Archivo del Autor: Norberto Nava

El México conservador que recibió triunfal a Maximiliano y Carlota

Arturo Hernández Guzmán

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En medio de una crisis política, la resistencia de los soldados liberales y un país en el cual Benito Juárez ejercía el poder, los sectores acaudalados de México dieron una recepción idílica para el emperador Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota enviados por Napoleón III. La prensa mexicana celebró la ocupación y la fiesta de bienvenida, como así lo haría también la francesa.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

A mediados del siglo XIX, la prensa había adquirido gran relevancia en varios países. Los periódicos incidían de manera crucial en el terreno político, artístico y literario, éste último influenciado por su novedoso carácter folletinesco. Asimismo, en virtud de la reproducción de atractivas imágenes –a través del grabado y la técnica litográfica– los periódicos publicaron efigies de personajes, paisajes e imágenes de acontecimientos recientes. En ese sentido, la prensa mexicana y europea dio cuenta de L´Expédition du Mexique -como se nombró a la intervención francesa en México (1863-1864)- a través de detalladas noticias y referencias visuales que siguieron de cerca el curso de la expedición militar orquestada por Napoleón III. Por un lado, a raíz de la ocupación de la ciudad de México a cargo del ejército expedicionario francés en junio de 1863, los impresos mexicanos partidarios de la intervención manifestaron su adhesión a la elección de Maximiliano de Habsburgo como emperador de México, por lo que fueron preparando en sus páginas el terreno para la recepción del soberano y su esposa. Y, por otro, la prensa francesa además de celebrar la toma de Puebla en 1863, también aplaudió el momento cumbre de la expedición: la recepción de Maximiliano y Carlota en la ciudad de México. Ambos discursos perpetrados por las prensas francesa y mexicana, proyectaron una imagen idealizada del acontecimiento.

Ocupación de la ciudad

Después de dar a conocer la noticia de la toma de Puebla –el 17 de mayo de 1863–, la ciudad de México emprendió una serie de medidas defensivas en contra del ejército expedicionario francés. Una de ellas, por ejemplo, consistió en abastecer de víveres al ejército del centro –encargado de la defensa de la ciudad–, sin embargo, en la capital no hubo enfrentamientos armados a la entrada del ejército francés. De esa forma, la ciudad no padeció un estado de sitio o una severa corte marcial impuesta por un ejército invasor como ocurrió en septiembre de 1847 durante la invasión norteamericana. Así, el 10 de junio de 1863 el ejército del mariscal Frédéric Forey entró victorioso en la ciudad de México.

Consumada la entrada del ejército francés en la capital mexicana, las familias más ricas de la ciudad se entendieron con la oficialidad invasora. Las autoridades conservadoras se encargaron de organizar suntuosos bailes, recepciones y tertulias para hacer más cómoda su estancia. Por otro lado, la prensa conservadora se encargó de animar a la población para que acudiera a los bailes y festejos en honor al ejército intervencionista. Además, el propio mariscal Forey organizó un baile en agradecimiento por la recepción que le brindaron las autoridades y las familias acomodadas que simpatizaban con la intervención. A decir de La Sociedad –periódico de tendencia conservadora editado en la ciudad de México de 1857 a 1867–, el evento se llevaría a cabo en el Teatro Nacional, considerado por el mismo periódico conservador como “uno de los edificios más hermosos de América”.

Según las descripciones detalladas de los periódicos de la capital, el baile que se realizó en el portentoso recinto que en tiempos del segundo imperio pasaría a ser el teatro imperial, ofreció a una “población herida por tanto tiempo en sus sentimientos más nobles […] la expresión de una firme esperanza en el porvenir”. Asimismo, los redactores señalaron que si “en Francia, después de la caída de Robespierre, las principales familias de París, fatigadas de los desórdenes y violencias del terrorismo acudían a los salones del Directorio, donde brillaban con todo el lujo de sus trajes a la griega”, las familias mexicanas bien podían convivir con el ejército expedicionario. De esa forma, los bailes y tertulias llevadas a cabo a raíz de la ocupación de la capital por el ejército invasor tuvieron el objetivo de estrechar alianzas entre la alta sociedad, los soldados franceses y las autoridades conservadoras de la capital que más tarde se encargarían de preparar la recepción de Maximiliano y Carlota.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

ACEVEDO, ESTHER, Testimonios artísticos de un episodio fugaz (1864-1867), México, Museo Nacional de Arte, 1996.

CONTE CORTI, EGON CAESAR, Maximiliano y Carlota, México, FCE, 2003.

PANI, ERIKA, “Novia de republicanos, franceses y emperadores: la ciudad de México durante la intervención francesa”, en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, El Colegio de Michoacán, 2000, en https://cutt.ly/ltkgO5X.

RATZ, KONRAD, Tras las huellas de un desconocido: nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo, México, Siglo XXI Editores/Conaculta, 2008.

El consumo del chocolate en Nueva España y su abastecimiento

Guillermina del Valle Pavón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En Nueva España el cacao fue un alimento de consumo básico cuya gran demanda hizo que se importaran los granos de Guatemala, Venezuela y Guayaquil. El virreinato novohispano  fue el principal comprador del grano a nivel internacional porque lo pagaba con plata, que fue el principal medio de cambio de la época. La contratación del cacao fue monopolizada por los poderosos mercaderes de la ciudad de México, quienes lo remitían a Europa.

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Neptuno les otorga el chocolate a los nativos del nuevo mundo, grabado en Antonio Colmenero, Chocolata Inda, Alemania, Wolfgangi Enderi, 1644.

