Archivo del Autor: Norberto Nava

“Flore de Té” en las elecciones presidenciales de 1920

Francisco Iván Méndez Lara
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

El papel de la prensa fue destadaco en la sucesión presidencia, tanto por los apoyos que dio como en la “construcción” de candidaturas. Álvaro Obregón y Pablo González parecían las opciones más seguras, pero Venustiano Carranza optó por un desconocido Ignacio Bonillas.

Imagen 2.  El Monitor Republicano, 21 de marzo de 1920, p. 3 (492x640)

Corría el año de 1919. Cerca de la Alameda capitalina un organillo reproducía la música de un cuplé cuya letra decía:

Flor de té es una linda zagala
Que a estos valles a poco llegó
Nadie sabe de dónde ha venido
Ni cuál es su nombre, ni dónde nació […]
Flor de té, flor de té no desdeñes mi amor
que contigo es la vida un encanto y sin ti es un dolor.

La melodía había cobrado fama en los últimos meses no solamente por su ritmo agradable para los habitantes de la ciudad de México, sino también porque se relacionó directamente con el futuro del país: las elecciones presidenciales.

I

La etapa más violenta de la revolución mexicana había concluido pocos años atrás. Venustiano Carranza triunfó en las elecciones presidenciales de 1917, pero dos años más tarde su periodo en la silla más importante del país estaba por terminar. Entonces comenzaron a saltar a la escena política los presidenciables. Por ello, al iniciar 1919 Carranza dio a conocer un manifiesto en el que trató de calmar los ánimos electorales, sin embargo la efervescencia era mucha y poco pudo hacer para tranquilizar a los contendientes.

Por unos meses pareció que la contienda se definiría entre los dos generales de mayor renombre: Álvaro Obregón y Pablo González, el primero derrotó a Pancho Villa en 1915 y el segundo había planeado la estrategia para asesinar a Emiliano Zapata en 1919. Carranza no vio con buenos ojos estas candidaturas e impulsó una tercera opción: Ignacio Bonillas, un ingeniero sonorense que no había forjado su carrera en las fuerzas armadas. Este personaje era prácticamente desconocido en el
país, por ello le pusieron como mote el título de la melodía con la que iniciamos este texto, “Flor de Té”.

Bonillas nació en Hermosillo, Sonora, en 1858. Sus antecedentes son poco conocidos: se tituló como ingeniero en Boston, Massachussets, regresó a su estado natal un tiempo, pero volvió a cruzar la frontera para trabajar como traductor para el gobernador de Arizona y dar clases en el mismo estado. Entre 1887 y 1889 fungió como presidente del ayuntamiento de Magdalena en el distrito norte de Sonora. En julio de 1911 compitió por la gubernatura de Sonora, pero no ganó. Meses más tarde obtuvo una curul en la XXIII legislatura del estado de Sonora.

Imagen 5. El Heraldo de México, 21 de marzo de 1920, p. 4 (467x640)

Después de los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, Bonillas se unió al constitucionalismo y Carranza lo nombró agente fronterizo; su trabajo consistía en revisar los ingresos y egresos del ejército. La enorme confianza que le profesaba el Primer Jefe se reflejó en la función que desempeñó en el gobierno provisional constitucionalista en Hermosillo: el 20 de octubre de 1913 fue nombrado encargado de las carteras de Fomento y Comunicaciones. Tres años más tarde participó en las negociaciones para terminar con la expedición punitiva y, desde febrero de 1917, fue el embajador de México en Washington.

El cuatro de julio de 1919 el periódico El Demócrata aseguró que el ingeniero sería candidato a la presidencia. Un día más tarde, El Universal publicó una entrevista en la que Bonillas desmentía la nota y aseguraba que su candidatura jamás se llevaría a cabo. En El Demócrata se agregó que después de terminar su encargo en el país vecino se retiraría de la vida pública, y que buena parte de la información que circulaba eran rumores.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Porfirio Díaz en Yucatán. Una visita Triunfal

Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

El general tuvo múltiples agasajos y realizó un buen número de inauguraciones de obras a su paso por Mérida, a principios de 1906. Pero su presencia significó también un fuerte respaldo a los hacendados henequeneros, denunciados por el maltrato laboral y las prácticas esclavistas de sus jornaleros.

