Heberto Castillo. Congruencia y liderazgo

Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

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Heberto Castillo durante un mitin en Ciudad Universitaria. Colección de la Fundación Heberto Castillo Martínez.

¿Qué es lo que hace que un hombre controvertido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heberto Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia.

Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciudad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe restablecerse la vigencia de la Constitución.

Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organizaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independencia, la reforma y la revolución: un socialismo a la mexicana, decía.

A diferencia de lo que pasa ahora, la izquierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto propuso cambiar el emblema de la hoz y el martillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una herejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero también supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobrevivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.

Con poco más de 30 años de edad participó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigente, recorriendo desde entonces incansablemente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para participar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.

En 1968 participó como dirigente del movimiento estudiantil, como profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Revueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.

Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combinó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innovación tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica indispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.

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