En palabras de Álvaro Matute Aguirre

En palabras de Álvaro Matute Aguirre

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Nieto de un general revolucionario, hijo de actores y enamorado temprano de la historia, el doctor Álvaro Matute Aguirre consolidó una importante carrera que no solo lo convirtió en una figura de la Universidad Nacional Autónoma de México, sino de la cultura mexicana.

 

Investigador Emérito de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Sistema Nacional de Investigadores, Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades (1997), Medalla Capitán Alonso de León al Mérito Histórico (2007) y Premio Nacional de Ciencias y Artes (2008); además de miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM (1999 a 2009), la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y la Academia Mexicana de la Lengua, Álvaro Matute Aguirre era uno de los académicos más reconocidos de nuestro país al momento de su fallecimiento, el 12 de septiembre de 2017.

El relato de su infancia y los primeros acercamientos que tuvo con la Historia en Churubusco y la influencia de figuras trascendentales en su vida parecen confirmar que, como dijo Sigmund Freud, “infancia es destino”; además de que el trabajo serio y constante es fundamental para ser alguien en la vida, sin importar a lo que nos dediquemos. Matute reconstruye, por otra parte, su trayectoria por una Universidad Nacional Autónoma de México plagada de grandes figuras que, indudablemente, dejaron una importante huella en su generación. En sus propias palabras encontramos satisfacción por los logros alcanzados, pero también nostalgia por el pasado.

El siguiente texto es una edición de la entrevista a Álvaro Matute Aguirre, que el autor le realizó en agosto de 2009.

“LO MEJOR PARA UN HOMBRE ES ACERTAR SU VOCACIÓN”

Nací el 19 de abril de 1943 en la ciudad de México, en la colonia Roma, porque ahí estaba el hospital donde se atendió mi madre; pero no tengo vínculos con la Roma, ya que durante algunos años viví en la colonia Juárez y después, cuando cobré conciencia de la vida y de muchas otras cosas, emigramos a Churubusco, donde viví de la infancia a la adolescencia, muy cerca del Convento.

De la visita al Museo del Convento de Churubusco me nació el amor a la Historia. Cada 20 de agosto se conmemoraba el aniversario de la batalla y había un desfile en el que los escolares de Coyoacán marchábamos al convento, se hacía una ceremonia con discursos, se pasaba lista a los héroes que fallecieron en la batalla y nosotros respondíamos “murió por la patria”. Ese día, además, la entrada era gratuita, entonces yo siempre iba y llegué a conocerlo prácticamente de memoria. El museo que conocí de niño es diferente al que ahora conocemos  como Museo Nacional de las Intervenciones, antes era simplemente Museo del ex convento de Churubusco y ahí veía uno los cuadros que representaban diferentes batallas. No solo Churubusco, sino también Molino del Rey, Padierna, Chapultepec, la Angostura; en fin, toda la parte de la intervención estadounidense. De ahí me nació mucho el gusto, la vocación histórica.

El otro nexo importante que tuve con la Historia fue mi abuelo materno, el general Amado Aguirre, veterano de la revolución que militó en el Ejército Constitucionalista y fue diputado constituyente en 1917. Él no me dio clases de historia ni nada, ya que falleció cuando yo tenía seis años; sin embargo, su presencia, los cuadros de su biblioteca, sus uniformes, sus condecoraciones y todo lo
que tenía, también me dieron un marco histórico. Puedo decir que me desarrollé en la infancia en un ámbito muy cercano a la Historia. Entonces, sin que fuera yo consciente de ello, esto empujó mi vocación. Fue lo que formó definitivamente mi inclinación por encontrarle sentido al conocimiento del pasado.

Tuve una niñez normal en todos los sentidos. No fui ni particularmente enfermizo ni particularmente sano. Y un carácter lúdico. Por problemas de miopía temprana en general fui malo para los deportes, aunque ya de adolescente comencé a practicar una disciplina en la que no se necesita ver bien y a la fecha sigo practicando, como la natación. En la primaria no fui de los aplicados, pero tampoco reprobé un año. En la secundaria se me presentó la disyuntiva de los dos grandes campos: las ciencias y las humanidades. Y definitivamente fui malo para las ciencias, tal vez no pésimo… pero malo. Y en cambio para las humanidades fui bueno, siempre se me facilitaban los idiomas. Para español y literatura siempre fui bueno, para Historia también.