Arco triunfal 33350 (640x455)

Como fecha “memorable” fue calificada la llegada del general Porfirio Díaz a tierras yucatecas en los primeros días del mes de febrero de 1906. El viaje presidencial, o “Las Fiestas Presidenciales”, como fue bautizada la inédita visita, revestía gran importancia, pues por primera vez honraba al Estado la visita de un presidente de la República.

El acontecimiento adquiría aún mayor relevancia porque, desde 1902, se había obtenido finalmente la “pacificación” de los mayas rebeldes, que habían permanecido en pie de lucha en el entonces territorio de Quintana Roo. Consumado este esfuerzo, el general Díaz arribaría a Mérida para inaugurar las mejoras materiales realizadas por la administración de Olegario Molina, recién reelecto como gobernador, y que representaban «el progreso de Yucatán».

La insistencia local en conseguir que don Porfirio visitara Yucatán también respondía a preocupaciones de otro orden, relacionadas con una polémica campaña que algunos periódicos de la ciudad de México habían iniciado años atrás, acusando a los hacendados henequeneros de prácticas esclavistas contra los jornaleros yucatecos. La presencia del presidente significaba así para los terratenientes la ocasión de demostrar que las denuncias eran falsas, producto de una campaña instrumentada en la capital y que, lo que se vivía en Yucatán, distaba mucho de lo que la prensa nacional aseveraba.

Porfirio Díaz en Yucatán 5306 (640x455)

La visita tendría una amplia cobertura por parte de la prensa nacional e internacional, particularmente la de La Habana, Cuba, que dio cuenta de los detalles del viaje con una gran cantidad de fotografías, como fue el caso de El Fígaro. Revista Universal Ilustrada, quien le dedicó un número especial. Empero, la mirada de esta fuente representaría la visión parcial de un sector de la sociedad yucateca, que contrastaba con las lamentables condiciones laborales que imperaban en las haciendas henequeneras.

El 1 de enero de 1906, durante la comparecencia de Olegario Molina ante la Legislatura del Estado, se anunció que el general Díaz había sido invitado para concurrir a la inauguración de las obras recién erigidas en Mérida. Se trataba del nuevo Hospital O’Horán y el Asilo Ayala, entre otras.

La «fiesta» presidencial, como señaló el cronista de la misma, Rafael de Zayas Enríquez, “debía ser una verdadera marcha triunfal y tener caracteres de apoteosis”, ya que “venía a destruir la excepción que por circunstancias especiales se había hecho de la península, porque esa visita vendría a robustecer más aún los vínculos fraternales que la unen con los demás estados”. Asimismo, apuntaba que la presencia del presidente era excepcional por el número y la calidad de los huéspedes, y excepcional también tenía que ser el recibimiento y los festejos con que se obsequiase a quienes concurrían.

El entusiasmo que la noticia ocasionó fue más que patente. Los miembros de la elite yucateca, para estar a tono con el acontecimiento, pusieron a trabajar a sastres y modistas de la capital y el extranjero; se gastaron una fortuna en joyas, carruajes y troncos de caballos de pura sangre; las fachadas de las casas y edificios públicos fueron pintadas. Se invirtieron muchos recursos económicos en los preparativos.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La marcha del orgullo deja ver a la comunidad LGBTTTI

Rodrigo Laguarda
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

La población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual ha tenido en la marcha del orgullo su primera plataforma de visibilización en la lucha por el reconocimiento de derechos y aceptación social. Los primeros pasos los dieron un 2 de octubre de 1978 y hasta hoy se ha convertido cada celebración, trasladada al mes de junio, en la búsqueda por la reafirmación de las múltiples diferencias.

fredertgfr

Un sábado del mes de junio, desde hace algunas décadas, los habitantes de la capital mexicana presencian la Marcha del Orgullo en su versión local. Este evento se celebra globalmente para conmemorar los disturbios ocurridos en Nueva York una noche de junio de 1969. Entonces, la policía efectuó una redada en el bar Stonewall Inn. De manera inusual hasta ese momento, los clientes respondieron a la agresión policiaca. Los disturbios tuvieron resonancias a una escala social más amplia y dieron origen al movimiento de liberación de las minorías sexuales en Estados Unidos, alimentado por el espíritu libertario de quienes los precedieron exitosamente.

