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La ciudad de México durante la década de 1840

Regina Hernández Franyuti
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Los últimos nueve años de su vida, Mariano Otero se mudó de la rebelde Guadalajara a la capital del país, donde desarrolló los momentos cumbres de su carrera política. Si bien era de una ciudad de costumbres provincianas como la de su origen jalisciense, la presencia aquí de los principales poderes del país la hacían muy diferente.

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Por su importancia política, económica, social y cultural, la ciudad de México era desde la época novohispana el punto central y neurálgico de un país que buscaba afanosamente construirse como un Estado moderno. En las primeras décadas del siglo XIX formaba parte de las 11 municipalidades que desde 1824 integraban la estructura territorial, política y administrativa llamada Distrito Federal. Era la capital nacional.

Su área urbana aún conservaba, con muy pocas variantes, sus límites establecidos desde la época novohispana: al norte la garita de Santiago; al oriente, la de San Lázaro; al sur, la garita de la Piedad y San Antonio Abad; y al poniente, Bucareli y San Cosme. Este espacio aún estaba definido por dos áreas: la traza colonial con sus calles amplias, tiradas a cordel y orientadas de norte a sur y de este a oeste cortándose en ángulos rectos para conformar manzanas rectangulares; y el correspondiente a la zona aledaña que, desde el siglo XVI, había sido destinado a la población indígena, y que albergaba los antiguos barrios de San Juan Moyotlan, ubicado al suroeste; San Pablo Teopan, al sureste; San Sebastián Atzacoalco, al noreste; y Santa María Cuepopan, al noroeste; cuyas calles, callejones y manzanas eran irregulares y hacia donde, desde las últimas décadas del siglo XVIII, poco a poco, la ciudad había ido extendiéndose.

A estos límites se sobrepuso una delimitación administrativa que desde 1782 dividió a la ciudad en ocho cuarteles mayores, subdivididos a su vez en cuatro menores que hacían un total de 32 cuarteles destinados a favorecer la gestión urbana.

Sus 200 000 habitantes, aproximadamente, se distribuían en 316 calles, 140 callejones, doce puentes, 90 plazas y plazuelas y doce barrios. La ciudad era un mosaico de variados grupos sociales. Aristócratas, burócratas, políticos, militares, obispos y sacerdotes convivían con un sinfín de mendigos y vendedores ambulantes procedentes de los pueblos de los alrededores, que recorrían las calles y plazas anunciando a viva voz sus mercancías.

Pero también existía una división socioespacial. Al norte y al oriente se carecía de los más elementales servicios, las calles se encontraban sucias con aguas encharcadas, las atarjeas azolvadas, el aire pestilente azotaba a una población que apenas lograba sobrevivir en ese mundo de miseria y suciedad. Sin embargo, hacia el poniente la ciudad se ensanchaba y embellecía buscando agua, aires puros, otros aromas que le ofrecieran salud y bienestar.

En la zona surponiente, a pesar de la irregularidad de sus manzanas, de sus calles y callejones, en 1848, en los terrenos de lo que antiguamente era la Candelaria Atlampa y San Antonio de los Callejones en el barrio de San Juan, se formó la colonia Francesa o barrio de Nuevo México (hoy entre las calles de Bucareli, San Juan de Letrán, Victoria y Arcos de Belén), donde se fundaron fábricas de hilados y tejidos, plomerías y carrocerías, así como casas con jardines propiedades de ingleses y franceses. Guillermo Prieto en su libro Memorias de mis tiempos, dice que:

 

Por Nuevo México se comenzaron

a instalar varios obreros franceses;

como por encanto se abrieron cantinas

francesas y cafés y los domingos

sonaba el pistón, se chocaban vasos,

copas, se bailaba así la población crecía

poco a poco, viéndose salir de

atolerías y fonditas güeritos como

en el Boulevar de San Antonio.

[…]

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El estallido urbano de las colonias capitalinas

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Con el inicio del siglo XX, los huertos, campos agrícolas y pequeños pueblos y parajes cercanos al centro de la ciudad de México sufrieron un cambio radical. La capital se expandió y así muchos de ellos quedaron encapsulados por una mancha urbana que aún preserva algunos lugares y edificaciones para descubrir su pasado.