En las comunidades mesoamericanas se consumía una bebida llamada xocolatl preparada a base de cacao y maíz molido, condimentada con chiles, vainilla y otras plantas aromáticas. El grano también era utilizado para realizar intercambios y pagar tributos. Los primeros europeos en Indias se percataron del valor de cambio que tenía para los naturales. Hernando, hijo de Cristóbal Colón, relató: “y muchas almendras que usan por moneda en Nueva España, las que pareció que estimaban mucho, porque cuando fueron puestas en la nave las cosas que traían, noté que, cayéndose algunas de estas almendras, procuraban todos cogerlas como si se les hubiera caído un ojo”.

Aunque en un principio la bebida preparada con cacao no fue del agrado de los españoles, la transformaron al gusto de su paladar, al mezclarla con leche y azúcar y condimentarla con canela o anís. Por el sabor y la energía que proporcionaba, desde mediados del siglo xvi el chocolate formaba parte sustancial de la dieta mexicana, se consumía a diario en grandes cantidades, como estimulante y digestivo, y era uno de los principales alimentos de los vecinos de la ciudad de México y su entorno. Los pobres lo tomaban una o dos veces al día, en el desayuno y después de la comida; mientras que las familias y personas acaudaladas podían darse el lujo de beber cuatro o cinco tazas: en misa, en el desayuno, el almuerzo, la comida y la cena. También se ingería en los conventos, colegios, hospitales y cárceles. Cuando los virreyes celebraban reuniones oficiales o sociales ofrecían chocolate. El grano y el chocolate en tableta se vendía en todos los almacenes, tiendas e incluso en las calles de la gran urbe. En los pueblos, el chocolate preparado con agua se consumía en los mercados y las celebraciones, y con él se agasajaba a las autoridades reales.

Privarse de saborear el chocolate era considerado un verdadero sacrificio. Cuando profesaba una novicia en una orden es porque tuviera una estricta regla, como las de las Carmelitas Descalzas, que solían hacer voto de no beber chocolate ni ser causa de que otro lo bebiera. En las últimas décadas del siglo xvi y las primeras del xvii, su consumo antes de comulgar y durante la cuaresma para evitar los desmayos y desvanecimientos dio lugar a una controversia sobre si rompía el ayuno religioso. Como se bebía con leche y condimentos, algunos eclesiásticos afirmaban que era un alimento nutritivo, por lo que quebrantaba el ayuno; mientras que otros sostenían que ninguna bebida podía hacerlo. El papa Gregorio XIII declaró en dos ocasiones que no quebrantaba el ayuno, pero el debate continuó. Incluso se escribieron tratados sobre el tema en España. Tomas Gage dio cuenta de cómo en Chiapas las mujeres cambiaron la iglesia por los conventos para escuchar misa, luego de que se prohibiera su consumo. Para dirimir el problema, las autoridades papales declararon de manera oficial en 1662 que el chocolate era una bebida común, por lo que podía ingerirse antes de la comunión y en cuaresma sin cometer pecado.

La gran demanda de cacao condujo a los españoles a cultivarlo en haciendas aledañas a los pueblos indígenas que lo cosechaban. Con la brusca caída demográfica de la población autóctona, la mayor parte de la producción quedó en manos de los peninsulares que reclutaron esclavos africanos para su cultivo en tierras tropicales cercanas a las costas del Pacífico Sur, Tabasco y Campeche. Hacia fines del siglo xvi y principios del xvii, las cosechas novohispanas y guatemaltecas resultaron insuficientes, lo que motivó la introducción de la almendra de Guayaquil (Ecuador) y Caracas (Venezuela), a partir de las décadas de 1610 y 1620, respectivamente. Desde entonces, los comerciantes de esas regiones se esforzaron por intercambiar los granos de sus provincias por la plata de Nueva España. Así fue como este virreinato se convirtió en su principal mercado a nivel internacional.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

Arcila Farías, Eduardo, Comercio entre México y Venezuela en los siglos xvii y xviii, México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, 1975.

Miño Grijalva, Manuel, El cacao de Guayaquil en Nueva España, 1774-1812 (política imperial, mercado y consumo), México, El Colegio de México, 2013.

Quiroz, Enriqueta, “Circulación y consumo de cacao en la ciudad de México en el siglo xviii”, Secuencia, 2014, en https://cutt.ly/OtksNH4

Valle Pavón, Guillermina del, “Redes empresariales de Francisco Ignacio de Yraeta e Isidro Antonio de Icaza durante el periodo de expansión del tráfico de cacao de guayaquil, 1774-1783”, Revista del Instituto Riva-Agüero, 2019, en https://cutt.ly/ttkdtzo

Sumario #49

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

BiC_49012El consumo del chocolate en Nueva España y su abastecimiento.
Guillermina del Valle Pavón

BiC_49028El México conservador que recibió triunfal a Maximiliano y Carlota.
Arturo Hernández Guzmán

BiC_49033De costureras y jefas de hogar.
Fernando Vialli Ávila Campos

BiC_49046El fracaso de los exiliados en Estados Unidos.
María Luisa Calero Martínez de Irujo

BiC_49060México: el reino del mambo.
Carlos A. Díaz

BiC_49065Carlos Noriega Hope le cambia la cara a El Universal Ilustrado.
María Estela García Concileón

DESDE HOY

BiC_49083Por amor a la música. La Universidad y su orquesta, una historia singular.
Eugenia Meyer

TESTIMONIO

BiC_49097Señores, acaba de morir el señor presidente…
Graziella Altamirano Cozzi

ARTE

davEl grafiti, un nuevo muralismo.
Rubí Celia Ramírez Núñez

CUENTO

BiC_49104¡Miedo siento de recordar!
Ana Suárez

ENTREVISTA

BiC_49137Vivencias del trabajo agrícola en el Programa Bracero.
Diana Irina Córdoba Ramírez

SEPIA

Familia zapatista Archivo Histórico UNAMCarrilleras.
Darío Fritz

Correo del Lector #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Por amor a la historia

Mariana Hamman, presidenta de la Asociación de Guías y Servidores Turísticos de Baja California, está entregada a la promoción del patrimonio natural y cultural, tangible e intangible de su estado, persuadida de que, además de dar a los visitantes un experiencia memorable, sus paisanos ganarán identidad como bajacalifornianos al conocer y valorar su pasado.