Fui un niño más cerebral que travieso. Introvertido. Yo creo que fui travieso en la medida normal. Me asombraban unas primas que sí eran militantes de la travesura. Me quedaba estupefacto al ver las ocurrencias que tenían y decía: “Caray, no se me pudo ocurrir algo así”. Hacían cosas como tomar un rollo de papel del baño y jalarlo hasta que diera de sí, luego bajaban toda la escalera en alguna casa en la que estábamos de visita. Ellas hacían eso y yo me quedaba asombrado. Yo era más bien de… no llegaba a ser un anteproyecto de nerd, pero no tenía la chispa de otras gentes.

Un suceso que me marcó mucho fue el cambio de lo rural a lo urbano. ¿Cómo fue esto? Bueno, después de haber vivido por años en una calle de tierra, que luego fue cubierta nada más con tepetate, de repente llegó el pavimento y cambió la fisonomía de mi entorno. La vieja calle llena de hoyos y de charcos que era Aguas Potables se convirtió en la Avenida División del Norte. Fue un cambio realmente importante, cualitativo en nuestras vidas. Yo vivía en una granja y hubo un plazo perentorio para que la granja dejara de ser granja, “porque ya nos volvimos urbanos”; entonces adiós a la vaca, adiós a la gallina, adiós a los guajolotes, etc. Otros vecinos cerca tenían borregos, nosotros no. Y esto sí fue un suceso importante. No fue de golpe y porrazo, fue paulatino, pero un paulatino de tiempo corto… digamos, no sé, seis meses más o menos, en que la fisonomía del entorno cambió y en algún sentido nos cambió la vida. Por eso me gusta tanto aquella canción italiana de El muchacho de la vía Gluck [Il ragazzo della via Gluck, en italiano], la cantaba Adriano Celentano y se refería a un milanés que vivía en un suburbio y de repente la mancha urbana invadió todo y pues ya no salían a jugar futbol al llanito, sino que pasaban los autobuses… cambió la vida totalmente… y eso nos cambió a todos… seguramente…

UN PADRE AUSENTE

Mi padre se llamaba igual que yo, Álvaro Matute, y básicamente era actor de cine y teatro. A él no le tocó mucho la televisión, estaba casi retirado cuando esta tuvo más auge, pero aparece en muchas películas mexicanas de la época. Incluso filmó cuatro o cinco con Luis Buñuel, con Roberto Gavaldón, con Alfredo B. Crevenna. Y mi madre también participó en la actuación, pero más bien se dedicó a hacer guiones y argumentos cinematográficos, fue periodista y al final de su vida diplomática. Se llamaba Estela Aguirre, pero firmaba sus escritos como Estela Matute.

He recuperado la figura de mi padre a través de las películas que veo, ya que estuvo absolutamente ausente. Con mi madre el vínculo fue más cercano. Pero la relación más profunda y formativa fue la de mi tío Amado Aguirre, hermano menor de mi madre. Él fue una presencia definitiva que, aunque no se dedicaba a esto, tenía sensibilidad y gusto por lo histórico; entonces no es ajeno a mi campo, a mi dirección de vida.

Otra presencia, un poquito más lejana, es la de otro tío, primo de mi madre, el pintor Ignacio Aguirre. Su misma biografía es maravillosa: dejó tempranamente la posibilidad de hacer una carrera política para dedicarse a su vocación de pintor y grabador. Se fue con Diego Rivera, hizo amistad estrecha con los grandes pintores, con los grabadores. Fue miembro del Taller de Gráfica Popular y estuvo relacionado con medio mundo. Consolidó una trayectoria riquísima y tuve el privilegio de ir muchísimas veces a su casa, a su estudio en la calle de Villalongín, donde conocí a gente muy interesante.

La UNAM

Me llamaba la atención desde que vivía en Churubusco que pasaran los camiones atestados de preparatorianos que iban a la Prepa 5. Los veía pasar y decía: “Yo quiero ser uno de esos en unos años”. Y lo fui, también me colgaba de los estribos de los camiones y llegaba como podía, pero llegaba. Me tocó ingresar a la preparatoria, recién inaugurado como rector el doctor Ignacio Chávez, quien le dio un perfil importantísimo a la Unam, yo soy producto de esa universidad chavista. Y estaba por titularme al cierre del rectorado del ingeniero Javier Barrios Sierra. O sea que viví una universidad de los años sesenta muy interesante, con grandes experiencias muy ricas. Para mí la Universidad Nacional Autónoma de México era la única posibilidad que veía en el futuro. Yo digo que no soy egresado de la UNAM: ingresé y aquí sigo, dentro de ella.

En la preparatoria cursé lo que se llamaba Bachillerato único, que eran un grupo de materias obligatorias y un cuerpo pequeño de optativas en las que básicamente la formación fue humanística. Y esto me fortaleció bastante en lo académico. Tuve también una experiencia para seguir con la tradición familiar: fui miembro del Grupo Teatro en Coapa que dirigía el maestro Héctor Azar, lo que a la postre me dejó mucho, porque me permitió enfrentarme al público, cosa que a lo largo de mi ya larga vida de profesor he hecho a cada rato: estar frente a un auditorio. Mis primeros pasos los di en este muy bien consolidado grupo teatral. El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, y La paz, de Aristófanes, fueron las obras que me tocaron representar. La preparatoria fue realmente un espacio de grandes aprendizajes. Tuve el privilegio de ser alumno de la doctora Margo Glantz, quien me dio una formación literaria muy sólida, y de otros maestros muy apreciados y que me dejaron bastante huella en la vida.

No me vine a Historia enseguida, sino que transité por la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas, que vivía un momento muy bonito, muy brillante, con maestros entre jóvenes y mayores muy buenos que me empujaron mucho al campo histórico y al campo teórico filosófico. Entonces, después de un par de años, decidí que la práctica profesional de esos campos no era lo que a mí se me antojaba hacer en la vida. Yo era… me fui descubriendo más gente de lectura, gente con pretensiones de algún día escribir. No tuve problemas a la hora del cambio, ya que en mi casa pensaron que sabía lo que estaba haciendo. Yo dije: “pues miren, no hay problema, yo respondo por mí” y no tuve ninguna oposición. Tampoco la tuve para entrar a Ciencias Políticas. Siempre me avalaron porque había muchos referentes. Bueno, el caso que comenté hace un rato: la vida de mi tío Ignacio Aguirre, quien fue secretario particular de Emilio Portes Gil y varios políticos. Y pues no, “yo lo que quiero es pintar”, dijo, y lo dejó todo y se fue a realizar como pintor. Entonces había un antecedente muy bueno ahí.

Di el paso y me dirigí a la Facultad de Filosofía y Letras, donde ingresé a la carrera de Historia y tuve una formación profesional que yo califico como excelente. Tuve maestros de primera línea que en cualquier parte del mundo habrían sido extraordinarios. Un catedrático de mucho impacto, lamentablemente fallecido antes de cumplir 60 años, fue el maestro Eduardo Blanquel, un gran despertador de vocaciones que nos preparaba e inducía a las clases de su maestro, que también lo fue mío, el doctor Edmundo O’Gorman, a quien califico de haber sido quien me dejó la formación más profunda.

También tuve otros excelentes profesores, como el doctor Miguel León Portilla, quien me dirigió la tesis de licenciatura; el doctor Juan Ortega y Medina, un miembro del exilio español muy destacado; la doctora Josefina Zoraida Vázquez, quien todavía felizmente anda por ahí, siempre enérgica y entusiasta; el doctor Jorge Alberto Manrique, un hombre de una profundidad muy grande; la doctora Hilda Rodríguez Prampolini, que daba una clase hermosa de Historia del Arte; y el doctor Ernesto de la Torre fue fundamental. Con él aprendí el oficio de historiador, la manera de ser historiador viene de don Ernesto de la Torre, indudablemente.

La memoria es selectiva, tal vez estoy omitiendo otros nombres, pero me quedaría con esos como los básicos, los fundamentales, los que me dejaron una huella más profunda.

LA DOCENCIA

La primera vez que me metí a un salón de clases estaba temblando, obviamente, y no sé cómo le hice para sacar la voz. A pesar de la experiencia teatral preparatoriana esto ya era otra cosa, porque en el teatro lleva uno el guion aprendido y en cambio aquí hay que proponer. Entonces había que tomar aire, preferentemente estar sentado y bueno… adelante… Y poco a poco se le van quitando a uno los nervios, se habitúa uno, los alumnos ya lo conocen. Al empezar el siguiente curso al año siguiente, otra vez vienen un poco los nervios, pero yo creo que no pasan de la primera o segunda clase, y ya después se me empezó a volver un espacio totalmente habitual, un espacio en el que me muevo con toda naturalidad.

Empecé como profesor en la Preparatoria, dando Historia de México durante tres años. Lo interrumpí para irme un semestre a la Universidad de Texas, en donde aprendí muchísimas cosas y estuve en contacto con la gran Colección Latinoamericana de la Universidad de Texas, con su entonces directora, la doctora Nettie Lee Benson, que fue mi maestra.  También con el doctor Stanley Ross, de quien aprendí muchas cosas relativas a la revolución mexicana y a su crítica. En fin, fue un semestre significativo en mi formación. Regresé a terminar la maestría y el doctorado aquí.