Style: "MEXICO"

Vivir en una urbe tan grande como lo es la ciudad de México tiene encanto y fascinación, pero al mismo tiempo, múltiples problemas debido principalmente al crecimiento des­medido y sin planeación de la ciudad. Si nos remontamos a otras épocas, veríamos que los límites de la ciudad no iban más allá de lo que hoy conocemos como Centro Histórico y que a lo largo del siglo XVIII el espacio no sufrió cambios notables. Las viviendas, el comercio, las oficinas, las diversiones, los teatros, los hos­pedajes y los cafés, las imprentas y librerías, y otros establecimientos se encontraban situa­dos dentro de esa delimitación. Fue a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del XX cuando su fisonomía se transformó. Sus lindes comenzaron a extenderse hacia el poniente y hacia el sur con nuevas demarcaciones, colonias que darían abrigo a las clases medias y altas. San Rafael, Santa María La Ribera, Roma y Condesa, entre otras, fueron buenos negocios para quienes se aventuraron en el diseño y ur­banización de los nuevos fraccionamientos que iban arrancando el carácter rural a los espa­cios en donde antes había haciendas, potreros y ranchos, con cultivos de maíz y pastizales.

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Al sur de la municipalidad de México exis­tían distintos pueblos aledaños como La Piedad, Mixcoac, Tlacoquemécatl, San Lorenzo Xochimanca, Xoco, Actipan, Zacahuitzco y otros más, que contaban con pequeños talle­res, fondas y pulquerías, ladrilleras, molinos y pulperías para abastecer las demandas cotidia­nas de sus pobladores. Amplias propiedades ocupaban las haciendas (Narvarte, Portales y los ranchos Los Amores, San Borja, Santa Rita, California, Pilares, Colorado y Álamos, entre otros) que eran productoras de cereales, flores y frutos. Las fábricas de ladrillos habían socavado los terrenos y dejarían huella de su presencia.

Para adquirir mercancías más elaboradas o específicas, la población de estos parajes se veía obligada a viajar hasta la ciudad de Mé­xico con el fin de proveerse de los productos que no encontraban, ocuparse del arreglo de asuntos importantes o para acudir a las fiestas y diversiones.

En ocasiones especiales estos lugares se vestían de gala atrayendo a numerosos visi­tantes que acudían a las fiestas patronales de San Lorenzo, Santa Cruz, Nuestra Señora de la Piedad, el señor del Buen Despacho o la de Santo Domingo… En santuarios o en iglesias se daban cita los pobladores para participar de la alegría del momento, con la misa y la proce­sión, la feria y los fuegos artificiales.

Estos pueblos, fincas, ranchos y haciendas en múltiples ocasiones sirvieron en el siglo XIX como refugio seguro para aquellos que huían de los levantamientos y disturbios que les tocó presenciar en la ciudad de México.

Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos así lo describe: Para el público, un pronunciamiento era un jubileo y un motivo de hol­gorio. Cerrábase el comercio, quedaban desiertas las oficinas; las calles solitarias resonaban con el galope de los caballos; la gente se agolpaba en las esquinas para atravesar de un punto a otro […] La vida se desplazaba a otras localidades: a los barrios y pueblos lejanos se trasladaba el movi­miento, las tiendas tenían mayor tráfico, las po­llas daban a la luz sus vestidos domingueros y los vecinos entablaban diálogos de balcón a balcón inquiriendo noticias.

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La catedral de México con otros ojos

Lourdes Roca
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Podemos ver la catedral y la plaza con todas sus esquinas desde un Angulo no tan común: oblicuo o inclinado y dirigido hacia el sur. Pero justo este es el propósito, apreciar la Catedral Metropolitana y su entorno con otros ojos: no vemos la clásica fachada del inmueble, que siempre aparece monumental. En esta toma podemos apreciar la cara que nunca vemos de la catedral, sus techos, torres y cúpula sobre todo. Observamos cual meticuloso plano, su planta y la del sagrario metropolitano, así como la del seminario, un vasto edificio casi de la misma proporción que la propia catedral, que para esos años todavía estaba en pie.

