Archivo de la categoría: BiCentenario #3

De cómo las mujeres se fueron a la Revolución

Ana Lau -UAM-X

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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Ramón F. Iturbe y su Estado Mayor femenino.

Las mujeres han sido parte integrante de la construcción histórica de México. su presencia es fundamental en todos los órdenes de la vida económica, política y social. No obstante, su ausencia en los análisis historiográficos, así como en las historias generales, es una muestra de la invisibilidad que como protagonistas han padecido a lo largo del tiempo, por lo cual hay que combatir esa exclusión, incluyéndolas, estudiándolas y develando su participación.

El siglo XX mexicano estuvo marcado por una numerosa presencia de mujeres en espacios que habían estado reservados para los varones; paulatinamente se fueron integrando al trabajo remunerado, a la educación superior, a la política y también a la guerra. Las dos primeras décadas de ese siglo fueron testigos del activismo femenino en la prensa, la oposición al régimen porfirista y los movimientos revolucionarios, ya que fue en esos ámbitos donde se rompieron esquemas, se desdibujaron los roles tradicionales y se trastocó la división entre el ámbito público y el privado.

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1900-1917 ¿Dónde estaban las mujeres?

Durante el Porfiriato hubo intentos por desarrollarse económicamente a través del establecimiento de un gobierno fuerte, capaz de dominar y pacificar al país. se pretendía entrar a la modernidad impulsando la industrialización y el comercio exterior, pero se continuó con la acumulación de tierras en pocas manos, se ahondó? la dependencia económica y la práctica del peonaje se hizo más severa; lo mismo ocurrió con la falta de libertades políticas. La situación de pobreza y desigualdad que afectaba a la mayoría de las y los mexicanos propició la fundación de movimientos de oposición que crecieron y se fortalecieron, hasta organizarse en un movimiento que en 1911 derrocaría al dictador Porfirio Díaz.

Para 1910 la población mexicana total ascendía a 15 160 369 habitantes de los cuales 7 504 471 eran hombres y 7 655 898 mujeres.

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Pascual Orozco y el gobernador González, rodeados de las señoritas que tomaron parte en la recepción hecha al bravo revolucionario, La Semana Ilustrada, México, 30 de junio de 1911.

Entre éstas encontramos algunas de clase media, que habían estudiado y empezaban a trabajar como profesionistas. Abogadas, dentistas, farmacéuticas, médicas, parteras, tenedoras de libros, periodistas, poetisas, escritoras y profesoras formaban una minoría que, poco a poco, se haría notar y empezaría a exigir igualdad para su sexo.

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México, ¿la Ciudad Luz?

Lillian Briseño -ITESM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Mexico, núm. 3.

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…por los datos que hemos recogido, por los proyectos que se vienen estudiando y por los que se han aceptado, seguramente que la Ciudad de los Palacio, en esos días robará, aunque temporalmente, el orgulloso título que ostenta París y México será la Ciudad-luz.

El Imparcial, 15 de junio de 1910.

En septiembre de 1910, la Ciudad de México inaugurará una serie de obras estéticas y de infraestructura que posicionaron a esta urbe como una de las más importantes del mundo. Para que la gente pudiera apreciar y disfrutar de estos impresionantes avances, fue necesario que los pudiera ver en toda su majestad, y que ese poder ver se prolongara a lo largo de todo el día, pero también, de toda la noche. Esto se logró gracias a la electricidad que permitió alumbrar las noches del Centenario, dándole con ello un brillo especial y un glamour no imaginado hasta entonces a la capital.

Con la ayuda de la luz artificial, las fiestas que se hicieron en 1910 nos permiten pensar hoy a ese año, no como aquel en que estalló la Revolución Mexicana, sino como el que celebró las fiestas que aplaudían los primeros cien años de vida como nación libre e independiente. y como parte de esos festejos, debemos pensar también a 1910 como un gran año para la electricidad ya que en ese momento el país alcanzó una producción récord de esa fuente de energía.

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El edificio de La Esmeraldaai iluminadoai Albumina 1810-1910. Foto: Guillermo Kahlo.

Lograrlo no fue poca cosa ni producto de la improvisación. El desarrollo tecnológico alcanzado al despuntar el siglo permitió aprovechar la caída de agua para generar, mediante elaborados, complejos y modernísimos sistemas, la energía que requería el país y en especial su capital en los festejos que se organizaron para la ocasión. Para ello, se construyó la presa hidroeléctrica de Necaxa, la cual desde 1905 pudo enviar electricidad a la Ciudad de México, pero que en 1910 alcanzó grandes niveles de suministro, según señaló un alto funcionario de la compañía, sólo comparables con los obtenidos por la presa de Buffalo, en el estado de Nueva York, que aprovechaba la caída de las cataratas del Niágara.

