Archivo de la categoría: BiCentenario #21

Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace más de 180 años, pretendía tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usó para sus fiestas, pero también tuvo a la compañía de Placido Domingo en su escenario. Acabó como cine hasta que hace algunos años fue restaurado.

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. José Manuel Alcocer Bernés

Hacia 1832, el gobernador de Yucatán, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, quería construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artísticas de la época. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendía que alcanzara el carácter cosmopolita de las grandes ciudades de la época.

El primer paso del cuñado del presidente de México, Antonio López de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formó una sociedad de accionistas, bajo la dirección del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificaría el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones más para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarían extrañamente en la cárcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allí se encontraba detenido el arquitecto francés Teodoro Journot, quien firmó un contrato con los accionistas por el cual se comprometió a diseñar el inmueble y dirigir su edificación a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y así pudo también recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cólera en el barrio de San Román que obligaron a suspender la obra. El cólera asoló la ciudad durante 28 días, lo cual provocó que algunos sacerdotes lo señalaran desde el púlpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendía a Dios. Fue tan fuerte la presión de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cedió y el proyecto del teatro se retomó. De la idea eclesiástica quedó como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyó entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento señalando que la inauguración se llevaría a cabo el día 15, víspera del plausible día en que sonó por primera vez en la nación el dulce grito de la independencia.

Días antes, la ciudad amaneció llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o Agamenón vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las señoras lucirían sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso sería de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por función: los palcos de primer y segundo piso valían dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguración asistió el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentaría la compañía del español Rafael Palomera. En esos días se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejó sus impresiones sobre el suceso. Escribió que el teatro era uno de los más hermosos y más notables de la república mexicana, pero que había sido decorado por un pintamonas francés con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompañaban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacción […] por gastar semejante lenguaje […] me creían atacado de locura y temblaban por mí. La obra tampoco le gustó, los actores le parecieron detestables, y prefirió marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponían de acuerdo sobre la dirección y la operación del teatro. Muchos pidieron derogar artículos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la dirección, como el general Toro, quien decidió vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las compró. Para 1835, los pleitos habían aumentado, al grado que se habló de enajenar el inmueble y disolver la agrupación. La solución fue nombrar a Toro como único director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más:

  • ALCALÁ FERREZ, CARLOS, “La ciudad de Campeche a través de viajeros extranjeros, 1834-1849”, Relaciones, http://xurl.es/1mu06
  • DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejé en la lejanía: memorias, México, UNAM, 2003.
  • PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., “La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campeche”, Marco Tulio Peraza Guzmán, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2000.

La redención de La Güera

César Alejandro Martínez Núñez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Los últimos días en la vida de María Ignacia Rodríguez de Velasco fueron de expiación. Quiso reparar algunos momentos de su vida afectiva que tanto le dolían, en los oídos de su nieta Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa. Algo de paz, pareció recuperar

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María Ignacia sabía que la muerte estaba cerca. Las señales no requerían aparentemente de mayor tacto: estaba enferma, cansada y lo más importante, era vieja. Después de tantos años de ocultar su verdadera edad llegó a convencerse de que tenía cuando mucho cincuenta. Pero durante su enfermedad decidió no engañarse más; hizo las cuentas correctas y para entonces, 1850, iba a cumplir 72 años. El peso de la verdad se le vino encima. De un día para otro, aquellos molestos achaques se convirtieron en insoportables tormentos; en un instante, sus arrugas, esas suaves líneas de carácter, se volvieron profundos abismos del tiempo. Sus manos reflejaban cansancio, sus labios expresaban dolor y sus ojos, aquellos ojos tan azules como el cielo claro, mostraron una vez más la profunda tristeza y el desencanto que sólo conoce un corazón roto.

Sin importar los atentos cuidados y las comedidas preocupaciones de Juan Manuel Elizalde, su tercer esposo, la Güera no lograba arrancarse de la mente a Jerónimo Villamil: el padre de todos sus hijos, su primer marido, su noble caballero y fiero capataz, en fin, su primer amor. Sin embargo, sólo podía contemplarlo a través del velo de las lágrimas y las angustias. Trataba de recordar los tiempos felices, pero una y otra vez las mutuas recriminaciones del pasado volvían a su memoria. Entonces argumentaba de nuevo sobre conflictos del ayer; se desesperaba; rabiaba por la ira y la culpa; lloraba con los puños apretados, lanzaba un grito de agonía que conmovía toda la casa y permanecía después sollozando y balbuceando disculpas por horas. Sin embargo, poco a poco, la gallarda figura de Jerónimo volvía a brillar en su mente. Doña Ignacia, con todos sus años a cuestas, se volvía a entregar como una adolescente ante la mirada de su amado, sólo para decirle una vez más que él había tenido la culpa de todo.

