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La jura de “El Deseado”, Último rey de la Nueva España

Regina Hernández Franyuti -Instituto Mora

En revista. BiCentenario El ayer y hoy de México, núm. 3.

El pendA?n

Hace 200 años la Ciudad de México tenía más de cien mil habitantes. Era una ciudad que aún se debatía entre la importancia de su capitalidad y su provincialismo. Su espacio urbano había roto los límites de la excluyente traza española y se extendía por el poniente más allá de los muros de los conventos de Santa Isabel y San Francisco hasta el convento de San Fernando y el Paseo de Bucareli, por el sur del convento de San Jerónimo hasta San Antonio Abad, por el oriente de la iglesia de la Santísima hasta los páramos de San Lázaro y por el norte del convento de Santo Domingo hasta más allá del barrio de Tepito. El espacio urbano había arremetido contra las tierras de las parcialidades y de los cuatro barrios indígenas que, como un cinturón, apretaban y ahogaban el crecimiento de la ciudad.

Sus calles manifestaban la contraposición de lo cerrado, tortuoso, con lo abierto, recto y uniforme. Obscuras, sucias, la mayoría sin banquetas ni empedrados, eran las venas que daban vida a una ciudad que despertaba con el toque de las campanas y se sumergía durante el día en el bullicio que hacían los vendedores ambulantes quienes, a voz en cuello, anunciaban toda clase de mercancías. Por las calles andaban los vaqueros que arriaban las vacas para la venta de leche, los aguadores que iban de casa en casa proveyendo el tan necesitado líquido, los sacerdotes llevando el viático a los enfermos y moribundos, los mendigos que pululaban por las plazas y se sentaban en las puertas de las iglesias, los estudiantes, los dependientes, los sirvientes y lacayos, las señoras y señoritas con traje de raso, de seda y mantilla española y que concurrían a los mercados de El Parián y de El Volador. En 1803 Humboldt quedó maravillado con el colorido de la capital, admiró el mosaico de personas que hacían su día a día, marcado por el toque de las campanas que anunciaban el Angelus, las Vísperas, el Rosario y las misas.

el Virrey Iturrigaray y su familia

La Ciudad de México permanecía ajena a los hechos que se sucedían en Europa y en España en particular. Napoleón Bonaparte iniciaba el siglo XIX dispuesto a dominar todo el Viejo Continente con su grande armíe. Gran Bretaña se oponía, pero en 1802 llegó a un arreglo de paz con ella. Dos años después era proclamado emperador de Francia y volvía a la guerra contra los ingleses. España, gobernada por el rey Carlos IV bajo la influencia del primer ministro Manuel Godoy, conocido como Príncipe de La Paz e íntimo de la reina María Luisa, tuvo que aliarse a la política francesa y la secuela fue la destrucción de su marina en la trágica batalla de Trafalgar. Sometido a los intereses de Napoleón, Godoy firmó el tratado secreto de Fontainebleau, por el cual se permitía que los ejércitos franceses cruzaran el territorio español rumbo a Portugal. Sin cumplir el arreglo, Napoleón ocupó? España. Esto, junto con el descontento general hacia el primer ministro por su gobierno lleno de corruptelas y desigualdades, indignaron a la población española: el rey al igual que Godoy eran vistos como los causantes de la miseria pública y de la situación ignominiosa de la monarquía.

Virrey Iturrigaray, A?leo sobre lienzo de autor desconocido, 1805, Museo Nacional de Historia.

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