Epidemias y pandemias en dos siglos

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Graciela de Garay Arellano
Instituto Mora

El hambre, la miseria y las enfermedades fueron los motivos principales de las numerosas pérdidas humanas antes y durante las guerras de independencia en México. Por entonces, hubo epidemias de influenza, viruela, tifo y fiebre amarilla. En 2021, la pandemia del coronavirus preocupa por las consecuencias económicas y políticas; en tanto, la utilización de espacios públicos y privados abre el debate sobre el diseño de la vivienda como un lugar adecuado para evitar su propagación.

Léopold Boilly, Louis, La Vaccine, litografía a color, 1827. National Library of Medicine

Filósofos y científicos sociales discuten si la pandemia del Covid-19 es o no un acontecimiento histórico. Quienes creen que sí, aseguran que es algo nuevo y revolucionario, la distinguen como una ruptura instauradora que transformará radicalmente a la sociedad; otros niegan su novedad e insisten en que epidemias y pandemias siempre han existido.

Sea de esto lo que fuere y considerando que ha transcurrido poco tiempo para comprender esta experiencia, propongo, por un lado, hacer unos señalamientos acerca de las epidemias que en 1821 vivió México en el contexto de su surgimiento como nación independiente y, en segundo lugar, sugiero apuntar algunas reflexiones sobre la nueva pandemia en 2021, como reto no sólo sanitario, sino también arquitectónico.

Hace dos siglos, apenas se empezaban a conocer las causas de las epidemias y las medicinas para contrarrestarlas, aunque en el caso de la viruela ya se contaba con la vacuna desde el 24 de julio de 1804, cuando la trajo a Nueva España Francisco Xavier de Balmis. Sin embargo, todavía faltaba avanzar en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, que unas décadas más tarde serían bacterianas.

Al obtener México su independencia, la flamante república vivió una gran crisis. El historiador Jaime E. Rodríguez explica que la economía nacional estaba arruinada y su legitimidad política endeble. El hecho es que el conflicto bélico perjudicó la agricultura, el comercio, la industria textil y la minería, así como a la infraestructura del país. Pero el problema más grave al que se enfrentó el nuevo gobierno fue la falta de capital. Los grupos de poder, temerosos de la inestabilidad política, sacaron su dinero del país o lo retiraron de circulación. Este golpe fue particularmente grave, porque durante el periodo colonial no se crearon bancos ni casas comerciales y los préstamos provenían de particulares o de la Iglesia. Al faltar fuentes de crédito para la inversión no hubo más remedio que solicitar el financiamiento extranjero. La atención pública se centró entonces en la política, sin notar a un enemigo silencioso que acechaba las condiciones sanitarias del país.

En medio del caos, México parecía una nación sana. Epidemias y enfermedades endémicas, aunque representaban una preocupación latente, nadie las percibía como una amenaza seria. La población mexicana crecía a paso lento y ni siquiera el movimiento independentista alteraba el recuento demográfico. En 1810, el país alcanzó 6 238 293 habitantes, y para 1820 disminuyó ligeramente a 6 175 621. Diez años más tarde subió a 6 389 486 personas. La ciudad de México llegó a tener 180 000 almas en 1810, aunque el número decayó a 168 846 en 1820, hasta decrecer a 165 000 tres años más tarde. El leve incremento demográfico se debió a que el número de nacimientos se mantuvo, en contraste con el aumento de muertes por la guerra y el hambre, y no tanto por epidemias y enfermedades.

Así las cosas, la sociedad vivía tranquilamente y nadie pensaba en las epidemias, incluso se habían olvidado de la influenza que en 1806 ocasionó numerosas muertes. Sin embargo, hacia 1804, Humboldt destaca la pérdida de 300 000 vidas entre 1800 y 1803, como consecuencia del hambre, la miseria y las enfermedades.

A lo largo de los once años que abarcó el periodo de las guerras de independencia (1810-1821), México padeció enfermedades epidémicas, aunque, a juicio del especialista y doctor Carlos Viesca-Treviño, estas nunca llegaron a ser graves ni devastadoras. La aparición en 1813 de una fiebre petequial, muy probablemente tifo, marcó el inicio de la epidemia más importante, la cual era consecuencia indirecta de la guerra. El padecimiento, según Viesca-Treviño, encaja con el patrón de enfermedad de cuarteles y prisiones que se transforma en enfermedad epidémica cuando ocurren los traslados de las tropas, los grandes desplazamientos de grupos de la población civil y su eventual hacinamiento por la pérdida de viviendas, así como la intensificación de las hambrunas y la falta de higiene personal.

Este cuadro lo ilustra el sitio de Cuautla que resistió Morelos con su ejército de 5 500 hombres, durante 72 fatídicos días, entre febrero y abril de 1812. Los realistas, encabezados por Félix Calleja, padecieron los calores extremos a los que no estaban acostumbrados porque venían de climas fríos, mientras los insurgentes suplían la escasez de agua con pozos; la falta de víveres con maíz que tenían almacenado y todas las privaciones imaginables con un fanatismo que a Calleja resultaba difícil de comprender. Parecía urgente capitular. Calleja ofrecía el indulto al que, por cierto, se acogían los tránsfugas quienes le informaban sobre el estado de espantosa miseria en que se hallaban los sitiados. El 2 de mayo, Morelos rompió el cerco, pero la caballería realista desbarató el ataque. Calleja dijo en su parte al virrey que murieron alrededor de 4 000 insurgentes. Sin embargo, Morelos asegura que su pérdida durante el sitio no pasó de 50 hombres muertos de bala y 150 por la peste. Los sitiadores contaron, entre los suyos, 290 bajas entre muertos y heridos.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.