Estrellas espontáneas

Tatiana Carolina Candelario Galicia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Los años treinta se pierden como fantasmas. Entre los documentos revisados en el archivo, el pasado se hace presente.

Tras una larga noche de sueños claros, Anna se despertó con una dulce sensación que inundaba su cuerpo. El sol comenzaba a salir y, sin quererlo del todo, debía despertar. Sus ojos se resistían a captar el mundo a través de las partículas de luz que entraban en esas rendijas semiabiertas, pero era inevitable, la realidad se colaba tras la finísima tela de las cortinas. Aún dentro de su cama, Anna se movió lenta y torpemente tratando de recordar qué día era. Tenía la sensación de estar perdida en el tiempo: bien podría amanecer en 1937 o en 2019. Su cerebro aún no sabía qué tiempo habitaba y, por un instante, permaneció flotando en una espesa nube. 

Después de habitar sólo el cuerpo, su mente aterrizó al fin en aquella fría mañana de diciembre. Recordó que era martes y, con los ojos aún borrosos, se levantó dejando atrás la cama para dirigirse al baño. Mientras orinaba, Anna terminó de instalarse en el momento presente. Sólo tras la orina matutina el alma y el cuerpo se sintonizan, pensó. 

Tras lavar sus manos bajo el chorro de agua fría se dirigió a la cocina. Mientras preparaba el café se imaginaba que su casa era una cueva al lado del mar; el olor a humedad de su departamento la hacía sentirse cerca de él. Creía ver nadar peces a través de la ventana, estos se deslizaban con una sutileza y una determinación que nunca había visto en los hombres; por ello prefería a los peces. 

Por este tipo de ensoñaciones a Anna siempre se le enfriaba el café. Molesta, lo calentó rápidamente. Ya no tenía tiempo de imaginar. Ahora debía bañarse y prepararse para salir lo más pronto posible, tenía que ir al archivo histórico. Aquella mañana soplaba un viento muy frío. Se abrigó bien, cogió su bolsa y sus llaves y salió apresuradamente de casa dejando tras la puerta olas y peces. 

Anna debía buscar documentos para su investigación. Llevaba meses recopilando información para conocer cómo era la ciudad de México en las primeras décadas del siglo xx. Era algo que le interesaba muchísimo, sentía una pulsión por conocer la historia de la ciudad que en otro tiempo lejano llevó el nombre de Tenochtitlán. Su deseo por conocer las calles, el ambiente, los sonidos del pasado la obsesionaba. 

Constantemente Anna se preguntaba cómo había sido años atrás la ciudad que ella habitaba ahora y que tanto le asombraba, le gustaba y le estresaba. ¿Qué edificios, comercios, cines, habían estado en las calles que ahora ella transitaba? ¿Cómo vestía y qué costumbres tenía la gente que siglos o décadas atrás recorrió antes que ella los mismos rumbos y que vio el mismo pero diferente cielo azul? 

Con obsesión, perseguía los pasos de aquellos fantasmas. 

Y al pensar sobre el sentido de la traza urbana al caminarla, supo que esta ciudad, como muchas otras, estaba hecha de sueños, deseos y metas nunca alcanzados, de planes ejecutados por el gobierno, unos acertados y otros no tanto. Estos pensamientos se adueñan de ella cada vez que va al archivo. Para llegar a él debe recorrer gran parte de la ciudad: del sur al centro. 

Durante el trayecto, su mente y su vista recogen múltiples imágenes que se le impregnan al cuerpo. Al caminar recorre grandes avenidas con nombres de ríos que en otro tiempo tuvieron agua. Prácticamente todos los ríos de la ciudad fueron entubados. Y al pensar en esto recuerda una canción del grupo de rock Trolebús, que dio su primer concierto en 1985 tras el gran sismo que sufrió esta ciudad: “Marinero del río Consulado, del Río Churubusco y del Río Mixcoac. Navegaba en Chapultepec, en el lago de Aragón y en el lago de la Soledad… de la ciudad, de la ciudad”. 

II 

Es sorprendente lo que una metrópoli ofrece a quien la habita, pensaba Anna. Sólo es cuestión de abrir los ojos un poco más de lo habitual para ser testigos del acto sorprendente de sobrevivir. Pero pasa, siempre pasa. Los habitantes de la gran Tenochtitlán han dejado de conmoverse. En el metro, los miles de usuarios andan como entre tinieblas; no abren los ojos por miedo a quedarse ciegos. Se han acostumbrado tanto a los olores, al apretujamiento, al machucón de su piel por otros que como ellos viajan apresuradamente, que se han vuelto indiferentes. Entran y salen automáticamente de los vagones dando empujones, la gente camina con prisa; incluso quien no la tiene finge tenerla. 

Anna es testigo del ritmo vertiginoso de la ciudad. La modernidad trajo un ritmo frenético tras de sí. Por las calles y avenidas comenzaron a transitar más vehículos a partir de los años treinta. Esta extraña modernidad fue la que tanto asombró e inspiró a los estridentistas. 

III 

La luz se filtraba tenuemente a través de la única ventana que había en el archivo. El salón estaba alumbrado también por una luz artificial y en él apenas había tres o cuatro almas más. El archivo es un lugar solitario, sombrío y frío como el pasado, pensaba Anna. Mientras escribía notas percibió un dolor en los brazos, ¿por qué le dolían? Su cara se hundía en los papeles viejos y sus manos enguantadas buscaban ansiosamente indicios, huellas que le revelaran algo significativo, algo de luz sobre ese túnel oscuro que es el pasado. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

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