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Dos ejércitos, dos visiones, un sitio

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El coraje y la valentía no serían suficiente para las menguadas fuerzas del Ejército de Oriente, que entre marzo y mayo de 1863 se enfrentarían en Puebla a la entrenada y bien abastecida expedición francesa. Prácticamente estaban en las antípodas.

Jean-Adolphe Beaucé, El General Bazaine ataca el fuerte de San Javier durante el sitio de Puebla, 29 de Marzo de 1863, óleo sobre tela, 1867, copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Jean-Adolphe Beaucé, El General Bazaine ataca el fuerte de San Javier durante el sitio de Puebla, 29 de Marzo de 1863, óleo sobre tela, 1867, copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Puebla ha sido, históricamente, una de las metrópolis más importantes de nuestro país. Fundada en el Valle Cuetlaxcoapan, su ubicación la convirtió un paso obligado para quienes se dirigían de Veracruz a la capital de la república o viceversa, por lo que en términos militares tomar Puebla abría las puertas de la ciudad de México. Esta situación la convirtió en escenario de una gran cantidad de sitios y enfrentamientos durante el siglo XIX, aunque ninguno tan famoso como el del 5 de mayo de 1862, fecha en que el Ejército de Oriente derrotó a quienes Ignacio Zaragoza, su general en jefe, calificó horas antes de la batalla como los primeros soldados de mundo.

El triunfo de los primeros hijos de México –adjetivo también empleado por Zaragoza– sobre el ejército francés, considerado en la época como el más disciplinado del planeta, originó una de las mayores celebraciones nacionales y opacó lo sucedido entre el 16 de marzo y el 7 de mayo de 1863, periodo en el que miles de hombres mal armados resistieron los ataques continuos de quienes se sentían obligados a vengar la afrenta recibida un año antes. Vale recordar aquí que Porfirio Díaz mencionó en sus memorias que durante la lucha por el cuartel de San Marcos sacó su pistola para defenderse, pero era tan mala su calidad que se le desarmó en las manos y tuvo que aventarle los pedazos a un zuavo que trataba de matarlo.

Dos fuerzas

Entry of the french into the city of Mexico, litografía en Henry Davenport, Grandest Century in the world’s History, Estados Unidos, National Publishing Co., 1900.

Entry of the french into the city of Mexico, litografía en Henry Davenport, Grandest Century in the world’s History, Estados Unidos, National Publishing Co., 1900.

Cuando marcharon de nuevo sobre Puebla, los expedicionarios franceses no estaban ya bajo el mando del conde de Lorencez, sino de un héroe de la Guerra de Crimea, el general Élie-Frédéric Forey. Y los 6 000 hombres con los que el conde se proclamó dueño de México antes de su inolvidable derrota frente a Zaragoza, habían sido reforzados considerablemente, por lo que en enero de 1863 sumaban 28 126 soldados con 50 bocas de fuego, plantándose frente a Puebla con 26 300 efectivos –cifra que incluye a 2 000 tropas conservadoras que se pusieron bajo sus órdenes– y 56 piezas de artillería.

Entre los defensores también se llevó a cabo una importante reorganización: a los 5 454 soldados con que contó Ignacio Zaragoza el 5 de mayo de 1862 se les fueron uniendo numerosos contingentes, por lo que al llegar el enemigo el Ejército de Oriente sumaba 24 828 hombres más 180 piezas de artillería, de acuerdo con lo que Juan Macías escribió en El sitio de Puebla. 150 aniversario. Sin embargo, en su conocido libro El sitio de Puebla en 1863, Luis Chávez Orozco sostiene que los defensores contaban con 23 930 efectivos, divididos de la siguiente manera: 22 206 soldados, 1 495 oficiales y 229 jefes con 178 cañones.