Una de las primeras tomas aAi??reas de la ciudad de MAi??xico, ca. 1919.

Una de las primeras tomas áreas de la ciudad de México, ca. 1919.

Lo que interesa aquí es poner la atención en el paréntesis que enmarcó al inmueble por casi medio siglo, un paréntesis que en gran medida condicionaba los usos de la propia catedral: quiénes la visitaban, cuándo, antes de qué o después de qué. Con claridad podemos ver no solo el Zócalo ajardinado, escasos años después de haber arrasado con los frondosos árboles que contenía la plaza, sino también las dos plazuelas que enmarcan el recinto eclesiástico, la de Seminario al oriente y la del Empedradillo al poniente. En ellas centraremos nuestra atención, buscando imaginar lo que rodeaba cotidianamente a la catedral del siglo XIX al XX.

Del lado oriente, a la izquierda de la fotografía, podemos ver lo que era la plaza de seminario, ajardinada y todavía con el monumento hipsográfico (en sus orígenes medía el nivel de las aguas del lago de Texcoco), pocos años antes de su traslado al otro lado de la catedral. Al fondo de la plaza, una construcción rectangular llama nuestra atención. Destinado a la venta de libros viejos, este kiosco permaneció desde los años ochenta del siglo XIX hasta cuatro décadas después en este ángulo, conviviendo con las opciones de divertimento típicas de los días festivos: carpas y teatros para tandas, títeres y zarzuelas, y hasta un circo, el de los Hermanos Orrin.

El kiosco de libros viejos en la Plaza de Seminario, ca. 1922.

3. C. B. Waite, c. 1900, 184 The Flower Market, AGN, C. B. Waite, Mercados 86

Del lado poniente, a la derecha de la fotografía, observamos la plaza del Empedradillo, a su vez ajardinada y con un llamativo quiosco en su parte final, el quiosco de las flores que también permaneció ahí durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. La cotidianidad podemos imaginarla muy bien, a través de los sonidos, olores y colores que acompañaban estas instalaciones.

El kiosco de las flores en la Plaza del Empedradillo, ca. 1920.

2. AnA?nimo, c. 1922. CONACULTA-INAH-SINAFO-FOTOTECA NACIONAL, No. 88239

El Zócalo siempre se ha destacado por los múltiples usos sociales de su espacio y su entorno. A pesar de permanentes esfuerzos por regularlos y de insistir en lo que se puede o no hacer en él, a lo largo de toda su existencia la población ha hecho gala de mucho ingenio a través de gran diversidad de manifestaciones y apropiaciones de este espacio urbano. Para el periodo que aquí referimos, des- de luego la venta de libros y de flores era cosa de todos los días. Después de asistir a misa, dos buenas opciones se encontraban en ambos lados del recinto.

Con motivo del aniversario de la catedral y próximos a poder disfrutar de nuevo del sonido de sus órganos, sirva rememorar que en su entorno siempre han prevalecido las alternativas de esparcimiento para la población, desde la concepción del Paseo de las Cadenas a mediados de los tiempos decimonónicos, hasta este periodo que revisamos, previo a la invasión vehicular de ambas plazuelas ya entrado el siglo XX, que duraría muchas décadas más hasta recientes propuestas de recuperación peatonal.

