Archivo de la etiqueta: Cuento histA?rico

Estreno de residencia

Arturo SigA?enza
FFyL, UNAM

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 33.

En la inauguraciA?n del hospital para enfermos mentales La CastaAi??eda, una baronesa, el secretario particular del presidente y un general desaliAi??ado y falto de memoria que ya formaba parte de la poblaciA?n del siquiA?trico sostienen una conversaciA?n desopilante.

InauguraciA?n CastaAi??eda (1) (640x479)

La esplendente construcciA?n albergaba ya a sus nuevos huAi??spedes, y se otorgaba un festAi??n para recibir al distinguido sAi??quito que encabezaba el presidente de la repA?blica, formado por embajadores y cA?nsules, destacados empresarios y alta burguesAi??a. La banda de mA?sica de viento, perfectamente uniformada, complacAi??a a los invitados allAi?? reunidos para conmemorar la inauguraciA?n de aquella arquitectura de corte francAi??s, como una muestra de la abundancia econA?mica que seguAi??a pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad polAi??tica interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor A?ngulo ante los fotA?grafos que se abrAi??an paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas A?vidas del brindis con champA?n que ya estaba siendo descorchado.

Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregaciA?n en el campo de castaAi??os que rodeaba el vasto edificio. AsAi?? que por fin cumpliA? su promesa, mi preciado amigo…

Se lo dije, baronesa, A?dudA? acaso en algA?n momento de mi palabra?

ai??i??A?Oh!, de ninguna manera, sA?lo que despuAi??s de dos aAi??os de espera… ai??i??dijo agitando mA?s rA?pido su abanicoai??i??, cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.

Pues ya lo ve. Hasta el seAi??or presidente dejA? en casa su indumentaria de general, para presentarse de frac y sombrero de copa, como exige la ocasiA?n.

Mi marido no ha de tardar en traer mis pertenencias, A?me urge un cambio de prendas!

Se encuentra usted exquisita, baronesa, pierda cuidado. Lo importante es que nos han otorgado un lugar acorde con nuestra clase social.

Como protegidos del gobierno, ya era hora de cambiarnos de aquel muladar…

InauguraciA?n CastaAi??eda (2) (640x478)

La calva del secretario particular brillaba desde esa perspectiva. Declamaba su discurso haciendo pausa cada dos frases para incitar la oleada de aplausos dirigidos al primer mandatario, quien a pesar de verse agotado saludaba generoso a la elite que lo habAi??a sostenido tanto tiempo en el poder. El prA?ximo aniversario de la independencia, fecha que por capricho hizo coincidir con el dAi??a de su cumpleaAi??os, lo tenAi??a atareado como ningA?n otro en sus tres dAi??cadas de mando, debido a las presiones sociales que cada vez cobraban mayor fuerza en el A?mbito popular.

Docenas de cohetones retumbaron al final del sermA?n polAi??tico y la aristocracia se enfilA?, copa en mano, hacia las amplias escalinatas de la entrada principal. Adentro, un anciano de ajadas vestiduras militares, desaliAi??ado y barbudo, corriA? nervioso hacia el ventanal, ocupando con gran destreza su muleta y su pierna de palo hasta que cayA? hecho una piltrafa.

A?Pecho tierra! A?CaAi??ones en la retaguardia!

Guarde compostura, capitA?n, que la guerra ha terminado…

A?Yo nunca bajo la guardia!

Apenas uno se descuida y ya tenemos a la turba en nuestras narices…

RelA?jese, va a incomodar a nuestra querida baronesa…

Salida de concurrentes a la inauguraciA?n del Manicomio (640x471)

A?Baronesa, dice usted? Ejem, ejem… a sus pies, ilustre seAi??ora ai??i??dijo el hombre agitado desde el sueloai??i??, A?no va a presentarnos?

AquAi?? vamos otra vez, le ruego me disculpe… Claro, claro capitA?n, la baronesa De la Croix. Baronesa, el capitA?n GarcAi??a.

La mujer hizo un gesto de enfado y estirA? la mano enguantada de satAi??n. TenAi??a la suficiente paciencia para soportar al pobre hombre que padecAi??a notablemente de la memoria,

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La desobediencia de mi abuela

Elios Mitre

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 31.

M’hijo, he decidido desobedecer, a ver quAi?? se siente.

MI abuela a los 17 (335x500)

Ana MarAi??a Ponce Delgado a sus 18 aAi??os, 1936. ColecciA?n de la familia Mitre Ponce.