Más allá de estas y otras diferencias en las cifras –el general Juan Manuel Torrea afirma en Gloria y desastre del sitio de Puebla que entre jefes, oficiales y tropa, los mexicanos tenían 24 678 efectivos–, los autores mencionados concuerdan en que las fuerzas nacionales eran inferiores en número frente las francesas y en que estas últimas estaban integradas por profesionales muy bien adiestrados, venían precedidas por brillantes campañas y contaban con enormes caudales, mientras que el Ejército de Oriente estaba formado en su mayor parte por milicias estatales que no tenían los conocimientos ni la disciplina para poder ser consideradas como un ejército regular, ya que la mayor parte de sus soldados habían sido reclutados a la fuerza y llevados a Puebla de lugares tan lejanos como Chihuahua o Chiapas… recibiendo adiestramiento militar básico durante el camino y sin contar con mayor experiencia de combate.

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Junto al mal armamento y la poca capacitación y experiencia de sus tropas, los republicanos también tuvieron que enfrentarse a la falta de dinero, algo que los acompañó durante toda la lucha e hizo confesar a un jefe guerrillero que le daba vergüenza llegar a un pueblo sin un centavo y tener que pedir a las autoridades paja, maíz, tortillas, carne, leña y todo lo necesario para asegurar la subsistencia de sus fuerzas; en cambio los franceses trataban de atraerse la simpatía de la gente pagando a buen precio todo lo que necesitaban.

También dejó constancia de esta situación Ignacio Zaragoza en un telegrama enviado el 9 de mayo de 1862 al ministro de la Guerra, general Miguel Blanco, en el que le informaba que sus fuerzas casi no tenían alimentos, que no logró cubrir los gastos del día porque sólo tenía en caja 3 300 pesos, cuando se necesitaban 3 700 pesos, y que no pudo conseguir más dinero porque los poblanos eran malos en lo general y, sobre todo, indolentes y egoístas. Concluía que sería bueno quemar una ciudad que estaba de luto por la derrota francesa.

Entre quienes lamentaron el triunfo de Zaragoza se encontraba Tirso Rafael Córdova, un clerical conservador e imperialista para el que nada ilustraba mejor la miseria del Ejército de Oriente que su desfile frente a Benito Juárez en marzo de 1863, ya que poco antes de marchar frente al presidente se pintaron carretas, cureñas y cañones y se dieron a los soldados flamantes uniformes… aunque no zapatos. Formándose, de acuerdo con él, un contraste ridículo entre la ropa nueva y sus pies descalzos.

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Maximiliano y la Virgen de Guadalupe. Desacuerdos en tiempos de fiesta

Sergio Hebert Caffarel Pérez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El emperador francés intentó encontrar un aliado en sus cuatro años de reinado en México, en la Iglesia católica. Pero las desconfianzas siempre minaron la relación. Ni siquiera su acercamiento a la devoción popular por la Virgen de Guadalupe logró romper la frialdad del vínculo.

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

El martes 12 de diciembre de 1865, el emperador Maximiliano I de México se levantó de madrugada en el Castillo de Chapultepec. Era un día muy especial para él y sus súbditos por lo que vistió el uniforme más elegante. A las siete de la mañana abordó un coche que lo llevaría hasta la villa de Guadalupe, un poblado al norte de la capital, en donde se llevarían a cabo los festejos de lo que los católicos mexicanos llamaban “La maravillosa aparición de nuestra Señora de Guadalupe.” El emperador estaba acompañado por el oficial de órdenes de servicio y por una pequeña guardia. Su esposa, la emperatriz Carlota, se encontraba de viaje por la península yucateca y su regreso estaba programado para finales de esa semana.

En toda la villa había una estricta vigilancia policiaca y las vías del ferrocarril estaban despejadas para que el tren que lo trasladaba no tuviera ningún contratiempo. Salió a las nueve de la mañana de la estación de México, con algunas personalidades de la corte que formaban el gran séquito que lo acompañaría en los festejos. Al llegar a la casa del cabildo de Guadalupe, el emperador ocupó el cuarto-tocador que se preparó especialmente para él. El plan, que el periódico El Pájaro Verde había publicado tres días antes, marchó a la perfección.

