Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

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Un lugar pensado para formar generaciones de profesionales que no pretendía competir con el molde de lo que otras instituciones ya trabajaban. Un centro que entendiera a la historia como integrada y parte de las ciencias sociales, pero nunca aislada. De investigadores adaptados a esa concepción. Un lugar con una biblioteca sui generis donde el acervo general y su fondo antiguo le dan un toque de exclusividad. Un centro de formación y conocimiento asentado sobre la que fue la casa de un hombre liberal y único, que estableció las bases de la separación del Estado del poder monacal. La identidad se construye con el tiempo y en ella confluyen historias personales de aspiraciones y utopías, la herencia de valores y tradiciones, la pertenencia a un territorio.

El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora llega a los 35 años de vida y el sello de su identidad que lo hace reconocible se identifica también con la pertenencia al espacio donde está enraizado. Nació en el barrio de Mixcoac, alguna vez considerado pueblo risueño y florido de aire saludable, que lo ha hecho suyo como parte de sus esquinas, su arquitectura de fachadas centenarias, de haciendas, ranchos y terrenos baldíos devenidos en centros universitarios y culturales, colegios de origen español o inglés, parques hundidos, estadios para el futbol y los toros, habitado un siglo atrás por indígenas y migrantes europeos.

Este número 33 de BiCentenario, casi en concordancia con los siete lustros de vida del Instituto, da cuenta del trajinar de esta institución académica desde 1981, pero también de la riqueza de su pertenencia a un barrio de calles empedradas o de barro transformadas en grandes avenidas, de cauces de agua y áreas verdes devoradas por la explosión urbana, de iglesias sobrevivientes y de viviendas donde se oficiaba misa en tiempos en que se perseguía la bendición desde el atrio, de personajes que la habitaron porque encontraron allí un remanso frente a la agitada vida en el centro capitalino, que huían de los jaloneos de la política o comenzaron a ilustrar aquí una vida de intelectuales.

El Instituto Mora nació en una casa a la que la vicisitud de la política, la economía, la religión y hasta las creencias esotéricas la tornaron un lugar peculiar. Fue vivienda de Valentín Gómez Farías cuando el vicepresidente jacobino se escabullía de las amenazas católicas a sus órdenes de quitar poder a los prelados, y donde moriría y sería enterrado ante la negativa de la vecina iglesia de San Juan Evangelista de darle morada final en su cementerio. También tropas estadunidenses la ocuparían en 1847. Algunas creencias dirían que el espíritu de don Valentín recorrería la casa durante varias décadas, para temor de sus descendientes y visitantes, hasta ser llevado a la Rotonda de las Personas Ilustres. Del mismo Valentín se relatan aquí las idas y vueltas que tuvo el intento de recuperación de una pintura que lo retrataba en Palacio Nacional y que finalmente por esas historias repetidas en el mundo del arte, quedaría en manos privadas, y se tendrían que hacer copias, una de las cuales el Instituto adquirió.

La pintura de Valentín Gómez Farías no es un hecho aislado dentro de la vocación cultural del Instituto Mora. Las esculturas, principalmente, forman parte de su paisaje en exposiciones individuales y colectivas al aire libre, como se relata en esta edición. Otro elemento distintivo en el mundo académico.

La gran perla de la institución ha sido su biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”, nacida cinco años antes que el Instituto y que cumple a cabalidad con el objetivo de ser reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por su fondo antiguo con algo más de 10 000 volúmenes. Ramón Aureliano, quien la conoce desde sus entrañas desde hace algunos años, nos pone en manos de dos testimonios clave: uno que habla sobre José Ignacio Conde y Díaz Rubín, el inspirador de la biblioteca, y la inquietante historia de su acervo personal que tuvo que vender forzado por el gobierno; y el segundo, las palabras del propio Ernesto de la Torre Villar, su primer director. “Podemos decir que es paradójico, pero pienso que de una Biblioteca salió el Instituto Mora”, dice orgulloso durante una charla que data de 2002.

Pero a dónde nos lleva esa vocación de identidad del Instituto Mora con su vecindad, con ser parte también de ese pueblo, municipio y hoy colonia Mixcoac. Están vivos la parroquia de la Asunción de María o de Santa María Nonoalco, edificada en el siglo XVI, los restos de la que fuera la Hacienda de Nonoalco,hoy convertida en vecindad, las huellas exteriores de la casa morisca de la familia Serralde, el Parque Hundido en la zona de ladrilleras. Como parte ya del imaginario colectivo, La Castañeda, el mítico hospital que Porfirio Díaz presentó como una revolución en la salud mental y seis décadas después sería demolido. Una manera de explicarnos el antes y el después de las transformaciones de un lugar son las fotografías, dibujos y material fílmico. El trabajo de Lourdes Roca nos ayuda a descifrar y explicar esos cambios de Mixcoac.

Los personajes que habitan el barrio y enorgullecen a sus habitantes generan un halo de admiración, misterio y mito, que se va transmitiendo por generaciones. Para Mixcoac llevan un mismo apellido: Ireneo Paz, el escritor, periodista, editor y polémico defensor en algún tiempo de Porfirio Díaz; Octavio, su hijo, abanderado de la causa zapatista, escritor también, pero sobre todo activista social, de muerte trágica y vida desafortunada; y quien seguramente genera mayor reconocimiento, fortalecido por su contemporaneidad, Octavio, el nieto e hijo, poeta y escritor. El Premio Nobel de Literatura dice en un relato que aquí reproducimos, que en Mixcoac alguna vez se sintió “centro del mundo”. Entre nubes y un cielo azul, descubrió el entusiasmo y tal vez la poesía.

Justamente lo que podemos sentir cuando nos consideramos parte de un lugar.

Darío Fritz