A?A quAi?? se le puede decir no a los 96 aAi??os?,Ai??A?a la memoria inacabada?, A?a las letras de unAi??libro que la vista ya no distingue?, A?a los piesAi??cansados?, A?a los placeres del paladar?

Visito a mi abuela cada quince dAi??as, es un tributoAi??a las enseAi??anzas que recibAi?? en mi niAi??ezAi??y a la cA?lida protecciA?n que nos brindA? al enviudarAi??mi madre. Pero tambiAi??n es un deleiteAi??escuchar su lucidez al recontar sus andanzas.

ai??i??SAi??rveme una copita de oporto, te platicarAi?? cA?mo a misAi??seis aAi??os, mi madre casi me pierde en la inundaciA?n de Pachuca,Ai??al reventarse la presa allA? por 1923. Al ver el afluenteAi??desbordado, en vez de escapar prefiriA? rescatar sus mercancAi??asAi??que estaban en el suelo. Confundida, me soltAi?? deAi??su falda y corrAi?? hacia la escalera donde se subAi??a la gente.Ai??De su trinchador tomAi?? dos copitas, las llenAi?? a medias yAi??con un brindis ella reanudA? sus maravillosas vivencias.

Mi papA? me llevaba libros y revistas que yo hojeaba sinAi??descanso, pero al incendiarse la ferretera en 1930, esa nocheAi??todo se perdiA?, aunque alcancAi?? a rescatar algunos de misAi??libros favoritos, hasta que un peA?n me salvA? de entre lasAi??llamas. No sentAi?? cuando me quemAi??, aunque me quedA? laAi??cicatriz que tengo en el mentA?n. No sentAi?? cuando me quemAi??.

Mi abuela aA?n tiene esa suave firmeza, es, como decAi??a miAi??abuelo, como la gota en la piedra: cuando se decide nadaAi??la detiene.

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Por la borda

Revista BiCentenario # 18

Silvia L. Cuesy / El Colegio de México

Al poner un pie en la cubierta del Orinoco desplomó toda su gordura en la silla más próxima y exhaló un hondo suspiro de alivio que se perdió en la fría noche del puerto de Cherburgo. Por fin el regreso. No sabía cómo agradecerles a Elena y a Octavio; de no ser por ellos aún estaría varado en París. Elena era una joven pendeja y engreída, pensaba, pero el músico hubo de reconocer que, pese a las ínfulas pequeñoburguesas de la chica, ésta hubiera aceptado cambiar los dos boletos de clase turista que les había pagado a ella y a su esposo la Liga de Escritores por tres de tercera; debido a ese gesto, él, que a duras penas se había comprado el pasaje de ida, podría volver a México.

El camarote era un infierno de ruido y calor, pegado al cuarto de máquinas. Con gran dificultad se acomodó en la litera de abajo. Aquí está tu relojito, mi amorcillo, ¿qué dijiste, ya se olvidó de mí?, pues no; y aquí el abriguito de nuestra geniecillo, tampoco me olvidó de la mocosita, como podrás ver. Pujando y hablando, se agachó para guardar la maleta que resguardaba los regalos comprados a su mujer y a su hija. Los envoltijos eran las únicas pertenencias que conservaba gracias a un celoso cuidado desde las primeras semanas del viaje.

Un centenar de estalactitas le aguijoneaba el corazón: haber dejado España. Una alegría indescifrable se le colaba, a veces, aleteándole en el pecho: volver a ver a Ángela y a Genio. Seis meses atrás, al ir a Europa, los sentimientos surgieron al revés: el esperado gozo por llegar a España y la suma de culpas por dejar a sus dos amores. ¿Por qué, diablos, en mi desdichada vida siempre ha de haber conflicto?, dijo al momento de despechugarse más la camisa, secarse el copioso sudor y con mano temblorosa encender un cigarro. Desde esa primera noche, un apremio asfixiante lo obligó a iniciar una carta que iría creciendo día a día.

Revueltas

Silvestre Revueltas en un ensayo musical (1935)

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PARA SABER MÁS:

  • Eduardo Contreras Soto, Baile, duelo y son, México, Conaculta, 2000.
  • Luis Jaime Cortés, Favor de no disparar sobre el pianistaMéxico, Conaculta, 2000.
  • Silvia L. Cuesy, Silvestre Revueltas, México, Planeta, 2004.
  • Diálogo de resplandores: Carlos Chávez y Silvestre Revueltasedición de Yael Beltrán y Ricardo Miranda, México, Conaculta, 2002.
  • Elena Garro, Memorias de España, 1937, México, Siglo XXI, 1992.

Don Casimiro Cázares

Irma Ramírez Orozco

Revista BiCentenario #17

Cuento histórico

Citizen Kane

….gritamos y hasta relinchamos de gusto. No lo podía creer, después de tanto batallar, nos habían cedido un cacho del latifundio de la Bavícora; ni la revolución había logrado que se repartieran esas tierras, propiedad de un gringo, William Randolph Hearst; su abuelo un tal George Hearst, senador de los Estados Unidos, del comité pa asuntos indígenas, supo que al terminarse la guerra apache podía comprar 360,000 hectáreas a 20 y 40 centavos cada una, pos luego luego compró el latifundio a las compañías deslindadoras. Querer que se repartieran esas tierras no era cualquier cosa, William Randolph Hearst rebasaba por mucho a su abuelo, en poder y dinero, ese gringo era dueño de periódicos y revistas, un magnate de los medios como lo nombran ahora, era tan adinerado que dicen que en él se basaron pa hacer la película El Ciudadano Kane.

Nuestros gritos de gusto se oyeron en lo alto de las montañas y en la hondura de los precipicios. Nos fuimos en bola, hechos la mocha, a tomar posesión del predio. Las guardias blancas del latifundio, mercenarias del gatillo, junto con una caterva de pistoleros de La Acordada, tenían a la región atemorizada, pero nosotros habíamos ganado el pleito, Rivera tenía los papeles. Con todo y eso, como que lo quería creer y no, porque los pleitos, los abusos, las muertes y las venganzas, por esos rumbos, pos no tenían fin. Así como los bosques jalan la lluvia, esas tierras jalan la guerra. Yo creo que esa región no ha conocido la paz.

La llegada de Socorro Rivera a la alta Bavícora reavivó las esperanzas de que las cosas se hicieran de otra manera, venía de San Luis Potosí, muy fogueado en el papeleo y el manejo de las leyes, muy entrón, tenía buen modo pa hablarle a los campesinos, de voz recia, convencedora, decían que estaba apuntalado por el presidente Lázaro Cárdenas, ganó algunos pleitos y el apoyo empezó a brotar como matitas mesteñas después de la lluvia.

Íbamos por la brecha; miré parriba y clarito vi que las nubes pardas se iban jalando pa otro lado y quedaba el cielo azul, limpio. Yo pensaba que ahora sí, iba a caminar derechito, amarrado a los surcos, que dejaría de dar tantos rodeos, a los guaruras, al desierto, a los despeñaderos, a la migra, dejaría ese ir a los Estados Unidos, cada temporada, cargando en la mente la visión de mis viejos, el huerto, las barrancas, el olor de los pinos y hasta el mugido de las vacas; palpitándome en el pecho una sequedad muy grande nomás de pensar en llegar al otro lado, a no encontrar lugar en la pizca y tener que trabajar en esos lugares de congoja y espanto que eran las minas de carbón.

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La falta de un varón

Arturo Sigüenza
Taller de Artificios

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Marc Chagall, birth-1910 (640x466)

1894. Hacienda “Los Tres Zapotes”. Un cigarrillo y otro más. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacía chico y las cuatro horas de espera le parecían veinte minutos. ¿O era al revés? No lo sabía y mandaba por más tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de día Crescencia (la partera más confiable del poblado), quien se había encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le había aconsejado: “confía en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machito”.

Sacó su reloj de oro más por presumir que por ver la hora. Aunque sabía leerlo, siempre le pedía a alguien más que lo hiciese por él, de hecho se le había vuelto un tic nervioso. Se alzó un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojó el cinturón de cuero de víbora que él mismo había matado, cuando la encontró debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran más desesperados que de costumbre, quizá porque el tener un varón sea más doloroso — pensó– o porque el méndigo doctorcito no sabía traer un niño al mundo.

“¡¿Qué esperan para ir por doña Chencha!? ¿No oyen a mi mujer chillando como puerco?” gritó don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogió un caballo con la advertencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintió, sino instantes después, cuando el cigarrillo le quemó los dedos. Lo pisoteó maldiciéndolo y con premura encendió otro. Se dirigió a la recámara, abrió de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejó de par en par.