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El Zócalo en el “Día de la Independencia” Qué festejaba la gente durante el Porfiriato

Fernando Aguayo Hernández - Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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Un componente de primera importancia en las ideas que tenemos acerca de la historia de México es la presencia y participación popular en los procesos que han formado a nuestra nación. Sin embargo, esta idea no es compartida por todo el mundo, sino que existen posiciones que identifican la participación no controlada de las multitudes como sinónimo de destrucción. Se trata de un punto de vista, según el que, las élites (del dinero, la política y el conocimiento) son los actores constructivos de la sociedad, dejando a la multitud el papel de buena comparsa, cuando acata los designios de dichas élites, o el ya señalado de agente destructor cuando las contravienen.

Un caso que algunos esgrimen para ejemplificar este punto de vista es la hermosa Ciudad de México edificada en la época de Porfirio Díaz. Multitud de libros y revistas muestran a la ciudad capital poco antes de 1910 y describen los logros materiales del régimen afirmando que el “orden” impuesto a la sociedad posibilitó el “progreso” material y cultural. Es más, se nos dice que el pueblo aceptaba ese liderazgo ante tan contundentes logros y que se mostraba constantemente agradecido con los gobernantes. Entre las muchas afirmaciones, varias de ellas convertidas en mitos, que ha generado este punto de vista, existe una especial, la que pregona que gracias a la habilidad y carisma del dictador Porfirio Díaz la llamada “noche del grito” del 15 de septiembre, celebración en la que se recordaba el inicio de la independencia, fue transformada exitosamente en una fiesta para homenajearlo a él en su cumpleaños.

Para apuntalar esta idea se nos han mostrado fotografías y reproducido las crónicas de “afamados literatos que consignan la popularidad” de ese personaje de nuestra historia. ¿Será esto cierto del todo?

En estas líneas se exponen las conclusiones a las que se llegó al analizar las celebraciones de la independencia en el Porfiriato y en particular forma en que se nos pide que veamos las muchas fotografías que registraron esos eventos. Me refiero a imágenes como la que ilustra la portada del número tres de la Revista Centenario, en este caso una fotografía del conocido artista francés Alfred Saint-Ange Briquet que lleva por título “Fiesta en México 1894, aniversario de la independencia, 16 de septiembre de 1810″. Se trata de una albúmina en formato 5’8 pulgadas cuyo original resguarda la Biblioteca del Museo de Antropología e Historia (Álbum 1072, 2212).

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La Cuaresma en el Siglo XIX. Tiempo de rezos y regocijos

Francisco Durán.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

La Dolorosa

La Dolorosa

La independencia que México obtuvo en 1821 no cambió las arraigadas tradiciones religiosas que la época colonial había impuesto en la vida social del país. Previo a la Cuaresma, que para la iglesia católica es la temporada de penitencia y recogimiento preparatoria a la Semana Santa, se celebraba el carnaval, fiesta de las carnestolendas o carnes toleradas, días dedicados a la diversión y al exceso. En los festejos callejeros del carnaval se quebraban cascarones de salvado, de miel o de aguas pestilentes, mientras la gente bien educada lanzaba flores, aguas de olor y agasajos, que era lo que hoy conocemos como confeti, hecho de diminutos trocitos de papel de colores, mezclados con partículas de oro volador.

Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos se refiere a los desfiguros horribles que hacía el populacho en los días de carnaval y describe el paseo al que concurría la ciudad entera, alegre y vestida de gala para presenciar las vistosas carretelas portando damas coronadas de plumas y llenas de encajes, caballeros fantásticos con lucidos arreos, y suntuosas comparsas bromistas y alborotadas que eran recibidas en algunas casas llenas de luz, flores y mujeres que engalanaban los salones, entre cascos y plumas, cucuruchos de polichinelas, chambergos y gorros. También el escritor Manuel Rivera Cambas en su México pintoresco, relata cómo en la Ciudad de México se disfrutaba del carnaval: cada casa de vecindad es una confusión; se visten los muchachos con máscaras de grueso cartón y hay grandes combates en que los proyectiles son huevos llenos de harina o aserrín. no era esa fiesta al estilo sambódromo de Brasil que hoy conocemos, sino una festividad menor y prácticamente de barrio.

La Cuaresma, en cambio, era tiempo de ayuno, penitencia y sacrificio, guardada con mucho respeto y con todas las reglas que la iglesia católica determinaba. Era una tradición religiosa, política y social que se observaba muy estrictamente y que perduró hasta el siglo XX en que los días santos se conmemoraron en el sentido de la tradición cristiana. El miércoles de ceniza, los santos de las iglesias vistiendo ropas moradas, los viernes de sopa de habas, o de lentejas y pescado; sacrificios, ayuno y rezos. así transcurrieron en el siglo XIX y transcurrían en el XX, los cuarenta días previos a la Semana Santa, destinados a rememorar el ayuno de Jesucristo en el desierto, antes de padecer la muerte en la cruz.

El ayuno era cosa seria pues implicaba dejar de comer entre comidas, y válganos recordar que en aquel entonces se hacían cinco de rigor como cuenta García Cubas: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena, sin mencionar los tente en pie que se podían hacer entre horas, como el obligado chocolate en la tarde, acompañado con algún pan de huevo, galletas o simplemente pan birote o de pulque, para sopear a gusto la espumosa bebida, que como reza el refrán: si como lo menea lo bate, que sabroso chocolate.

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