El gran séquito estaba formado por los oficiales de la guardia palatina, los capellanes honorarios de la corte, los caballerizos honorarios, el tesorero y el secretario de la intendencia, el primer médico del emperador, los grandes cruces de la orden de Guadalupe, el gran maestro de ceremonias, “F. S. Mora”, entre muchas otras personalidades cortesanas y gubernamentales. Los militares llevaban su “gran uniforme, collares y condecoraciones”, los civiles un “frac negro y corbata blanca.” Acompañaron a Maximiliano por su camino al templo de Guadalupe a las 9:45 de la mañana, el cual estaba siendo resguardado por una valla de soldados imperiales, quienes le presentaban honores cuando pasaba por la alfombra de recepción. En el fondo se escuchaba a la banda militar tocando el himno nacional y en los alrededores del templo se congregó una muchedumbre para participar en la festividad religiosa y ver, aunque fuera de lejos, al emperador.

Cuando llegaron a la puerta del templo, el arzobispo los roció con agua bendita y se incorporó al grupo que acompañó a Maximiliano hasta el interior. Ahí, todos tomaron su lugar, el cual fue minuciosamente asignado, según el plan: “S.M. [estaría sentado] en el lugar correspondiente, al lado del Evangelio. El clero enfrente, al lado de la Epístola. A la derecha del altar, el gran mariscal de la corte. A la derecha del dosel de S.M. el gran maestro de ceremonias. Más abajo el segundo secretario de las ceremonias. […] A la izquierda del altar: Mariscal comandante en jefe, presidente del Consejo de Estado, ministros, consejeros de Estados efectivos y honorarios”. La ceremonia cantada por el arzobispo duró una hora y cuando terminó el séquito se retiró solemnemente del templo despidiéndose del clero presente. En la casa del cabildo sólo una parte seleccionada por el Emperador se quedó a almorzar con él y regresaron en tren a la capital luego de las 12:30 horas. Quienes no fueron invitados retornaron una hora antes.

Al final del día, Maximiliano I de México se sentó en su escritorio y dirigió a su esposa una carta en la que le decía: “La fiesta de Guadalupe salió muy bien, fue un maravilloso día veraniego y en consecuencia hubo una cantidad incontable de personas. La población estuvo muy simpática”.

Cruce de intereses

Pese a que las guerrillas republicanas seguían acechando múltiples ciudades, había problemas en general con el clero tras las fracasadas negociaciones por la restitución de los bienes eclesiásticos que la Iglesia perdió con las leyes de Reforma. El emperador Napoleón III ya le dejaba entrever al emperador que se acercaba el plan de retirada de las tropas francesas.

Tras una sangrienta guerra civil que duró tres años, el sector conservador sufrió una dura derrota, pero siguió buscando otras formas de gobierno que le permitieran restablecer sus propiedades, desmanteladas por las reformas liberales. Esta vez, el clero mexicano decidió apoyar el proyecto monárquico que algunos conservadores estaban planeando en la corte de Napoleón III, el cual desembocó en una intervención extranjera a finales de 1861 e inicios de 1862.

Todas las esperanzas de la Iglesia mexicana para que el nuevo modelo de gobierno tuviera éxito fueron depositadas en el relativamente joven archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, quien llegó al país en mayo de 1864. Sin embargo, el novel emperador y su esposa Carlota poseían una imagen negativa de la Iglesia católica debido a su ideología más liberal. La pareja vio en el clero un lastre para el progreso material de México.

Abel Briquet, Village and Basilida of Guadalupe, fotografía estereoscópica, ca. 1875, Cornell University. Flickr Commons.

Abel Briquet, Village and Basilida of Guadalupe, fotografía estereoscópica, ca. 1875, Cornell University. Flickr Commons.

Lo que ellos buscaban, al igual que Juárez, con sus claras diferencias respecto a la forma de gobierno y otros asuntos jurídicos, era la implantación de un capitalismo que pudiese desarrollar gran parte de las fuerzas productivas mexicanas, cosa que era casi imposible si se restituían las formas de propiedad clericales. En una carta de ese año la emperatriz Carlota dijo: “Las máquinas de vapor y un catecismo en el que se diga que el hombre debe de trabajar, esto es lo que necesitan los indios y no conventos contemplativos y dominación eclesiástica”.

