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El bloqueo comercial francés de 1838

Faustino A. Aquino Sánchez
Museo Nacional de las Intervenciones

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

Cualquier pacto comercial con las potencias europeas o estadounidense a principios del siglo XIX, era tan necesario como desigual. Para los franceses, reacios a conceder reconocimientos de independencia, se trataba de una imposición antes que la búsqueda de mutuos beneficios y por eso instrumentaron una intervención militar al puerto de Veracruz, la primera, y que no sería la última.

Prise du Fort de St Jean d’Uloa et de la Vera-Cruz, par la marine française, impreso, Fabrique de Pellerin, imprimeur-libraire, 1839. Biblioteca Nacional de Francia.

Prise du Fort de St Jean d’Uloa et de la Vera-Cruz, par la marine française, impreso, Fabrique de Pellerin, imprimeur-libraire, 1839. Biblioteca Nacional de Francia.

Los líderes de las recién independizadas naciones hispanoamericanas vieron en la firma de tratados de comercio con las grandes potencias una manera de integrarse al mundo occidental. En Europa, las relaciones comerciales eran consideradas una muestra del grado de “civilización” de un pueblo, por lo cual podían dar aliados y respetabilidad a las nuevas naciones independientes. Las posibilidades de expansión que el mercado mexicano ofrecía a las potencias marítimas eran tan grandes que Inglaterra y Estados Unidos decidieron pasar sobre los derechos que Fernando VII, con el apoyo de la Santa Alianza, decía conservar sobre sus colonias, y otorgaron su reconocimiento a la independencia de México e Hispanoamérica. Así, México firmó con Inglaterra su primer tratado comercial en 1825 (con Estados Unidos se firmó en 1830), no obstante que era evidente la desventaja de tratar de igual a igual con la potencia manufacturera más desarrollada del mundo.

El caso con Francia fue más complicado. Francia era parte de la Santa Alianza y el llamado Pacto de Familia de los Borbones había sido restaurado en las personas de Luis XVIII y Fernando VII. El gobierno francés estaba entonces con la corona española y se negó a conceder su reconocimiento a ninguna nación hispanoamericana. Por el contrario, intrigó en la corte española con el objetivo de imponer en las nuevas naciones una serie de monarquías borbónicas y así lograr en el mediano plazo un lugar de privilegio en el mercado americano.

Esa intriga monárquica no fructificó y Francia comenzó a perder terreno en el mercado de México y el resto de Hispanoamérica en beneficio de ingleses y estadounidenses. Sus mercancías sí penetraban en dichos mercados, pero lo hacían en condiciones desventajosas. Esto produjo el descontento de sus navieros y comerciantes, quienes presionaron a su gobierno para que reconociera la independencia de Hispanoamérica y firmara tratados. El ascenso al trono de Carlos X en 1824, sin embargo, complicó más la situación, pues se trataba de un monarca recalcitrantemente absolutista y enemigo de los regímenes republicanos de América, por lo cual la formalización de las relaciones de Francia con el Nuevo Mundo tuvo que seguir esperando.

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El Cancán rompe tradiciones

Ramón Jiménez Gómez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 26.

En la segunda mitad del siglo XIX irrumpía en México la cultura francesa. Era la tendencia de la época. Quien estuviera fuera del modelo cultural que irradiaba desde París se quedaba anquilosado en el pasado. Un ejemplo fue aquel baile de mujeres que alzaban sus piernas e inmortalizaría el pintor Toulouse Lautrec. Indecentes para algunos, tuvo su furor que decaería al cabo de un corto tiempo, hasta renacer durante el porfiriato.

4. Antecedente del CANCAN (640x438)

Winslow Homer, A Parisian Ball – Dan- cing at the mobille, Paris, en Harper’s Weekly, Estados Unidos, New York: Harper & Brothers, publishers, 23
de noviembre de 1867. Boston Public Library

La noche del 23 de julio de 1869 la compañía española de zarzuelas, dirigida por el compositor Joaquín Gatzambide, estrenó en el Gran Teatro Nacional la opereta Orfeo en los infiernos, con libreto de Ludovico Halevy y música de Jacques Offenbach. De repente el público se volvió loco: cayó y subió el telón rápidamente en más de diez ocasiones; cada vez que subía, la gente se deleitaba con esa extraña y alegre música, contemplando a la par las pantorrillas de Elisa Zamacois y Amalia Gómez, primeras émulas de la Rigolboche en México. Esa noche, como ya se estaba haciendo costumbre, el Teatro Nacional había ofrecido el espectáculo del cancán, aquella función venida de Francia que alborotaba a los mexicanos por igual: algunos la aplaudían eufóricamente, otros la condenaban categóricamente, pero eso sí, no pasaba inadvertida.

Sin duda, surgen varias preguntas. ¿Qué tan generalizado estaba el cancán en México? ¿A partir de cuándo se comenzó a poner en escena este espectáculo? ¿Cuáles fueron las opiniones que generó este baile? Son cuestionamientos que abordaré en el presente texto para poder comprender un poco mejor este aspecto cultural del México decimonónico.

Efectos de la Cola Marini en el Nacional,  El Mundo cA?mico t III, domingo, primero de enero de 1899 (895x1280)

Efectos de la cola Marini en el Nacional, en El mundo cómico, 1 de enero de 1899. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora.

Según la Real Academia de la Lengua cancán es la definición de una danza frívola y muy movida que se importó de Francia en la segunda mitad del siglo XIX, y que hoy se ejecuta sólo por mujeres como parte de un espectáculo, pero también es un sinónimo de molestia o fastidio. Y es que el mismo vocablo en francés también hace referencia al escándalo, pues en un principio esta danza nació como parte de las fiestas de los trabajadores: apareció por primera vez en París hacia 1830, en los barrios de Montparnasse, como una versión más del baile rápido; en ese sentido, el cancán era una danza para parejas, las cuales realizaban patadas altas y otra serie de gesticulaciones con los brazos y las piernas. Durante estos primeros años el baile fue conocido como chahut, término que igualmente significaba ruido o alboroto.

Frou Frou CANCAN

Leonetto Capiello, Le Frou Frou 20’, Jurnal Humoristique, 1899, litografía, Francia. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.

Los lugares donde gestó su primera época de oro fueron en los jardines y Bals Publics; el más famoso fue el Jardín Mabille situado en la avenida Montaigne, inaugurado en 1840 y en uso hasta 1870. A las presentaciones acu- dían todas las clases sociales, pues asistían tanto los aristócratas como los intelectuales (un Alexandre Dumas, por ejemplo) o los humildes grisettes. Dentro de estos últimos surgieron personalidades que, con más ca- risma que técnica, llegaron a convertirse en estrellas del cancán, tales como Rigolboche, Finette, Rosalba o Alice La Provenzale. Para 1858 el cancán se había consagrado ya como una opereta teatral definitiva, especialmente gracias a la inmortalización de la composición musical Orfeo en los infiernos del francoalemán Jacques Offenbach.

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