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Un día en los oficios de la calle

Revista BiCentenario # 18

David Israel Pérez Aznar / Curador del Museo de Arte Popular

La identidad de un país tiene que ver con sus olores, sus sabores, sus sonidos, su cultura y su gente. En las particularidades de una urbe como México destacan los sonidos de aviones cruzando el cielo, el claxon de impacientes automovilistas, el rugido de las motocicletas, el silbato de los agentes de tránsito, y el pregón de quienes aún encuentran espacio para el desempeño de sus oficios: el vendedor de camotes que acompaña el anuncio de su mercancía con el silbido de su carrito; el de tamales, que ya no usa su propia voz, sino una grabación que puede amplificar el llamado a los clientes en decibeles que las cuerdas vocales no podrían alcanzar; el de pan, cuya canasta (raras veces sobre su cabeza), descansa ahora en un triciclo con mayor estabilidad que la bicicleta; el afilador de cuchillos y tijeras que emite un peculiar sonido; el voceador que en cada esquina ofrece sus periódicos, o el vendedor de helados que recorre las calles con sus tintineantes campanillas. Aunque son varios los oficios que aún forman parte del paisaje citadino, lo cierto es que muchos ya se fueron para siempre.

Sereno

                                          Sereno, s. XIX

En México los oficios tal y como hoy los conocemos provienen de la época virreinal, cuando gran parte de la vida laboral se segmenta y aparecen los gremios o las cofradías de oficios, modelos importados del sistema laboral europeo. Fueron organizaciones de profesionales que hacia el exterior velaban por el buenhacer de los cofrades, combatían a quienes no sabían ejercer el oficio y estaban alertas a los precios de venta del producto que manufacturaban. Hacia su interior eran jerárquicos y algunas llegaron a ser muy poderosas, como la de los plateros.

El tiempo de aprendizaje de un oficio, para llegar a conseguir la licencia de oficial, dependía de lo complejo de la especialidad y la aptitud del aspirante. Aunque es cierto que los maestros contaban siempre con transmitir su conocimiento a sus hijos o allegados, dando de esta forma origen a las tradicionales sagas familiares, esta actitud, lejos de ser romántica, tuvo como fin primordial evitar la competencia.

Los oficios surgieron junto con los seres humanos, para cubrir sus necesidades, y nuestra evolución como sociedad ha sido responsable de su auge o desaparición. Quien ejerce un oficio ha de ser dúctil porque su trabajo se rige por las estrictas leyes de la oferta y la demanda impuestas por el consumidor; si no está dispuesto a cambiar quizá se acabe silenciosamente y por eso no ha de extrañarnos que, por más que los recordemos con nostalgia, algunos hayan desaparecido. Dos claros ejemplos son los aguadores y los serenos. Los primeros abastecían de agua a las casas, acarreándola desde las fuentes más cercanas; su extinción fue un hecho en el instante mismo en que se planeó y ejecutó una red de bombeo de agua corriente desde Xochimilco a la ciudad de México en 1913. Los segundos eran trabajadores al servicio del Ayuntamiento de la capital, que durante las noches vigilaban determinadas calles dentro de una colonia y por eso debían mantenerse serenos (despiertos); algunos llegaban incluso a tener las llaves de los pórticos de las casas.

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PARA SABER MÁS:

  • ¿Y si no puede? Se lo invento. Un día en los oficios de la calle, en Madame Calderón de la Barca, La vida en México: durante una residencia de dos años en ese país, México, Rey Lear, 2007.
  • Luis González Obregón, Las calles de México, México, Botas & Alonso, 2005.
  • Salvador Novo, Nueva Grandeza Mexicana, México, Conaculta, 1999.
  • Armando Ramírez, Fantasmas, México, Océano, 2011.
  • Artemio del Valle Arizpe, El canillitas, México, Conaculta, 2007.

La ciudad que soñó y proyectó Maximiliano

Revista Bicentenario # 18

Sergio Estrada Reynoso / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Las sociedades europeas experimentaron profundas transformaciones sociales a lo largo del siglo XIX. Las revoluciones agrícola e industrial hicieron que muchos mujeres y hombres abandonaran las zonas rurales, donde vivía la mayoría de la gente, y se concentraran en las ciudades. Ante el crecimiento demográfico, las poblaciones citadinas tuvieron que demoler sus viejas murallas y planificar el proceso de construcción de ensanches urbanos. Esta transformación europea fue advertida por sus gobernantes, por lo que proyectar una nueva fisonomía para las capitales se convirtió en necesidad, signo de estatus e indicio de progreso.