En particular, son notables el movimiento negro y la lucha feminista que comenzaron a romper barreras sociales que por tanto tiempo parecieron infranqueables. Muy pronto el resto de los países de habla inglesa siguió los pasos de la floreciente militancia que había surgido en la mayor potencia mundial cuyos patrones culturales han transformado al mundo desde el siglo XX. Así, la diversidad sexual comenzó a hacerse visible en otras regiones culturales, comenzando por las sociedades liberales del planeta. En el mundo de habla hispana, este proceso comenzó a ocurrir durante la segunda mitad de la década de los setenta. En la Ciudad de México se vio favorecido por una sociedad y un régimen con aspiraciones cosmopolitas y tan frecuentemente atraído por los vientos de modernidad emanados del vecino del norte que, como se ha dicho, ha sido gran generador de innumerables tendencias culturales que han inundado al planeta.

La Marcha del Orgullo es un momento de celebración en el que la población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual (comúnmente designados por las siglas LGBTTTI), y su gente cercana –familiares o amigos–, o que defiende su causa, salen a las calles de un cada vez mayor número de ciudades para visibilizarse, luchar por sus derechos o celebrar las reivindicaciones logradas desde el inicio del movimiento de liberación. Una exigencia persistente es la de políticas específicas en contra de cualquier actitud homofóbica por parte de las autoridades o la sociedad en su conjunto. En tiempos cambiantes, se ha festejado la despatologización de la diversidad sexual, particularmente cuando las organizaciones pisquiátricas y médicas dejaron de considerar a las prácticas homosexuales como síntoma de algún tipo de enfermedad, o el matrimonio entre personas del mismo sexo, que ha sido reconocido en distintos países en años más recientes.

DSC01328 (640x445)

Con el transcurrir del tiempo y el crecimiento de la Marcha del Orgullo, su organización anual ha dejado de sorprender a la mayor parte de la población. Este evento se ha extendido cada vez a un mayor número de ciudades del mundo. Hoy en día sobresalen ciertas urbes por lograr convocar a un gran número de participantes y ser escenario de los contingentes más entusiastas. A ellas llegan, especialmente para presenciarlas o formar parte de ellas, turistas de las más diversas latitudes. San Francisco, Nueva York, Chicago, Toronto, Sydney, Londres, París, Berlín, Amsterdam, Estocolmo, Tel Aviv, Tokio, Bangkok, San Pablo, Madrid y México son las ciudades comúnmente señaladas por los medios informativos como las más atractivas para experimentar la Marcha del Orgullo, si bien, como se ha dicho, ésta se efectúa en cientos de ciudades a las que cada año se agrega un mayor número. La legitimidad adquirida ha hecho que la Marcha del Orgullo suela ser esperada en las grandes ciudades del mundo como uno de tantos eventos festivos que marcan el calendario anual y con éste la sensación del transcurrir del tiempo. Sus participantes suelen cobijarse, pese a su heterogeneidad, en un símbolo que hoy nos resulta muy familiar: la bandera del arco iris, diseñada en 1978 por Gilbert Baker para la Marcha del Orgullo de San Francisco –ciudad imaginada como la capital de la diversidad sexual hasta el día de hoy– con sus seis franjas horizontales de color rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado. La Marcha del Orgullo es comúnmente comparada con los carnavales ya que tiene un componente lúdico importante; música, carros alegóricos, atuendos que desafían los límites cotidianos de lo socialmente aceptable en materia de sexualidad, cuerpos que se exhiben transgrediendo los pudores del sentido común presente durante todo el año y los más variados disfraces, se hacen presentes en esta manifestación reivindicatoria a la vez que gozosa.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Elecciones en el México del siglo XIX. El fin de una leyenda negra

Fausta Gantús, Alicia Salmerón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

¿Las elecciones en el México del siglo XIX carecían de significado y estuvieron siempre marcadas por manipulación y vicios? No ciertamente. Se llevaban a cabo con regularidad, aun en momentos de guerra, y tenían un papel fundamental en la vida política del país.

