México y la Guerra Civil estadounidense

Gerardo Gurza – Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Tropas de la UniA?n

El 12 de abril de 2011 se cumplieron 150 años del bombardeo al fuerte Sumter en la bahía de Charleston, Carolina del Sur, acontecimiento que marca el inicio de la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). El choque armado entre el Norte libre y el Sur esclavista cobraría las vidas de más de 600 mil soldados, incontables civiles, y llevaría a la antes próspera y estable república al borde del derrumbe. La guerra representa un auténtico hito en la historia estadounidense, una línea que marca un antes y un después en el siglo XIX, e incluso en la totalidad de su vida como nación. La victoria del Norte tuvo como consecuencia la abolición de la esclavitud (emancipando a cuatro millones de hombres, mujeres y niños sujetos a servidumbre involuntaria); provocó cambios sociales y económicos de alcances revolucionarios, y estableció de manera más firme la supremacía del poder federal sobre el de los estados.

Abraham Lincoln

Abraham Lincoln

Anotar las consecuencias más notables de la guerra, aun de manera resumida, sería materia de un volumen muy grueso. Aquí intentaremos simplemente una exploración muy breve de los efectos que la Guerra Civil (también llamada Guerra de Secesión) tuvo en el vecino del sur. En México, Tropas de la Unión. la conmemoración de esos 150 años nos invita a reflexionar y preguntarnos: ¿qué significó para nuestro país la victoria del Norte, el restablecimiento de la Unión y el fin de la esclavitud?

Quizás el efecto más evidente fue la presión que ejerció el gobierno victorioso de la Unión para apresurar la retirada francesa de nuestro país en 1866-67. Es cierto que para 1866, después de más de cuatro años de iniciada la intervención, Napoleón III se encontraba ya decepcionado de los resultados de su proyecto mexicano, y que ni el tesoro francés, ni la creciente oposición política, hubieran soportado mucho tiempo más el gasto de dinero y vidas francesas para sostener a Maximiliano. Sin embargo, no puede dudarse que Napoleón tuvo que acelerar el regreso de sus soldados una vez que Estados Unidos superó su crisis doméstica y pudo nuevamente mirar con atención hacia el exterior. Por obvias razones, a lo largo del conflicto interno el gobierno estadounidense mantuvo una actitud completamente pasiva con respecto a la intervención francesa. La única manifestación clara de su repudio al experimento imperial fue su negativa a otorgar el reconocimiento oficial al gobierno de Maximiliano y su insistencia en considerar al de Juárez como el legal y legítimamente constituido. Al final de la guerra, Washington mantuvo una postura cautelosa (demasiado cautelosa para el gusto de militares como Ulysses Grant, quien creía que aplacada la rebelión sudista el ejército debía enviarse a desalojar a los franceses de territorio mexicano), pero empezó a insistir en la necesidad de que las tropas galas abandonaran el territorio mexicano. Si el gobierno de Maximiliano no era una imposición al pueblo mexicano, sino una expresión legítima de la voluntad de las mayorías, como habían sostenido hasta el cansancio los diplomáticos franceses, entonces había llegado el momento de que las bayonetas europeas dejaran de apoyar al régimen imperial y se embarcaran de regreso. Más aún, William Seward, el secretario de Estado, instruyó a su ministro en París para que señalara a sus anfitriones que Washington no podría continuar ignorando por mucho tiempo la presión de la opinión pública, y que tarde o temprano tendría que tomar medidas más decisivas encaminadas a provocar la retirada francesa.

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¿Hubieran sido diferentes las cosas si la Confederación sudista hubiese mantenido su independencia? Es imposible saberlo con certeza, pero es ilustrativo tener en cuenta que, por una parte, Maximiliano declaró varias veces su convicción de que el futuro de su gobierno dependía del éxito de la lucha confederada, y, por la otra, que los dirigentes de la Confederación hicieron intentos reiterados de lograr una alianza con los franceses, apoyándose siempre en el argumento de que Francia jamás podría consolidar su satélite mexicano si la Unión era restablecida. En este sentido, los sudistas ofrecían olvidarse para siempre de la famosa doctrina Monroe (la cual postulaba que América era un continente vedado a nuevas aventuras colonialistas europeas) a cambio de que se les reconociese como nación independiente. Por lo tanto, es posible aventurar la conjetura de que el imperio hubiese tenido al menos un poco más de vida de haberse producido una victoria confederada en la guerra. Todo esto, por otra parte, debe sopesarse también con la certeza de que, para empezar, la intervención francesa en México seguramente no se hubiera llevado a cabo sin el estallido de la Guerra Civil, de modo que es posible ver el choque entre el Norte y el Sur como una circunstancia que posibilitó la intervención y que, una vez consumado, también contribuyó a su terminación. Este es quizás el ejemplo más claro de que existen episodios de la historia de México que simplemente no se entienden sin saber lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos.

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