Fernando Maximiliano de Habsburgo pudo ver cuando su hermano, el emperador Francisco José, mandó derrumbar las añejas murallas de Viena y construir en su lugar la avenida Ringstrasse (en español: Calle anillo), que no es otra cosa que un hermoso bulevar circular que rodea el centro de la capital. La nobleza y la alta burguesía vienesas se apresuraron a construir a lo largo de ella significativas obras arquitectónicas tanto públicas como privadas. Muy probablemente el archiduque de Austria imaginó un plan similar para la ciudad de México.

Maximiliano

El Paseo del Emperador
Como es sabido, al poco tiempo de haber llegado Maximiliano a México, en 1864, dispuso irse a vivir al Castillo de Chapultepec, aunque todos los días se trasladaba al Palacio Imperial (Nacional) para el despacho habitual del trabajo, pero regresaba a comer en el alcázar del castillo y sobre todo pasaba ahí la noche.

Fue un día por la mañana, cuando se dirigía en carruaje a Palacio, bien por la calzada de la Verónica, atravesando la hacienda de la Teja hasta llegar a la glorieta con la estatua de Carlos IV, popularmente llamada El Caballito, bien por la vieja calzada y cañería de Chapultepec, cuando debió venir a la mente del emperador la idea de comprar los terrenos inmediatos al castillo, a fin de trazar una avenida que comunicara en forma directa la entrada del bosque con la glorieta del Caballito y formar un hermoso paseo. Se facilitaría de tal manera su diario traslado y regalaría al mismo tiempo a su capital con una vía bella y útil, muy del estilo de los bulevares y avenidas que se construyeron a lo largo y ancho de las principales ciudades europeas. Cuenta José Luis Blasio, secretario particular de Maximiliano, que debería parecerse a la avenida de los Tilos de Berlín o a cualquiera de las hermosas arterias de París. El paseo mexicano recibiría la denominación oficial de Nuevo camino de Chapultepec, si bien se le conoció popularmente como Calzada Imperial o Paseo del Emperador. Es hoy el Paseo de la Reforma.

México 1865

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PARA SABER MÁS:

  • Eduardo Báez Macías, Guía del archivo de la Antigua Academia de San Carlos. 1781-1910, México, UNAM, 2003.
  • José Luis Blasio, Maximiliano íntimo. El emperador Maximiliano y su corte, México, UNAM, 1996.
  • *Visitar la mapoteca “Manuel Orozco y Berra”, avenida Observatorio 192, col. Observatorio, México D.F.
  • *Consultar el catálogo en línea de la mapoteca “Manuel Orozco y Berra”: http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/
  • Se podrán descargar gratuitamente el Plano General de la ciudad de México en 1866, el Plano del Pueblo de Chapultepec y el Proyecto del zócalo y edificios que lo rodean.  http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/951-OYB-725-A.jpg
  • http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/831-OYB-725-A.jpg
  • http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/1500-OYB-725-A.jpg

Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

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Es posible que no exista mejor manera de saber cómo era la vida cotidiana en la ciudad de México en el periodo colonial que acercándose a La Plaza Mayor de México en el siglo XVIII, pintura anónima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripción de la salida en público del virrey Marqués de Croix, relatada en la crónica de Manuel de San Vicente, Exacta descripción de la Magnófica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboración de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo más probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos como a acequia, techada entre 1753 y 1754, y los cajones de San José, construidos en 1757. También destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de México por el mismo rey en 1747, que por su ubicación protagónica en el centro de la composición, al margen de la población y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los años inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de México, observada de oriente a poniente. Debió pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio público por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clásico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de México no sólo fue un centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, impartición pública de justicia, sino también fue el lugar donde se reunía la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos más recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El ángulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errónea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio más amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictórico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada más completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composición, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el Parián, representantes de los comerciantes más ricos del reino y lugar de abasto de las clases más acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercían sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por último, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, así como la base del aparato social jerárquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reunión y abasto del grueso de la población de escasos recursos. Este último aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composición, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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El espectáculo de los puños: Deportes de lucha en la Ciudad de México al final del Porfiriato