De hecho, tan pronto Maximiliano dio a conocer que no solo no echaría atrás las reformas liberales, sino que las ratificaría, la relación entre el clero mexicano y la corona mexicana empezó a presentar abundantes desavenencias. Intentó arreglar el problema con el nuncio papal monseñor Meglia, de perfil ultraconservador y, en palabras de la emperatriz de Francia, con un carácter poco conciliador. Y es que el papa Pío IX se encontraba al frente de una Iglesia católica en crisis y buscaba contrarrestar a todo movimiento por mínimamente liberal que fuera.

El representante del vaticano fue recibido con grandes honores por el emperador el 10 de diciembre de 1864 y el periódico L´Ere Nouvelle, escrito en francés para los extranjeros que se encontraban en el país, publicó al día siguiente que su llegada era una prueba de que “el Santo Padre […] quiere el arreglo definitivo y si es necesario de los difíciles asuntos pendientes entre nuestro gobierno y la Santa Iglesia apostólica.”

Aunque al inicio se esperaba que su llegada pudiera poner fin a las dificultades surgidas, la realidad fue distinta. El emperador propuso un concordato de nueve puntos que presentó el 26 de diciembre en donde se establecía, entre otras cosas, que la Iglesia tendría que renunciar a todos los bienes que habían sido nacionalizados y al cobro por la administración de sacramentos a cambio de que todos los sueldos del clero fueran asumidos por la corona. Este fue rechazado tajantemente por el enviado de Roma, ya que el propio Papa le había dado instrucciones de oponerse a toda ley de reforma. De hecho en ese mismo mes el Santo Padre publicó la encíclica Quanta cura junto con su anexo Syllabus errorum, en donde daba una lista de errores que se estaban cometiendo a nivel mundial. A grandes rasgos se oponía al racionalismo, a las nacientes ideas del socialismo, al liberalismo moderno y a las modificaciones entre las relaciones Iglesia-Estado, por lo cual, en este último punto fue en donde el Segundo Imperio se vio afectado directamente ya que las negociaciones se truncaron. Maximiliano reafirmó su posición liberal con la publicación del Estatuto provisional del Imperio Mexicano el 10 de abril de 1865; el artículo 58º estableció la libertad de cultos como una garantía individual para todos los ciudadanos, y esto motivó a la Iglesia a marcar una mayor distancia con el gobierno imperial.

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La barbacoa en el siglo XIX

Blanca Azalia Rosas Barrera
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El método mesoamericano de cocción de carne en horno de tierra perdura hasta nuestros días. Su salubridad siempre fue cuestionada, especialmente al finalizar el siglo XIX cuando se adoptaron medidas más eficientes para regular la higiene de los alimentos, lo que provocó la modificación de las técnicas y utensilios para la preparación y venta de barbacoas en el ámbito urbano.

Casimiro Castro, Teatro Nacional – México [Detalle], litografía a color, [s. f.]. Colección de Ramón Aureliano Alarcón

Casimiro Castro, Teatro Nacional México [Detalle], litografía a color, [s. f.]. Colección de Ramón Aureliano Alarcón

La preparación de alimentos no es una actividad exclusiva del ámbito privado del hogar, sino un fenómeno público relacionado con tradiciones y la expresión de diferencias sociales y de género que requiere del uso y control tanto de utensilios como del fuego en espacios abiertos. En este sentido, el presente ensayo documenta el mestizaje culinario que propició el desarrollo de la barbacoa mexicana durante el periodo colonial y su adaptación al comercio callejero mediante la invención de un horno portátil, el cual estaría presente en las calles de la ciudad de México durante todo el siglo XIX. Finalmente, se analizará cómo el desarrollo de nociones modernas de salubridad e higiene durante el porfiriato propició un control más efectivo del comercio callejero de alimentos y del consumo de carne, provocando la desaparición gradual del horno portátil y el establecimiento de formas y espacios más regulados para elaborar y vender barbacoa.

