Archivo de la categoría: Sepia

Justicia privada

Darío Fritz.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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María del Pilar Moreno escoltada por policías durante un juicio, 1922,  inv. 3242. Secretaría de Cultura.INAH-MEX.

Ensimismada y hasta relajada, pensando en lo que fue o lo que puede llegar a ser, desentendida del presente de miradas y ubicada en el centro de atención, cargando un velo luctuoso que quizá asuma la muerte por partida doble, sola como tantas mujeres suelen quedar ante el infortunio o la valentía de sus actos, y por lo mismo incomprendidas, es una adolescente apenas, con 16 años, pero que observada por la multitud de hombres, y unas pocas mujeres, a su espalda, con admiración y temor, atracción y respeto, en la elocuencia del silencio, responde con el garbo de tantas que como ella, en diferentes épocas y lugares, dejan azorada a la audiencia. Mujeres que nunca pasaron desapercibidas ni por el destello de una mirada o la inteligencia de sus reflexiones y proezas. En aquella vista fija en un horizonte indescifrable no hay altivez ni derrota, sino un sano equilibrio de quien se sabe segura y consciente de ser ella misma. Podría levantar la vista y recibir miradas y dedos índices acusadores, sin expresar el menor atisbo de culpa o sumisión. El drama no la absorbe, la seguridad está en sus pies y manos entrelazados. Podría entrar a correr la filmación de una cámara de cine, levantarse y pararse frente al auditorio, que tan solo dejaría escuchar un murmullo, o, en todo caso, se podría esperar una tempestad de aplausos. Hay carácter y madurez en el gesto impasible como en el cuerpo relajado acomodado en la silla de madera. La tenue lejanía del resto en una circunferencia imaginaria de tan solo uno o dos metros le dan un aura de fortaleza y feminidad incuestionable. Se pudo haber sacrificado, pero no fue en vano. Lo que hizo, así lo quiso y decidió. Los instantes de felicidad o de sufrimiento ella los determinó. Creyó en sus fuerzas y no esperó a las frases aprobatorias o negativas de otros. María del Pilar Moreno a sus 14 años había matado de varios disparos al diputado Francisco Tejada Llorca, en venganza porque este asesinó a su padre, Jesus Moreno, también legislador, y el fuero lo protegía de ir a la cárcel. Franca, imperativa, moralista, racional y emotiva, de un amor desgarrador por su padre, puso de relieve la necesidad de la igualdad de género y hasta fue inspiradora de otras historias similares de mujeres. Durante su defensa se ganó el apoyo del público y la prensa, respaldada también en una autobiografía escrita durante el juicio. Un jurado la absolvió en 1924. Y ya luego no se supo más de ella.

