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Frontera Chiapas-Guatemala Tan lejos y tan cerca

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Kristina Pirker
Instituto Mora

La frontera sur mexicana es mucho más que una línea. Tiene dos caras. De un lado, la cotidianidad de la convivencia cultural y económica de chiapanecos y guatemaltecos. Del otro, las políticas de seguridad nacional que siguen las autoridades y la influencia de las presiones estadunidenses. La victimización y discriminación de las personas migrantes en territorio mexicano continúa.

Felipe Morales Leal, Puente Internacional Rodolfo Robles, Frontera México-Guatemala, 27 de mayo de 2018, Laboratorio Audiovisual de Investigación Social, Instituto Mora.

¿Qué quiere decir la palabra frontera para ustedes? La primera reacción ante la pregunta genera una sonora carcajada colectiva de las integrantes de Tzome Ixuk, una organización de mujeres tojolabales en el municipio chiapaneco de Las Margaritas. Para estas mujeres, quienes gestionan un albergue para mujeres migrantes centroamericanas y sus hijos, mi pregunta es una obviedad porque la frontera forma parte de su vida cotidiana. Lo que está lejos es “el gobierno”, el centro político-administrativo de México, donde se decide endurecer o moderar las políticas de control fronterizo que les afectan en su trabajo diario de atender a las mujeres que buscan refugio en su albergue. En la zona transfronteriza, las interacciones entre guatemaltecos y chiapanecos son continuas; por tanto, las similitudes suman más que las diferencias. Lo señala una de las mujeres: “Cuando llegamos allá, por ejemplo, en la parte de Guatemala, pues no nos distinguimos en nada, nada más que nuestra ropa o nuestra vestimenta, porque sabemos que a Chiapas lo dividieron nuestros gobiernos, y también Chiapas era parte de Guatemala. Por eso no nos distinguimos tanto y nos miramos como hermanos, como compañeras.” Para estas defensoras indígenas de derechos humanos, la idea de frontera como línea divisoria es antes que nada una imposición de los “gobiernos”, que no responde a la experiencia de vivir en los municipios fronterizos.

En el marco de una investigación interinstitucional financiada por el Conacyt sobre las condiciones del desarrollo regional transfronterizo entre México y Guatemala visité, entre junio de 2018 y mayo de 2019, a un conjunto de organizaciones que forman parte de la Mesa de Coordinación Transfronteriza, Migraciones y Género, para documentar las estrategias locales y transnacionales de acción y comunicación que emplean para defender los derechos de las personas migrantes –especialmente las más vulnerables como mujeres, niños y niñas, o personas lgbt– en entornos hostiles marcados por discriminación, violencia criminal y acoso por parte de agentes gubernamentales. En las narrativas de los y las activistas emergieron diferentes imágenes, metáforas y descripciones de la frontera que revelan, por una parte, la inserción de sus prácticas de cooperación, participación y movilización social en la historia y cultura de la región transfronteriza y, por otra, lo limitado de representaciones de la frontera Chiapas-Guatemala como “frontera sur”, es decir, como un límite político (border)entre Estados-nación. Hay otras connotaciones que hacen referencia al carácter difuso y periférico, al territorio “de nadie” entre tierras colonizadas y tierras aún abiertas a la exploración y explotación –en inglés frontier–,lo cual condiciona la vida cotidiana del activismo transfronterizo. Y otra noción, centrada en los grupos sociales –étnicos, religiosos, lingüísticos– que habitan un espacio, resalta las delimitaciones, o boundaries, entre ellos, fronteras culturales o sociales, muchas veces en disputa, que reflejan relaciones de fuerza, formas históricas de interacción e intercambio, y con territorialidades que no necesariamente coinciden con los trazos de las fronteras internacionales.

La Mesa de Coordinación Transfronteriza Migraciones y Género es una red formada en 2010 entre organizaciones mexicanas (primordialmente chiapanecas) y organizaciones de los departamentos fronterizos de Guatemala, que comparten el propósito de promover, atender y defender los derechos de las personas migrantes, enfrentar las actitudes xenófobas y discriminatorias en contra de la población centroamericana, tanto en las comunidades locales como en instituciones gubernamentales, y ofrecer orientación a las personas migrantes sobre sus derechos y los peligros en las rutas migratorias, desde una perspectiva que reivindica la justicia de género. Una parte importante de las organizaciones se dedica a la atención de necesidades inmediatas –un ejemplo son los albergues–, otras son centros de derechos humanos que orientan y defienden a personas migrantes que fueron víctimas de actos de violencia, además de que asesoran a solicitantes de refugio. También participan ong locales que se acercaron a la problemática en respuesta a la masificación del fenómeno y la integración a redes regionales dedicadas a la temática, y que combinan la atención directa con la investigación social, la capacitación y la denuncia de los factores estructurales –pobreza, desigualdad, conflictos por la tierra y los recursos naturales, violencia– que producen los desplazamientos humanos.

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Una plaga y dos naciones

Luis Alberto Arrioja Díaz Viruell
El Colegio de Michoacán

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

México y Guatemala adoptaron políticas diferentes para afrontar una invasión de langostas que se extendió por amplias áreas fronterizas de sus territorios a mediados del siglo XIX. Los resultados de las medidas no fueron los mejores.

