaban interesadas en ejercerlas y por lo tanto consideró fundamental dotar de herramientas a sus congéneres que buscaban tener otra forma de vida. Demos un breve vistazo a la vida de esta gran mujer.

Dolores Correa Zapata nació el 23 de febrero de 1853 en Teapa, Tabasco. Fue la única hija de Juan Correa y María de Jesús Zapata; le precedían tres hermanos, Alberto, Armando y José. En 1863, ya instaurado el Segundo Imperio, llegaron a Tabasco tropas francesas lo que quizá obligó a Juan Correa, hombre de ideas liberales, a huir a la isla de Cuba en busca de asilo político en tanto que Dolores, junto con su madre y sus hermanos, salió de Tabasco para irse a vivir con la familia de su padre, los Correa Zavala, a Mérida, Yucatán.

Laureana Wright de Kleinhaas

Es en esta tierra donde Dolores pasó toda su infancia y parte de su juventud. Influenciada por sus primas Gertrudis Tenorio Zavala y Cristina Farfán, quienes más tarde serían poetisas y periodistas de suma importancia, adquirió un amor profundo por las letras y la instrucción femenina. Como parte de una familia con recursos económicos modestos, pero no escasos, recibió educación con maestros privados (tal y como se estilaba en la época).

En 1868, a poco de caer el segundo imperio, su padre regresó a México y la familia volvió a Teapa, lugar donde, junto con su hermano Alberto, sería enviada a la escuela local. Poco tiempo después la familia se trasladó a la capital tabasqueña donde Dolores ingresaría al instituto Superior de San Juan Bautista. Este suceso marcaría la formación académica de Lola ya que durante el siglo XIX, si bien empezaban a darse los primeros movimientos de emancipación femenina en América (muchos de ellos influenciados por la ilustración), que abogaban por un proyecto educativo que contemplase una instrucción más completa para las mujeres, en México la educación femenina se encontraba aún muy rezagada.

Diego Rivera, Picos e Inesita, 1928

Dolores, como algunas mujeres educadas de la clase media, se incorporó rápidamente al magisterio. A los veintidós años ya fungía como maestra de educación primaria en Tabasco. Tal vez la insuficiencia de escuelas para niñas en la región fue lo que la inspiró para la construcción del Colegio María (nombrado así probablemente en honor a su madre). El día en que inauguró dicha institución dirigió las siguientes palabras al alumnado:

No penséis en quiméricas glorias
La ventura del alma buscad
Que las galas del mundo ilusorias
Amarguras tan sólo nos dan, hermosas
Si queréis vuestras sienes
De brillantes laureles ornar
Si queréis de la vida, dichosas
Vuestras horas serenas pasar
Que el amor al trabajo os dirija
Por la senda preciosa del bien,
Escribid en el lema que os rija,
“La niña Dios, familia, conciencia, deber.”

[…]

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LA CAPIROTADA EN MÉXICO EN LOS SIGLOS XIX Y XX


Entre pucheros anda el Señor

Santa Teresa de Jesús

Dentro de la tradición religiosa mexicana se señalan las épocas en que ciertos platillos deben de elaborarse. Esta costumbre, severamente regida por la iglesia, ha marcado con claridad lo que se debe comer durante la Cuaresma: caldos de habas y lentejas y dada la prohibición de consumir carne: pescado y mariscos. Para los postres había también una especie de legislación; por ser una época de contrición tenían que ser humildes, aunque no por eso menos ricos. La capirotada fue así el postre por excelencia y a diferencia de hoy en día, considerada como un guiso de pobres.

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Con el nombre de capirotada se distinguían en el siglo XIX diversas variantes de sopa, cuyo ingrediente común era el pan tostado. Había, de acuerdo al Nuevo Cocinero Mexicano: capirotada de menudo; francesa (puerco, carnero y jamón); de calabacitas; nabos; papas y de dulce, de la que proporcionamos la receta:

Se fríen en manteca unos ajos picados; y al dorarse se hacen a un lado; en la misma manteca se fríe cebolla picada: se echa después jitomate molido y se fríe también revuelto con la cebolla y el ajo; en seguida se añade el agua suficiente con pimienta, clavo y cominos molidos, y un poco de azúcar, según el gusto de los convidados. En otra cazuela con manteca, se fríe el pan y se van acomodando capas de tostadas de pan, que se humedecen con el caldillo que se hizo aparte, revolviéndolo bien para echarlo, y cubriéndose el pan con unas ramitas de perejil y apio, picadas muy menudas, pasas, almendras, nueces, piñones y queso rallado, siendo la última cama de pan. Se deja hervir hasta que la sopa quede de una consistencia regular, y se aparta: cuando se aplaque el hervor, se cubre todo con queso rallado, que no deberá hacer una capa gruesa, y se le pone encima un comal con lumbre para que se dore. La capirotada, un postre para la Cuaresma, se siguió preparando en el siglo XX y es hoy un complemento culinario muy sabroso. Tenemos aquí una receta del siglo XX: Ingredientes: A? de kilo de pan blanco duro; A? de kilo de piloncillo; 100 gramos de queso añejo; manteca (la necesaria); 1 raja de canela; nueces, cacahuates y pasas al gusto. El pan se rebana y dora en manteca. En una taza de agua se pone el piloncillo y la canela y deja hervir para obtener un almíbar. En un recipiente refractario se ponen rebanadas de pan y cubren con el almíbar, el queso desmoronado, las pasas, los cacahuates y los trozos de nuez. Se pueden alternar varias capas. Se mete el recipiente en el horno a calor medio, para que se dore, de 15 a 20 minutos aproximadamente. Se sirve caliente o fría, según se prefiera. Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.16.40

En la actualidad se sustituye la manteca por mantequilla o margarina. En el norte de México hay capirotada hecha con patoles (frijol blanco o alubia) y otra con garbanzos. Ambos tipos cobran en aquella región una peculiar personalidad. Ingredientes:

A? de patoles o garbanzos, 1 lata de leche condensada, ron, whiskey o coñac, piñones, nueces o coco rallado. Los demás ingredientes son los mismos que en la receta anterior, suprimiendo el almíbar de piloncillo. Se cuecen los patoles o garbanzos, se enfrían y muelen con leche condensada hasta hacer una pasta no muy espesa. En un molde se coloca el pan blanco frito y rocía con el alcohol, luego se vierte la pasta de los patoles o garbanzos, se les añade un puño de piñones, nueces y coco rallado. Se coloca otra capa de pan y se realiza la misma operación, se deja enfriar y mete al refrigerador. Así que para esta época de Cuaresma: ¡buen apetito!

Francisco Durán, Guadalupe Villa
 

El rebozo en México durante los siglos XIX y XX

Ariana Martínez Otero – Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

 

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El rebozo, prenda de forma rectangular, larga y tejida con hilos de seda, algodón o una combinación de estos materiales, ha sido indispensable para muchas mujeres a lo largo y ancho del país durante gran parte del periodo colonial y los siglos XIX al XXI.

Su origen se remonta a Persia e India, de dónde llegó a México vía España; es más, la palabra chal deriva de xal, manto con que se cubrían los sacerdotes persas. Se dice que fueron los árabes quienes lo introdujeron a la península el rebociño (02toca blanca de un lienzo tenue, ceñido a la cabeza y el rostro femenino, que a veces caía sobre los hombros o el pecho); y también que procede del ayate prehispánico. El hecho es que en nuestro país el chal se convirtió en rebozo, vocablo que viene de arrebozarse o sea, cubrirse el rostro con una capa o manto.

En las novelas del siglo XIX existen extraordinarias descripciones de las costumbres y vestimenta femenil mexicana, lo cual se aprecia a partir de los personajes que cobran vida en ellas. Un ejemplo aparece en El fistol del diablo, de Manuel Payno:

Arturo volvió la cara y se encontró con una mujer tapada con un rebozo y unas enaguas blancas y delgadas, cuya vejez, a pesar de su aseo, se podía notar. […] La muchacha, con uno de esos movimientos admirables y divinos de pudor, cubrió un poco más su cara y sólo dejó contemplar al joven dos hermosos y apacibles ojos azules.

03El rebozo es una prenda cuyo uso no distinguía clase social, siendo utilizado tanto por mujeres adineradas que seguían la moda del momento, como por aquellas cuya condición económica no era tan favorecida. También podía recibir un mal uso. Fanny Calderón de la Barca cuenta como

El rebozo mismo, tan gracioso y adecuado, tiene el inconveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos. Aun en las mejores clases contribuye al disimulo del desaliño en el vestir, pero en el pueblo el efecto es intolerable.

0406El uso generalizado del rebozo mantuvo esta prenda como una de las mercancías textiles más demandadas por la población a lo largo del siglo XIX. Se le podía encontrar en las tiendas de telas en los portales, pero también en los mercados y con los vendedores ambulantes. El rebozo servía para que las mujeres cubrieran su cabeza al asistir a misa, para protegerse de la lluvia o el viento o simplemente de la vista de quienes andaban los pueblos o las ciudades, como una forma de recato. Se empleaba también como cuna infantil: los niños iban sujetos y abrigados a la espalda de sus madres, mientras éstas se atareaban. Era canasto improvisado para transportar verduras o cachivaches o asiento de los canastos repletos de fruta e incluso cobija con que se tapaban las ollas de los tamales ubicadas en las esquinas de las calles. De igual forma podía llevarse como adorno sobre el pecho.