Terrorismo

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

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Terroristas hay por todos lados. Detrás de un burka o de unos rasgos de piel oscura. De un boleto de avión que diga Teherán, Saná o Kabul, por tener un tatuaje que identifica a cualquiera con alguna tribu urbana de un barrio marginal, por el acento extranjero o la dificultad al pronunciar, por llevar tenis gastados o por el simple hecho de escribir o comentar posiciones públicas críticas. Porque no acredita una estancia legal o porque no trae tarjeta de crédito ni más pesos que los necesarios para pagarse una comida mínima y continuar con hambre. Por subirse a un bote hasta casi hundirlo con otras decenas de iguales o recorrer asfixiado un desierto a 45 grados centígrados. Por tener pasaporte de un país paria o por pasarse el alto de un semáforo. Terroristas hay por todos lados, al menos de eso intentan convencernos. La nueva ola mundial xenófoba toca muchas puertas. Y la asociación terrorismo-migrantes la define. Si bien la migración ha hecho al mundo más integrado y multifacético, algunos no parecen entenderlo así, cuando tocan a sus puertas pasan a la amnesia los retratos de sus padres, abuelos o bisabuelos bajando de un barco apenas con lo que llevaban puesto. ¿Y cómo les habría ido a estos señores de bigote? En sus rasgos mexicanos o sirio-libaneses, el mostacho top de 1910 los podría haber delatado, hecho sospechosos o puestos en la mira. El estilo italiano o turco de esos pelos cincelados a mano lo usaban también los anarquistas, los terroristas de entonces. Razones para desconfiar había. Hacia mediados y fines del siglo XIX la pauperización económica trajo a Yucatán a los migrantes sirio-libaneses, atraídos por el oro verde del henequén. Con la ley de Extranjería y Naturalización de 1886, el atractivo creció y los inmigrantes también. Tuvieron mejor suerte que los chinos. Se asentaron junto a mercados y en las zonas céntricas para ofrecer su principal portento comercial: la venta de textiles, asociada al financiamiento de las compras que tantos réditos les daría. Los hermanos Borge fueron unos de ellos. En Mérida abrieron dos establecimientos que perdurarían por largo tiempo en la memoria peninsular: La Moda Real y La Ninfa. Se adaptaron a un nuevo mundo y utilizaron la publicidad como esta imagen, posada para seguir ganándose un lugar entre los yucatecos. La migración, hija de la pobreza, les dio nombre y dignidad. Justo lo que se les quiere quitar un siglo después a quienes siguen sus pasos.

En boca de todos

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

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A estos señores la puntualidad no les trae preocupación. El horario en la ciudad es mero ardid para cubrir apariencias. Con overol o con corbata, todo a su debido momento porque es hora de ganarse una pronta inmortalidad en foto. Una selfie, podría decirse hoy, y seguimos, que es mi segundo de fama, antes de que nos ganen el mandado. A estos jóvenes, en cambio, le va aquello de Umberto Eco, de que una cosa es ser famoso “el mejor chofer, por ejemplo, en el recorrido Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, si eso interpretamos del joven que lleva peinado con brillantina, o el mejor obrero de la fábrica, en el caso del moreno de sombrero”, pero muy distinto es estar en boca de todos. Ese era otro menester. Estar en boca de todos, así sea por un desliz de esos que la moralidad circundante señala con el índice de culpabilidad, nadie lo quería. Hoy, estar en boca de todos es necesario para apantallar, llamar la atención sin importar el cómo. En esa adustez, seriedad y tranquilidad de nuestros dos retratados hay otra visión del mundo. Despacio, pero seguros, parecen decir. Y no hagamos caso a cierta seriedad sibilina porque por entonces no se estilaba sonreír para las fotos. Corrían los años veinte del siglo pasado, los tiempos de sangre y fuego de la revolución se habían acabado, un país se tenía que construir. ¿Por qué correr entonces? Treinta o cuarenta minutos en el camioncito de Mixcoac a San Ángel o a Tacubaya, podía parecer mucho tiempo, en caminos de tierra, con agujeros por doquier (aún no eran baches, esos los trajeron el asfalto y los presupuestos engordados en sobreprecios), paradas con esperas infinitas para los usuarios, y unos asientos de madera que hacían trizas hasta la más pulposa de las nalgas. Pero aun así se trataba de regresar del trabajo a casa a la hora de la comida, y después todos a correr a las seis de la tarde, hora de salida. En camioncito o en tranvía, atravesando Revolución, Patriotismo u otras calles como Tamaulipas, Rodin o Holbein, subirse al transporte público hace casi un siglo no era una experiencia muy diferente a la de hoy. Nuestros asientos serán más cómodos, los camiones no brincan tanto como aquellos, pero qué tan apretados y hacinados viajaban comparado con la actualidad. Quizá les ganemos unos 20 minutos en el recorrido, pero en algo no podemos asemejarnos: esas caras de despreocupación no abundan en estos días.

