Archivo de la etiqueta: pachuco

Bato, pachuco, ese

Virginia Medina Ávila
FES-Acatlán, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Zoot suit es la prenda de vestir que caracteriza al pachuco, al pocho, al mexicano nacido en Estados Unidos –que ni es de aquí ni es de allá–, el que funde el inglés y el español en un raro crisol, quien usa el caló como dialecto tribal que da cohesión e identidad a jóvenes socialmente discriminados.

TINTAN-FOTO-PRINCIPALM

El fenómeno social “pachuco” inicia en las ciudades fronterizas de Estados Unidos en los años veinte, y cobra mayor relevancia en las décadas de los cuarenta y cincuenta, tanto en ciudades del sur de la Unión Americana como en México. Surge de la necesidad de pertenencia y reafirmación entre las bandas de jóvenes de origen mexicano y se singulariza tanto por su vestimenta como por su conducta desafiante y su peculiar manera de hablar.

El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pachuco, extraña palabra que no tiene significado preciso; más bien está cargada, como toda creación popular, de una pluralidad de significados reflejados en el habla –“caló pachuco”– en el espectacular zoot suit (traje con saco de solapas anchas, cruzado y largo hasta cinco o diez centímetros por debajo de las caderas), tatuajes, así como peinado de “cola de pato” que distinguen a mexicoamericanos marginados de El Paso, Tucson y Los Ángeles, hechos a una cultura urbana, más mexicana que angloamericana.

Pachuco, chuco, bato, ese. Son expresiones usadas para denominar a personas que se distinguen por el habla y estilo de vestir muy originales, tal como hemos visto a Tin Tan, en El rey del barrio (1945); a Víctor Parra, en El suavecito (1950) o a Edward James Olmos, en Zoot Suit (1981). Representan una riquísima manifestación cultural surgida en la primera mitad del siglo xx, entre los mexicoamericanos, mexicanos que emigraron al sur de Estados Unidos en busca de trabajo, numerosa población de la frontera norte y otras regiones de nuestro país. Aquí presento algunos textos que retratan este singular fenómeno.

El 10 de julio de 1944 apareció en la revista Time un artículo titulado “Autentic Pachuco” que describe a Tin Tan como “el popular mimo pachuco (zoot-suited) de 27 años de edad, que todas las noches de la semana se presenta en la ciudad de México en una sala musical llamada Follies Bergere”. Se trataba de un teatro de variedades ubicado sobre la avenida Gabriel Leyva, hoy Eje Central, junto a la Plaza Garibaldi, de la Ciudad de México.

De su apariencia externa el artículo comenta: “Tin Tan usa un erguido talle en su vestimenta negra, chaqueta amplia de terciopelo morado que le llega a las rodillas, así como una cadena de acero que le cuelga debajo de las rodillas, unos pantalones bombachos que se estrechan en los tobillos. Siempre es cariñoso y alborotador con su público […].” Asimismo refiere que, en 1943, Tin Tan era un actor de radio poco conocido en Ciudad Juárez y que retomaba la jerigonza –jerga, lenguaje especializado, difícil de comprender para las personas que no pertenecen al grupo– de las cantinas de la frontera. También se hacen comentarios acerca del éxito que ya para entonces había obtenido el cómico mexicano: contratos en el cabaret El Patio, en la XEW y en tres películas musicales: El que la traga, la paga; Hotel de verano y El hijo desobediente.

En otro texto, podemos ver que el estilo de vestuario del pachuco en general se basó en la moda de las décadas de 1910 y 1920, con grandes exageraciones. De este tipo de apariencia externa, tenemos una narración de Daniel Venegas en su novela Las aventuras de don Chipote o cuando los pericos mamen, publicada en 1928, y reeditada en 1984:

Como ya son gentes de posibles, se han comprado vestidos a la usanza de los paisanos que llegan y se arman y los cuales consisten en un traje de color azul marino con muchos botones, zapatos amarillos y sombrero texano. Además, con pantalones de campana y el saco a rayas, visten a la moda que a ellos les gusta mucho. En una de las cartas que don Chipote le envía a su familia les mandó un retrato que se tomó en la calle, con uno de los fotógrafos que los sacan luego. Como el retrato está vestido con los [pantalones] de campana, zapatos y corbata, su familia no ha podido reconocerle luego, pero después doña Chipota ha enseñado el retrato a todas las comadres para que vean que su marido es todo un personaje en los Estados Unidos.

Otra descripción del pachuco y de su indumentaria la brinda Carlos Monsiváis, en el prólogo a La otra cara de México: el pueblo chicano, en 1977:

Su caracterización [anunciada por una canción: “Este es el pachuco, un sujeto singular…”] parte de una indumentaria del exceso que repite, inmovilizándola, la del pachuco angelino: sombrero de alas anchas, adornado con una pluma enorme, pantalones anchísimos, sacos con grandes solapas y hombreras puntiagudas [zoot suits], cintura delgada, la cadena que describe un arco de la cintura a la valenciana del pantalón. El dandismo desafiante del pachuco […] el fruto y la premonición de las primeras luchas de los mexicanos-americanos, halla en Tin Tan su versión azucarada y festiva, su adaptación y su divulgación mexicanas.

Durante la segunda guerra mundial, la migración a las ciudades fronterizas nutrió y enriqueció esa experiencia. El conocimiento que había en México de esta parte de la república provenía en gran medida de la amplia publicidad que se daba a “la decadencia cultural y moral” (real o imaginaria) de las remotas ciudades vecinas a Estados Unidos. En Ciudad Juárez, por ejemplo, la abrumadora orientación de la economía local hacia el comercio turístico, en especial de los militares de Estados Unidos, aumentó su escandalosa fama. El fácil acceso al licor barato, a las drogas, a la prostitución y a otras diversiones hizo que “las buenas conciencias” creyeran que Ciudad Juárez era una “vergüenza nacional”. La ciudad norteña adquirió entonces apodos como: Babilonia Pocha, La Ciudad Negra de México, El Pantano de la Inmoralidad, La Nueva Sodoma, La Ciudad del Pecado, entre otros calificativos denigrantes.

[...]
Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS