¿En qué pensabas, Leandro?

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Anticipándose a las órdenes del pelotón que debía fusilarlos, Guillermo Prieto expresó con energía: “levanten esas armas, los valientes no asesinan” y los soldados le hicieron caso.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Me viene la conformidad luego que recuerdo que
murió por su patria
”.
Sra. Ignacia Martínez de Valle.

 Dicen que cuando vamos a morir pasa toda nuestra existencia frente a nosotros.

¿Habrá sido así contigo?

Cuando te dijeron que te quedaba media hora de vida, ¿qué fue lo que hiciste?

Sabemos que preguntaste quién ordenó tu ejecución. Y que cuando te respondieron que Márquez, aquel reaccionario mocho y santurrón que lo mismo se daba golpes de pecho que mandaba matar a sus prisioneros, agregaste sereno:

—Hace bien, yo no le hubiera dado ni tres minutos.

Y descendiste de tu caballo San Pedro, un vigoroso alazán tostado, para luego pedirles pluma y papel.

—Deseo escribir a mi familia —le explicaste al jefe de los cangrejos.

¿En qué pensaste mientras esperabas? ¿En tu mamá, doña Ignacia? ¿En Luisa Jáuregui de Cipriani, la mujer que amabas y estabas por desposar, pues a tus 28 años habías decidido formar un hogar? ¿O acaso en tu hermana Agustina, quien de acuerdo con lo que escribiste en esa última carta, fue también como tu madre?

Tal vez recordaste al hombre que te heredó el apellido, un veterano de la lucha por la independencia que muchos años estuvo bajo las órdenes de Juan Álvarez, el caudillo suriano que fue presidente por un corto tiempo y le dejó el poder al poblano Ignacio Comonfort, de quien se decía que por hacerle caso a su madre idolatrada –a la que manipulaba un cura– dio un golpe de Estado contra la Constitución, hizo estallar la Guerra de Reforma y huyó del país cuando perdió el control de los acontecimientos.

Sí, seguramente pensaste en don Rómulo, tu padre, el responsable de que siguieras la carrera de las armas y con quien compartiste peligros y aventuras, como la huida de la Ciudad de México tras la traición de Comonfort y la llegada al poder de los reaccionarios, también llamados restauradores, clericales o conservadores; aunque a ustedes les gustaba más decirles cangrejos por eso de que daban “un paso pa´delante, doscientos para atrás”, como escribió en una popular canción el poeta Guillermo Prieto.

Porque tu padre y tú eran constitucionalistas. Liberales. Y de los duros. De los convencidos. De los que, como dijo Melchor Ocampo, se quiebran, pero no se doblan. De aquellos que usaban una corbata roja para manifestar unos ideales totalmente opuestos a los de quien se convirtió en uno de tus mejores amigos y la figura más importante del partido clerical: Miguel Miramón.

El mismo que era apenas unos meses más grande que tú, con el que compartiste banca en el Colegio Militar – al que entraste a los once años de edad– y quien al encontrarte en el pasillo se cuadraba chocando las botas.

—¡Mi general! —soltaba con voz de trueno.

—¡Ordene, su alteza! —le respondías tú en posición de firmes.

El mismo que poco antes de que escaparas de la capital junto a tu padre, te invitó a comer para ofrecerte honores, grados y riquezas… si luchabas contra la Constitución del 57, aunque al final rechazaste su oferta.

Porque eras liberal, eso ya lo habíamos dicho.

Poco influyeron en tus convicciones las creencias de tu madre, una mujer muy religiosa que nunca se resignó a la vida que tu padre y tú habían escogido, pero que siempre los apoyó. Aunque te pareció verla más preocupada de lo normal cuando la visitaste antes de partir hacia tu última campaña.

—Tal vez no nos veamos más —le dijiste abrazándola con fuerza—. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!

Momento que aprovechó para intentar colgarte un relicario del cuello.

—No, no lo quiero —protestaste agarrando su mano—. Dirán que una cosa creo y otra predico.

—Anda, Leandro.

—No, mamá, mejor pónselo a San Pedro —tu caballo.

[...]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

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