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Sedentarismo

Darío Fritz.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

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Todas las profesiones se asocian a los cinco sentidos. Pero en algunas se fortalecen más. El olfato en el político, el gusto en el sommelier, el tacto en el masajista, la vista en el guardaespaldas, el oído en el adulador. Hay profesiones atribuíbles a las manos como la de los artesanos o a los pies en el caso de los desaparecidos pisadores de uvas. A los brazos en el campesino. Están las del sexto sentido, si es que eso existe: espiritistas, tarotistas, chamanes o apostadores. Profesionales de la suerte como los alpinistas, de la muerte como los taxidermistas o de la vida como los paramédicos. Y hay también profesiones asociadas al sedentarismo. Qué podían hacer ante eso empleados de comercio como los de la imagen si pretendían combatir la rutina detrás de un escritorio haciendo cálculos, revisando estados bancarios, haberes y deberes, o atendiendo a sus clientes.

Los empleados de la foto rompieron la rutina cierto domingo de 1909 para admirar la musculatura del especialista en lucha grecorromana. Sin abandonar el saco, la corbata, el sombrero ni el zapato de charol de la semana “la elegancia no siempre se relaciona con la practicidad”, sacaban boleto para echar el ojo en las luchitas que se daban en los desaparecidos jardines del Tívoli del Eliseo, donde en la actualidad se cruzan Insurgentes y Puente de Alvarado. La asistencia a las luchas era todo un acontecimiento en tiempos de élites porfirianas y también un servicio de la Sociedad Mutualista de Empleados de Comercio para sus agremiados, que alentaba a disfrutar del espectáculo, pero escasamente a su práctica en momentos en los que hacer deportes era cosa de rara avis.

De todos modos, los espectadores no parecen muy emocionados por el concentrado luchador que hace gala de fuertes bíceps, su pantalón de malla ajustado con cinturón de cuero, borceguíes y una axila devoradora de desodorante. Eran los comienzos de un deporte obviamente amateur en el país, que no estaba aún para olimpiadas ni para plantarle cara al más benjamín de los luchadores japoneses de sumo. Según las expresiones de los parcos integrantes del público, no parece que aquello de levantar 125 libras (casi 57 kilos) sea lo suyo. Su pasión estaba por otro lado. Nada que los asociara con la “vuelta de cadera”, la “cabeza a tierra” o el “puente”, como se conocían algunas de las técnicas de la lucha grecorromana. Sólo el joven semi-agazapado parece tomarse en serio la demostración. Al menos para salvar el pellejo ante una eventual debacle del luchador.

El señor X

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

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Quién no detesta estar varado en algún lugar, sin noticias sobre cuándo continuará el viaje, ansioso por llegar a destino y que alguien llegue para decirnos que estemos en calma porque la demora va para largo. Una huelga en la aerolínea, sobrecupo de pasajes, una tormenta que conflictúa llegadas y salidas, son razones suficientes para echar a andar la verborragia del desencanto. La impotencia toma cuerpo de enojo y derroche de bilis, mientras las agujas del reloj pasan a cuentagotas. El señor de barba de candado da sus explicaciones al grupo, atento a que le resuelva su encrucijada. La calma no se ha roto. Hay atención, pero no se ve exasperado. La sufren las maletas en su función de asientos mullidos. No había celulares por entonces para distraerse. ¿Caminamos hacia la izquierda?, podría decir el hombre con su gesto.

Era el 1 de diciembre de 1969 y aquellos jóvenes que en su mayoría no pasaban los 23 años estaban en tránsito en el aeropuerto de la ciudad de México para viajar a La Habana donde les esperaban tres meses de trabajo solidario en la dura zafra cubana. En realidad, fueron cerca de un centenar que pasaron por allí desde el 28 de noviembre, provenientes de Chicago, California o Misuri, y el abogado neoyorquino William Craig cumplía su papel de bombero ante las inclemencias de la guerra fría. El peligro de una detención o la posibilidad de que fueran regresados era real. Evitarlo era su misión. Por eso los servicios secretos mexicanos marcaron con una ‘X’ sobre la cabeza de Craig para señalarlo. Ellos mismos tomaron la foto de aquel hombre al que le seguían todos sus pasos desde días anteriores en que se alojó en un hotel en el Centro Histórico. Es posible que Craig les estuviera explicando que en grupos de cinco debían ir a una oficina del aeropuerto donde la Dirección Federal de Seguridad (DFS) les tomaría una foto conjunta para ser fichados. Algunos quedarían registrados con un número sobre el pecho como si entraría un reclusorio.

