Ejercicio de memoria para un jardAi??n imaginado

Octavio Paz.

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 33.

Octavio Paz recuerda, en una carta, sus tiempos de niAi??o y adolescente por las calles de Mixcoac. Casas del siglo XIX, un rAi??o fAi??tido, visitas con su abuelo Irineo, el tranvAi??a en el que preparaba sus clases y leAi??a novelas o tratados de filosofAi??a, los colegios Williams y Lasalle, el lugar donde supo de la poesAi??a y el entusiasmo. Ya adulto recorriA? nuevamente aquellas calles, pero descubriA? un mundo irremediablemente ajeno.

MAi??xico, a 9 de mayo de 1989.

SeAi??ora Alejandra Moreno Toscano.
Querida Alejandra:

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Ricardo Salazar, Octavio Paz, Mixcoac, ca. 1958. IISUE, Fondo Ricardo Salazar Ahumada, UNAM.

Al final de esta carta encontrarA?s los brevesAi??poemas -en realidad, estrofas sueltas- queAi??hubieran podido figurar, a manera de inscripciones,Ai??en las puertas y en algA?n muro delAi??pequeAi??o jardAi??n que, a iniciativa tuya, las autoridadesAi??de la ciudad proyectan trazar en unAi??terreno baldAi??o del antiguo Mixcoac. Lo llamoAi??antiguo porque esa localidad existe desde laAi??Ai??poca prehispA?nica. Yo no nacAi?? en Mixcoac,Ai??pero allA? vivAi?? durante toda mi niAi??ez y buenaparte de mi juventud, salvo un aAi??o y medio queAi??pasAi?? en Los A?ngeles (mi padre fue desterradoAi??polAi??tico y buscA? asilo en los Estados Unidos).Ai??Apenas tenAi??a unos doce meses de edad cuandoAi??los azares de la revoluciA?n nos obligaron aAi??dejar la ciudad de MAi??xico; mi padre se uniA?, enAi??el sur, al movimiento de Zapata, con AntonioAi??DAi??az Soto y Gama y otros jA?venes, mientrasAi??mi madre se refugiA?, conmigo, en Mixcoac, enAi??la vieja casa de mi abuelo paterno. LleguAi?? enAi??1914 y no me movAi?? de allAi?? sino hasta 1937, aAi??oAi??de mi primera salida de MAi??xico: casi un tercioAi??de mi vida. Por esto, cuando me comunicasteAi??tu idea y me pediste mi colaboraciA?n, aceptAi??Ai??conmovido. Sin embargo, acabo de visitarAi??la ruidosa desolaciA?n que ustedes intentanAi??convertir en un jardAi??n y regreso desalentado.Ai??Mi decepciA?n ante ese terrain vague se volviA?Ai??abatimiento cuando recorrAi?? la cercana rotondaAi??con la estatua de cemento del Manco deAi??Celaya, rodeada de una maltrecha tribu deAi??fresnos y pinos. Aunque les costarA? trabajo,Ai??tal vez ustedes lograrA?n humanizar un pocoAi??ese pA?ramo asolado por el martilleo y el tableteoAi??de los autos. Pero me parece imposibleAi??que el futuro jardAi??n llegue a ser ese recientoAi??tranquilo y un poco apartado que evocan misAi??versos. Es un lugar condenado al ruido. AdemA?s,Ai??te lo confieso, no quiero ser intruso. NoAi??sAi?? si me fui o me echaron: sAi?? que ya no soy deAi??allAi??. Pienso en el barrio que hoy he recorrido yAi??en el de mi niAi??ez y mi adolescencia: A?en quAi??Ai??se parecen? Y me digo: ha sido peor que unaAi??destrucciA?n ai??i??una degradaciA?n.

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Ricardo Salazar, Octavio Paz, Mixcoac, ca. 1958. IISUE, Fondo Ricardo Salazar Ahumada, UNAM.

La calle de Goya, que es la prolongaciA?nAi??del predio que ustedes quieren transformar enAi??jardAi??n, se llamaba la calle de las Flores. A?rbolesAi??corpulentos y casas severas, un poco tristes.Ai??Animaban la soledad de la calle el blanco ColegioAi??de las Teresianas y, a la hora de entradaAi??y salida de las clases, los blancos uniformesAi??de las muchachas. Voces de mujeres y piarAi??de pA?jaros, revoloteo de alas y de faldas. CasiAi??al final, la casa de los G. (hoy es una oficinaAi??pA?blica). Eran amigos de mi familia y a vecesAi??yo acompaAi??aba a mi abuelo en sus visitas. SeAi??abrAi??a el portA?n y entrA?bamos en un vestAi??buloAi??amplio y un poco obscuro; nos recibAi??a unAi??moro de turbante y cimitarra ai??i??imposible noAi??pensar en Venecia y el sAi??quito de Oteloai??i??, enAi??lo alto de la diestra una lA?mpara en forma deAi??antorcha ai??i??pero el foco estaba casi siempreAi??fundido- y que seAi??alaba el camino. RecuerdoAi??un corredor de altas macetas, flores blancas yAi??rosadas (A?camelias?), un piso de ladrillo rojoAi??y, separado por una pequeAi??a balaustrada, unAi??patio con limoneros y naranjos. En la sala deAi??azules desvaAi??dos nos esperaba la dueAi??a de laAi??casa, una vieja seAi??ora acompaAi??ada por algA?nAi??pariente. A veces la conversaciA?n se interrumpAi??aAi??por la llegada de Manuelito, un sesentA?nAi??hijo o sobrino de la seAi??ora de la casa, en elAi??pecho la banda tricolor. Se acercaba con deferenciaAi??a mi abuelo, lo invitaba a la ceremoniaAi??de su inminente toma de posesiA?n comoAi??Presidente de la RepA?blica y le pedAi??a consejoAi??sobre la composiciA?n de su futuro gabinete.Ai??Nadie daba muestras de extraAi??eza y al pocoAi??tiempo la conversaciA?n continuaba.

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