“¿Qué carajos pasa? ¡Llevan horas con este griterío!” refunfuñó palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo más que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. Tenían que traer un varoncito al mundo o ¿quién sabe qué les podía pasar, verdá de Dios?. Mas allá de la preservación del apellido, estaba en juego la preservación de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podían ¿para cuándo el varoncito, para cuándo?. Don Rogaciano sabía que su problema de erección era cada vez más severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenían al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchó los gritos y caminó pronto a la recámara, se acercó por detrás y lo sacudió por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacía ya un buen rato. Don Rogaciano salió del cuarto, pero antes dejó el revólver encima de la mesa donde el doctor tenía sus utensilios. “Varoncito, doctor, varoncito” advirtió con sus ojos de lince enfadado.

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Crónica de dos hermanos

Yolanda Pintos – Taller de Artificios

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Valerio Trujano

Una mañana luminosa de abril de 1812, un barco llegó de España al puerto de Veracruz. El recibimiento corría por parte de la Guardia Real y españoles notables en espera de noticias, órdenes y sobre todo de armamento para hacer frente a los motines insurgentes que se sucedían en diferentes puntos. En el puerto no se hablaba de otra cosa. Detrás de ellos, en el malecón, una fila inmensa de curiosos no perdía detalle del momento. En el barco todo era movimiento y bullicio, sólo dos jóvenes españoles permanecían expectantes. Escondidos entre sus crecidas melenas y barbas, los ojos sombríos contrastaban con la claridad del día. Habían pasado la noche en vela sumergidos en sus propias cavilaciones al tiempo que oteaban el horizonte; en el aire se percibía ya el olor a tierra. Las palabras de don Agustín Loranca disiparon la euforia con que habían abordado el barco. Su decisión fue irrevocable, dejar España para siempre y venir a pelear brazo con brazo, codo con codo con los novohispanos. No renunciaban a España ni lucharían jamás contra ella, pero sí contra el despotismo de la Corona. La mirada de Rodrigo se oscureció como si pájaros negros hubieran cruzado por ella, pensaba en la muerte de su padre. Él y Prisciliano se preguntaban si no se habrían precipitado y la duda hizo presa de ellos.

Vicente Guerrero

Vicente Guerrero

Agustín Loranca era un criollo de mediana edad que había ido a España a conocer la tierra de sus mayores, Las noticias llegaban lentas, pero cuando supo de los levantamientos en la Nueva España decidió regresar a proteger a su familia. De esta forma coincidió con los hermanos en el barco. No era hombre de armas, aunque tampoco se oponía a que la Nueva España, después de 300 años de sometimiento, tomase otro rumbo. Pensaba en el trato tan desigual hacia los criollos, considerados inferiores con respecto a los verdaderos españoles; por eso y más no abandonaría a estos muchachos. En el fondo sentía un cierto orgullo por ellos que ofrendaban su juventud y su fuerza por una buena causa.

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Pero ya sabéis, de esto ni una sola palabra a nadie. Ah, y al bajar del barco nada de ponerse los uniformes, bajad así como estáis con esas camisas sucias, sin escarmenar el pelo. Si antes de estar a salvo, alguien os preguntara por vuestra identidad, decid que sois sobrinos de don Felipe de Unda, quien os ha mandado llamar para ayudarle. Tened esto presente, pues de lo contrario os haríais sospechosos para ambos bandos. Como traidores para unos o posibles espías para los otros. En cualquier caso como corderitos listos para ser sacrificados, ya sea por los unos o los otros.

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¡Muera el mal gobierno! ~ cuento histórico

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Miguel Hidalgo y Costilla

Los campos permanecieron intactos, la fragua dejó de rugir, el mazo no retumbó en el yunque, las vacas fueron ordeñadas más temprano que de costumbre. Berta, como la mayoría de los habitantes de San Felipe el Real de Chihuahua, había suspendido sus labores para buscar un sitio en las dos filas paralelas que se extendían a lo largo de la villa y ahí, entre un bullicio discreto, temeroso, esperar a los reos.

La explicación de la profesora cayó como una piedra lanzada al fondo de una laguna quieta, cambiándole la vida, trastornando los pensamientos de la pequeña Evangelina. ¿Quién era Miguel Hidalgo? ¿Qué era un calabozo? ¿Por qué la seño’ Mague ponía esa cara tan seria al decir: “El Padre de la Patria” como si hablara de un santo muy milagroso?