Podían sospecharlo o mantener algo de inocencia, pero la foto de cada uno de ellos tendría como destino también la oficina en México de la CIA, a tono con la cooperación permanente que se daba desde que a finales de los años cuarenta el gobierno de Harry Truman ayudó a que las pesquisas anticomunista mexicanas fueran eficientes.

La “Brigada Venceremos”, que integraban estos estudiantes, profesores, carpinteros, heladeros o contadores, según le declararon a la DFS, pretendía romper el bloqueo económico a Cuba y hacerle ver a su gobierno que el pueblo estadounidense desea la amistad con todos los pueblos. Fue una quimera aquello como sabemos. Tuvieron que pasar más de 55 años para que la relación Estados Unidos-Cuba comenzara en 2016 a tener cordura. México fue una bisagra de esos vínculos durante varias décadas, desde el momento en que los hermanos Castro, el Che y su gente fueran detenidos en la Ciudad de México antes de emprender el viaje revolucionario en el Granma. De eso se cumplen seis décadas en junio de este año. Algo que forma parte del baúl de la épica, al igual que el viaje solidario de estos jóvenes espiados como si fueran clones de José Stalin.

Balneario

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

William Henry Jackson, BaAi??os de aguas termales iv, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

William Henry Jackson, Baños de aguas termales IV, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

Eso de bañarse se agradece. Sana heridas, purifica el espíritu, recupera energías, elimina tensiones y, sobre todo, no aleja amistades ni obliga a tapar los orificios de la nariz cuando el vaho que dejamos sabe a fragan­cias de El Cairo, un viejo dicho ya demodé que daba cuenta de la mala fama de las calles en la antigua capital de los faraones. Estos hombres y mujeres de la imagen se refrescan del fuerte calor de la temporada estival de Aguascalientes en una acequia de aguas termales, la as­piración mínima que podían tener los menos agraciados por el desarrollo económico en 1888, cuando fue tomada la foto. El estadounidense William Henry Jackson, un amante de la naturaleza, incluso en pinturas, lo retrató junto a otras estampas urbanas de entonces. No podían nadar allí, claro está, en esa larga y estrecha hendidura de la tierra que serpenteaba a los alrededores del bal­neario Los Arquitos, boyante en aquellos tiempos para los sectores pudientes y en la actualidad recuperado como centro cultural.

El agua del manantial que pasaba por las acequias para distribuirse entre los mil huertos urbanos, según una narración de la época, reblandecía los cuerpos de las pieles áridas por el trabajo rudo y limpiaba las ro­pas ajadas de un sector numeroso de la población para la cual la modernidad del grifo en sus viviendas estaba aún muy lejana. Mientras los más intrépidos o menos tímidos disfrutaban, afuera algunas mujeres, como se ve en las dos indígenas ataviadas de cabo a rabo, quizá espantadas por la escena de los cuerpos semidesnudos y mojados, esperaban turno para lavar sus humildes telas y usar los árboles cercanos como tendedero. Allí, los bañistas se podían tomar el tiempo que quisieran..

Nadie los iba a perseguir con cronómetro en mano, a excepción de las señoras lavanderas que quisieran apurar el regreso a casa con la tarea hecha. Cerca de allí, los más pudientes y que sólo asistían al balneario, apenas podían estar en las aguas termales 40 minutos, según precisaba un letrero de entonces. Para diferenciar claramente quienes tenían acceso a balneario y acequias, otro anuncio establecía: El agua de estos baños viene direc­tamente de su manantial por acueducto cerrado. La acequia abierta no surte estos baños. No fuera a ser que hubiese contaminación de efluvios corporales.