BiC_48_800PX103¿Sabías qué…?

Israel Antonio Briseño, ingeniero civil de la Universidad Autónoma de Coahuila, desarrolló un material que permitirá construir carreteras que se autorreparen al tener contacto con el agua. A partir de llantas de vehículos, creó una base de goma que servirá como suelo y cierra las grietas que van surgiendo en la superficie.

Correo del lector

Higinio Ledesma comenta que la Casa del Estudiante Indígena, de la cual habla el artículo del mismo nombre (BiCentenario núm. 12), fue parte de los “proyectos experimentales” de carácter psicosocial que el gobierno mexicano emprendió para entender a la mayoría indígena, vista como un problema que impedía la unificación y desarrollo del país.

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Gabriela señala que le gustó el artículo “La ópera en México del siglo XIX al XXI” (BiCentenario núm. 12), pues ignoraba varios de los datos que menciona. Las ilustraciones están “padres”, dice.

Juan Carlos Garling pide que le indiquen quién es Elena Arizmendi en la fotografía que aparece en “Ciudad Juárez en 1911” (BiCentenario núm. 14), donde se la ve junto con Francisco I. Madero y otros frente a la casa del cónsul Weber. Lidia Carmona responde que es la persona con una banda en el brazo izquierdo de la Cruz Roja, de la que fue fundadora. Por su parte, Guadalupe Villa concluye que en México fue más bien fundadora de la Cruz Blanca Neutral.

Reloj de arena

31 de mayo de 1820

El virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito, comunica a los habitantes de la Nueva España que el rey Fernando VII juró la Constitución promulgada en Cádiz en 1820 y que convoca a Cortes para 1820 y 1821.

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20 de junio de 1870

El general James E. Slaughter dirige una carta a los redactores del Siglo Diez y Nueve, en la que niega de forma rotunda que durante la guerra de secesión, el presidente Benito Juárez protegiera la exportación de algodón desde la Confederación y suministrara a esta armas y municiones. De ningún modo, dice, se hizo rico de esta manera.

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23 de abril de 1920

Plutarco Elías Calles proclama en Agua Prieta, Sonora, un manifiesto donde desconoce al poder ejecutivo encabezado por Venustiano Carranza. Se inicia así la rebelión que culminará con el asesinato del mandatario, la celebración de elecciones y la instauración de un nuevo gobierno constitucional.

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20 de abril de 1970

Poco antes de concluir sus años de rector, el ingeniero Javier Barros Sierra concluye un discurso pronunciado en la escuela de Arquitectura con la exclamación “¡Viva la discrepancia!” Resume así su proceder en defensa de la UNAM.

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Editorial #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

BiC 48 Portada

Mar, murallas y lotería, tres elementos que identifican a un campechano. Aunque no los únicos, por supuesto. ¿Pero la lotería? Sí. También. Un juego, un pasatiempo de larga data que aún se puede ver en las plazas públicas de los pueblos del estado y que tiene uno de sus antecedentes más reconocidos a fines del siglo XIX cuando una cigarrera aprovechó el interés de la gente en la lotería para alentar el consumo del tabaco. La empresa inventó las 90 figuras del juego, incluidas individualmente en las cajetillas, y los apostadores podían participar luego en premios que se combinaban con la Lotería de la Beneficencia de la ciudad de México. Pronto las imágenes fueron adquiriendo la calidad y variedad que hace de la lotería de Campeche de una originalidad poco vista en el país. Allí hay representaciones de personajes populares mexicanos y de la región, retratos de la naturaleza y de la vida cotidiana, o símbolos nacionales. También figuras tradiciones más lejanas como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas adaptadas. Una tradición ancestral entre las familias que se ha traslapado al arte. Sus figuras fueron tomadas más tarde como modelos por los artistas locales y reproducidas de varias maneras: bordadas en punto de cruz, dibujadas al óleo, pastel, lápiz; coloreadas en diferentes tonos sobre cartón, tela, madera, o cuerno de toro. Incluso impresas en cartillas para invidentes.

Con la historia de este juego muy popular en el estado del sureste mexicano abrimos la nueva edición de BiCentenario.

Otra historia singular en este número es la de dos señoritas audaces que se montaron a una canastilla y ascendieron varias decenas de metros de altura para inmortalizar los dos primeros ascensos en globo en México. Corrían los años 1835 y 1841, y aquello era una hazaña atribuible a unos pocos en el mundo, pero aquí fueron únicas, ni siquiera un hombre mexicano lo había logrado. ¿Por qué lo hicieron si implicaba tantos riesgos? ¿Alentadas quizá por las experiencias de la francesa Sophie Blanchard, una verdadera aeronauta profesional con más de medio centenar de ascensiones a principios de siglo, pero que murió por un accidente cuando descendía en París? ¿Fue diversión? Habían sido invitadas por un aeronauta francés y un empresario estadounidense. Hasta el día de hoy se desconocen las razones de esos riesgosos ascensos en globo. Ni siquiera sus nombres han quedado registrados. Las crónicas de la prensa decimonónica respondían a los cánones de la época y no lo informó. Podían ser protagonistas por sus capacidades en la esfera privada, en casa y puertas adentro, pero nunca en el mundo público. Sólo contó su participación como una atracción publicitaria.

