No mA?s culpa

Ana SuA?rez / Instituto Mora

BiCentenario #22

El ruido aumenta, las pisadas sobre la hierba y la rotura de ramas indican que el jinete no va solo. De un sA?bito muro de sombras sale una descarga de fusilerAi??a. Aparecen JuA?rez, el Gran Maestre y San Ignacio de Loyola para sonreAi??rle al presidente Comonfort.

Ignacio Comonfort; en Rivera Cambas, Los gobernantes de MAi??xico, 1872.

Ignacio Comonfort; en Rivera Cambas, Los gobernantes de MAi??xico, 1872.

Es tiempo de cosechar el maAi??z o disponer la tierra para el trigo, pero los campos que pasan a los lados de la carretela se ven solitarios y tristes y la gente se guarda en sus casas. Debe ser por el calor de las cuatro o mA?s bien por la incertidumbre reinante, ya los vecinos de Chamacuero les advirtieron de la gavilla de malhechores que merodea por las cercanAi??as. Carajo, el abandono ha hecho presa del paAi??s despuAi??s de la guerra civil que Ai??l mismo provocA?, por quAi??, aA?n no lo entiende, si Ai??l creAi??a en otra cosa, pero dio oAi??dos a quienes le decAi??an: usted es el presidente, seAi??or Comonfort, usted puede anular la ConstituciA?n. Nunca le pesarA? bastante, la culpa lo persiguiA? implacable durante sus casi cuatro aAi??os de exilio, y lo persigue aA?n, hasta en ese lugar perdido.

Nada le sirve para distraer la mente, ni descubrir el paisaje ni pensar en sus hijas, quAi?? harA?n ahora Clara y Adela, al menos en Monterrey estarA?n protegidas de las faltas de su padre. AhAi?? estA?, es la culpa otra vez, por mA?s contriciA?n que sienta o empeAi??o que ponga no consigue aliviarla. Aunque no se va a rendir. Obre Dios para que halle la forma de concluir con su misiA?n de despedir a los franchutes que avanzan sobre el territorio y de pasada perdonarse a sAi?? mismo.

Ai??Se dice que habrAi??a de darse tiempo para cavilar, asAi?? lo recomendaba el padre rector a los pupilos del Colegio Carolino cuando Ai??l era uno de ellos. Pero el sol que a esa hora pega en el valle no lo deja discurrir con inteligencia. Los rayos son fuertes en tiempo de seca y el bochorno se hace insoportable, pese a que el coronel Cerda lleva las mulas a buen paso y la brisa del arroyuelo que los viene orientando los abanica un poco. ConvendrAi??a devolverse al pueblo y esperar hasta el amanecer, pero llevan ya buen rato de haberlo dejado y retrasarAi??an mucho la llegada a Guanajuato.

Ai??Urge llegar. Tan pronto como sea posible debe reunir al ejAi??rcito para someter a los franceses, el seAi??or JuA?rez lo perdonA? y le ha otorgado su confianza, no le puede fallar. A?Es lo que mA?s desea! Eso, y un palmo de patria para establecerse con Clara y Adela y vivir en familia el dAi??a a dAi??a, Ai??l entregado a sus negocios, ellas al cuidado del hogar. Pero es Dios quien obrarA? en el futuro.

Ai??La carretela avanza ahora junto a las aguas mansas que comienzan a ensancharse, desde ahAi?? logra ver el punto donde el cauce se junta con el rAi??o de la Laja. La soledad sigue reinando, y eso lo turba, tendrAi??an al menos que haberse cruzado con algA?n arriero de los que van y vienen por el BajAi??o o avistar a una mujer agachada sobre la corriente mientras lava la ropa y vigila a los hijos que chapotean alegres. Algo raro pasa, tal vez sean los bandoleros que tienen espantada a la gente.

Ai??La comitiva se detiene ante el afamado Molino de Soria, sA?lo queda una ruina, como del paAi??s entero, quAi?? tristeza. Nadie aparece, aunque sAi??, un hombre malencarado asoma por la puerta, apenas saluda y gruAi??e ser el administrador, el coronel Cerda se aplica para arrancarle el rumbo por el que toca seguir.

El camino sin orillas se angosta despuAi??s del puente que cruza el arroyo. El puente estA? tan maltrecho que no aguantarA? el peso de la carretela, mA?s la escolta de 80 jinetes. Menos mal que los carabineros de la retaguardia se han retrasado, asAi?? pasarA?n mA?s tarde y el peligro serA? menor, si no pasan todos juntos. Eso es, lo han logrado, pero lo que viene se mira arriesgado. Con el rAi??o a la izquierda y el elevado derrumbe de la derecha sA?lo queda avanzar o volverse. Entonces que Cerda azuce a las mulas para eludir cualquier asechanza.

[...]

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