Nada escapaba a la implacable memoria del arrepentimiento y la agonía. La Güera decidió descargar su alma ante la única persona de cuyo perdón estaba segura, Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa de la Ciudad de México.

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico... 1829-1834, MAi??xico, 1840

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico… 1829-1834, México, 1840

Guadalupe era hija de María Antonia, la segunda de las tres gracias, como se conoció hacía mucho tiempo a las hijas de María Ignacia. Como todas las mañanas desde que su abuela había enfermado, la muchacha se presentó en la habitación para despertarla y darle el desayuno. La Güera se hallaba lista desde la madrugada: cada segundo era vital para la salvación de su alma.

María Ignacia pidió pronto su desayuno; sabía que de otro modo jamás tendría la atención necesaria. Al dar el primer bocado, comenzó. Con tono melancólico preguntó qué era lo que Lupita sabóa sobre su abuelo Jerónimo. La muchacha contestó que no recordaba prácticamente nada de lo que su madre le había contado, salvo que fue un hombre terrible. La Güera asintió con tono triste, pero recordó a su nieta que María Antonia tampoco había conocido bien a su padre pues éste había muerto cuando era muy niña.

Luego pidió a su nieta que escuchara con atención todo lo que estaba a punto de revelarle pues de ello dependía la salvación de su alma. Guadalupe quiso detenerla argumentando que si quería confesarse sería mejor llamar a un sacerdote, pero doña Ignacia la interrumpió diciendo que ya habría tiempo para eso, era necesario poner primero en orden su conciencia para cuando se hiciesen necesarios los oficios, sentía que sus fuerzas se acababan y cada momento resultaba vital.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más

  • VALLE-ARIZPE, ARTEMIO DE, La Güera Rodríguez, México, Lectorum, 2006.
  • ARRIOJA VIZCAÍNO, ADOLFO, El águila en la alcoba, México, Grijalbo, 2005.
  • ISRAEL, JONATHAN I., Razas, clases sociales y vida política en el México Colonial, 1610-1670, México, Fondo de Cultura Económica, 2005.
  • GALÓ BOADELLA, MONTSERRAT, Historias del bello sexo: La introducción del romanticismo en México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002.

Fiestas de bienvenida para virreyes y libertadores

Pavel Ignacio Luna Espinosa
Faculta de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Los habitantes de la ciudad de México fueron hospitalarios y festivos cada vez que los hombres de poder hacían su entrada triunfal. Así fuesen virreyes o libertadores, como el caso de Iturbide, en sus recepciones abundaron el ambiente festivo, los desfiles, el ritual religioso y la entrega de las llaves de la ciudad.

AnA?nimo, Entrada de AgustAi??n de Iturbide a la ciudad de MAi??xico en 1821, MAi??xico, s. XIX. Col. Banamex

Anónimo, Entrada de Agustín de Iturbide a la ciudad de México en 1821, México, s. XIX. Col. BANAMEX

Los virreyes sirvieron, durante 300 años, como representantes de los reyes de España en Nueva España. Dada la distancia entre la península y el nuevo mundo, era impensable que el rey pudiera gobernar ambas tierras instalado en la metrópoli. Por ello, el virrey era la sustitución de su voluntad y, a su llegada, debía ser recibido como tal. Era un acto que generaba gran entusiasmo entre la población novohispana.

Por principio de cuentas, debemos imaginar que la travesía de España a América no resultaba nada sencilla. El camino podía ser fastidioso y, en algunas ocasiones, hasta peligroso. El próximo gobernante tenía permitido llevar consigo criados de su casa y algunas damas y caballeros de la nobleza. Por lo general, lo acompañaban entre 60 y 100 personas, las cuales formarían parte de la Corte. La virreina, por su parte, estaba acompañada de diez o quince mujeres. No eran pues pocas las personas que venían a estas tierras acompañando al virrey.

