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Surcar con luz y abonar con miradas: Filmando el campo mexicano

Abe Yillah RomA?n Alvarado
Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 11.

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Desierto adentro, Rodrigo Pla

Si consideramos que los materiales fAi??lmicos son documentos que revelan cA?mo se ha visto e interpretado un tema en diversos momentos y espacios socio-culturales, en el cine mexicano se advirtiA? durante varias dAi??cadas la intenciA?n de construir un imaginario social del agro desde la visiA?n de las clases en el poder, las cuales veAi??an con recelo y reserva las demandas de los de abajo. Por ello, desde sus inicios, la producciA?n cinematogrA?fica nacional ocultA? con un halo romA?ntico el anhelo agrAi??cola social de la RevoluciA?n, que buscA? un cambio completo en la tenencia de la tierra tanto como los esfuerzos de redistribuirla que se alcanzarAi??an con la reforma agraria cardenista.

Tras la RevoluciA?n armada, se produjeron relatos rudimentarios con el campo como escenario (por ejemplo En la hacienda, de Ernesto Vollrath y El caporal, de Miguel Contreras), que inauguraron el ambiente idAi??lico campirano y sus personajes arquetipo (campesinos heroicos, caciques malvados, indias sumisas, etcAi??tera). Fueron antecedentes directos de cAi??lebres filmes posteriores. AsAi??, dado que el campo era tan cercano y a la vez tan desconocido para las clases en el poder, se engrandecAi??a la belleza del paisaje e idealizA? la pureza y lealtad de los campesinos al instaurar en la pantalla grande argumentos dramA?ticos que evidenciaran el maltrato a los peones y defendieran la hacienda como una importante instituciA?n econA?mico-social amenazada por la insensible y obstinada exigencia de hacer ejidos.

Los herederos, Rodrigo Polgovsky

El cine posrevolucionario de tema rural tomA? asAi?? tres vertientes: la primera contempla las imA?genes de postal, resultantes del exagerado gusto por las luces y sombras erigido por el cineasta ruso Sergei Eisenstein en la dAi??cada de 1930, influyendo en pelAi??culas apegadas a un nacionalismo a ultranza, con cierto contenido crAi??tico, como Janitzio, de Navarro y Redes, de Zinnemann (ambas de 1934). En esta lAi??nea, hubo interesantes esfuerzos gubernamentales de producciA?n cinematogrA?fica, algunos patrocinados por la SecretarAi??a de agricultura y fomento e incluso por el Partido Nacional Revolucionario, en el marco de la Reforma Agraria, pero ninguna de estas cintas se pudo vincular con la polAi??tica cardenista. De allAi?? que el tA?pico virarAi??a a las historias ingenuas y taquilleras de la comedia ranchera.

Esta segunda vertiente, impulsada por grupos opuestos a LA?zaro CA?rdenas, desarrollA? el estereotipo de una provincia mexicana mA?s prA?xima al siglo XIX que al XX; la intenciA?n era que los reveses que el estado propiciaba a las clases acomodadas pudieran ser revocados en la pantalla grande mediante un falso gusto campirano, tal y como sucede en AllA? en el rancho grande, de Fernando de Fuentes (1936). Entonces los ambientes fueron haciendas dichosas y pueblos impecables y festivos, que dejaban los del campo propiamente dicho, generando todos los arquetipos de lo mexicano: sarapes, sombreros, un amplio repertorio de trajes tAi??picos, canciones populares, mariachis, tequila, cantinas, juegos de azar, muchachas enamoradas y algunas valentonas.

DefiniA? a la tercera vertiente la mancuerna de Emilio ai???El Indioai??? FernA?ndez y Gabriel Figueroa, guiados por el auge del indigenismo y la antropologAi??a cAi??vica en nuestro paAi??s. Mientras el primero dirigAi??a escenas agobiadas de dramas protagonizados por indias bonitas y nobles campesinos, cuya fatalidad los volvAi??a indomables, estoicos e impasibles, a travAi??s de sus imA?genes el segundo desarrollaba un estilo sensible, plagado de encuadres e inspirado en el claroscuro del paAi??s rural registrado por el muralismo. Este cine iniciA? el mito del campo y los campesinos envueltos por la tragedia, en sitios entre estancados y heroicos, territorios desconocidos de topografAi??a infinita y pueblos abandonados o adoloridos por la gesta revolucionaria. Fue un estilo fulminante que impuso la Ai??poca de oro del cine mexicano ai??i??caracterizada por actrices-divas como Dolores del RAi??o, MarAi??a FAi??lix y Columba DomAi??nguezai??i??, que encasillA? toda capacidad expresiva y sirviA? de modelo hasta los aAi??os 1990 (El cometa, de Marise Sistach y JosAi?? Bull, 1998).

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