No era aquello una Venecia en el centro mexicano, ni tampoco una copia a menor escala de Tenochtitlán. El agua clara y ondulante corre lentamente, retrataba un texto de Enrique Fernández Ledesma que describía a la Aguascalientes de fines del siglo XIX. Una imagen bucólica para la actualidad en que las aguas termales sobreviven escasas, recluidas a tiempos vacacionales o de fines de semana entre cuartos de hoteles y masajes con aroma a incienso y barro.

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Líneas

Darío Fritz

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

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Mano de Flavio Guillén, noviembre de 1908. Archivo particular.

La mano mece la cuna. La mano dispara. La mano ca­llosa. La mano que toma el pico. La mano quemada. La mano del niño, de la adolescente, del anciano. La mano que sostiene el libro. La mano de Dios. La mano sudorosa. La mano que mata. La mano del pobre y la del rico. La mano que calma el dolor del enfermo. La mano que toma el bisturí, la pluma, el arma. La mano con cigarrillo. La mano que pasea al perro, esconde la piedra, pinta el cabello. La mano del gobernante que decreta la guerra. La mano que atrapa el balón, pinta el cuadro, saluda a la multitud, abofetea. La mano tierna, la mano húmeda, la mano tiesa del fallecido. La mano en el pecho. La mano exhumada. La mano que ora. La mano temblorosa, que se cierra en puño, que cruza sus dedos, que acuchilla al toro. La mano que lleva agua a la boca, se tapa la cara, se estrecha con la de su adversario.

La mano escondida en el guante, entumecida por el frío, que mide el calor del fuego. Mano carnosa, delgada, ensangrentada. La mano que toma el alimento, acomoda el zapato, escenifi­ca el silencio. La mano que abraza, se protege del golpe, sostiene la cabeza. Las manos que se entrelazan, se guardan en el bolsillo, tapan el sexo. Manos con anillos, manos con tatuaje, manos esposadas. La mano que escribe, señala al acu­sado. La mano que acaricia. Las líneas de la mano. Las líneas de la vida, de la cabeza, del corazón, del sol, de Mercurio. La línea del anillo de Venus. La línea de la suerte. Si cada una de las líneas de esa mano se pueden leer en la foto, habrá que preguntárselo a un “brujo” de estos tiempos. Y de paso que le lea las cartas del tarot. Perseguida en tiempos de la Santa Inquisi­ción –¿qué no perseguían en esas épocas los dueños de la fe?–, retratada por Caravaggio en La buenaventura, tanto en el pasado como en la actualidad la quiroman­cia ha sido socorrida por una variopinta fauna de su­persticiosos en la política, los negocios, los espectáculos y hasta por los desdichados sin la varita mágica de la fortuna. Esta mano derecha –la izquierda sí es un cero a la izquierda para estas prácticas–, perteneció a Flavio Trinidad Guillén Ancheyta. Y se la hizo en 1907 en la ciudad de México. Flavio Gui­llén fue un catedrático chiapane­co, historiador y escritor que supo entablar amistad con Francisco I. Madero durante su estadía de una década en la capital. Madero lo designó gobernador interino de su estado entre enero de 1912 y febre­ro de 1913. Acaba­do el maderismo por los huertistas tuvo que exiliarse en Guatemala, donde había estudiado en su juventud, y así salvó el pellejo y el de su familia. Allí moriría. La rareza de la foto –¿quién se toma foto­grafías de su mano?–, tiene su razón: don Flavio, inventor, espiri­tista y masón, también practicaba la quiromancia.

Sepia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Darío Fritz

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“Primera comunión, Querétaro, 1919. Colección Laura Suárez de la Torre.

