Archivo de la categoría: BiCentenario #22

Los últimos años de una primera dama

Maddelyne Uribe Delabra
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

El regreso a México de Carmen Romero Rubio no pasó desapercibido ni en silencio. La viuda de Porfirio Díaz fue recibida con entusiasmo por viejos porfiristas, muchos curiosos y una prensa halagadora a pesar de más de dos décadas de exilio. Sin otro interés más que pasar en paz la vejez, vivió con cierta modestia durante más de nueve años en una casa de la colonia Roma, sosteniendo una vida social austera.

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Sonaban las campanas del mediodía del 1 de noviembre de 1934, cuando el trasatlántico francés Mexique atracó en el puerto de Veracruz. Congregada en el muelle, la más distinguida sociedad porteña acudía con ramos de flores y presto entusiasmo para dar la bienvenida a doña Carmen Romero Rubio, viuda de Díaz, tras casi 20 años de exilio en Francia. Envejecida y muy delgada (…) pero tan dulce, tan señora y tan discreta como siempre, la otrora primera dama volvía –según declaraciones hechas a El Informador– alejada de todo, con sólo el deseo de pasar los últimos días de su vida en México. Vivamente emocionada por tan efusiva e inesperada recepción, al ser entrevistada para el periódico Excélsior comentó: Yo, de México, no me he separado nunca. Me encuentro encantada, me siento feliz de hallarme en mi querido México. He experimentado intensas emociones en todos sentidos; pero vuelvo a decir que me encuentro dichosa, tanto más cuanto que he vuelto a ver personas para mí muy queridas, así de mi familia como de mi amistad. […] en un día que coincide con la fecha de uno de los momentos más dichosos de mi vida, […] en que me casé por lo civil con mi amado e inolvidable esposo..

arribo de Carmen Romero Rubio a Veracruz 1934 (2)

Carmen Romero Rubio regresa de su exilio, Veracruz, 1934.

Evocada por sus contemporáneos como una mujer de esmerada educación, gran sensibilidad y un carácter afable, Carmelita, hija del ex ministro lerdista Manuel Romero Rubio, había contraído nupcias con el general Porfirio Díaz el 7 de noviembre de 1881, en una ceremonia oficiada por el entonces arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos.

Durante sus años como primera dama de México, asumió un papel activo en la esfera pública a través del ejercicio de la beneficencia, principalmente tras la fundación de la Casa Amiga de la Obrera en el invierno de 1887, misma que le redituó una creciente simpatía y popularidad en amplios sectores de la sociedad. Sin duda, la vida pareció depararle entonces pocos sinsabores; hubo tiempo para pasar las vacaciones de Semana Santa en la finca El Manglar de Villa Chapala, propiedad de su cuñado Lorenzo “El Chato” Elízaga, visitar cada viernes su huerto de perales en Molino de Rosas y organizar tardes de té en alguna de sus casas estilo art nouveau de la colonia Juárez, especulación segura y atractiva donde nunca faltaban el agua potable, los bellos jardines y el alumbrado público. En general, Carmelita llevaba una vida exenta de temores por el porvenir, plena de confianza en que la paz en México, alcanzada a fuerza de sacrificios y abnegaciones, no sería nunca más perturbada. Con esa tranquilidad debió de celebrar sus bodas de plata en el otoño de 1906, ofreciendo un convite familiar en la Hacienda de Paté, propiedad de Porfirio Díaz Ortega, hijo, ubicada en Popo-Park, exclusiva zona a las afueras del Valle de México, donde el paisaje campirano parecía evocar el magnífico pincel de José María Velasco.

La revolución encabezada por el coahuilense Francisco I. Madero en las postrimerías de 1910 trastocó para siempre la vida de la pareja presidencial, obligándola en 1911 a partir hacia el exilio, aunque con la esperanza de que, al calmarse las pasiones y (…) juzgarse con absoluta frialdad a los hombres y las cosas de México, la verdad acabar(ía) por abrirse paso. Un optimismo inicial que lentamente se desvaneció, al igual que la salud del estoico general Díaz. Es la fatiga ¡de tantos años de trabajo!, solía asegurar él. Sin embargo, a media mañana del 2 de julio [de 1915] la palabra se le fue acabando y el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Parecía decir algo de la Noria, de Oaxaca, cuenta uno de sus biógrafos, Enrique Krauze. Así, mientras en México se desarrollaba la feroz lucha faccionaria entre Venustiano Carranza y Francisco Villa, a las  18:30 hrs, en el apartamento ubicado en el número 28 de la avenida Bois de Boulogne, en París, fallecía el ex presidente de México.