La Actualidad, 13 de diciembre de 1885, p. 69

Sentado en el sillón presidencial y estratégicamente parapetado tras un sólido muro, que a la vez que lo esconde, lo protege, Porfirio Díaz sostiene y hala la cuerda que mueve al títere que representa al ciudadano votante que deposita su boleta en la urna. La urna se encuentra sobre la mesa electoral atendida por un par de contentos individuos, cuyo aspecto remite a los sectores medios urbanos y rurales. El voto que emite el ciudadano-títere es la supuesta expresión de la “voluntad nacional”. Y la “voluntad nacional” no es otra que la presidencial. Así, la voluntad del pueblo y la del primer magistrado aparecen como una misma, pero lo son no por una real coincidencia de intereses, sino porque el segundo ha sustraído al primero la facultad de elegir libremente, según lo representaban el 13 de diciembre de 1885 en una caricatura publicada en La Actualidad.

El hijo del Ahuzote 1891 01 11 (574x640)

Esa imagen, como muchas otras producidas especialmente en la segunda mitad de la centuria decimonónica –época en que los periódicos proliferaron–, exhibe una opinión bastante generalizada entonces sobre las elecciones: nunca limpias, nunca equitativas, nunca disputadas, nunca concurridas. Los resultados electorales se denunciaban de forma reiterada como consecuencia de procesos marcados por las irregularidades y los vicios. De esta suerte, parecía que los comicios eran todos fraudulentos, manipulados; y especialmente controlados por el presidente de la República. En efecto, en la práctica cada mandatario en su momento, aun Benito Juárez (1858-1872), fue acusado de intervenir en los procesos electorales para definir los resultados en el sentido de sus intereses. Ahora bien, sin afirmar que las elecciones fueran del todo limpias y menos aún que fueran democráticas, lo cierto es que en los casos en que había intervención de la autoridad presidencial en los comicios, la forma en que tenía lugar no era la que la caricatura pintaba.

El hijo del Ahuzote 1901 12 19 2 (640x462)

Las elecciones decimonónicas eran objeto, con gran frecuencia, de manipulación y la falta de libertad de expresión era también un hecho bastante común –en coincidencia con la denuncia de la sátira visual– sin embargo, es necesario destacar, como contraparte, que la forma en que se representaban los comicios en caricaturas como esta era totalmente inexacta, malintencionada. Pero se representaba así de manera consciente, porque esa imagen, confusa y tergiversada sobre la manera en que se llevaba a cabo el sufragio, y quiénes y cómo participaban en él, ayudaba a crear en el lector la idea de lo “fácil” que, supuestamente, resultaba a las autoridades ejercer influencias sobre el proceso electoral. Lo cierto es que, a lo largo del siglo XIX, la organización de los sufragios no estuvo, en ningún momento, bajo el control del poder ejecutivo nacional; por el contrario, el presidente de la República era, en términos legales, ajeno a ella. Cualquiera que fuera el nivel de la elección –local, estatal o nacional– los comicios eran organizados por los ayuntamientos, en su primera fase (elecciones primarias), y las jefaturas políticas y gobiernos de los estados en la segunda (elecciones secundarias). La facultad de calificar las elecciones, es decir, la de determinar su validez o no, recaía en diferentes instancias según el nivel de la elección: el ayuntamiento mismo, las cámaras legislativas estatales o el Congreso nacional. Nunca en el ejecutivo nacional.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La calle de Tacuba

Dr. Jaime Lozano Alcázar
Fundación Hospital Nuestra Señora de la Luz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Llamada calzada de Tacuba en tiempos de Tenochtitlán, tiene una historia única que va desde el paso por allí de las huestes derrotadas de Hernán Cortés hasta la construcción de distintos edificios emblemáticos para la ciudad que aún se pueden aprecia como el Museo Nacional de Arte, el Palacio de Minería, la iglesia de San Hipólito o el Palacio de los condes de Buenavista.