Tanta seriedad apabulla. Nadie se sale aquí del libreto. Todos bien planchados, las manos en sus lugares, los calzados lustrosos, las miradas concentradas, ni una pestaña alebrestada, ningún cabello que se aparte de su sitio. No importan edades, sexo, ni jerarquía familiar. Una obediencia ciega ante los flashazos del fotógrafo. Aquí no se mueve una hoja. Nada diría que después de terminada la sesión, esas niñas y niños convertirían el lugar en un jolgorio. Uno se atrevería a creer que el patriarca diría vamos a casa, y todos saldrían en fila detrás de él en busca de la calle. Silenciosos, disciplinados y respetuosos. De allí a la iglesia, posiblemente, para que la niña Guadalupe Suárez recibiera su primera comunión. Miradas, formas de pararnos, vestimenta, dicen mucho de nosotros para explicar lo que somos. Nada haría suponer que de las gemelas Teresa y Concepción, aupadas por su madre y su abuela, o de los niños estilo marinero José y Ricardo, serían jóvenes algunos años después que romperían con los cánones conservadores en los que se los criaba allá por 1919. Mucho menos de Ignacio, el mayor, con más porte por lo que se ve para ser uno de los tantos profesionales de carreras tradicionales entre las familias de abolengo de Querétaro. La revo- lución de Villa y Zapata había pasado de refilón por el estado y aquellos niños más grandes, como Guadalupe e Ignacio, poco supieron en esos momentos de la guerra intestina que sacudió a las familias mexicanas. Cuidados al extremo de la contaminación que podría significar la violenta realidad política y social del país.

Aún y cuando el abuelo Adolfo era el prominente Director del Colegio Civil de Querétaro, que a tono con las investiduras de largo aliento de la época permaneció 18 años en el cargo. Lo dejó en 1911 para ser nada menos que gobernador. A la par de que Porfirio Díaz abandonaba la presidencia eterna, también lo hacía en el estado Francisco González de Cosío, otro longevo en aquello de atarse a la silla: 24 años continuados gobernando. Don Adolfo poco pudo hacer. Duró algunos meses apenas. Se iniciaban los gobiernos estatales que al cabo de unos cuatro meses terminaban quitados. Pero esa es otra historia. El principio de la familia siempre unida no queda duda que se habrá preservado hasta nuestros días en el linaje que el ingeniero Adolfo de la Isla heredó y supo fortalecer y extender.

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El Gran Torino

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

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Probando un automóvil, 1912. Colección GAC.

 

La fantasía de lo nuevo, de estrenar, de tener lo que otros no pueden o no han podido alcanzar aún, subyace en el inconsciente aunque pasen los siglos. Nos regimos por las diferencias. A veces por imitación, otras por oposición y las menos por creatividad. Pero queremos llegar a lo mismo: tratar de ser distintos. Las diferencias se alimentan de cuanta riqueza podamos llegar a acumular. Material o intangible, muy al estilo consumista de estos tiempos, aunque decirlo pueda resultar una perogrullada. Riqueza en una pintura, en el reloj que adorna la muñeca, los libros de la biblioteca personal, el linaje familiar, el valor de unos muebles, las amistades que cultivamos, los lugares en que vacacionamos. En el pasado tuvo lo suyo también. Durante el Renacimiento era muy valioso contar con un cassone, un arcón decorado por los mejores artesanos para guardar la dote de la hija que aspiraba al mejor postor de la aristocracia. A mayor dote, mayores aspiraciones.

La riqueza se validaba también por el número de esclavos en una hacienda o la cantidad de caballos. El automóvil ha sido un imán de esas riquezas que primero llegó a manos de los más acaudalados y luego se popularizó. El sueño del auto propio ha seguido al de la casa propia. O viceversa. Pocos relatarían que recorrieron Europa o Estados Unidos en tren, o recordarían en qué tipo de avión durmieron toda una noche. Pero no dejarían de contar que su bisabuelo tenía un Ford T 1925 o que un tío alguna vez lo subió a un Torino 1970 como el que Clint Eastwood glorificó hace algunos años. El automóvil tiene ese no se qué de lo inexplicable que seduce a todos por igual. La versión misógina del auto con chicas platinadas y de piernas largas también atrapó a la mujer aunque a ellas no se los vendan con modelos George Clooney incorporados.