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A dichos usos, habría de añadirse el que se le dio durante la revolución mexicana, pues las mujeres que acompañaban a las tropas federales o insurrectas y se conocían como soldaderas 07empleaban el rebozo para cargar alimentos o municiones y distribuirlas entre los hombres. Les servía además para cubrir su condición materna y aparentemente frágil, y a la vez para portar un rifle y acudir al campo de batalla. A veces lo aprovechaba para curar heridas y hasta como mortaja.

08La tradición del rebozo, manto de historia, perdura hasta hoy. Si bien su uso ha disminuido en comparación con los siglos precedentes, todavía es visto entre las mujeres que venden artículos en los cruceros de las grandes avenidas, o en aquellas cuyos ingresos son mayores y los destinan a ocasiones especiales.

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Todo esto nos permite considerar el rebozo como la prenda femenina mexicana por excelencia. Sus funciones y la forma de llevarlo sólo tienen por límite la imaginación de su portadora.

Actualmente, hay varios centros reboceros en el país. Los más conocidos son: Santa María del Río, en San Luis Potosí, famoso por sus rebozos de seda; Tenancingo, especializado en el rebozo de algodón fino, y Tejupilco, ambos en el estado de México; Zamora y Tangancícuaro, en Michoacán; Moroleón, Guanajuato, y Chilapa, Guerrero.

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La falta de un varón

Arturo Sigüenza
Taller de Artificios

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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1894. Hacienda “Los Tres Zapotes”. Un cigarrillo y otro más. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacía chico y las cuatro horas de espera le parecían veinte minutos. ¿O era al revés? No lo sabía y mandaba por más tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de día Crescencia (la partera más confiable del poblado), quien se había encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le había aconsejado: “confía en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machito”.

Sacó su reloj de oro más por presumir que por ver la hora. Aunque sabía leerlo, siempre le pedía a alguien más que lo hiciese por él, de hecho se le había vuelto un tic nervioso. Se alzó un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojó el cinturón de cuero de víbora que él mismo había matado, cuando la encontró debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran más desesperados que de costumbre, quizá porque el tener un varón sea más doloroso — pensó– o porque el méndigo doctorcito no sabía traer un niño al mundo.

“¡¿Qué esperan para ir por doña Chencha!? ¿No oyen a mi mujer chillando como puerco?” gritó don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogió un caballo con la advertencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintió, sino instantes después, cuando el cigarrillo le quemó los dedos. Lo pisoteó maldiciéndolo y con premura encendió otro. Se dirigió a la recámara, abrió de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejó de par en par.

“¿Qué carajos pasa? ¡Llevan horas con este griterío!” refunfuñó palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo más que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. Tenían que traer un varoncito al mundo o ¿quién sabe qué les podía pasar, verdá de Dios?. Mas allá de la preservación del apellido, estaba en juego la preservación de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podían ¿para cuándo el varoncito, para cuándo?. Don Rogaciano sabía que su problema de erección era cada vez más severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenían al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchó los gritos y caminó pronto a la recámara, se acercó por detrás y lo sacudió por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacía ya un buen rato. Don Rogaciano salió del cuarto, pero antes dejó el revólver encima de la mesa donde el doctor tenía sus utensilios. “Varoncito, doctor, varoncito” advirtió con sus ojos de lince enfadado.

[…]
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México y la Guerra Civil estadounidense

Gerardo Gurza – Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Tropas de la UniA?n

El 12 de abril de 2011 se cumplieron 150 años del bombardeo al fuerte Sumter en la bahía de Charleston, Carolina del Sur, acontecimiento que marca el inicio de la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). El choque armado entre el Norte libre y el Sur esclavista cobraría las vidas de más de 600 mil soldados, incontables civiles, y llevaría a la antes próspera y estable república al borde del derrumbe. La guerra representa un auténtico hito en la historia estadounidense, una línea que marca un antes y un después en el siglo XIX, e incluso en la totalidad de su vida como nación. La victoria del Norte tuvo como consecuencia la abolición de la esclavitud (emancipando a cuatro millones de hombres, mujeres y niños sujetos a servidumbre involuntaria); provocó cambios sociales y económicos de alcances revolucionarios, y estableció de manera más firme la supremacía del poder federal sobre el de los estados.

