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“Qué quiere usted: Soy mexicano”

Arturo D. Ríos
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

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En mayo de 1895 regresaba desde La Habana Leonardo Márquez, el exiliado lugarteniente de Maximiliano. Su presencia en el país generó protestas y apoyos. El periodista Ángel Pola lo acompañó en el tren que lo trajo a la ciudad de México desde Veracruz. Recuperamos aquí el relato del viaje y presentamos una rápida biografía del general a quien se acusaba por las matanzas de Tacubaya y los fusilamientos de liberales.

El militar de mayor grado que defendió al imperio y pudo escapar de la justicia republicana fue Leonardo Márquez, lugarteniente de Maximiliano que, a diferencia de otros jefes como Tomás Mejía o Miguel Miramón –por no hablar del mismo emperador–, a quienes comúnmente se consideró errados en lo político, pero dignos en lo personal, arrastraba una reputación dolorosa. Inspiraba, casi con unanimidad, los peores conceptos. Aunque él siempre lo negó, la mayor parte de la opinión pública lo responsabilizaba por las matanzas de Tacubaya (1859), suceso en el que civiles y médicos fueron pasados por las armas. Así mismo, se le atribuía la orden –que tampoco reconoció jamás– por la cual se fusiló, fuera de toda ley, a Melchor Ocampo (1861). Los liberales tampoco olvidarían que ese mismo año había mandado a fusilar a Leandro Valle y abatido a José Santos Degollado, el héroe de las derrotas.

R. Martires de Tacubaya (480x640)

Primitivo Miranda. Mártires de Tacubaya, en El Libro Rojo, 1870.

Una vez que Maximiliano y sus generales fueron aprehendidos en Querétaro, la ciudad de México se convirtió en la última ciudad de un imperio ya prácticamente inexistente. Al frente de la defensa se encontraba Márquez. El 19 de junio de 1867, día en que Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, Márquez entregó el mando al general Ramón Tavera para que efectuara la capitulación. Él mismo no podía hacerlo porque, según las leyes republicanas expedidas en tiempo de guerra y los renco- res acumulados en su contra, era varias veces acreedor a la pena de muerte.

Permaneció escondido durante seis meses en el corazón de la ciudad, seguramente ayudado por familiares y amigos de mucha confianza. Al fin, un día salió de su refugio vestido de arriero. Tomó caminos perdidos para llegar a Veracruz donde, gracias a Victoria Tornel de Segura, Jorge de la Serna y el doctor Adolfo Hegewish, pudo permanecer quince días oculto en la casa de este último hasta que pudieron arreglar su partida en un barco algodonero procedente de Nueva Orleans, cuyo capitán les cobró 1000 pesos en oro americano a cambio de llevarse al perseguido político.

De esta manera, el general iniciaría un largo y solitario exilio de 28 años en La Habana. Al parecer nunca abandonó la ilusión de redimirse frente a la historia, ya que es- porádicamente publicó manifiestos en los que negaba las culpas que se le imputaban y los instintos sanguinarios que se le atribuían. Asimismo, comerciantes mexicanos que visitaban continuamente Cuba –en especial yucatecos y campechanos–, recordarían que era común observar a Márquez en el puerto y los hoteles en los que se hospedaban, repartiendo panfletos que contaban su versión de la historia.

En diciembre de 1894, cuando todos aquellos que tenían una opinión política pensaban –satisfechos o decepcionados, dependiendo el caso– que el régimen encabezado por Porfirio Díaz había logrado una gran concentración de atribuciones, circuló por las calles una noticia que parecía venir de otro tiempo: Leonardo Márquez ofrecía su espada al gobierno mexicano en caso de que estallara una improbable guerra con Guatemala (ambos países sostenían conflictos fronterizos). Salvo algunas expresiones de alarma más bien aisladas, nadie pareció tomar demasiado en serio la posibilidad de que Márquez, de casi 75 años, olvidado cuando no escarnecido, volviera para luchar en ninguna guerra.

R. Melchor Ocampo (480x640)

Primitivo Miranda. Asesinato de Melchor Ocampo, en El Libro Rojo, 1870.

Unos meses después, sin embargo, tomó fuerza el rumor de que el gobierno le había concedido permiso para volver, no como soldado sino como un viejo que deseaba morir en su patria. Un sector de la prensa liberal encabezado por El Monitor Republicano repudió la decisión y lanzó críticas furibundas con la esperanza de que el gobierno diera marcha atrás, pues Leopardo Márquez –dijo– no tenía derecho al perdón ni a pisar el suelo que había enrojecido con sangre de héroes. Además –se advirtió–, su figura podía insolentar al viejo partido conservador, siempre al acecho de las instituciones republicanas. No tuvo éxito, pues el 28 de mayo de 1895 el denostado general desembarcó en el puerto de Veracruz.

Los estudiantes, particularmente los de la Escuela Nacional Preparatoria, hicieron eco de las protestas y, una vez que supieron que Márquez se acercaba a la ciudad de México, acudieron a la estación del tren de Buenavista para manifestarse contra su presencia. Unos días después, y a manera de reclamo, organizaron un mitin para conmemorar la muerte de Ocampo, el cual finalizó con la aprehensión de algunos de ellos. Finalmente, enviaron una carta al embajador de Estados Unidos para advertirle que el alojamiento de Márquez en el Hotel Washington era una afrenta contra el héroe estadunidense y pedían mudar el nom- bre del edificio por el de Hotel de la Traición.