Berta llegó hasta la calle principal para acomodarse en la fila, también quería observar a los reos. Su preocupación principal era que se llevaran a Federico a combatir el movimiento insurgente en la “Sección de Provincias Internas” de Durango. Otra guerra no, pensó, y trató de calmarse; sus movimientos nerviosos habían llamado la atención de un voluntario de la Compañía de Patriotas de Fernando VII, que sin casaca ni botas ni alto bicornio ni gruesas charreteras parecía tomar muy en serio su tarea de mantener el orden.

La seño’ Mague y las otras maestras, junto con la corpulenta directora de voz poderosa, los formaron de dos en dos, cada par tomado de la mano, para sacarlos de su mundo de jardín, de flores, de mariposas, de fuentes juguetonas con pececitos rojos, de sus primeras letras pintadas con lápices de colores y números pegosteados de engrudo; para sacarlos de aquel bosque de álamos y sauces llorones que se extendía por el inmenso Parque Lerdo; para internarlos en el mundo extraño, complicado y confuso de victorias y sufrimientos.

Berta había conquistado un lugar en la aglomeración que se movía en un bullicio apagado. Dos días antes, don Nemesio Salcedo y Salcido, el gobernador de las Provincias Internas, había anunciado: “Verán como reos a los ladrones y forajidos que pretenden destrozar nuestros bienes, saquear y profanar nuestros templos, atropellar la honestidad de nuestras esposas y nuestras hijas, rompiendo los vínculos sagrados que nos unen a Dios, al Rey y a la Patria”.

Cruzaron la Plaza Hidalgo, frente al Teatro de los Héroes. Al llegar a la gran construcción de cantera a donde funcionaba el correo y subir la escalinata, conteniendo el aliento, Evangelina alcanzó a ver una puerta oscura, el calabozo era una cueva en un rincón del edificio y se dio cuenta del palpitar de su corazón y su estómago tembló de incertidumbre.

Berta había escuchado a don Nemesio decir con gran seguridad que Chihuahua era realista, que el ganadero de las llanuras, el minero de la sierra y el ranchero común no podían olvidar el apoyo de las tropas del Virrey en la guerra contra los apaches y los comanches, que el respaldo militar lo recibieron por órdenes de la Corona. Y fue al conocer la derrota del cura Hidalgo, cuando el Ayuntamiento de la Villa ordenó una misa cantada y que se iluminaron las calles en señal de júbilo. Pero Berta no sabía nada de la lucha que transcurría en el centro del país, ella, su madre y su abuela habían padecido el eterno conflicto con los pueblos indios y la lucha de sus hombres por dominarlos, por evitar sublevaciones. Ella no estaba de acuerdo con los procedimientos de Salcedo de negociar la paz para luego reprimirlos, de prometer subsidios a los indios pacificados y de pronto suspender la entrega de raciones para obligarlos a trabajar. Con la traición se recrudecía la guerra contra ellos, guerra que parecía no tener fin.

Estandarte de Hidalgo, Virgen de Guadalupe

Evangelina aminoró su caminar, apretando la mano de María Rosa, que mantenía el mismo ritmo en el paso, siguiendo a sus compañeros. Faltaba poco. En la fila las pausas se hicieron más frecuentes. Miró una estrecha escalera que se torcía como una trenza; cada alumno bajaba solo, aunque intentando no despegarse de su compañero.

La amenaza de una nueva guerra se sentía en el aire, pero esto no parecía alterar a los chihuahuenses, estaban tan acostumbrados a la guerra como a los veranos calurosos y secos y a los inviernos fríos y oscuros. Aunque Berta no la aceptaba, en el fondo de sus ojos brillantes se presentía la determinación, en cada sufrimiento que callaba o vivía con entereza, en ella se reafirmaba el mismo sueño: vivir en paz. Por sobre todas las cosas, ella sólo deseaba la paz, así, escueta.

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Un pastizal dorado

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

InterioresBicentenario 2_Page_39

¿Quieres que te cuente cómo viví mi juventud? ¿Qué vas a escribir? ¿Un artículo para una revista?

Tú lo sabes, de nuestra generación, el que no era hippie o revolucionario, no fue joven; vivimos los sueños y las fantasías, los delirios y las angustias del tiempo de la guerra fría y en Chihuahua esas tensiones se amalgamaron con nuestra historia y nuestra típica forma de ser.