Mestizaje culinario

La formación de una cultura culinaria mestiza se inició en los años inmediatos a la conquista de Tenochtitlán por los españoles, no sólo con nuevos nombres para los alimentos, sino con la introducción de productos, técnicas y utensilios, que pronto se combinaron con los existentes. Fray Bernardino de Sahagún, quien llegó como evangelizador en 1529, refiere que los indígenas comenzaron a vender y cocinar las carnes de Castilla, “aves, vacas, puercos, carneros, cabritos: véndela cosida o por coser, y la cecinada y asada debajo de tierra.” Por su parte, el naturalista Francisco Hernández relataba que “la traza y modo de aderezar la carne debajo de tierra, han tomado los españoles de esta tierra, y se usa mucho en la Nueva España, para que pudiésemos también tomar experiencia de este regalo, y no se nos encubriese cosa de las que en cualquiera manera puedan servir al apetito y gusto del paladar”.

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Casimiro Castro, Las cadenas en una noche de luna [Detalle], litografía en México y sus alrededores, México, Imprenta de Debray, 1869. The New York Public Library.

La palabra barbacoa, de origen caribeño, fue adoptada por los españoles para nombrar la técnica de cocción mexica tapextle, la cual consistía en cavar un hoyo en la tierra, colocar piedras en el fondo cubriéndolas con madera, misma que se encendía hasta formar brasas. A continuación, estas se eliminaban y sobre las piedras calientes se ponían pencas de maguey, hojas y encima la carne condimentada con sal y hiervas, cubierta a su vez con más hojas o pencas para protegerla, además de tierra seca para sellar el hoyo y conservar el calor por varias horas. En el caso mesoamericano la carne horneada era de conejo, perro, venado, pescado, pato, guajolote y otras aves.

Pese a que la carne de res y ave era muy estimada entre los españoles, su alto costo ocasionaba un mayor consumo de carne de oveja, cabra, carnero y cerdo, lo que puede relacionarse con la costumbre más generalizada de preparar barbacoa de borrego y chivo, que persiste en la actualidad. Con la carne llegó la manteca para freír y las especias, además del cilantro, pimienta, ajo y cebolla que se integraron a las salsas molcajeteadas, los lácteos para las quesadillas y postres, la lechuga y el rábano para acompañar pambazos y barbacoas como ensalada. En cuanto a los utensilios, los españoles introdujeron la cerámica vidriada, enseres de hierro, cobre y bronce que convivieron en las cocinas con trastes de barro, piedra y palma.

Debido al crecimiento de la capital del reino y sus demandas durante los siglos XVI y XVII, alrededor de las plazas públicas de mercado se desarrolló todo tipo de comercio ambulante. Esta actividad se asociaba con las clases populares carentes del capital social y económico para aprender un oficio o montar un negocio establecido, pero con el ingenio necesario para desarrollar diversos medios para trasladar y ofrecer al público infinidad de productos. Respecto a la venta de alimentos, la pintura de castas del siglo XVIII muestra detalladamente el expendio de guisos en los que destacaba el uso de chile, manteca y menudencias (nenepile), cocinados en cazuelas de barro sobre anafres improvisados; de igual forma se aprecia la venta de barbacoa, cabezas de ternera y pato preparados en horno.

Hombres sacando barbacoa del horno, ca. 1950, inv. 160773, sinafo. Secretaría de Cultura- INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Hombres sacando barbacoa del horno, ca. 1950, inv. 160773, SINAFO. Secretaría de Cultural INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

El Discurso sobre la policía en México de 1778, atribuido al oidor Baltazar Ladrón de Guevara, expresaba que estos establecimientos eran la principal causa de incendios, malos olores, del consumo de carne adulterada, de desórdenes suscitados al congregarse gente de baja calidad que acompañaba la comida con pulque. En este contexto, los funcionarios Borbones emitieron nuevas disposiciones, de corte ilustrado, para mantener el orden y limpieza de los espacios públicos de la ciudad, vigilar la calidad de los alimentos, integrar a los ambulantes a la administración de mercados, así como evitar incendios en calles y plazas. Sin embargo, la permanencia de dichas prácticas y costumbres alimenticias fue inevitable, debido no sólo a los intereses económicos que mantenía el Ayuntamiento sobre el comercio de comida, sino por tratarse de una importante fuente de trabajo para las clases populares que, a la vez, satisfacía una necesidad básica de la numerosa población capitalina.