Para doña Carmen, ésta constituyó una dura prueba. dura prueba. Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creí morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor sino sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan solo pasajera ausencia. A partir de ese momento mantuvo el luto de por vida, guardando, cual austera sacerdotisa de un recuerdo, el recuerdo luminoso de Porfirio Díaz, según la describió el abogado y periodista Nemesio García Naranjo..

[67.3] Carmen Romero Rubio y familiares a su llegada a MAi??xico (2)

Comitiva con Carmen Romero Rubio durante su llegada a la ciudad de México, 5 de noviembre de 1934.

La vida tenía que continuar. Habiendo vendido o arrendado gran parte de las propiedades que su padre heredara a ella y a sus hermanas, la ahora viuda de Díaz debió ajustarse a un modo de vida cómodo, pero bastante modesto, pues sus ingresos mensuales apenas oscilaban entre los 3 000 y los 5 000 francos. Su único deseo era vivir en paz. A tales efectos, decidió alquilar, junto con su hermana María Luisa, un departamento en la avenida Víctor Hugo, donde con frecuencia recibía la visita de sus hijos, nietos y otras amistades. Carlos Tello Díaz, otro de sus biógrafos cuenta que:

Estaba consciente de vivir, como todos los exiliados, bajo la sombra de don Porfirio. Su departamento, poblado por los objetos que le pertenecieron, era, por así decir, un centro de peregrinación al que concurrían con asiduidad las filas del antiguo régimen. Uno de los objetos que guardaba con más devoción era la bandera del 1er. Batallón de Línea, que el general Díaz arrebató con sus hombres a las tropas del enemigo durante la batalla del 2 de abril en la ciudad de Puebla

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Los cimientos del voto femenino

Martha Eva Rocha Islas
Dirección de Estudios Históricos, INAH

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Se cumplen seis décadas de la entrada en vigor de la ley que puso en pie de igualdad el derecho a votar de la mujer mexicana. Pero ya en 1915 un grupo de mujeres había colocado el tema en discusión a través de los clubes femeniles y la difusión en la prensa. El Congreso Constituyente de 1916 le dio un eco poderoso, donde si bien no permearon las propuestas por el sufragio femenino, dotó de legitimidad su reclamo democrático.

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Sra. Margarita Robles de Mendoza, sosteniendo un cartel en la espalda, México D.F., ca. 1934-1940, SINAFO.

El debate legislativo sobre el voto femenino en México se dio por primera vez en el Congreso Constituyente de 1916. El país aún no estaba en paz, sin embargo la facción carrancista se vislumbraba como la vencedora. Allí se presentaron tres iniciativas a discusión, resultado de la activa participación que habían llevado a cabo las mujeres como propagandistas en la revolución mexicana y que algunas de ellas iniciaron desde la primera década del siglo XX

La revolución mexicana involucró a las familias y sus acciones no podrían entenderse si no se mira el entramado de relaciones sociales y de parentesco que las sustentan; las mujeres propagandistas resolvieron la logística organizativa mediante la formación de clubes políticos femeniles, aunque algunas se integraron a los clubes presididos por hombres que  operaban en  distintas poblaciones del interior del país.

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“La mujer en la lucha social”

Los primeros clubes femeniles que se formaron fueron el Josefa Ortiz de Domínguez, en Puebla, en 1909; y el Hijas de Cuauhtémoc, en  la  ciudad de  México, en junio de 1910. En la segunda etapa revolucionaria encabezada por Venustiano Carranza, bajo la bandera de la legalidad constitucional suscrita en el Plan de Guadalupe, el 26 de marzo de 1913, se llamó una vez más a los mexicanos a sublevarse. Unido a la lucha bélica, el despliegue de las campañas de propaganda por parte de los distintos grupos revolucionarios –constitucionalistas, zapatistas, villistas– era fundamental para lograr el triunfo de sus programas. El compromiso de las mujeres propagandistas en esta etapa adquirió una relevancia inusitada y se fundaron nuevos clubes. Atala Apodaca dirigía el círculo Josefa Ortiz de Domínguez, en Guadalajara, Jalisco; Mercedes Olivera estaba al frente del club del mismo nombre en Juchitán, Oaxaca; el club Plan de Guadalupe fue organizado por Mercedes Rodríguez Malpica, en Veracruz. Hay que mencionar, además, el club Melchor Ocampo en la región de Atlixco, Puebla; la Segunda Junta Revolucionaria Constitucionalista de Puebla-Tlaxcala, el club Mariano Escobedo del cual era vicepresidenta Josefina Ierena; el club Lealtad que presidió María Arias Bernal, y que fundó en el Panteón Francés, el 22 de marzo de  1913, un mes después de ocurridos los asesinatos de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, y el club Democrático Feminista, ambos formados en la ciudad de México.