Virrey Francisco Caxigal de la Vega (1760). WIKICOMMONS

Virrey Francisco Caxigal de la Vega (1760). WIKICOMMONS

Manuel Payno, en su novela El hombre de la situación, habla sobre el viaje que realizaban los virreyes. En tiempos de Carlos III, es decir, en el siglo XVIII, decir, en el siglo XVIII, el virrey viajaba por lo común, en lo que se llamaba la flota. La flota era la reunión que hacían en Cádiz los comerciantes, de muchos barcos cargados de efectos para las Indias. Estos barcos eran escoltados por buques de la marina real y hacían la travesía juntos. Si hemos de creer en esta descripción, los viajes debieron haber sido todo un espectáculo. Al venir custodiado por la flota, el viaje, que según este autor duraba dos meses, gozaba de mayor seguridad. Naturalmente, ante un traslado de tanto tiempo, el barco del virrey tenía que ser de lujo para proporcionarle todas las comodidades posibles.

Al llegar a costas mexicanas, a la altura de Campeche, el virrey enviaba a Veracruz una embarcación menor para avisar de su próxima llegada. La parada servía, además, para que los barcos que se habían retrasado tuvieran tiempo de reunirse con los más adelantados. No era entonces sorpresa que al llegar a último puerto los cañones de San Juan de Ulúa tronaran, anunciando el nivel y categoría del personaje que arribaba. A su vez, los buques de guerra que venían con él contestaban de la misma manera.

Virrey MatAi??as de GA?lvez y Gallardo (1783-1784). WIKICOMMONS

Virrey Matías de Gálvez y Gallardo (1783-1784). WIKICOMMONS

Al tocar tierra el virrey era recibido por el Ayuntamiento y el gobernador, quien le entregaba en una bandeja de plata, colocada en un cojín de terciopelo, las llaves de la ciudad, que el virrey tomó por ceremonia, volviéndolas a dejar en seguida diciendo: que «parando en manos tan fieles como las del gobernador», los intereses de S. M. estaban muy bien guardados, y la ciudad completamente segura. Inmediatamente después, él y sus acompañantes iban a la parroquia, donde se cantaba un tedeum. Al terminar el acto religioso, acudía a sus aposentos, donde, finalmente, podía descansar.

Payno cuenta un pequeño episodio en el cual el protagonista, Fulgencio, en un paraje de Tlaxcala, coincide con el virrey. En efecto, sabemos que un virrey tardaba semanas en hacer el traslado desde Veracruz hasta la ciudad de México, pues en cada poblado al que llegaba la gente lo recibía con un festejo, deseándole que su gestión fuera benéfica para todos. Allí se le obsequiaban presentes, construían arcos de triunfo con materiales perecederos y había un ambiente totalmente festivo. Además, los organizadores elegían dioses o semidioses de la tradición grecolatina con los que se establecía una analogía con el nuevo gobernante; se recordaba así a los espectadores que quien llegaba era representante del rey y, como tal, debía obedecérsele como si fuese el monarca mismo. Según Payno, el último lugar que el virrey visitaba antes de entrar en la ciudad de México era la Villa de Guadalupe.

Por fin, el virrey y la virreina llegaban a la capital, donde evidentemente, tenía lugar el mejor festejo que se podía ofrecer al enviado de la Corona. Los cabildos eclesiástico y civil competían para demostrar la mayor creatividad en la elaboración de los arcos del triunfo, mismos que desempeñaban un papel importantísimo, y podemos considerar verdaderas obras de arte. En 1680, por ejemplo, a la llegada del conde de Paredes a la ciudad de México, se nombró nada menos que a Sor Juana Inés de la Cruz y a Carlos de Sigüenza y Góngora como encargados de elaborarlos.

La entrada a México debía ser fastuosa. Para ello se mandaba a limpiar las calles así como a iluminarlas –-en caso de que el virrey llegara de noche-–, y en el gran momento había desfiles a los que asistían músicos, funcionarios importantes, miembros de la Real y Pontificia Universidad de México con sus insignias de grado y demás personajes de alcurnia. El virrey acudía de inmediato a la catedral, donde se lo recibía con solemnidad y realizaba el debido evento religioso. Para coronar el bullicio, se acostumbraba organizar una corrida de toros a la que acudía el recién llegado y era también común hacer representaciones teatrales escritas y escenificadas por integrantes de distintas órdenes religiosas, especialmente de jesuitas y carmelitas descalzos.