M972531628A (800x731) (640x498)

La calle de Tacuba es la más rica en historia de la capital, el país y el continente, pues se dice que es la más antigua de América. Espero contribuir con este texto a que el transeúnte la disfrute y crezca en él el amor por nuestra ciudad, pues como se dice de París, para amarla hay que conocerla. ¡Nuestra ciudad capital ha perdido tanto por ignorancia, incuria y, especialmente, ambición de los que no la aman!

gri_mexicopintor01rive_0467 (640x413)

La calzada de Tlacopan –luego llamada de Tacuba–, unía la ciudad de Tenochtitlán con tierra firme, y fue la primera en construirse. Podemos imaginar al tlatoani de Tlacopan transitando por ella, conducido en andas por sus vasallos para visitar y rendir pleitesía a su poderoso aliado el hueytlatoani de los mexicas. Por ella pasaron huyendo las tropas de Hernán Cortés en la “Noche Triste” y Pedro de Alvarado daría su legendario y mítico salto, y una vez que llegaron a tierra firme, según cuenta la leyenda, Cortés lloró al pie del Árbol de la noche triste que, se dice, aún podemos ver en la plaza de su nombre sobre la actual calzada México-Tacuba, en el barrio de Popotla, Delegación Miguel Hidalgo.

Dice la leyenda, que en la célebre retirada de los españoles, Pedro de Alvarado, al llegar a la tercera cortadura de la calzada de Tlacopan [donde la derrota fue completa], clavó su lanza en los objetos que asomaban sobre las aguas, se echó hacia adelante con todo el impulso posible, y de un salto salvó el foso. Hecho tan inexacto como admirable, impuso el nombre a una de nuestras principales avenidas, que todavía se llama del Puente de Alvarado.

Luis González Obregón

La larga calle recibe desde el Zócalo hasta más allá del Panteón Británico distintos nombres: Calle de República de Guatemala, Calle de Tacuba, Avenida Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme y Calzada México-Tacuba. Esta costumbre de cambiar en cada tramo el nombre de la vía deriva del virreinato, cuando los tramos de las calles –a veces una o dos cuadras–, se nombraban de acuerdo con algún edificio importante, una tradición o una leyenda. En este caso, según un mapa de tiempos del porfiriato, llevaron los nombres de Santa Teresa, Las Escalerillas, Tacuba, Santa Clara, San Andrés (por el Hospital de San Andrés), Avenida de los Hombres Ilustres, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme, la Tlaxpana. Algunos se conservan hasta hoy.

16. Casa de los Mascarones (640x480)

Al construir la Ciudad de México sobre las ruinas de Tenochtitlán, se respetó la traza de la calzada hasta el corazón de la nueva capital. Hoy, aunque la calle se prolonga más allá, el recorrido más interesante puede iniciar en la calle de República de Guatemala, antes llamada calle de Las Escalerillas, en la ruinas del Templo Mayor, luego mirar el ábside de la Catedral Metropolitana y continuar el recorrido hacia el poniente entre añosas casonas, muchas de ellas construidas en la época virreinal, hasta llegar a la esquina de Tacuba y Xicoténcatl; ahí, en el siglo XIX, estaríamos frente al Hospital de San Andrés.

Actualmente, si volviéramos la vista al tramo recorrido, a los pocos metros, en la acera sur podremos ver la casa estilo francés, con mansarda, que perteneció al suegro de Porfirio Díaz, el licenciado Manuel Romero Rubio, quien fuera secretario de Relaciones Exteriores y de Gobernación. Al frente se encuentra hoy el espléndido edificio del Museo Nacional de Arte (con un magnífica colección de arte mexicano), antes Palacio de Comunicaciones, inaugurado por Porfirio Díaz como uno de los edificios conmemorativos del centenario de la independencia, para lo cual fue derribado el edificio del Hospital de San Andrés.

15. Museo de San Carlos, parte trasera (640x480)

Si le damos la espalda se aprecia el mejor y mayor ejemplo de la arquitectura neoclásica mexicana, el soberbio Palacio de Minería, obra de Manuel Tolsá. Ahora, entre ambos palacios, se encuentra la Plaza Tolsá.

Minería, o Escuela de Minas, obra del famoso arquitecto y escultor Tolsá, es un magnífico edificio, un palacio, cuyas bellas proporciones le harían notable entre los mejores de su clase en cualquier país de la Europa. Todo allí es en grande: sus nobles columnas pareadas, majestuosas escaleras, salones anchurosos y elevados techos…

Madame Calderón de la Barca

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.