Arno Burkholder de la Rosa
Clionutica

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Luchadores en posiciA?n de guardia, 1905

Los deportes de lucha han sido una constante en la historia de México desde el siglo XX. Varias generaciones hemos crecido viendo funciones de box y lucha libre en la televisión, quizá hayamos visto asaltos de esgrima en las transmisiones de los Juegos Olímpicos y, con probabilidad, por lo menos una vez en nuestras vidas, hemos entrenado algún arte marcial, como el karate o el taekwondo. Los triunfos de nuestros campeones de box han resarcido de algún modo los fracasos de nuestro segundo deporte nacional, el fútbol, y las medallas de oro obtenidas por los taekwondoines María del Rosario Espinoza y Guillermo Perez en las Olimpiadas de Beijing en 2008 fueron la justa recompensa al trabajo que por décadas han hecho los instructores de esa disciplina coreana. La lucha libre (nacional o norteamericana) reúne a cientos de miles de fanáticos desde hace muchos años y los nombres de El Santo, Blue Demon, El Místico, Rey Misterio o John Cena encienden los ánimos de sus admiradores. Si bien estamos acostumbrados a los deportes de lucha, sabemos poco sobre sus orígenes en nuestro país. Quizá tengamos idea de su etapa de esplendor en los años 1950 y sepamos un poco sobre su desarrollo durante la tercera década del siglo XX. Lo cierto es que en general hemos olvidado a estos primeros hombres que se dedicaron aquí a los deportes de lucha.

Raicevich

Para encontrar el origen nacional de estos deportes, tenemos que regresar a una de las etapas más contradictorias en nuestra historia: el Porfiriato. Más de 30 años en los que, bajo la sombra de Porfirio Díaz, México se convirtió en una nación moderna, luego de años de guerras civiles e intervenciones extranjeras. Esos años con don Porfirio al mando transformaron completamente al país. Así, cuando México estaba a punto de celebrar el primer Centenario del inicio de la revolución de Independencia (y a pocos meses de comenzar otra revolución, aunque no lo supiera), el país vivía inmerso en el esplendor de la Pax Porfiriana. Entre grandes edificios, nuevas instituciones, un gobierno estable y la economía boyante, la sociedad mexicana veía hacia el futuro con confianza y dedicaba su tiempo a asimilar costumbres que le llegaban de otros países. Esto hizo que, entre otras cosas, el Porfiriato fuera un tiempo excelente para dedicarse a los deportes.

Pelea Jeffries-Johnson, 1910

Una de las grandes modas que llegó a México durante esos años fue la cultura física. Las colonias extranjeras en nuestro país trajeron esos deportes que acostumbraban practicar en sus lugares de origen, a lo que la sociedad mexicana respondió, primero con curiosidad, y luego con decidido apoyo. Muchos mexicanos empezaron a practicar con gusto diversos deportes como el fútbol, el béisbol, la natación, el patinaje, las carreras de bicicletas y otras actividades. Fue entonces cuando aparecieron los deportes de lucha y gracias a diversos factores, gozaron de enorme popularidad.

La lucha, con o sin armas, es una de las actividades más antiguas del ser humano. Todas las culturas han creado sus propios sistemas de pelea, desde el pancracio en la Grecia clásica hasta el judo en Japón, pasando por el boxeo, la esgrima, la lucha escocesa y otros muchos. Además de servir para formar guerreros, las artes de lucha han tenido dos aspectos, el formativo y el lúdico. Su práctica ha sido vista en todas las culturas como una actividad positiva, que fortalece tanto al cuerpo como a la mente. Para las culturas antiguas el practicante de las artes de lucha era un individuo respetable por el poder físico que tenía y los sacrificios que había realizado para conseguirlo. Por otro lado, la observación de encuentros de lucha (casi siempre con algunas reglas para que éstos no terminaran con la muerte de alguno de los participantes) tenía a veces un carácter sagrado, pero también servía para integrar a una comunidad a través de la diversión que causaba ese espectáculo.