En los primeros años del siglo XX, la mayor parte de las calles de la ciudad de México se transitaban sobre el polvo. Comenzaban a transitar los Ford, Hupmobile, Oakland, Fiat, Reo, Oldsmobile o Stutz. En Tacubaya, el conductor de esta postal capitalina, y seguramente propietario del automóvil, sabe que está en un momento cumbre y que debe quedar re- gistrado. En esa calle ancha e infinita no tiene competencia, signo de ser único y original. Raro. Pocas máquinas como la suya recorrían en 1912 la colonia, aunque su estado, como se aprecia, no fuera ideal. Pero a algunos de sus acompañantes no les motiva la fotografía. Uno de ellos al que la bata camufla una barriga construida a base de buen diente, podría ser el mecánico o hasta el chofer. Pero no. Don Carlos Cozzi, quien representaba a la Fiat en la ciudad por entonces, está en lo suyo, la venta y la mecánica. Una mujer en el asiento trasero, fiel reflejo de la época, alcanza a asomar su cabeza para el fotógrafo. Pero quien se ve que se lleva la peor parte es el muchacho que se limpia el sudor. Acalorado, cansado, hastiado, se ve ajeno a todo. Seguramente pasó un buen rato dando vuelta a la manivela que ayudaba a encender el motor. Sabe que los carros son un lujo de otros. Quién podría imaginar que un siglo después, en calles como esa pulularían los autos… junto a franeleros y parquímetros.

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Alas de LIVERTAD

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

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AdAdolfo Martínez, Tulancingo, 1910. Col. Particular.

La perfección reina por un instante en este patio frondoso de enredaderas y macetas, mientras un caballito de juguete guarda compostura sobre sus ruedas. En Tulancingo corre el año 1910. La figura esbelta de Adolfo Martínez posa orgullosa junto a su carro alegórico que simula una mariposa. El centenario de la independencia se festeja con mucha pompa en todo el país. Porfirio Díaz mostraba el esplendor de México, el esplendor de su marca personal. Abundan las inauguraciones, los edificios brillosos, las fiestas y los desfiles. En la cercana Pachuca se terminaba de construir el Reloj Monumental que lo identificaría como icono de la ciudad. Tulancingo no podía derramar tanta estirpe, pero los vecinos podían participar en un concurso de carros alegóricos que simboliza la primera centuria independentista. El creativo ebanista y carpintero Adolfo Martínez montó su espíritu ingenieril sobre dos bicicletas que al echarse a andar movían las dos alas de la mariposa. Parado junto a su obra, mostacho afilado, gorra con visera de época, reloj de cadena al cinto, solemne ante el fotógrafo, y seguramente admirado por sus familiares y vecinos detrás de cámara, Adolfo ajustó las medias dispuesto a montarse sobre una de las bicicletas para salir a recorrer las calles. Sería la última imagen de aquel constructor y sus sueños. En ese mismo año en el que a la par de los festejos se incubaban las primeras batallas de lo que sería la revolución mexicana, el carpintero ya no podría ver el comienzo de la transformación de México. En alguno de sus traslados, un burro le cayó encima antes de desbarrancarse por un desfiladero. Sobrevivió res meses. Falleció a los 33 años. Su muerte trajo como consecuencia el desperdigamiento familiar. Algunos rehicieron sus vidas en Tulancingo y unos pocos migraron a la ciudad de México. Él les dejo aquella imagen sepia y el fruto de su sueño: la mariposa libertaria obtendría el primer lugar del concurso de carros alegóricos. Al menos así se transmitió en la familia de generación en generación.

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