¿Que no me ponga tan docta? ¿Pues entonces qué es lo que quieres que te platique? ¿Algo más cotidiano?

La vida de los jóvenes de mi barrio ahora resulta muy convencional; tardeadas, twist, rock and roll, sodas y, como un reto a lo establecido, las escandalosas películas de Elizabeth Taylor. aunque estábamos un poco aislados, nos llegaban las noticias sobre los triunfos de la Revolución cubana y nos estremecimos con el asalto al cuartel de Ciudad madera por un grupo guerrillero.

¿Algo más personal? Ay, conversación a la carta y toda la cosa. bueno, va.

¿Te acuerdas de haberme oído mencionar a Teo, mi vecino? Fue mi novio. un sábado en que veníamos del cine, vimos algunos carros desconocidos frente a la casa. Me pregunté quiénes serían y si estábamos presentables. Sentí que mis cejas se estiraban al darme cuenta de que Teo traía las huellas de mis labios por toda la cara y su respiración aún subía en grandes oleadas a pesar de sus esfuerzos por normalizarla. Con un pañuelo borré mis besos de su frente y sus mejillas y el bilé desparramado alrededor de mi boca. una vez más, él me había pedido que dejara la secundaria nocturna. naturalmente, me negué. nos enojamos. la reconciliación se dio, arrecholados, en un rincón oscuro de la calle. Quiero decirte que para mí asistir a la secundaria nocturna resultaba muy importante, no sólo por las clases y el certificado para seguir estudiando, también porque era como subir a una loma y desde allí ver las cosas de otra manera. En la escuela escuchamos por primera vez a los Beatles; oímos grabado en una cinta uno de los más bellos discursos por la paz y la igualdad entre los seres humanos de Martin Luther King; también se vendieron carteles de Angela Davis, expulsada de la universidad de California por su forma de pensar, ostentando con orgullo su negritud, su ropa africana, su libre y natural melena encrespada, al punto que pronto se convirtió en el símbolo sexual de los chavos de la escuela.

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Por su voluntad y libremente

Ana Suárez – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 1.

El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita te hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, para que el fresco te dure todo el día. Tratas de rezar, fracasas, discurres que poco hiciste por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero nadie hubiera podido, los feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. santo dios, no dejas de meditar en que, de cumplir, hoy estarías más sosegado, habrías obtenido acaso que las mujeres y los niños se quedaran, al menos el crío ese dPor su voluntad y librementeel gorrito azul y el kíotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y sólo provocó que el indio que la seguía por el muelle te contemplara furioso. tuviste miedo, lo tenías desde antes, reconócelo que ya no corres riesgo. Si por eso acudiste ayer a mitad de la noche, solo, en la oscuridad hallaste el valor para llevar a la fortaleza la bendición que, antes de partir, el cura de Santa Isabel debe a cualquier peregrino. Mea culpa, mea culpa. sacudes el polvo del sayo y las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, como si el remordimiento lo hiciera más pesado, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de nuestra señora del Buen Viaje. Madre santísima, ni esa imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre san Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fueron los indios quienes pecaron, mucho, y los pecadores deben recibir su castigo. entrelazas los dedos, ruegas a la Virgen que los acompañe y les dispense y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación ante el destierro.

[...]

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ESTRENO DE RESIDENCIA

Arturo Sigüenza / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #8
Inauguracion La CastaAi??eda B-8

Porfirio Díaz en la colocación de la primera piedra para edificar el manicomio de La Castañeda (1908)

La esplendente construcción albergaba ya a sus nuevos huéspedes, y se otorgaba un festín para recibir al distinguido séquito que encabezaba el presidente de la república, formado por embajadores y cónsules, destacados empresarios y alta burguesía. La banda de música de viento, perfectamente uniformada, complacía a los invitados allí reunidos para conmemorar la inauguración de aquella arquitectura de corte francés, como una muestra de la abundancia económica que seguía pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad política interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor ángulo ante los fotógrafos que se abrían paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas ávidas del brindis con champán que ya estaba siendo descorchado.

Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregación en el campo de castaños que rodeaba el vasto edificio.

Paciente-CastaAi??eda B-8“Así que por fin cumplió su promesa, mi preciado amigo…

“Se lo dije, baronesa, ¿dudó acaso en algún momento de mi palabra?

“¡Oh!, de ninguna manera, sólo que después de dos años de espera…” dijo agitando más rápido su abanico “cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.”

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