Un destino singular

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

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Nada en esta imagen permite ubicar el lugar en el que se encuentra el jinete. La fotografía tampoco dice mucho de él; su amplio sombrero y ropa de manta es la vestimenta común de un campesino; posiblemente dentro de los estribos haya un par de huaraches, pero la pañoleta anudada al cuello y el caballo son otra cosa, indican cierta categoría del dueño. El equino de fina estampa y gran alzada, orgullo de su amo, luce hermoso y bien cuidado. No, este joven moreno, de bigote negro, no es un agricultor cualquiera. Tal vez es ya el dirigente campesino que encabezó la resistencia en contra de la expansión de las haciendas azucareras y la lucha por recuperar tierras y aguas arrebatadas al pueblo en aras de un comercio que, hacía tiempo, abastecía el mercado internacional. Quizá es ya líder revolucionario del sur, y aunque no luce cananas ni pistola, sólo vemos un rifle atravesado en un costado. La parsimonia con que fuma su puro es de sosiego de quien no espera ser atacado. Pudiera ser que acabara de ser liberado de su “enganche” en el noveno regimiento de caballería alojado en Cuernavaca. La imagen que tenemos frente a nosotros todavía no muestra al hombre que dejó la manta por el paño de lana y el vestido de charro “con trajes siempre pulcros, aun cuando estén hechos de materiales burdos”, como lo describió en algún momento de su vida Rosa King, ni el personaje reseñado por León Canova, de “saco negro, pañoleta de seda azul claro, anudada al cuello (nótese que es uno de sus accesorios favoritos con cualquier tipo de atavío), camisa de intenso color turquesa, pantalones de charro negros, muy ajustados con botones de plata en la costura exterior de cada pierna”. Posiblemente el empleo de caballerizo mayor con Ignacio de la Torre y Mier lo educó en el conocimiento y gusto por los buenos caballos que, en la revolución, hicieron la diferencia entre la vida y la muerte; por fumar y beber ron, coñac y champaña. Este es Emiliano Zapata, un hombre que tuvo un destino singular: haberse convertido en líder indiscutible de la revolución por la justicia social en el campo.

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