Un horno ambulante

A comienzos del siglo xix en la ciudad de México prevalecía una cultura culinaria que no desperdiciaba nada. En 1828 el pintor italiano Claudio Linati ilustró cómo los “cuartos de ternera y de carnero” eran ofrecidos junto a “las cabezas, patas, etcétera, las llevan todas asadas y se destinan, en general, para alimento de la gente común”. Incluso los primeros libros de cocina que recopilaban recetas europeas elaboradas con productos locales incluían platillos de menudencias de res. Aquellos publicados entre 1831 y 1845 mostraban por lo menos dos formas de preparar la cabeza de ternera, una, denominada “a la mexicana”, se hacía en horno:

Despellejadas las cabezas se cuecen con saltierra;estando bien cocidas, se parten por el centro parasacarles los sesos, que se sazonan con sal y pimientay cebolla, tomillo y orégano, mezclándolos bien. Se untan las cabezas con un adobo de chiles anchosremojados, ajo, cominos, sal y cebolla, todo molido,se untan de manteca, y luego de aquel adobo; semeten al horno, cuidando se doren bien por todoslados. Después, en cada cavidad se vuelven a colocarlos sesos, se atan con un hilo fino y se sirven,adicionándolos con una salsa hecha con chile anchoy pasilla, remojados y molidos groseramentecon un poco de pulque, sazonada la salsa con sal,pedacitos de queso añejo, zumo de naranja agria,aceitunas y chilitos en vinagre.

En 1828, un ciudadano preocupado, “El cuchara” Marcos Bruno de la Cruz, se dirigió al “Arquitecto de la ciudad” respecto a las bancas instaladas en el paseo de la Viga. Burlándose de su forma, las llamaba “braseri-asientos” y pedía que se les agregaran “unas hornillas para que las vendedoras del pato en pipián, las de los envueltos, buñuelos y otras muchas puedan calentarlo”, así como hacerlas más altas “con el objeto de que sirvan también de carboneras, pues me parece muy feo que teniendo dónde guisar, no haya dónde echar el carbón, aunque sea en un polígono o en un medio pañuelo.” Con reservas sobre su sentido original, el comentario da luz sobre la normalización del uso de utensilios de hierro y hojalata, cada vez más pequeños y eficientes, entre las clases populares y su adaptación a los espacios públicos, es decir, su salida de las cocinas de la élite. Además, expresa la preocupación de la población por consumir los alimentos calientes, hasta aquellos ofrecidos en la calle, pues era creencia general que comerlos fríos “les descompondría el estómago”.

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Tipos populares. Los vendedores de cabezas, dibujo en La Patria Ilustrada, 28 de septiembre de 1885.

En el caso de la carne, la cocción al horno facilita llegar al centro de las piezas y mantener su humedad, pues su función es transmitir el calor por medio de corrientes de aire que concentran la temperatura por mucho tiempo. De esta manera, parece lógico que la venta de carne asada al horno requiriera de una alta temperatura constante, necesidad que sería cubierta con la adaptación de “una pequeña hornilla” para la venta ambulante de barbacoa, pato y cabezas de carnero, ofrecidas “humeantes aún, al hambriento comprador”. Al igual que muchas tecnologías domésticas de uso cotidiano, las fuentes documentales no hacen referencia a la fabricación o función del horno móvil, puesto que era el resultado del trabajo colectivo e individual de hombres comunes, quienes modificaron y adaptaron materiales accesibles para hornear en la calle.