La participación de la mujer era también insignificante en la prensa de fines de ese siglo. Hacia 1885 el director de una revista de Chicago cumplió con su propósito de llevar a colegas mexicanos, cercanos al régimen porfirista, a un recorrido por Estados Unidos. Los fines obviamente no eran turísticos. Detrás de su proyecto estaba la idea de promocionar los negocios y las nuevas tecnologías –maquinaria agrícola y para minas, trenes elevados, vapores, imprentas, gas natural–. Así, un grupo abigarrado de hombres de la prensa nacional recorrieron durante dos meses ciudades del centro y este del país, y se llevaron más de una sorpresa. Conocieron trabajadores, empresarios, gobernantes, y también hallaron que las mujeres se empleaban en fábricas, almacenes e incluso en oficinas públicas del gobierno.

Como bien se anuncia desde la portada, abordamos, entre otros temas, la complejidad intelectual del exindustrial italiano Gutierre Tibón, un apasionado de la mitología, la filología y las antigüedades mexicanas que practicó las ciencias sociales como quien hablara de lenguas maternas.

Las líneas que discurren por esta nueva edición se asientan, de igual manera, en el México revolucionario, del Zapata traicionado hecho mito y leyenda, como en la posterior avaricia delahuertista por el poder, fracasada a su paso por Chihuahua cuando el general Manuel Chao finalizó frente a un pelotón de fusileros sus aspiraciones de sublevación. También se da cuenta aquí de Tezonco, un pueblo cazador de patos y privilegiado en constante conflicto por las aguas de Xochimilco, que terminó devorado por la urbanización en los traspatios de la Ciudad de México. Lo mismo que apuraría a Mixcoac hacia 1930, un lugar entre ladrilleras e inundaciones, y sin autos, donde los vecinos eran reales propietarios de sus calles, y que hoy se muestra como una de las zonas de la ciudad con mucha historia por contar por sus habitantes.

Este centenar de páginas tiene aún mucho más por descubrir. Usted no se detenga. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Se la llevó “La Julia”

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión, ca. 1950, inv. 220594, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión, ca. 1950, inv. 220594, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión”, señala la ficha de la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). No obstante, la imagen parece representar el traslado de la inculpada a la comandancia de policía en un transporte de dicha corporación. Ella, la indígena enrebozada, de mirada triste y resignada ve desde su asiento, a través de la pequeña ventana, cómo queda atrás su libertad. ¿Por qué la llevan presa? Saberlo es prácticamente imposible. El delito es un hecho de causas múltiples, resultado de fuerzas antisociales, y la pena un mal necesario cuya finalidad es conservar el orden social. ¿Sería vendedora a la que le decomisaron su mercancía por vender, sin permiso, en la vía pública? ¿O quizá se la llevan por ser mujer, indígena y pobre? ¿Tendría hijos? Y de ser así ¿habría cometido algún robo de alimentos para ellos? ¿Habrán quedado en el desamparo?¿La acusarían de algún delito imprudencial? Podemos imaginar que tal vez tuvo un súbito trastorno y perdió transitoriamente el control absoluto de sus facultades mentales. Ignoramos si su delito fue intencional o si sólo participó en una riña o se convirtió en homicida usando puñal, cuchillo o el muy socorrido estilete de hoja estrecha y aguda llamada “verduguillo”. Bien pudo ser que actuara en defensa de su persona, de su honor o de sus escasos bienes. Podría ser

que enfrentara acusación de robo, de abuso de confianza, o ultrajes a la moral pública o a las buenas costumbres. ¿Qué pena le espera? De acuerdo a las sanciones penales del Código de 1931 en su aplicación se tomarían en cuenta la edad, la educación, las costumbres, la conducta precedente, los motivos que la impulsaron o determinaron a delinquir y sus condiciones económicas. Todo ello y de acuerdo al delito cometido podría conllevar amonestación, multa y reparación del daño (sanción pecuniaria), confinamiento, relegación (colonias penales) o prisión. En época de paz, tras la conclusión de la lucha armada, durante el periodo de reconstrucción nacional, mucho se debatió la cuestión del bien común y la convivencia armónica de la sociedad, de ahí el estudio y replanteamiento de normas y reglas que establecieron sanciones de índole diversa para ser respetadas por todas las personas por igual. La mujer que se llevó “La Julia”, como se le llamaba popularmente al vehículo que transportaba a infractores y delincuentes, ¿tendría, finalmente, un juicio justo? Con todo y todo, quiero pensar en que su defensor de oficio logró exonerarla porque su caso no se ajustaba a las suposiciones aquí atribuidas, y ya libre recorrió de manera inversa el camino de la prisión hacia el reencuentro y goce de su libertad.

Consulte la revista BiCentenario.