Plaza de armas de la ciudad de MAi??xico. 1757-1769. INAH Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec

Plaza de armas de la ciudad de México. 1757-1769. INAH Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec

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Reloj de Arena

BiCentenario #21

19 de agosto de 1813

A fin de no volar la fortaleza de San Diego, y acordándose de la humanidad y caridad práctica del prójimo, José María Morelos y Pavón decide apretar el cerco, de manera que los españoles prefieren suspender el fuego, conversar con sus sitiadores y convenir por fin la entrega del castillo. Así cae el puerto de Acapulco en manos de los insurgentes.

Fuerte San Diego, Acapulco, Guerrero. WIKICOMMONS

Fuerte San Diego, Acapulco, Guerrero. WIKICOMMONS

20 de julio de 1863.

El archiduque Maximiliano de Habsburgo, futuro emperador de México, felicita a Napoleón III por la entrada del general Elie-Frédéric Forey a la ciudad de México. Es así dice un nuevo triunfo de esa fuerza de voluntad a la que no desaniman ni los obstáulos creados por los hombres ni lo que ofrece la naturaleza y que quedará para siempre como uno de los rasgos más característicos de la historia de vuestra majestad.

Ai??lie FrAi??dAi??ric Forey, Le Monde IllustrAi??, 1859. WIKICOMMONS

Elie Frédéric Forey, Le Monde Illustró, 1859. WIKICOMMONS

29 de septiembre de 1913.

Los principales jefes revolucionarios se reúnen en la hacienda de la Loma, Lerdo, Durango, y acuerdan formar la división del norte, para que con Francisco Villa a la cabeza, tomen la estratégica plaza de Torreón. Esto se logra el 1 de octubre, generando tal prestigio a la revolución constitucionalista que apresura la caída de Victoriano Huerta.

Francisco Villa. WIKICOMMONS

Francisco Villa. WIKICOMMONS

29 de septiembre de 1963.

Thomas C. Mann, embajador de Estados Unidos en México, y Manuel Tello Barraud, secretario de Relaciones Exteriores de México, firman en la capital mexicana el tratado del Chamizal, por el cual, después de décadas de controversia, Estados Unidos restituye una franja fronteriza de aproximadamente 2.5 km2, el cual había quedado en el territorio vecino cuando las intensas lluvias registradas en 1864 cambiaron el cauce del río Bravo.

Thomas C. Mann (izq.) y Manuel Tello Barraud (der.) firman la ConvenciA?n de Chamizal, cd. de Mx, 29 de agosto de 1963. WIKICOMMONS

Thomas C. Mann (izq.) y Manuel Tello Barraud (der.) firman la Convención de Chamizal, cd. de Mx, 29 de agosto de 1963. WIKICOMMONS

Por amor a la Historia

BiCentenario #21

Foto: cortesAi??a de RaA?l RodrAi??guez PeAi??a

Foto: cortesía de Raúl Rodríguez Peña

En una casa colonial de Mascota, Jalisco, el profesor Raúl Rodríguez Peña ha erigido el museo que lleva su nombre, donde el propósito es rescatar la memoria e identidad de los hijos distinguidos de esa villa. Cuenta con varias salas, entre las que destacan la que reúne fotografías, pinturas y vestuario de Esther Fernández, diva de la época de oro del cine mexicano -recordemos Santa y Allá en el rancho grande-, y la dedicada al sacerdote José María Robles, mártir de la guerra cristera. En otras salas presenta testimonios de arte religioso de los siglos XVIII al XX y la vida cotidiana local así como una colección de óleos del paisajista Gilberto Guerra.

¿Sabías que…?

BiCentenario #21

El Nido, uno de los aviarios más grandes y diversos del mundo, se halla en el municipio de Ixtapaluca, en la zona oriente del estado de México. Es el santuario y hogar de más de 500 diferentes especies de aves, en su mayoría amenazadas o en peligro de extinción a causa de la actividad humana y el cambio climático, y tiene como principales fines su conservación y reproducción. Fue fundado hace casi medio siglo por Jesús Estudillo López, médico veterinario zootecnista, egresado de la UNAM, como un centro de investigación científica, y abierto al público en 2003. Es un paraíso de aves exóticas, A?reas verdes y espacios que promueven la ecología y la educación ambiental.