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El gran circo Chiarini

Osiris Arista
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

EL CIRCO CHIARINI EN JAPAi??N

El Segundo Imperio Mexicano llegaba a su fin. Mientras el ejército liberal dirigido por el general Porfirio Díaz sitiaba la capital a mediados de 1867, los espectáculos trataban vanamente de sobrevivir. Los asistentes eran tan pocos que todos acabaron por cerrar, menos el Gran Circo Chiarini que permaneció abierto, y el mismo 15 de julio, día de la entrada triunfal del presidente Benito Juáez, ofreció una función de gala en su honor.

Fue con la llegada en 1864 de Giuseppe Chiarini, un italiano nacido en Roma, quien había hecho varias giras por Europa, Argentina y el Caribe y que soñaba con recorrer todo el continente americano, cuando empezaron los “años dorados” del circo en México. Un buen día, muy a tono con el espíritu circense que lo apremiaba a visitar lugares insospechados, se le ocurrió venir a nuestro país. A su arribo, se topó con el recién proclamado Segundo Imperio, encabezado por Maximiliano de Habsburgo.

Jules Leotard

Su empresa presentaba espectáculos de categoría y muy refinados, sobre todo si se les comparaba con los que hasta entonces se habían presentado en México. Siendo Chiarini el último descendiente de na importante dinastía circense italiana (de la que existen noticias desde el siglo XVI), quiso levantar en el mismo zócalo de la capital mexicana una carpa de madera “firme, pero a la vez desmontable” e izar en ella el pabellón imperial; incluso proyectó una decoración interna sencilla y elegante que contemplaba la instalación de un palco especial para la pareja real. No consiguió sus propósitos, pero acabó por instalarse en la calle de San Agustín (hoy esquina de Uruguay e Isabel la Católica), donde haría una temporada.

El gran debut fue el 17 de octubre de 1864. La “crema y nata” de la sociedad mexicana dejó de lado las funciones en los teatros más lujosos e importantes para presenciar el nuevo espectáculo. Ese día, cientos de personas se quedaron afuera por no obtener lugar. Estuvieron en el programa Josephine y Katie, hija y esposa de Giuseppe, quienes realizaban ejercicios ecuestres; Palmyra Holloway como amazona; los Orozco Brothers, gimnastas españoles; Benoít Tourniaire, el primer malabarista hípico que contemplaron los mexicanos, y Verbut, trapecista. El éxito fue arrollador

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Una evocación de la Ciudad de México. Luis Ortiz Macedo, arquitecto

Graciela de Garay – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

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Parece increíble que un capitalino recuerde una Ciudad de México que para las jóvenes generaciones, nacidas a finales de los ochenta del siglo pasado, se antoje una tierra incógnita, producto de la fantasía nostálgica de alguien ajeno a la complejidad urbana, típica de las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

En efecto, el recuerdo del arquitecto Luis Ortiz Macedo nos traslada a un pasado, cuando la Ciudad de México se movía a ritmos lentos y la urbanización acelerada aún no mostraba los estragos de la explosión demográfica y la especulación del uso del suelo.

En un relato breve y ameno, Ortiz Macedo, restaurador de monumentos, cuenta la historia de la Ciudad de México a lo largo del siglo XX. En esta evocación, el estudioso de la capital habla de la composición urbana, sus límites y expansión. Además, el arquitecto describe cómo vivió, entre los años treinta y sesenta, una ciudad pequeña, poco poblada, con escasos recursos e infraestructura anticuada, pero llena de vida gracias a la interacción de las diversas clases sociales que convivían cotidianamente.