“Cuando la calle era nuestra”

Daniela Lechuga Herrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

¿Cómo era el México de los años treinta del siglo pasado en un barrio periférico como Mixcoac? Aquí lo relata Matilde Pereyra. Hoyos con agua, calles empedradas e inundadas muchas veces, con olor a árboles de trueno, escasas de automóviles y repletas de niñas y niños. Un pueblo de leyendas, cines, carpas y trenes destartalados.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Los recuerdos de Matilde Pereyra nos iluminan acerca de cómo era crecer en uno de los barrios con más tradición de la Ciudad de México. Entre las calles empedradas de Mixcoac los niños disfrutaban con posterioridad a la revolución del aroma de los árboles, caminaban por las milpas y jugaban en las piscinas de los hoyos llenos de agua que había dejado la fábrica ladrillera. Muchos otros barrios del Distrito Federal (D.F.) —denominación política que tenía en aquellos años— se encontraban también rodeados de naturaleza, lejos aún de las aglomeraciones y los automóviles.

            Los niños que nacieron en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado podían jugar en las avenidas y callejones. Ellos fueron parte de la generación que experimentó las nuevas políticas respecto a la infancia que instauraron los gobiernos posrevolucionarios con el fin de reconstruir el país y la ciudad. Asimismo, se convirtieron en el foco de atención, no sólo en México, sino también en América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa.

            A diferencia de lo que había ocurrido en décadas anteriores, los menores tuvieron la posibilidad de sobrevivir a sus primeros años de vida, por lo que las aulas de las escuelas, así como otros sitios a lo largo de la ciudad, poco a poco se llenaron con sus risas. Para la década de los treinta, en la ciudad había 251 229 niños que se encontraban en un rango de cinco a catorce años, cifra que correspondía al 19% de la población, la cual era aproximadamente de 1 229 576 habitantes.

            A partir de los primeros decenios del siglo XX, los infantes tuvieron mayor visibilidad en los espacios urbanos del D.F. Así, se construyeron nuevos parques a lo largo de la ciudad, se remodelaron otros, se levantaron tiendas departamentales en las que se vendían juguetes, se abrieron salas de cine en las colonias más alejadas del centro y se inauguraron nuevos teatros y carpas, que como las de teatro guiñol recorrieron los sitios más alejados de la capital. Por lo tanto, a partir de ese momento, los niños tuvieron acceso a nuevos lugares de diversión y, con su imaginación, construyeron los propios.

            Por otra parte, los problemas de urbanización en la ciudad de México ocuparon la atención de médicos y políticos, puesto que la capital era de suma importancia para demostrar el triunfo de las políticas posrevolucionarias. En términos prácticos, se buscaba que la urbe funcionara mejor y que fuera ejemplo de la modernización que se estaba alcanzando en todo el país. Es el caso de los automóviles, que en 1928 transitaban unos 40 000 en toda la república mexicana y 15 000 sólo en el D.F, según daba cuenta el periódico El Universal.

            Matilde Pereyra nació en el barrio de San Juan, Mixcoac, en 1924. Su familia estaba formada por su padre, madre y cinco hermanos. Como la mayoría de los menores de edad que crecieron en las periferias del D.F, estuvo inmersa en una dinámica distinta, puesto que muchas de las diversiones todavía se desarrollaban en el centro de la urbe, en lo que ella nombra como “México”.

            La intención de recuperar su testimonio, resultado de la investigación acerca de los niños y la ciudad entre 1928 y 1941, es ubicar su experiencia como habitante de un barrio periférico durante las primeras décadas después de la revolución. Es importante rescatar la memoria de Matilde porque vivió su infancia en una época en la que el país, la ciudad y la vida de los niños se encontraba en plena transformación.

 El barrio de San Juan en palabras de Matilde Pereyra

Yo siempre fui de escuela oficial. Mis primeros años los hice en el jardín de niños que estaba frente a la iglesia de San Juan, en lo que antes había sido la casa de Octavio Paz, y se llamaba fray Pedro de Gante. Mi papá era administrador de una fábrica de tabiques. Mixcoac, mi barrio, quitando esas dos construcciones de la iglesia de San Juan que es del siglo XVI, la casa de Octavio Paz, la casa de Valentín Gómez Farías, que era lo que era el centro, había sido hecha de la fábrica de tabiques que se llamaba Noche Buena y estaba donde está hoy el toreo, la Plaza México.

            Todo era hoyo porque para la fabricación de tabiques tenían que sacar el barro, entonces esa parte estaba llena de hoyos. Mi casa, en una calle que se llamó la calle del Rosario en el número 18, estaba rodeada también de hoyos. De esa calle se llegaba a las milpas. Cuando yo estuve chica todavía esos hoyos los hicieron milpas y ahí también en esos hoyos iban a descargar material de electricidad, había mucho desperdicio de cobre.

            [Las milpas] no estaban tan lejos, al final de la calle, en los hoyos que habían quedado de la fábrica y ahí se metían los chicos que habían sido ladrilleros e iban a robarse las cañas, que no son cañas de azúcar, pero sí se comían y nos las vendían o nos las regalaban.

            Teníamos una infancia muy bonita porque la calle era nuestra. No había coches, la calle estaba empedrada, no había ningún peligro para nosotros. Inclusive había en la calle árboles, eran truenos.  Cuando entraba uno a esa calle olía a trueno. Ahora o mucho después cuando yo olía a trueno recordaba mi calle, son unos árboles que dan unas flores muy olorosas. Inclusive en esos árboles mis hermanos jugaban y hacían su casita del árbol, no una casita del árbol como ahora se ve en las películas o se las hacen a los niños, no, eran tablas y tablas que ellos arreglaban de manera que era su casita del árbol.

            Esa calle [Rosario] en tiempo de lluvias se inundaba porque también ese barrio está debajo de lo que es la presa de Tarango, entonces cuando llovía mucho se desbordaba la presa y se inundaba la calle que ahora es Carracci. Mis hermanos se divertían mucho porque como se inundaba, toda la calle de Augusto Rodin también. Como había que atravesar de una acera a otra se divertían poniendo una viga para dejar que pasaran las personas, les daban 20 centavos, cinco centavos o dos centavos, para ellos era su pasadero.

