Un líder campesino sin tierras

Miguel Angel Grijalva Dávila

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Jacinto López Morenos fue una RARA AVIS de la lucha agraria y sindical. Estuvo preso, sufrió persecuciones, fue diputado, le robaron elecciones y murió sin tener ni siquiera una casa. Los campesinos y sus organizaciones lo recuerdan en Sonora por conseguir el reparto de tierra, organizarlos gremialmente y por ser un modelo de integridad.

Jacinto LA?pez  junto con sus seguidores en 1949 AGN (800x531)

Jacinto López (al centro) con sus seguidores durante las manifestaciones de 1949. agn, Fondo de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales.

Una patrulla de policías arribó a la estación de trenes de Hermosillo. Descendieron varios uniformados y un civil al que subieron a un vagón con destino a Tepic. Los oficiales le di­jeron al detenido que por órdenes del gober­nador Rodolfo Elías Calles (1931-1934), tenía prohibido volver a poner un pie en Sonora. Se trataba de Jacinto López Moreno, joven oriundo del pueblo de Banámichi, inquieto organizador de trabajadores y por lo tanto un personaje incómodo para los empresarios y el gobierno, razón por la que Rodolfo Elías Calles (hijo del expresidente) ordenó su des­tierro. Eran los comienzos de la década de 1930, se acercaba el final del callismo, el ini­cio del cardenismo y el liderazgo de Jacinto, hombre olvidado por muchos, pero jamás por los campesinos.

Cuando Lázaro Cárdenas viajó a Sonora como candidato presidencial en 1934, buscó apoyo para realizar su proyecto sexenal y sus propuestas encontraron eco entre los líderes campesinos de la región. Entre ellos estaban Pascual Ayón, carpintero y curtidor; Saturni­no Saldívar, contador; y el maestro Francisco Figueroa, entre otros; pero sin lugar a dudas Jacinto fue el más importante, quien había regresado del destierro –duró de dos a tres meses– y se desempeñaba como zapatero en Ciudad Obregón. Tanto Lázaro Cárdenas como Vicente Lombardo Toledano decidie­ron pactar una alianza con Jacinto, pues tenía organizados a los campesinos bajo su liderazgo. Por lo mismo, fue elegido primer secretario estatal de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1937.

Jacinto era muy delgado y la palidez de su piel exhibía sus venas. Aparentaba ser un hombre débil y enfermo, pero cuando hablaba era un látigo. Pasó muy poco tiempo en las aulas (no terminó ni la primaria) y aquello se reflejó en el lenguaje común de su oratoria, pero fue eso lo que hizo que se entendiera con su gente. No encendía al público con términos teóricos o elegantes, sino con la intensidad y pasión con la que hablaba. Mantenía un estilo de vida muy humilde, gustaba beber bacano­ra (bebida de origen sonorense, parecida al mezcal) y comer carne asada, pero su único vicio era el cigarro.

Jacinto se reunió con Cárdenas y le dijo que su principal interés era que se repartieran las tierras del Valle del Yaqui a los miembros de esa tribu. Siendo presidente, Cárdenas concedió la expropiación y reparto, y Jacinto convenció a la tribu para que en lugar de dividir las tierras en parcelas individuales, las mantuvieran uni­das en una propiedad comunal. Y los yaquis accedieron, abanderaron el ejido colectivo y se negaron a dividir la tierra diciendo Dios nos dio el Valle del Yaqui a todos, no un pedacito a cada quien. Jacinto dejó de ser zapatero y se dedicó de lleno a la organización campesina. Hacía mítines en los ejidos, hablando desde el techo de una pick up, donde luego de terminar sus palabras alzaba el brazo para saludar a la multitud y un mar de sombreros agitándose le devolvían el saludo. Se volvió el protagonista del cardenismo, pero como todo líder tuvo su antagonista: el gobernador Román Yocupicio (1937-1939), hombre opuesto a los proyectos cardenistas. Aunque Yocupicio estaba a favor del reparto agrario, apoyaba el ejido parcelado y por lo tanto se oponía al colectivo.

Las diferencias entre colectivistas e in­dividualistas (partidarios del ejido parcela­do) alcanzaron tintes violentos y en más de una ocasión los campesinos mancharon con su propia sangre la tierra por la que lucha­ban. Maximiliano el Machi López, colega de Jacinto, fue arrestado arbitrariamente en septiembre de 1938, lo que provocó protestas de los campesinos y enfrentamientos violentos con la autoridad. Días después, el Machi salió de prisión y de inmediato intentaron matarlo en un atentado en el que resultó herido. Al­canzó a huir y se atrincheró en su casa rifle en mano, pero afortunadamente sus perse­guidores decidieron no buscarlo en su hogar y así terminó aquel episodio. A los pocos días, Jacinto también fue detenido y remitido a la comisaría del pueblo de Yaqui (municipio de Cajeme). Pero horas después, al caer la noche, 200 campesinos con rifles, machetes y hoces rodearon la comisaría, desarmaron a los ofi­ciales y lo liberaron.

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