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Correo del lector #21

BiCentenario #21

CARTAS

Estimados editores:

Disfruté mucho la lectura del artículo “De cómo la gente se agolpaba para comprar carne” de Enriqueta Quiroz, que además enriqueció mis conocimientos en un área que me era desconocida: el consumo de algo tan elemental como lo es la carne en la alimentación de la humanidad a través de su historia..

Andy de Kou (Facebook)

Portada Revista BiCentenario #5

Portada Revista BiCentenario #5

CONSULTA

Es ahora muy común hablar de quiénes son los hombres más ricos de México y aun se sabe el rango que tienen en la famosa lista que año tras año publica la revista Forbes. ¿Existía algo semejante en el porfiriato? ¿Se sabe quiénes eran los dueños de la riqueza en el país?

Emprendedor

Edificio Revista Forbes. WIKICOMMONS

Edificio Revista Forbes. WIKICOMMONS

Querido curioso:

No existía nada semejante entonces. Forbes publicó su primera lista de millonarios en 1987. Sin embargo, sabemos los nombres de algunos de los mexicanos más ricos de principios del siglo XX: Thomas Braniff (1830-1905), neoyorquino que progresó en nuestro país como empresario ferrocarrilero, banquero e industrial; Luis Terrazas (1829-1933), de Chihuahua, propietario de tierras y con intereses en la banca y la industria; Íñigo Noriega (1853-1920), asturiano, dueño de ferrocarriles así como de múltiples fincas rurales y urbanas; Ignacio de la Torre y Mier (1866-1918), nacido en la ciudad de México,con haciendas en Morelos dedicadas al cultivo y exportación de la caña de azúcar; Evaristo Madero (1828-1911), de Coahuila, con intereses en tierras –destinadas a los nogales y la vid–, transportes, industria, minería y banca; Olegario Molina (1843-1925), originario de Campeche, fue conocido como el rey del henequén, era dueño de millones de hectáreas de tierras en la península de Yucatán.

Editorial #21

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

A toda etapa de transformaciones profundas en la vida institucional de un país le sigue la de consolidar los logros y esfuerzos, una tarea que muchas veces suele resultar más compleja aun que aquella de sembrar. La revolución mexicana, después de años de batallas, sangre derramada y los dolores intrínsecos propios que deja toda conflagración civil, necesitaba afianzarse. Poner la obra en marcha requería, entre otras medidas de cirugía mayor, tener a sus fuerzas militares disciplinadas y bajo control.

El texto que identifica nuestra portada de Bicentenario 21 echa luz sobre un momento complejo de la historia posrevolucionaria como lo fue la necesidad de establecer las bases de lo que sería el ejército mexicano. Los historiadores difieren sobre el momento en que comenzó aquella etapa clave para las tropas revolucionarias. Como lo explica Martha Beatriz Loyo, unos lo sitúan en 1913 ‒hace un siglo ya‒, cuando Venustiano Carranza crea el ejército constitucionalista dividido en varios cuerpos para restablecer el orden constitucional quebrantado por Victoriano Huerta. Pero otros lo ubican en 1917, después de promulgarse la nueva Constitución. Llevar orden a la nueva institución era una tarea compleja en la que abundaban las relaciones personalistas entre jefes y soldados. Proliferaban los feudos y las posibles rebeliones estaban presentes en cada medida que se adoptaba. Pero no sólo había que sustituir la lealtad a los jefes por la lealtad a la institución, predominaba una economía destrozada, propia de la guerra. Las arcas gubernamentales necesitaban equilibrarse y para ello destinar un tercio del presupuesto a las fuerzas militares resultaba inviable para un país apremiado por redistribuir recursos económicos. Tendría que correr más de una década de transformaciones hasta lograr consolidar el ejército de corte popular que lo ha hecho diferente de muchos otros del continente.

La etapa posrevolucionaria que ponemos en este número en manos de los lectores, se complementa con una mirada sobre la importancia que tuvo su difusión. Y para ellos es imprescindible hablar del cine y cómo distintos directores de la época fueron relatando a los ciudadanos, especialmente de la capital, aquellos momentos que no estaban alejados de la propaganda política. Todos los líderes militares y políticos supieron aprovechar el alcance persuasivo del cine para un público con escasos instrumentos para informarse. Francisco Villa fue uno de los que lo supo capitalizar, pero no el único. Y algunos cineastas se identificaron claramente con la causa de los jefes revolucionarios.