            Las niñas qué íbamos a hacer eso. No, al contrario, en esa época nos tocaba, casi siempre en mayo, ir a ofrecer flores a la iglesita de San Juan. Nos llevaban con el vestido de la primera comunión, de coronita, velito, muy arregladitas a ofrecer flores. Y era muy bonita la iglesia porque le ponían una escalera que iba como un puente frente a la virgen de Guadalupe, la patrona de esa iglesia, y entonces íbamos y depositábamos nuestro ramito de flores. Era muy divertido. Y a nosotras las niñas, cómo íbamos a salir en tiempo de lluvias si mandaban por nosotros a recogernos a la iglesia para poder atravesar las calles que estaban inundadas. Nos recogían en… cargándonos. Un primo, que era el mayor, nos llevaba a la casa cargadas una por una o, si podía, se llevaba de a dos. Así que era una diversión hasta por el transporte.

[...]
Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

¿En qué pensabas, Leandro?

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Anticipándose a las órdenes del pelotón que debía fusilarlos, Guillermo Prieto expresó con energía: “levanten esas armas, los valientes no asesinan” y los soldados le hicieron caso.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Me viene la conformidad luego que recuerdo que
murió por su patria
”.
Sra. Ignacia Martínez de Valle.

 Dicen que cuando vamos a morir pasa toda nuestra existencia frente a nosotros.

¿Habrá sido así contigo?

Cuando te dijeron que te quedaba media hora de vida, ¿qué fue lo que hiciste?

Sabemos que preguntaste quién ordenó tu ejecución. Y que cuando te respondieron que Márquez, aquel reaccionario mocho y santurrón que lo mismo se daba golpes de pecho que mandaba matar a sus prisioneros, agregaste sereno:

—Hace bien, yo no le hubiera dado ni tres minutos.

Y descendiste de tu caballo San Pedro, un vigoroso alazán tostado, para luego pedirles pluma y papel.

—Deseo escribir a mi familia —le explicaste al jefe de los cangrejos.

¿En qué pensaste mientras esperabas? ¿En tu mamá, doña Ignacia? ¿En Luisa Jáuregui de Cipriani, la mujer que amabas y estabas por desposar, pues a tus 28 años habías decidido formar un hogar? ¿O acaso en tu hermana Agustina, quien de acuerdo con lo que escribiste en esa última carta, fue también como tu madre?

Tal vez recordaste al hombre que te heredó el apellido, un veterano de la lucha por la independencia que muchos años estuvo bajo las órdenes de Juan Álvarez, el caudillo suriano que fue presidente por un corto tiempo y le dejó el poder al poblano Ignacio Comonfort, de quien se decía que por hacerle caso a su madre idolatrada –a la que manipulaba un cura– dio un golpe de Estado contra la Constitución, hizo estallar la Guerra de Reforma y huyó del país cuando perdió el control de los acontecimientos.

Sí, seguramente pensaste en don Rómulo, tu padre, el responsable de que siguieras la carrera de las armas y con quien compartiste peligros y aventuras, como la huida de la Ciudad de México tras la traición de Comonfort y la llegada al poder de los reaccionarios, también llamados restauradores, clericales o conservadores; aunque a ustedes les gustaba más decirles cangrejos por eso de que daban “un paso pa´delante, doscientos para atrás”, como escribió en una popular canción el poeta Guillermo Prieto.

Porque tu padre y tú eran constitucionalistas. Liberales. Y de los duros. De los convencidos. De los que, como dijo Melchor Ocampo, se quiebran, pero no se doblan. De aquellos que usaban una corbata roja para manifestar unos ideales totalmente opuestos a los de quien se convirtió en uno de tus mejores amigos y la figura más importante del partido clerical: Miguel Miramón.

El mismo que era apenas unos meses más grande que tú, con el que compartiste banca en el Colegio Militar – al que entraste a los once años de edad– y quien al encontrarte en el pasillo se cuadraba chocando las botas.

—¡Mi general! —soltaba con voz de trueno.

—¡Ordene, su alteza! —le respondías tú en posición de firmes.

El mismo que poco antes de que escaparas de la capital junto a tu padre, te invitó a comer para ofrecerte honores, grados y riquezas… si luchabas contra la Constitución del 57, aunque al final rechazaste su oferta.

Porque eras liberal, eso ya lo habíamos dicho.

Poco influyeron en tus convicciones las creencias de tu madre, una mujer muy religiosa que nunca se resignó a la vida que tu padre y tú habían escogido, pero que siempre los apoyó. Aunque te pareció verla más preocupada de lo normal cuando la visitaste antes de partir hacia tu última campaña.

—Tal vez no nos veamos más —le dijiste abrazándola con fuerza—. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!

Momento que aprovechó para intentar colgarte un relicario del cuello.

—No, no lo quiero —protestaste agarrando su mano—. Dirán que una cosa creo y otra predico.

—Anda, Leandro.

—No, mamá, mejor pónselo a San Pedro —tu caballo.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Gutierre Tibón. Doctor en Gaya Ciencia

Otto Cázares
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Humanista y sensual hasta la médula, Gutierre Tibón practicó las ciencias sociales como quien hablara lenguas maternas. En este ensayo se pasa revista a sus contribuciones y libros aderezados por episodios de su biografía viajera.

Gutierre Tibón, ca. 1970. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 8962.

Gutierre Tibón, ca. 1970. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 8962.

