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Gran viaje pintoresco por las diversiones públicas en la Ciudad de México

Raquel Alfonseca Arredondo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAMRevista BiCentenario #17
Linterna mA?gica

Hoy como ayer, los habitantes de la ciudad de México disipamos el aburrimiento pagando por espectáculos que además de distraernos, nos diviertan, incluso eleven nuestro espíritu, pero difícilmente se nos ocurriría comprar un boleto para ver el cadáver de un niño como forma de entretenimiento. En 1827 el Ayuntamiento de la ciudad de México recibió una solicitud para presentar este tipo de pasatiempo, si bien no era una situación habitual –me refiero a cobrar– la muerte infantil no era tratada como una intrusa. Fueron comunes los retratos de niños en su último lecho, incluso ya entrado el siglo XX; un ritual donde “el angelito tran- sitaba hacia la Gloria y ese momento era compartido por sus seres queridos”.

Diversiones menos fúnebres, pero igual de extrañas para nosotros, lo fueron las que involucraban artilugios que combinaban insólitas funciones. La máquina del hombre invisible es un ejemplo. El afán de divertir a la gente estimuló la creatividad de algunos personajes decimonónicos, quienes lograban su sustento presentando artefactos que despertaban la imaginación del público. José Miguel Muñoz copió la máquina inventada por un tal Mr. Muyan y dio al Ayuntamiento una detallada descripción al momento de solicitar una licencia para presentarla en 1805:

Un bastidor cuadrado como de vara y media de alto, y en el centro un cojincillo como de tres cuartos de largo y una de ancho, pendiente de dos hilos de alambre gruesos; y en el centro de la parte superior una copita de madera, de cuyo centro sale un hilo muy delgado de metal, que sube al techo con tres bombillas de cristal, dos en los centros de los extremos, y una en la parte inferior, y dos bocinas, una en cada costado por donde se habla y contesta categóricamente a lo que se pregunta, y aún con más claridad que se observó en la primera máquina que se conoció del hombre invisible y hoy está en la calle de San Felipe de Jesús. Igualmente se halla ilustrada ésta respecto de expeler ambientes aromáticos, y dar música cuando se le pide como se verificó tocando un minué, boleros y otros sones del país, todo con perfección y en tono bastante perfectible.

Un hombre invisible que responde preguntas, la máquina que toca música y por si no fuera suficiente, expulsa aromas agradables. La mezcla es extraña y seguramente los espectadores quedarían confundidos intentando explicarse el prodigio. ¿Predecesor del fonógrafo? ¿Caja que graba voces? ¿Aromatizante artificial? ¿Un truco que esconde al hombre que habla?

Sin embargo, lo insólito a veces podía acarrear graves problemas para quienes presentaban espectáculos que el público no acababa de entender, pues se corría el riesgo de que el prodigio se confundiera con brujería. Las fantasmagorías fueron un tipo de entretenimiento donde se mezclaban trucos, prestidigitación y en ocasiones se intercalaban juegos ópticos. Carlos María de Bustamante nos relata los inconvenientes sufridos en una presentación que se llevó a cabo en 1824:

Anoche comenzó el titiritero Castelli a hacer sus evoluciones de fantasmagoría en el Patio de los Gallos, al efecto se apagaron las luces, y sobre la multitud de señoras y demás mujeres comenzó una lluvia de orines de hombres inciviles y libertinos que causó el mayor desorden; de tal conducta se avergonzarían los mismos cínicos, lo que quiere decir es que no hay costumbres, ni se respeta la moral de los pueblos.

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