Abraham Lincoln

Abraham Lincoln

Anotar las consecuencias más notables de la guerra, aun de manera resumida, sería materia de un volumen muy grueso. Aquí intentaremos simplemente una exploración muy breve de los efectos que la Guerra Civil (también llamada Guerra de Secesión) tuvo en el vecino del sur. En México, Tropas de la Unión. la conmemoración de esos 150 años nos invita a reflexionar y preguntarnos: ¿qué significó para nuestro país la victoria del Norte, el restablecimiento de la Unión y el fin de la esclavitud?

Quizás el efecto más evidente fue la presión que ejerció el gobierno victorioso de la Unión para apresurar la retirada francesa de nuestro país en 1866-67. Es cierto que para 1866, después de más de cuatro años de iniciada la intervención, Napoleón III se encontraba ya decepcionado de los resultados de su proyecto mexicano, y que ni el tesoro francés, ni la creciente oposición política, hubieran soportado mucho tiempo más el gasto de dinero y vidas francesas para sostener a Maximiliano. Sin embargo, no puede dudarse que Napoleón tuvo que acelerar el regreso de sus soldados una vez que Estados Unidos superó su crisis doméstica y pudo nuevamente mirar con atención hacia el exterior. Por obvias razones, a lo largo del conflicto interno el gobierno estadounidense mantuvo una actitud completamente pasiva con respecto a la intervención francesa. La única manifestación clara de su repudio al experimento imperial fue su negativa a otorgar el reconocimiento oficial al gobierno de Maximiliano y su insistencia en considerar al de Juárez como el legal y legítimamente constituido. Al final de la guerra, Washington mantuvo una postura cautelosa (demasiado cautelosa para el gusto de militares como Ulysses Grant, quien creía que aplacada la rebelión sudista el ejército debía enviarse a desalojar a los franceses de territorio mexicano), pero empezó a insistir en la necesidad de que las tropas galas abandonaran el territorio mexicano. Si el gobierno de Maximiliano no era una imposición al pueblo mexicano, sino una expresión legítima de la voluntad de las mayorías, como habían sostenido hasta el cansancio los diplomáticos franceses, entonces había llegado el momento de que las bayonetas europeas dejaran de apoyar al régimen imperial y se embarcaran de regreso. Más aún, William Seward, el secretario de Estado, instruyó a su ministro en París para que señalara a sus anfitriones que Washington no podría continuar ignorando por mucho tiempo la presión de la opinión pública, y que tarde o temprano tendría que tomar medidas más decisivas encaminadas a provocar la retirada francesa.

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¿Hubieran sido diferentes las cosas si la Confederación sudista hubiese mantenido su independencia? Es imposible saberlo con certeza, pero es ilustrativo tener en cuenta que, por una parte, Maximiliano declaró varias veces su convicción de que el futuro de su gobierno dependía del éxito de la lucha confederada, y, por la otra, que los dirigentes de la Confederación hicieron intentos reiterados de lograr una alianza con los franceses, apoyándose siempre en el argumento de que Francia jamás podría consolidar su satélite mexicano si la Unión era restablecida. En este sentido, los sudistas ofrecían olvidarse para siempre de la famosa doctrina Monroe (la cual postulaba que América era un continente vedado a nuevas aventuras colonialistas europeas) a cambio de que se les reconociese como nación independiente. Por lo tanto, es posible aventurar la conjetura de que el imperio hubiese tenido al menos un poco más de vida de haberse producido una victoria confederada en la guerra. Todo esto, por otra parte, debe sopesarse también con la certeza de que, para empezar, la intervención francesa en México seguramente no se hubiera llevado a cabo sin el estallido de la Guerra Civil, de modo que es posible ver el choque entre el Norte y el Sur como una circunstancia que posibilitó la intervención y que, una vez consumado, también contribuyó a su terminación. Este es quizás el ejemplo más claro de que existen episodios de la historia de México que simplemente no se entienden sin saber lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos.

[…]
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Memoria de mi infancia

Ana Rosa Suárez A.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

La historia de la infancia mexicana ha merecido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su publicación por Genaro Estrada, entonces director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como Repíblica de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Jalapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Detalle de ex voto siglo XIX

[…] Qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¿Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre […].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedó con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que paséasemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Egerton, Paisaje de Puebla, 1840

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azotes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, […] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer premio […]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Ígueda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoró bajo todos los aspectos.