El italiano Gutierre Tibón (1905-1999) tomó la determinación de abandonar su vida de industrial en Suiza. Era director de una próspera empresa de máquinas de escribir, circunstancia que lo llevaba a viajar por el mundo entero con el objeto de publicitar la novedad de su propia invención: un precioso modelo de maquinita de escribir compacta y práctica, la bonita Hermes Baby. Sus viajes como industrial ya lo habían traído a México poco antes de la catástrofe bélica de 1938. De aquella visita el industrial había quedado prendado de una linda mexicana de diecisiete años; se fascinó también por la tortilla de maíz lo mismo que por Teotihuacán, donde fue presa de “una de aquellas crisis por las que un hombre normal, sano de espíritu y hasta con tendencias burguesas, se vuelve repentina e irremediablemente arqueólogo”. De México se declaró un “apasionado de la mitología y de las antigüedades mexicanas”. De modo que, decidido a iniciar una Vita Nova en México, descendió en el puerto de Veracruz el primero de febrero de 1940, dos años después de aquel viaje iniciático y dispuesto a clarificar ese ‘algo’ de lo que México significaba. La muchachita no lo esperó: ya estaba casada a su regreso. Pero seis años después de su llegada a tierras mexicanas, Gutierre Tibón escribió: “Sin embargo, yo ya tengo seis hijos. Mis seis libros que son mis primeras criaturas mexicanas”.

Había crecido en Suiza a orillas de ese lago Lugano en el que comenzó a escribir. De los catorce años data su primer título, Il Monte Bre, escrito por aquellos días entrañables en los que entablaba conversaciones con Romain Rolland, amigo de su padre escritor. Antes de llegar a México vivió en la India, donde conoció y admiró a Mahatma Gandhi. Con una estampa de dandi o de aristócrata, y merced a sus relaciones personales y habilidades sociales, podía Tibón acceder a archivos familiares y a valiosísimos documentos vedados a otros estudiosos. Era usual confundir a Tibón con un diplomático. En una ocasión, en la India lo tomaron por un importante embajador y acompañado por los brahmanes de las más altas consideraciones visitó aquellos preciosos templos de Cochín, Malabar y Benarés, inaccesibles a pies profanos. Poseía el más agraciado don de gentes y era este uno de los más acabados de sus talentos que terminaba yendo a impregnar sus páginas teñidas de encanto.

En México trabó profundas amistades con Salvador Novo, Arrigo Coen Anitúa y José Luis Martínez. Fue también cercano al círculo de Diego Rivera. De hecho, fue el responsable de propagar en un artículo del periódico Excélsior aquella leyenda manida, que no es más que una chanza, del supuesto canibalismo que practicaron Diego y Frida: “Ustedes no saben lo rica que es una costilla empanizada de mujer joven —prosiguió el maestro Diego—. No me miren así. Hablo por experiencia y no de oídas. He comido mucha carne humana, y repito, es exquisita. No crean que fue por simple gusto. Fue para servir a la ciencia […]”.  Como quiera que sea, el método del sabio seductor fue dar trato y reconocimiento de príncipes para todos. El Otro era para Tibón una “plenitud de sentido”: desde el artesano de Olinalá o Pinotepa Nacional al monje budista del Tíbet, desde el Brahmán de Bombay hasta sus cultas amigas entrevistadas sobre sueños para su investigación Magia y poder oculto de los dientes. Todos y cada uno, amigos profundos o amigos de ocasión, eran verdaderos príncipes y princesas de sentido.

Filología significa “leer lento”, dijo Nietszche: amor por el estudio naturalmente, pero también leer con lentitud y con pluma en la mano. El método de Gutierre Tibón —como el de todo sabio hebreo, y en su caso, siguiendo una larga tradición de sabiduría familiar— fue el método de la lectura y el comentario. La gens Tibónida fue una de varias generaciones de sabios y traductores judíos; Gutierre, sexto de la estirpe —hijo y nieto de polígrafos, hijos y nietos, a su vez, de otros polígrafos— creció íntimamente familiarizado con la extensa literatura rabínica, la gramática y la etimología hebreas. Guía de Perplejos es uno de los libros fundamentales del espíritu y la inteligencia judías. Fue escrito en lengua árabe durante el siglo XII y en vida de Maimónides fue traducida del árabe al hebreo por Šemuel ibn Tibbón, cuyo nombre significa “hijo del padre o patriarca de los traductores”. Escribió Gutierre acerca de su ilustre antepasado: “Nació el fundador de la dinastía de los tibónidas en Granada el año de 1120, y creció en el tiempo en que los moros erigían en su ciudad el milagro de la Alhambra. Fue médico; tradujo a Avicembron y escribió numerosas obras científicas, testimonios de su cultura universal. Al morir, en 1190, dejó a su hijo, como única riqueza, su biblioteca […]”. Los Tibónidas, hijos engendrados por el “patriarca de los traductores”, fue la estirpe que acometió la salvaguarda y sistematización de la sabiduría dispersa en multiplicidad de lenguas después de la caída de la Torre de Babel.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • MUÑOZ, MIGUEL ÁNGEL (antologador), Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso. México, CNCA, 2009.
  • TIBÓN, GUTIERRE, Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos. México, FCE, 1988.
  • TIBÓN, GUTIERRE, Historia del nombre y la fundación de México, México, FCE, 1993.

