Por su voluntad y libremente

Ana Suárez – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita te hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, para que el fresco te dure todo el día. Tratas de rezar, fracasas, discurres que poco hiciste por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero nadie hubiera podido, los feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. santo dios, no dejas de meditar en que, de cumplir, hoy estarías más sosegado, habrías obtenido acaso que las mujeres y los niños se quedaran, al menos el crío ese dPor su voluntad y librementeel gorrito azul y el kíotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y sólo provocó que el indio que la seguía por el muelle te contemplara furioso. tuviste miedo, lo tenías desde antes, reconócelo que ya no corres riesgo. Si por eso acudiste ayer a mitad de la noche, solo, en la oscuridad hallaste el valor para llevar a la fortaleza la bendición que, antes de partir, el cura de Santa Isabel debe a cualquier peregrino. Mea culpa, mea culpa. sacudes el polvo del sayo y las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, como si el remordimiento lo hiciera más pesado, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de nuestra señora del Buen Viaje. Madre santísima, ni esa imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre san Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fueron los indios quienes pecaron, mucho, y los pecadores deben recibir su castigo. entrelazas los dedos, ruegas a la Virgen que los acompañe y les dispense y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación ante el destierro.

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