Mapa de MAi??xico y Guatemala (800x634)

A mediados de 1852, tras un verano seco y sofocante, los corregidores de Jutiapa y Chi­quimula se dirigieron al presidente de Guate­mala, Rafael Carrera (1840-1865), para infor­marle la emergencia que enfrentaban debido a que una plaga de langosta había invadido y devastado sus departamentos. Poco a poco, las comunicaciones registraron el avance y los daños que causaban estos insectos en la cu­bierta vegetal. La experiencia fue tan desola­dora que, en tan sólo cinco meses, invadieron la porción centro-occidente de Guatemala e incluso alcanzaron los territorios mexicanos de Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Yucatán. Por si esto no fuera suficiente, la plaga acarreó una serie de problemas que se tradujeron en esca­sez de alimentos, acaparamiento de semillas, incremento de precios, mortandad de anima­les y desplazamientos de población. Frente a lo sucedido, los gobernantes guatemaltecos y mexicanos intentaron resarcir los daños: unos, instaron a la población a perseguir y exterminar los insectos; otros, obligaron a los funcionarios a denunciar el acaparamiento y la especulación de alimentos.

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La Langosta, litografía en Manuel Ortega, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, T. VI, 1858. Retoque a color: RAA.

Un análisis de lo acaecido en Guatemala pone al descubierto que la plaga apareció en mayo de 1852 y se mantuvo activa hasta no­viembre de 1856, especialmente en los depar­tamentos de Jutiapa, Chiquimula, Santa Rosa, Escuintla, Suchitepequez, Quetzaltenango, San Marcos y Retalhuleu. Se tiene conoci­miento que este fenómeno impactó en todos los sectores sociales y económicos del país. Los añileros de Jutiapa y Chiquimula, por ejemplo, observaron cómo sus plantaciones sucumbieron ante la voracidad de los insec­tos; los productores de caña de Santa Rosa y Escuintla experimentaron la devastación de sus plantaciones; por su parte, los hacen­dados de Quetzaltenango y San Marcos no sólo perdieron sus cosechas de granos sino también padecieron el desamparo de sus tie­rras al tiempo que los insectos se posiciona­ron en ellas para reproducirse e inocular sus huevecillos. Obviamente, esta plaga afectó numerosos pueblos de indios cuyas econo­mías estaban orientadas a la producción para el autoconsumo..

En el caso de México, la langosta arribó en septiembre de 1853 y se mantuvo con vida hasta diciembre de 1857. Al igual que en Gua­temala, los acrídidos dañaron las plantaciones de maíz y cacao en Chiapas, los cultivos de algodón y las nopaleras de grana en Oaxaca, los platanales y las huertas cacaoteras de Tabasco, así como los sembradíos de maíz, algodón y henequén de Yucatán. Una muestra inmediata de sus efectos fue la carencia de alimentos, el sobreprecio en las semillas, la propagación de enfermedades epidémicas y la crisis en las eco­nomías regionales. Dada la porción territorial que invadió, no fue casualidad que los pueblos indígenas fueran severamente perjudicados.

El influjo de la PEH

Existen muchas semejanzas en lo que respecta a la aparición y los efectos que tuvo la plaga de langosta en ambas naciones. De entrada, la presencia y evolución de los insectos debe explicarse en lo que la historia ambiental ha denominado Pequeña Edad de Hielo (PEH) y, específicamente, en la última oscilación que integró esta secuencia climática, entre 1830 y 1860, que se distinguió por una serie de irregu­laridades ambientales en la porción norte del hemisferio como movimientos bruscos en las temperaturas, aparición de sequías estivales y propagación de especies que afectaban la cubierta vegetal. Los daños causados por la langosta, por su parte, deben reflexionarse en lo que se conoce como dimensión histórica de los desastres naturales; es decir, una pers­pectiva que no se limita a examinar las pla­gas en su aspecto biológico, sino que toma en consideración el contexto en que surgieron y evolucionaron con la finalidad de mostrar que este tipo de desastres es resultado de la confluencia de varios elementos: naturaleza, sociedad, economía y política.

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Guatemala, litografía en John Whetham, Across Central America, Londres, Hurst and Blackett publishers, 1877. The British Library.

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Federico Gamboa en Guatemala

Harim B. Gutiérrez – El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 4.

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El novelista y el dictador

A las ocho de la mañana del 29 de abril de 1907, una gran explosión sacudía a la ciudad de Guatemala y abría un cráter en la 7ª Avenida. Entre la nube de humo y polvo se distinguía un carruaje con la parte delantera despedazada; el cochero yacía muerto al igual que uno de los caballos; dentro, aturdido y sucio pero ileso, se hallaba el presidente de la república, Manuel Estrada Cabrera.

Había sido un atentado. Sus autores horadaron un túnel desde el interior de una casa hasta el punto exacto donde debía pasar el carruaje presidencial; allí colocaron una bomba que activaron con un control remoto.

Estrada Cabrera no perdió tiempo: sus esbirros iniciaron una cacería  humana que no escatimó las torturas ni las detenciones de inocentes para hallar a los frustrados magnicidas. Ese mismo día, la Legación de México –en ese entonces nuestro país aún no tenía una embajada en Guatemala– recibió una carta de Juan Barrios, el ministro de Relaciones Exteriores, donde manifestaba que el gobierno de Estrada Cabrera tenía informes de que los autores del atentado habían recibido asilo en esa sede diplomática, por lo que pedía que se los entregasen.

revista para la imprenta (4)_Page_24El ministro plenipotenciario de México, Federico Gamboa Iglesias, le dio una respuesta tajante a Barrios: reconoció que en otras ocasiones había concedido asilo jubilosamente a personas honorables opuestas a la administración de Estrada Cabrera, pero recalcó que jamás había escondido a delincuentes comunes. Para demostrarlo, anunció que les daba permiso a las autoridades guatemaltecas para que catearan la Legación y comprobasen ellas mismas la falsedad de la acusación. Poco después Barrios respondió que sentía profundamente y deploraba haberle causado ese disgusto a Gamboa, y que aceptaba su palabra de que no había asilado a los prófugos.

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