La historia está hecha de personajes que la construyen día a día con su ideas transformadoras, vicisitudes, valentías o frustraciones. Hombres y mujeres, en su mayoría anónimos,y otros que dejan en el imaginario popular un encanto que se transmite más allá de su tiempo. Descifrarlos es tarea de la historia y eso nos proponemos hacer en cada una de las ediciones de BiCentenario. María Ignacia La Güera Rodríguez es una de ellas. César Martínez Núñez nos cuenta las últimas pinceladas de vida de una mujer que vivió cerca de los hombres de poder en Nueva España y buscaba comulgar las culpas que la enredaron durante décadas. Los oídos de una sobrina monja le sirvieron para limpiar la carga emocional de amores marchitos, tiempos de economía doméstica maltrecha y abandonos apresurados, antes de retirarse a un convento de franciscanos a pasar sus últimos días.

Otros personajes que circundarán estas páginas nos llevarán hasta nuestros pioneros de la astronomía y una de las figuras emblemática de nuestro cine y teatro de la mitad del siglo XX. Francisco Díaz Covarrubias supo imponer su tesón para convencer a los políticos de fines del siglo XIX que un grupo de científicos como él podrían aportar a la ciencia mucho más que teorías inalcanzables sobre el universo para el común de los mexicanos. Logró viajar a Japón para presenciar el pasó de Venus y ante la elite de sus pares en el mundo pudo resolver entre los más avanzados cómo medir la distancia entre el Sol y la Tierra. Fue un hito para el desarrollo de la astronomía de México, aunque la ciencia siguiera luego ocupando un lugar institucional marginal.

El otro personaje que se incorpora a estas páginas es Fernando Soler. Era un hombre de teatro pero una vez que el cine sonoro reemplazó al cine mudo, fue de los primeros que lo supo interpretar para llenar las salas de un público ávido por conocer sus personajes bohemios, parranderos o pícaros. Soler describe en una entrevista que recuperamos de 1975 sus tiempos como actor y director, el rechazo a todo cine que no fuera masivo y hasta las primeras piedras que colocó para fortalecer la sindicalización de actores.

Este número 21 de Bicentenario no se acaba allí ni mucho menos. Hay más por descubrir: los orígenes de la lucha libre, lo mismo que el desarrollo del dibujo entre mujeres y niños en los albores del siglo pasado, así como las recepciones festivas de virreyes y libertadores en la época novohispana. Un teatro en Campeche que fue el sueño de una sociedad que aspiraba a tenerlo entre los más destacados de las capitales mundiales, y la migración constante de los chiapanecos de Simojovel. Para cerrar, una revuelta estudiantil olvidada como la de los jóvenes que se oponían al golpe de Estado de 1858 acompaña este octubre en otro aniversario más de aquel movimiento estudiantil de 1968 que dejó la marca propia de una bisagra para la democracia mexicana.

Darío Fritz

Sumario #21

EDITORIAL
por Darío Fritz

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

1Fiestas de bienvenida para virreyes y libertadores
Pavel Ignacio Luna Espinosa

2La redención de La Güera
César Alejandro Martínez Núñez

3Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche
José Manuel Alcocer Bernés

4Los pioneros de la astronomía mexicana
Rogelio Jiménez Marce

5El cine como propaganda
Héctor Luis Zarauz López

6Las reformas que transformaron al ejército
Martha Beatriz Loyo

DESDE HOY

7La migración permanente en Simojovel 
Perla Shiomara del Carpio y Eduardo Fernández

DESDE AYER

8La lucha libre a dos de tres caídas
Martín Josué Martínez Martínez

TESTIMONIO

9Una revuelta estudiantil en 1858  
Ana Rosa Suárez Argüello

ARTE

10El dibujo se populariza en el siglo XIX
María Esther Pérez Salas C.

CUENTO HISTÓRICO

11Sólo ustedes lo saben
Silvia L. Cuessey

ENTREVISTA

12¡El cine es para divertir y emocionar!
Graziella Altamirano

SEPIA

13Fórmula matemática
Darío Fritz