La realidad es que el censo de 1921, elaborado por el Departamento de Estadística Nacional, registró en el Distrito Federal una población de 906 063 habitantes de los cuales 615 367 (67.9 por ciento) se asentaba en la Ciudad de México, y el resto se distribuía en las 12 municipalidades foráneas. Según el censo, las municipalidades eran las siguientes: Azcapotzalco, Coyoacán, Cuajimalpa, Guadalupe Hidalgo, Iztapalapa, Milpa Alta, Mixcoac, San Ángel, Tacuba, Tacubaya, Tlalpan y Xochimilco. Los datos arrojados por el recuento estadístico mostraban una Ciudad de México eminentemente rural. Sin embargo, los asentamientos conocidos como colonias, entre los que se distinguían la Guerrero, la Hidalgo, la de los Arquitectos y Santa María la Ribera, iniciadas desde mediados del siglo XIX, ya se habían consolidado y surgían otras nuevas.

En efecto, a principios del siglo XX, cuando Porfirio Díaz gobernaba México, las élites del Distrito Federal comenzaron a migrar del A?rea central a las zonas sur y poniente de la ciudad. Pronto, pueblos como Mixcoac o San Ángel se fueron convirtiendo en sitios de recreo o descanso para las élites urbanas. La tendencia de las clases acomodadas a trasladar su residencia del centro al sur y poniente de la ciudad se reforzó a lo largo del siglo XX. Fue así como se crearon las colonias Roma, Condesa, Polanco, Lomas de Chapultepec, Satélite y Santa Fe. Dentro de este proceso, el oriente de la ciudad se fue convirtiendo en la zona de las colonias populares como serían: Ciudad Nezahualcóyotl, Pantitlán, Chalco, Colonia Moctezuma. Naturalmente, los nuevos asentamientos introdujeron una compleja dinámica urbana que se manifestó a través de diversos problemas relacionados con la demanda urgente de servicios, comunicaciones y control administrativo.

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Entre caballos y fraccionadores: La colonia Hipódromo Condesa

María del Carmen Collado – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

Sin tAi??tulo

 

La colonia Hipódromo Condesa está de moda en la Ciudad de México. En sus calles arboladas, que cuentan con amplios camellones y glorietas, han surgido cafés, restaurantes, bares, librerías, galerías y distintos tipos de negocios aprovechando su hermoso diseño semi circular inspirado en la Ciudad Jardín, sus construcciones art déco, que ya son patrimonio histórico, y su privilegiada ubicación, cercana al casco histórico de la capital. Estos atractivos hacen que muchos jóvenes quieran vivir en esta zona (que cumplió ya su primer siglo), que cientos de visitantes recorran sus grandes Áreas verdes o acudan a sus comercios. Al mismo tiempo, la proliferación de los establecimientos ha provocado tensiones entre los comerciantes y los residentes derivadas de los cambios en el uso del suelo. Pero no es la primera vez que este territorio sufre grandes transformaciones, antes de surgir como fraccionamiento fue sede del Hipódromo de la Condesa del Jockey Club. El centro de diversiones abrió sus puertas en 1910 con una carrera en el marco del Centenario de la Independencia y las cerró en 1925 para convertirse en una nueva colonia como consecuencia de la Revolución.

La demanda de espacios habitables generada en la década de 1920 resultó de la Revolución, que provocó la migración de miles de mexicanos a la gran ciudad, en busca de un refugio que los pusiera a salvo de las batallas y las carencias que generó la lucha armada. Así, mientras la población del país se redujo 5.2 por ciento entre 1910 y 1920, la del Distrito Federal creció 25.7 por ciento. Durante los años veinte del siglo pasado surgieron alrededor de 32 nuevas colonias en el Distrito Federal, esparcidas en el Ayuntamiento de la Ciudad de México y en las municipalidades que la rodeaban.

El incremento de pobladores fue un acicate para el desarrollo de los negocios urbanos, los que, a juzgar por su expansión, constituyeron inversiones rentables y seguras en los primeros años posrevolucionarios, signados por un lento crecimiento económico. Algunos de los viejos ranchos y haciendas que rodeaban a la capital se transformaron en colonias para todas las clases sociales a un ritmo más acelerado que en la segunda mitad del siglo XIX . Tales fueron los casos de la hacienda de los Morales, en parte de cuyos terrenos se creó Chapultepec heights, luego conocida como las Lomas de Chapultepec, o del rancho de Anzures transformado en la colonia del mismo nombre.

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