Editorial #22

BiC 22-PORTADA

Dentro de las carencias de la democratización de la sociedad, la igualdad de los derechos políticos de la mujer es uno de los primeros pendientes por resolver. Una tarea que siempre ha costado hasta la pérdida de vidas, frustraciones desesperan- tes, años de batallas diarias, y sobre todo romper estructuras mentales y culturales. En pleno siglo XXI hay zonas del planeta donde todavía podemos ver que esa búsqueda de emancipación se le sigue truncando a la mujer en nombre de poderes arcaicos o de principios religiosos vetustos.

México dio ese paso hace ya más de seis décadas, y aun así y con los avances logrados persisten bolsones culturales donde si bien se respetan los derechos políticos, otros derechos forman parte de un territorio de leyes quebrantadas constantemente. La violencia doméstica del hombre y una justicia que no repara en atropellos, o el comercio y la esclavitud sexual de mujeres, predominan como casos claros de abusos. Pero sólo están más a la luz. Junto a ellos, otros se hacen invisibles y perduran, como la discriminación por género en el trabajo, el relegamiento a tareas domésticas o el aborto.

Con la revolución de 0 se comenzaron a vislumbrar los intentos de unas pocas mujeres que al participar en la lucha de aquellos años reclamaron para sí un derecho de igualdad política del que estaban excluidas, como lo era la posibilidad de votar. La constitución de los primeros clubes propagan- distas revolucionarios que ellas dirigían, a partir de 0 , fue un vehículo para sus aspiraciones de participación, nos relata la investigadora Martha Eva Rocha Islas. Se convirtieron en activistas tenaces, capaces de ser voceras de la causa, impartir conferencias o arengar a sus compatriotas, especialmente en el medio rural y analfabeta. Y lo hicieron también desde la escritura, a través de proclamas, libelos y volantes.

Los clubes fueron solo el embrión. Varias mujeres instalaron el tema, apoyadas por unos pocos hombres con poder, sensibilizados de los cambios que también se daban en otras partes del mundo, y debatieron el tema de la participación política femenina en reuniones previas al Congreso Constituyente de fines de 1916.

Mujeres como Hermila Galindo Acosta fueron clave entonces, y si bien no lograron que el voto femenino fuera incorporado a la Constitución, sentaron un precedente para luchar en las siguientes décadas por temas como la escuela racionalista, la coeducación o la educación sexual.

A la par de que las mujeres peleaban por sus derechos políticos, a fines de 1934 tocaba otra vez suelo mexicano Carmen Romero Rubio, la viuda de Porfirio Díaz, quien había escapado a Francia junto a su marido como consecuencia de la lucha de muchas de esas revolucionarias. A la vuelta de rueda de la historia y las propias contradicciones, Romero Rubio era recibida con pompa en Veracruz por algunos sectores sociales nostálgicos y una prensa anestesiada.

s sociales nostálgicos y una prensa anestesiada.

Maddelyne Uribe Delabra relata esa llegada triunfal para algunos, aunque como lo describe la autora, la viuda del dictador se encargó de mostrar en los siguientes nueve años de vida en la ciudad de México, hasta su fallecimiento, que sólo la motivaba vivir como una ciudadana más, indiferente a los nuevos tiempos políticos del país.

El hijo de uno de los líderes de aquellos años revolucionarios despuntaba hacia mediados de los años cincuenta en un México cargado aún de desigualdades sociales. Álvaro Obregón Tapia comenzaba a gobernar Sonora bajo características que se harían corrientes durante varias décadas posrevolucionarias: desarrollo económico, deuda social y autoritarismo político. El hijo mayor del caudillo Álvaro Obregón Salido vivió hasta la muerte de su padre en el Castillo de Chapultepec. Junto a su madre y seis hermanos fueron a residir luego a Huatabampo, donde se convertiría en un empresario agrícola destacado que escalaría hacia la política. Su gobierno de claroscuros lo catapultó como un político local con cierta preeminencia, pero que no pudo descollar más allá de su terruño. Las desavenencias con el poder central priista y la presidencia de la república lo obligaron a regresar a la actividad empresarial. Fue una corta vida política del único heredero de Obregón Salido que alcanzó un cargo público, y que nos permite descubrir el texto de Miguel Ángel Grijalva Dávila.

Otros personajes de la historia que circundan las páginas de este número de BiCentenario son el Vicente Guerrero in- surgente que logró, a pesar de escasos conocimientos militares, poner freno a la presencia española en el sur de México, y convertirse en uno de los artífices de la independencia. En sus antípodas, un hombre que tendría una vida personal marcada por su pasado represivo sería el coronel José López de Santa Anna, quien debió huir a Cuba después de la caída de su padre y allí viviría un trágico final cargado de desilusiones afectivas.

En clave de ficción, el presidente Comonfort se encontrará con Benito Juárez, el Gran Maestre y San Ignacio de Loyola en una emboscada en Chamacuero.

Los orígenes de las posadas decembrinas, las discusiones sobre el traje charro como identificación del hombre de campo, la mirada judía sobre un México que se imaginaba diferente o las pinturas del alemán Johann Moritz Rugendas que describen los tiempos rurales y urbanos del siglo XIX, forman parte también de esta edición 22 de BiCentenario.

DARÍO FRITZ