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La identidad nacional en las novelitas mexicanas de la primera mitad del siglo XIX

Guadalupe Gómez-Aguado
Centro de Enseñanza para Extranjeros, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

 

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¿mo eran los mexicanos después de la Independencia? ¿Cómo se describían a sí mismos? Hoy en día es común escuchar que los mexicanos somos alegres, cariñosos, informales, flojos, toda una serie de estereotipos que pretenden describir la identidad nacional. Ésta, sin embargo, es una construcción cultural cambiante con el paso del tiempo y que se entreteje con ideas y creencias que pretenden describirla de forma definitiva. Vale la pena preguntarnos cómo fueron los primeros intentos de construir nuestra identidad nacional.

Nuestros primeros escritores, jóvenes todos, escribieron una serie de relatos breves, a los que se llamó “novelitas” hacia la tercera década del siglo XIX, donde quisieron lograr una definición de lo mexicano. Estaban llenos de ideas sobre las oportunidades que brindaba la separación de España, creían vivir en un país lleno de riquezas, de recursos naturales ilimitados y en el que sus pobladores se sentían orgullosamente americanos, en contraste con quienes procedían de la vieja Europa, en la que faltaba la libertad. México, sin embargo, sufría de enormes desigualdades no sólo políticas sino sociales y culturales as+i como de una gran desunión, producto de las fuertes diferencias entre las clases y del hecho que en su gran territorio sólo vivieran ocho millones de habitantes.

¿Qué era entonces lo que distinguía al país de la Madre Patria? Los nuevos autores se preguntaban a qué apelar para distinguirse de quien durante 300 años oprimió, a sus ojos, a la Nueva España. Para muchos, el esplendoroso pasado indígena fue el signo propio de los mexicanos. Textos históricos y literarios buscaron en lo prehispánico lo que hacía única a la nación mexicana. Y ese pasado debía ser espléndido y uniforme, aun cuando quienes lo vivieron no formaron una unidad política. El mito de la nación indígena anterior al dominio hispano se nutrió de la fe en una posible restauración de un imaginario imperio mexicano y propagó el rechazo a lo que tuviera que ver con lo español. La guerra de Independencia fue vista como el movimiento que quiso vengar las injusticias de la conquista, es decir, como el rescate de la libertad perdida tres siglos antes.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

De cómo la gente se agolpaba para comprar carne a principios del siglo XIX

Enriqueta Quiroz / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No. 5, p. 6

Ambulante carne B-5Hoy en día, cuando la carne tiene un precio tan alto que resulta inaccesible para las grandes mayorías, apenas se puede creer que en el siglo XVIII y hasta los primeros meses de la insurgencia, fuera uno de los productos de mayor consumo y menor precio para los habitantes de la ciudad de México. La documentación de la época nos permite constatar los enormes volúmenes de carne (medidos en cabezas de animales) que entraban en ella así como su venta abundante en las carnicerías. Ratifican esta apreciación las raciones que se repartían a soldados, presidiarios, escuelas y hospitales y la presencia continua de la carne en los recetarios criollos y conventuales.

Tampoco es fácil de aceptar que los capitalinos acostumbraban a degustar, cada día, gran variedad de carnes, en porciones de hasta medio kilogramo entre los más acomodados, y que también fueran consumidas por el común de la población con menores recursos. En verdad, la carne era muy barata. Esto se comprende mejor si consideramos que, con un jornal de tres reales (lo que ganaba un peón de la construcción en la ciudad de México), alcanzaba para adquirir un máximo de 13 Kg. y un mínimo de 2.700 Kg. y, además, que el precio de la carne igualara al del maíz y el trigo; así, por ejemplo, en el año de 1791, con un real bastaba para comprar 4.600 Kg. de maíz (unas 164 tortillas) o poco más de un Kg. de pan o más de 2 Kg. de carne. Es claro que algunas eran más caras que otras, siendo la más onerosa la de carnero y la de res la más económica.

Si acudimos a los criterios de compra y venta que empleamos en nuestros días, podríamos pensar que los precios dados en las carnicerías de la capital de la Nueva España en el siglo XVIII apuntaban a las compras al mayoreo, en especial porque las cantidades mínimas que se vendían resultaban en extremo generosas. Los precios (variables a lo largo de la centuria) iban de un máximo de 152 onzas por real (cerca de 4.400 Kg. por una moneda de un real) a un mínimo de 32 onzas (918 gramos) por real. Y la diferencia de rango llegaba a ser mayor pues a algunos colegios y hospitales se les hacían rebajas de un real por arroba (11.5 Kg.), lo cual reducía el costo muchísimo más.

Plano de las carnicerías de la ciudad de México (1797)
Plano carnicerías B-5

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