Los clubes constituyeron un lazo de unión entre los rebeldes en armas y la población civil a la que había que convencer buscando la adhesión de voluntarios que engrosaran las filas constitucionalistas. Las integrantes de los clubes eran también espías, correos, agentes confidenciales, enfermeras, conseguían y transportaban armas y material de guerra así como medicamentos y alimentos a los campamentos bélicos, lo que las hizo padecer cateos, detenciones y encarcelamientos..

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Mujer colocando su voto para gobernador de Jalisco, 1955. SINAFO

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Una librería colonial

Olivia Moreno Gamboa
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Para el siglo XVIII, un caso atípico para las librerías que se concentraban principalmente en la zona del centro histórico de la capital, era la que pertenecía al abogado Luis Mariano de Ibarra. Ubicada puertas adentro de su propiedad, en un segundo piso distribuyó su acervo que llegó a ocupar cinco de las nueve habitaciones de la vivienda.

[6] Taller de imprenta de finales del siglo XVII. Col. RAA.

Taller de imprenta de finales del siglo XVII. Col. RAA.

Hacia 1730, un abogado de la ciudad de México, Luis Mariano de Ibarra, se inició en el trato o la venta de libros. Por varios testimonios se sabe que en poco tiempo llegó a formar una muy buena librería, a la que un conocido suyo describió como un cuerpo florido por la riqueza de su catálogo. Dos décadas más tarde su viuda, Ana de Miranda, llegaría a afirmar que se trataba de la mejor del reino de Nueva España, refiriéndose a su gran tamaño y amplio surtido.

En efecto, el inventario de la librería –realizado en (50 a raíz del fallecimiento de Ibarra– constató la existencia de un vasto acervo de poco más de 2 000 títulos y 2 000 ejemplares. Habría que preguntarse si estas cifras la hacían el mejor establecimiento en su tipo, tal como la viuda aseguraba, pero también cabría preguntarse qué entendían los novohispanos del siglo XVIII por una buena librería. Asomémonos al establecimiento de Ibarra para saber un poco del comercio capitalino de libros a fines de la colonia.

De abogado a librero

En el siglo XVIII no era común hallar a un graduado universitario al frente de una librería, por más que este negocio implicara la venta de una mercancía de tipo cultural, afín a su medio socioeconómico. La mayoría de los dueños de tiendas de libros eran comerciantes de oficio. ¿Por qué entonces un profesional del derecho con licencia para litigar por parte de la Audiencia de México optó por esta actividad. Es factible que se debiera a la falta de oportunidades. En la primera mitad del siglo XVIII los abogados laicos, cada vez más numerosos, comenzaron a enfrentar dificultades para colocarse en la administración civil y en cargos de gobierno. Una alternativa a la carrera burocrática era la práctica privada en un despacho propio o ajeno, que podía llegar a ser muy lucrativa si se contaba con buenas relaciones y una trayectoria destacada. Los menos privilegiados debían contentarse con ejercer actividades ajenas al foro, e Ibarra fue uno de ellos. Por un tiempo trabajó como administrador de las propiedades de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, pero como este empleo no le garantizaba prosperidad, prefirió arriesgarse en el comercio de libros

Atributos de imprenta antigua.

Atributos de imprenta antigua.

¿Por qué invirtió en este tipo de negocio y no en otro? En Nueva España la mayoría de los oficios –como el de sastre o panadero– estaban organizados en gremios, lo que significa que nadie ajeno a la corporación podía ejercerlo. Pero los comerciantes de libros carecían de gremio (al igual que los impresores), aunque desconocemos las razones de ello. La ausencia de gremio permitió que prácticamente cualquier individuo pudiera dedicarse a la venta de impresos en condiciones muy dispares. De ahí que entre los dueños de librerías en- contremos, además de al licenciado Ibarra, a varios tipógrafos, un par de eclesiásticos, un alférez y un pequeño grupo de comerciantes cuya escala iba del mercader mayorista al modesto viandante o ambulante, pasando por empleados y dueños de medianos y pequeños establecimientos. Fue así como Ibarra pudo invertir en la compra de un primer lote de libros para venderlos en su casa.

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Editorial #22

BiC 22-PORTADA

Dentro de las carencias de la democratización de la sociedad, la igualdad de los derechos políticos de la mujer es uno de los primeros pendientes por resolver. Una tarea que siempre ha costado hasta la pérdida de vidas, frustraciones desesperantes, años de batallas diarias, y sobre todo romper estructuras mentales y culturales. En pleno siglo XXI hay zonas del planeta donde todavía podemos ver que esa búsqueda de emancipación se le sigue truncando a la mujer en nombre de poderes arcaicos o de principios religiosos vetustos.

