Tamaños

Darío Fritz 

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Le habrá pasado a usted en la infancia. Jugar con los brazos extendidos a rodear el árbol del patio de nuestra casa o de un parque cercano. En el Chapultepec de 1910 era parte del paisaje de cada fin de semana. Sin embargo, con el paso del tiempo, el juego perdió su candidez. Algunos creativos cubren de cemento la base de un árbol añejo y exuberante para impedir su expansión o que el agua filtre hacia sus raíces. Un día llegan los empleados de la alcaldía y quitan aquella crueldad. Parece una obra digna de aplaudir. Pero ¡oh, sorpresa!, un mes después regresan y lo talan. Un par de horas para acabar con décadas de vida. Si más saña es posible, dejan el corte a la vista, y cubren el tronco fuerte y resistente –una circunferencia del tamaño de una bandeja– con algún aceite o vaya a saber qué enjuague venenoso para que nada crezca de sus entrañas. Está claro que tampoco pretenden sustituirlo. Lo extraño y sorpresivo es que luego alguien se queja por redes sociales y aparece un variado racimo de citadinos pragmáticos que defienden la quita del árbol frondoso. Es posible que en su vida hayan conocido de qué trata eso de hacer barro con las manos, traer tierra incrustada en las uñas o escalar el tronco de un árbol. Hay mucho de impunidad y simulación en esto. Algún funcionario desde el escritorio baja el pulgar y otros cumplen expeditivos al momento de hacer el trabajo sucio de destruir. Pero ninguna ley, reglamento, normativa, podrá aplicarse a tanta insensibilidad, simplemente porque no la hay. Con los animales hay cierta conciencia; para los árboles falta mucho, aunque el cambio climático ya se sufre. Habría que insistir con eso de crear hábito durante la infancia, como estos niños que forman una escala con el fin de medir el tamaño del ahuehuete en el bosque de Chapultepec. El ahuehuete, árbol nacional y, por lo tanto, representante del país, necesita agua mucho más que el resto. Por eso arraiga junto a ríos, lagos o alguna afluente. Los hay famosos –El Tule, de Oaxaca, El árbol de la Noche Triste o Noche Victoriosa, pretendidamente, según un decreto de 2021, en la Ciudad de México– y se sabe que poseen 24 propiedades curativas. El tamaño molesta –así pasó en el caso que describo–, y eso de podar parece caído en desuso. ¿Cuántos ahuehuetes como el rodeado por estos niños –podríamos decir cualquier otro árbol– se han perdido en la cruzada contra raíces molestas, ramas que cortan el suministro eléctrico, por temores a derrumbes en días de tormenta, para deforestar o, lo más corriente y usual, para abrir espacio al cemento y el ladrillo? 

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