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María Conesa encandila a la política mexicana

Andrea Chong Muñoz
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Desde Porfirio Díaz hasta Pancho Villa fueron deslumbrados por la artista española. A pesar de amenazas e intimidaciones, y la necesidad de ausentarse del país en algunas temporadas, logró preservar su espectáculo, sin importar las filias políticas.

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Retrato de María Conesa, fotografía en Teatros en México, Arte y Letras, 1911. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Caos. Es la primera palabra que se formula en los labios de cualquiera que escuche hablar de la revolución mexicana. Sin embargo, en medio de las idas y venidas de los ejércitos, del miedo y de las balas que rozaban las cabezas de los incrédulos, los teatros estaban llenos de vida. Ya fuera el Colón, el Lírico o el Principal, ya fueran los oficiales o los soldados rasos, había una artista que nadie podía perderse, una pícara española que derrochaba alegría y podía salvar una vida con su sonrisa. Su nombre era María Conesa, “La gatita blanca”.

Corría el año 1910. María Conesa contaba apenas con 20 años y su popularidad en la ciudad de México desbordaba los teatros; nadie se le comparaba en la zarzuela del género chico, que incorporaba crítica política y social a la parodia y la picardía. Al mismo tiempo, las elecciones presidenciales estaban a la vuelta de la esquina. Porfirio Díaz se enfrentaba a Francisco I. Madero, a un contendiente que realizaba una campaña política en las poblaciones más importantes del país, algo antes nunca visto. Así que, mientras los tacones danzaban y las multitudes aplaudían, Madero era encarcelado en San Luis Potosí y la paz se restablecía. Por ello, no resulta extraño que Díaz, junto con su gabinete, asistiera dos veces al Teatro Principal para ver a aquella española de la que todo el mundo hablaba.

La primera ocasión ocurrió con motivo de la función organizada por estudiantes de preparatoria que buscaban obtener fondos para organizar un congreso y la segunda por el festejo de la independencia de México. Como el lector sabrá, la Constitución de 1857, lo mismo que la actual, prohibía realizar modificaciones a la bandera del país. Sin embargo, ya fuera por su simpatía, por su belleza o su habilidad artística, Conesa, quien vistió un traje de china poblana con el escudo nacional, en vez de ser regañada, recibió una foto autografiada por el presidente Díaz.

Como todos sabemos, la paz no fue eterna. Después de que se declarara a Díaz reelecto en octubre, Madero huiría de la cárcel y publicaría en Texas el Plan de San Luis, el cual llamaba al pueblo a tomar las armas el 20 de noviembre. María Conesa tenía su propio problema con el cual lidiar. Se la amenazaba con sisear durante sus funciones si no pagaba una suma de dinero mensualmente, se la intimidaba con manchar su reputación artística con el fin de conseguir unos cuantos pesos. Así que, mientras Madero pugnaba por la democracia y pedía el apoyo de sus conciudadanos, “La gatita blanca” debía defender quién era por medio de la policía.

Marzo de 1911. El movimiento maderista estallaba en todo el país, Pascual Orozco, Francisco Villa y Emiliano Zapata son solo los nombres de algunos de los combatientes más destacados. Dos meses después, tanto Madero como la Conesa triunfaban. El primero firmaba los Tratados de Ciudad Juárez el 21 de mayo y el pueblo tomaba la galería de la Cámara de Diputados tres días después, es decir, su victoria era completa. La segunda, con la ópera Aires de Primavera, con la que debutaba en el teatro Lírico, demostraba a todos, incluso a ella misma, que no era solo una artista que sabía cantar cuplés o bailar.

María Conesa con traje tradicional español, postal iluminada, ca. 1910. Tarjeta perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

María Conesa con traje tradicional español, postal iluminada, ca. 1910. Tarjeta perteneciente al fondo pictográfico de Colecciones Especiales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Con Francisco León de la Barra como presidente interino (26 de mayo-6 de noviembre), el 7 de junio del mismo año hizo su entrada triunfal a la capital Francisco I. Madero. Es probable que el primer encuentro entre ambos personajes, de trayectorias distintas, ocurriera el 2 de julio, día en que en el palco del Principal, en medio de las actuaciones de Conesa, Madero le dedicara una fotografía a la artista. Durante ese año, el optimismo cundía en los corazones de los escritores, actores y espectadores del teatro. Porque, además, fue en ese momento cuando el Estado perdió el control sobre el teatro frívolo y, por fin, apareció la revista política de forma libre y sin censuras.

Basta con mencionar que, en septiembre, después de que en las semanas anteriores se crearan numerosos partidos políticos, la postulación de Bernardo Reyes por el Republicano se volvería tema de cuplé. Por ello, no es tampoco de extrañar que El Ahuizote del 16 de septiembre tuviera las siguientes letras impresas: “Ahora son los labios rojos de la Conesita que derraman sobre la derrumbada formalidad del divisionario candidato coplas de burlas y sarcasmos suaves como rasguñones de gatita”.

Las obras que se presentaban exhibían la creencia y el entusiasmo por la revolución; por ejemplo, la obra de teatro El surco, escrita por José F. Elizondo y José Rafael Rubio, que se estrenó en el Principal el 15 de septiembre y en la que actuó María Conesa, contaba con frases como: “Me gusta tu demócrata actitud” o “Acerque usted la urna de sus besos, que con los votos esos trastorna mi casilla electoral.” En una ciudad en que las prácticas democráticas se distinguían por el abstencionismo, el teatro servía ahora como portavoz de esa nueva fe o emoción en el proceso electoral.

¡Si tan solo la felicidad fuera eterna…! En noviembre, entre que Madero asumía su cargo el 6 y el 28, en que se enfrentaba al movimiento zapatista y a la publicación del Plan de Ayala, María Conesa tenía ante ella el teatro Principal prácticamente desierto por los levantamientos en contra del gobierno federal. Tanto para el presidente como para la artista, las cosas no iban bien y serían cada vez peores.

Sin posibilidades reales de realizar reformas sociales, unos meses después, en marzo de 1912, el ejército federal, liderado por Victoriano Huerta, tendría que enfrentarse al levantamiento norteño de Pascual Orozco y, el 21 de junio, Conesa viajaría a su tierra natal, España. En principio, la razón se debió al abandono de su público por los movimientos armados y a los reventadores que la obligaron a dejar el escenario el tres del mismo mes, pero también por la presión de Manuel Sanz, su esposo, dueño de haciendas pulqueras quien, a pesar de haberse enamorado de ella en el teatro, ya no aceptaba su permanencia en el mismo.

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Sumario #44

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

image273La última defensa del gobierno virreinal en la Nueva España
Eduardo Adán Orozco Piñón

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAHDos ejércitos, dos visiones, un sitio
Iván Lópezgallo

Alegoría de Maximiliano y Carlota frente a la virgen de Guadalupe, ca. 1865, inv. 451725, sinafo. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.Maximiliano y la Virgen de Guadalupe. Desacuerdo en tiempos de fiesta
Sergio Hebert Caffarel Pérez

image310La barbacoa en el siglo XIX
Blanca Azalia Rosas Barrera

Retrato de María Conesa, fotografía en Teatros en México, Arte y Letras, 1911. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.María Conesa encandila a la política mexicana
Andrea Chong Muñoz 

image351La formación del adolescente mexicano
Ivonne Meza Huacuja

 

DESDE HOY

West-northwest of Summerford MountainMéxico ante el cambio climático
Fernando Tudela

 

TESTIMONIO

001En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la colmena
Ana Buriano

 

ARTE

031Saturnino Herrán. Artista del modernismo nacionalista
Luciano Ramírez

 

CUENTO

image261Cacao-chocolate
Eduardo Celaya Díaz

 

ENTREVISTA

056Santa Anna en Turbaco, en 1856
Ana Rosa Suárez Argüello

 

SEPIA

image355 Techo de cristal
Darío Fritz