México dio ese paso hace ya más de seis décadas, y aun así y con los avances logrados persisten bolsones culturales donde si bien se respetan los derechos políticos, otros derechos forman parte de un territorio de leyes quebrantadas constantemente. La violencia doméstica del hombre y una justicia que no repara en atropellos, o el comercio y la esclavitud sexual de mujeres, predominan como casos claros de abusos. Pero sólo están más a la luz. Junto a ellos, otros se hacen invisibles y perduran, como la discriminación por género en el trabajo, el relegamiento a tareas domésticas o el aborto.

Con la revolución de 0 se comenzaron a vislumbrar los intentos de unas pocas mujeres que al participar en la lucha de aquellos años reclamaron para sí un derecho de igualdad política del que estaban excluidas, como lo era la posibilidad de votar. La constitución de los primeros clubes propagandistas revolucionarios que ellas dirigían, a partir de 0 , fue un vehículo para sus aspiraciones de participación, nos relata la investigadora Martha Eva Rocha Islas. Se convirtieron en activistas tenaces, capaces de ser voceras de la causa, impartir conferencias o arengar a sus compatriotas, especialmente en el medio rural y analfabeta. Y lo hicieron también desde la escritura, a través de proclamas, libelos y volantes.

Los clubes fueron solo el embrión. Varias mujeres instalaron el tema, apoyadas por unos pocos hombres con poder, sensibilizados de los cambios que también se daban en otras partes del mundo, y debatieron el tema de la participación política femenina en reuniones previas al Congreso Constituyente de fines de 1916.

Mujeres como Hermila Galindo Acosta fueron clave entonces, y si bien no lograron que el voto femenino fuera incorporado a la Constitución, sentaron un precedente para luchar en las siguientes décadas por temas como la escuela racionalista, la coeducación o la educación sexual.

A la par de que las mujeres peleaban por sus derechos políticos, a fines de 1934 tocaba otra vez suelo mexicano Carmen Romero Rubio, la viuda de Porfirio Díaz, quien había escapado a Francia junto a su marido como consecuencia de la lucha de muchas de esas revolucionarias. A la vuelta de rueda de la historia y las propias contradicciones, Romero Rubio era recibida con pompa en Veracruz por algunos sectores sociales nostálgicos y una prensa anestesiada.

Maddelyne Uribe Delabra relata esa llegada triunfal para algunos, aunque como lo describe la autora, la viuda del dictador se encargó de mostrar en los siguientes nueve años de vida en la ciudad de México, hasta su fallecimiento, que sólo la motivaba vivir como una ciudadana más, indiferente a los nuevos tiempos políticos del país.

El hijo de uno de los líderes de aquellos años revolucionarios despuntaba hacia mediados de los años cincuenta en un México cargado aún de desigualdades sociales. Álvaro Obregón Tapia comenzaba a gobernar Sonora bajo características que se harían corrientes durante varias décadas posrevolucionarias: desarrollo económico, deuda social y autoritarismo político. El hijo mayor del caudillo Álvaro Obregón Salido vivió hasta la muerte de su padre en el Castillo de Chapultepec. Junto a su madre y seis hermanos fueron a residir luego a Huatabampo, donde se convertiría en un empresario agrícola destacado que escalaría hacia la política. Su gobierno de claroscuros lo catapultó como un político local con cierta preeminencia, pero que no pudo descollar más allá de su terruño. Las desavenencias con el poder central priista y la presidencia de la república lo obligaron a regresar a la actividad empresarial. Fue una corta vida política del único heredero de Obregón Salido que alcanzó un cargo público, y que nos permite descubrir el texto de Miguel Ángel Grijalva Dávila.

Otros personajes de la historia que circundan las páginas de este número de BiCentenario son el Vicente Guerrero in- surgente que logró, a pesar de escasos conocimientos militares, poner freno a la presencia española en el sur de México, y convertirse en uno de los artífices de la independencia. En sus antípodas, un hombre que tendría una vida personal marcada por su pasado represivo sería el coronel José López de Santa Anna, quien debió huir a Cuba después de la caída de su padre y allí viviría un trágico final cargado de desilusiones afectivas.

En clave de ficción, el presidente Comonfort se encontrará con Benito Juárez, el Gran Maestre y San Ignacio de Loyola en una emboscada en Chamacuero.

Los orígenes de las posadas decembrinas, las discusiones sobre el traje charro como identificación del hombre de campo, la mirada judía sobre un México que se imaginaba diferente o las pinturas del alemán Johann Moritz Rugendas que describen los tiempos rurales y urbanos del siglo XIX, forman parte también de esta edición 22 de BiCentenario.

DARÍO FRITZ