Otra parte del público y la prensa, sin embargo, apoyó el regreso del general o se declaró indiferente ante un asunto que, dadas las condiciones del país y del personaje en cuestión, ya no era político sino personal: un anciano al que no podían quedarle muchos años de vida –nadie podía imaginar que aún viviría otros 18–, enjuto y nostálgico, quería morir en su país. Nada más. Quienes así opinaban no reconocían en él al tigre de Tacubaya sino a un viejo con el que era indigno ensañarse.

En este contexto El Noticioso y El Universal, más allá de sus opiniones (el primero en contra y el segundo a favor de su regreso), enviaron reporteros a cubrir la llegada de Márquez. Respectivamente, Ángel Pola y Enrique Beteta Méndez. Este último era un redactor y reportero que ocupaba un lugar secundario en su periódico. Por esto, por la animadversión que El Universal producía entre muchos colegas y porque el mismo Márquez lo desmintió respecto a algunos datos, su texto no tuvo tanto éxito como el aparecido en El Noticioso, que es el que aquí presentamos. Hubo otra razón: Pola era reconocido para entonces como uno de los reporteros más sagaces de la capital. A estas cualidades se sumaba el interés que siempre manifestó por la historia reciente del país. Así, fue casi natural que a él le tocara narrar los pormenores del regreso que Márquez emprendió desde Veracruz hacia la ciudad de México.

Antes de topar al general, Pola se dio tiempo para visitar Puebla y asistir a la nueva in- humación de los restos de Miguel Miramón que, por iniciativa de Concepción Lombardo de Miramón, descansarían en la catedral de dicha ciudad. Como señaló un diario, era una extraña coincidencia observar a Miramón resurgiendo de la tumba al tiempo que Márquez volvía del exilio.

Debido al encono o curiosidad que había suscitado el arribo del exiliado, diversos periódicos se apresuraron a reproducir íntegro o en parte el reportaje de Pola, que así se anotaba un éxito más en su carrera. Cabe decir que Pola, con algunas modificaciones y añadidos merced al tiempo transcurrido, volvió a publicar este texto a manera de introducción al libro Manifiestos. El imperio y los imperiales (1904). En él, reunió y anotó con cierta pro- fusión varios de los manifiestos que Márquez publicara para defender su actuación histórica.

MA?rquez, Manifiestos..., rectificaciones de A?ngel Pola, MAi??xico, F. VA?zquez, 1904 (2)

Márquez, Leonardo. Manifiestos, el Imperio y los imperiales. México: Imprenta de F. Vázquez, 1904. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora.

Una última nota: Márquez no moriría en México. Probablemente en 1911, con casi 90 años a cuestas y viviendo una época que en definitiva no era la suya, emprendió, esta vez por voluntad propia, un último exilio en La Habana, donde fallecería dos años después.

Llegada a México del General Leonardo Márquez

Por Ángel Pola

(El Noticioso, 30 de mayo de 1895)

Leonardo Marquez, Imprenta Ch. Wittman, 1904 (2)

Gral. Leonardo Márquez, CA. 1900.

A la una llegó el tren de Veracruz a la Esperanza. En el vagón de primera clase, en un asiento cerca de la puerta delantera, venía sentado el general Leonardo Márquez. A un vistazo se daba con él, con cuatro señas: es bajo, de cuerpo delgado, anciano, una hendi- dura atroz en el carrillo derecho.

Y puse en sus manos una tarjeta y desde luego me habló con familiaridad. Pasamos al restaurante y tras nosotros iba un muchacho cargando una petaca de lona, color de plomo, a la que no le quitaba la vista de encima. Comió bien y violento, y al querer saber sin reticencias –quien esto narra– si bebía vino, agua o cerveza, dijo el General:

Cerveza, hombre, ¡Qué reticencias!, yo soy franco; yo siempre les llamé a las cosas por sus nombres.

Después al tren y entramos de lleno en plática. Salió el 23 de La Habana en el vapor Seguranca; durante la travesía del mar no tuvo ningún contratiempo; a Veracruz le notó grandes progresos y dice que sintió satisfacción por esto.

Si yo quiero a mi patria, hombre, soy mexicano, exclamó, como en prueba del placer que sentía por el adelantamiento material de aquel puerto.

A cada nueva perspectiva, a medida que avanzaba el tren hacia México, rejuvenecía en su conversación. Al sonido del gigantesco galope que producía la locomotiva al hallar resistencia en medio de la soledad de las llanuras, palpitaba su viejo corazón, latía fuerte como queriendo romper la cárcel del pecho con la respiración amplia del aire sano del país natal.

– ¡Ah, cómo ha adelantado mi patria! Todo esto no lo dejé así cuando huí de ella. Recuerdo: salí de México a caballo, acompañado de mi ayudante Rincón. Llevaba la cara, aquí donde tengo el balazo, muy hinchada, muy abultada. Encontré en una barranca a un grupo de caminantes. Yo creí que estaba perdido, pues no; me dijeron a mi paso: adiós amigo. Y yo les respondí: adiós, amigos. Y seguí mi camino. En Tehuacán, sin sentir, llegué a encontrarme entre soldados enemigos y escapé por mi sangre fría, casi a la vista de ellos. De Veracruz salí con un trajecito azul. Se aseaba en el muelle el señor general Díaz; tomé a la izquierda y bajé al bote que me aguardaba y me alejé.

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