Terminando mi experiencia texana tuve la suerte de concursar y ganar una plaza de investigador, tendría yo 24 años y me tuvieron confianza el doctor Miguel León Portilla y otros maestros, así que ingresé al Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Ya había sido becario y di un paso adelante al convertirme en investigador.

Al poco tiempo me preparé como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras, mientras que en la de Ciencias Políticas impartía Interpretación de la Historia y en la de Ingeniería daba una optativa de humanidades, México contemporáneo. También di clases un semestre en la Escuela Nacional de Antropología, cuando estaba en la parte alta del museo, y en la Iberoamericana; en fin, empieza uno a dar clases aquí y allá, con lo cual aprende mucho. Yo creo que mi conocimiento de la historia de México a nivel amplio lo adquirí como profesor de preparatoria. Gracias a eso y a mi estancia en la Universidad de Texas pude elaborar y publicar mi primer libro, una antología de fuentes e interpretaciones históricas del siglo XIX.

Tuve responsabilidades interesantes siendo joven. Con la confianza que siempre me otorgó el doctor Miguel León Portilla, me nombró coordinador del tomo de historia de la Revolución Mexicana de la editorial Salvat, del cual él fue director general. Yo no tenía mayor experiencia en esas lides y, como diría Antonio Machado, “se hace camino al andar”. Tenía que escribir, coordinar, hablar con otros autores, hacer una labor de empalme entre lo que escribían unos y otros. Y bueno, para mí fue un aprendizaje también muy rico porque el tomo salió bien y los editores estuvieron satisfechos con el trabajo que hicimos.

Esto me proyectó a que don Daniel Cosío Villegas, persona a quien admiré siempre muchísimo, y don Luis González me llamaran a colaborar en el proyecto de historia de la Revolución Mexicana de El Colegio de México, la UNAM dio permiso para que lo pudiera yo hacer y fue otra responsabilidad nueva. Ahí me tocó dirigir a un grupo de alumnos, colaboradores y ayudantes para que obtuvieran información y la fuéramos escribiendo. El resultado fueron dos libros que publicó El Colegio del México, uno de ellos es La carrera del caudillo, que es un libro del cual también quedé bastante satisfecho sobre la carrera presidencial de Obregón.

EL TRABAJO CONSTANTE

Con el doctor Miguel León Portilla también colaboré en la hechura de los libros de texto para la secundaria abierta, otro reto importante. Lo platico fácil, pero siempre fue difícil, ya que no es sencillo escribir para diferentes niveles. No es lo mismo un artículo especializado que van a leer unos cuantos colegas, que un libro que va a ser leído por cientos de miles de personas, ¿no? Creo que durante el tiempo que estuvo vigente nuestro libro en la secundaria abierta sobrepasamos el millón de ejemplares. Con estos libros se estableció el sistema de Secundaria Abierta en los años setenta. Y lo hicimos con mucha responsabilidad, y todos los temores del mundo desde luego, pero salimos adelante a base de trabajo.

El secreto es trabajar, trabajar y trabajar, no arredrarse frente a esto. Desde luego se enfrenta uno a dificultades: que no le salen a uno las cosas, que lo que está uno investigando no resulta como uno pensaba y entonces hay que cambiar. En fin, a todos se nos presentan día con día muchos problemas. Si fuera fácil, como decía un viejo comercial protagonizado por Anthony Quinn, “todo el mundo lo haría, cualquiera lo haría”, entonces hay que enfrentarse a esas dificultades, a los retos, y van saliendo porque uno no se echa para atrás, eso sí nunca lo he hecho, siempre adelante. Y de esto ha salido una obra escrita muy larga, muy grande, y muchas tesis dirigidas y muchas horas de clase impartidas.

Sigo una máxima de Joaquín García Icazbalceta que dice: “lo peor que le puede suceder a un hombre es errar su vocación”. Si él lo dice en sentido negativo, yo diría: “lo mejor que le puede pasar a un hombre es acertar su vocación y entregarse a ella plenamente”. Esa sería mi receta del éxito. La Universidad Nacional Autónoma de México me ha dado todo lo que soy: grandes maestros, la oportunidad de desarrollarme profesionalmente, grandes amistades. Bueno, me casé con quien fue mi alumna; pero sobre todo me ha dado la oportunidad de ser yo, de ejercer la enseñanza y la investigación, la divulgación, la difusión de la cultura y me ha proyectado al menos al terreno nacional, un poquito al internacional también, todo a partir de este gran punto de partida que es la UNAM.