Ana Buriano Castro. El legado

Silvia Dutrénit Bielous
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

La académica de origen uruguayo fue una historiadora y docente, especialista en bibliotecología y constructora de la biblioteca del Instituto Mora. Era una mujer comprometida social y humanamente. El pasado 23 de septiembre fue presentado su libro póstumo y se nominó con su nombre la sala de lectura de la sede Poussin de esta institución. Se reproducen aquí, palabras leídas en su homenaje.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Luciana, la pequeña Lu, que nació el 9 de febrero de 2019, Iván, Andrés, Maru, Ana Paulina, Pablo, María, Alberto y Victoria, querida familia toda. Después de un breve pero intenso y difícil trajinar, queridos amigos y colegas de este Instituto que tanto tiene en su herencia del trabajo de Ana durante casi tres décadas, hoy se concreta el propósito que esperábamos: homenajearla con la designación de esta espléndida sala de lectura de la sede Poussin. Gracias, muchas gracias, a la doctora Diana Guillén, directora general, a los directores de área, al subdirector de la biblioteca, a los colegas de difusión y a un grupo numeroso de trabajadores que forman parte de la comunidad del Instituto, que participaron para que se hiciera realidad. Es imposible mencionarlos uno a uno, hoy por la labor de todos, estamos reunidos aquí. Y qué mejor forma de hacerlo que con la presentación del libro póstumo de Ana en las palabras de quien fuera su director de tesis de doctorado y su amigo, el doctor Brian Connaughton.

La petición de que compartiera recuerdos sobre Ana no ha sido un encargo fácil, diría que ha sido muy difícil, porque desde ese momento, he pensado y vivido entre lágrimas y sonrisas. Lo acepté, pese a imaginarlo así, porque casi estoy segura, que Ana también lo hubiera hecho.

Es inevitable para mi transitar por algunos hechos y recuperar imágenes sin obviar una relación entrañable de décadas en distintos planos. En ciertos momentos estuve pensando que por pudor debía evitar aquellos en que necesariamente se vincularan nuestras vidas, pero qué difícil ha sido sortearlos.

La recuerdo desde fines de los años sesenta o comienzos de los setenta, Ana era una estudiante del Instituto de Profesores Artigas que formaba parte de un grupo de jóvenes destacadas del IPA, algunas formándose en el campo de la historia y otras de la literatura. Al menos ese es mi recuerdo de estudiante de liceo. Creo que nunca lo hablamos, pero seguramente desde su lugar de joven adulta en estudios de nivel universitario no tendría memoria de mi presencia. Era una época de intensas luchas gremiales y políticas en un Uruguay que “caminaba” hacia el golpe de Estado. Los estudiantes convergíamos en locales gremiales y políticos y en esos espacios la recuerdo, esbelta, elocuente, oradora convincente y fumadora permanente.

Ana e Iván partieron hacia el exilio atravesando situaciones muy difíciles, muy riesgosas. A Buenos Aires llegó doña Mercedes, su madre, con Andresito. Reunidos los tres, y con la vivencia de un nuevo golpe de Estado, el argentino, comenzaron un largo y zigzagueante recorrido por tierras de exilio y también, como se decía en el lenguaje militante, de trabajo internacionalista.

Con Ana no nos vimos en Buenos Aires, pero supe de su presencia. Nos encontramos en México en 1976, en aquel casi fugaz paso por esta geografía humana, colmada de su riqueza cultural que tanto quiso y en donde fincó finalmente y para privilegio de todos, su residencia. Esa riqueza que la atrajo, la fascinó y que, recuerdo, la llevó a visitar varias veces el Museo de Antropología en aquellos pocos meses del 76 .

Ese recorrido que comenzó en Buenos Aires y que tuvo distintas escalas con tiempos diversos, México, Cuba, la URSS, más precisamente Jerson en Ucrania, Cuba nuevamente, en donde nació Maru, Nicaragua, otra vez Cuba y México, y esta vez para siempre en 1982, hizo patente en ese recorrido la capacidad permanente, obstinada, con enorme fuerza, de volver a comenzar cada vez que su convicción política, social y académica como lo veremos, lo indicaba. Nada de ello es independiente de una decisión de pareja, de Iván y Ana en cada etapa de este difícil pero enriquecedor camino.

Su regreso e instalación definitiva en México permite ver su crecimiento en distintas facetas, como historiadora, como docente, como constructora de la biblioteca y defensora de la institucionalidad del Mora, como mujer comprometida social y humanamente.

En virtud de que las condiciones políticas del Uruguay no le permitieron recibir su título del IPA, decidió estudiar nuevamente una licenciatura y lo hizo en el Sistema de Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofías y Letras de la UNAM. Una fuerza admirable, en medio de dificultades para lograr con Iván una relativa estabilidad económica familiar, desembocó en el trabajo de tesis que nos permitió desde entonces hasta sus últimos días, hilar nuestros intereses, preocupaciones, pasiones, con coincidencias y discrepancias en los ámbitos intelectuales y políticos.

La elaboración de la tesis de licenciatura, que tuve el privilegio de acompañar en su dirección, hizo posible que dialogáramos y discutiéramos hechos y procesos del Uruguay y América Latina, en tonalidad de conceptos y tiempos de la historia. Nada de ello abandonamos de manera cotidiana.

Docente en el mismo SUA, casi hasta 15 días antes de fallecer, habiendo renunciado porque sentía que no podía impartir clase, menos aún llegar hasta el salón en la Facultad, fue creciendo extraordinariamente como una inteligente, rigurosa y creativa historiadora. Su acercamiento al Instituto fue a través de las breves historias del siglo XIX latinoamericano. Ahí desarrolló su pasión por Ecuador hasta convertirse en una ecuatorianista reconocida, regional y mundialmente. Su obra póstuma, con una exquisita y rigurosa investigación que siempre la caracterizaba, constituye su último legado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.