Letras en polvo

Letras en polvo

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

¿Cuándo habrá nacido esa inverosímil costumbre de exhibir libros a la altura de la suela de los zapatos? Podríamos imaginar mercaderes obrando en sus negocios en tiempo en que las páginas dejaron monasterios y conventos para ganar las calles. Así como vendían lecturas también ofrecerían utensilios, especias o viejos artefactos. Una parte más de sus baratijas. A la altura de las huellas cochambrosas, tenían la ventaja –y aún la tienen– de la facilidad para ponerse a salvo en pocos minutos ante eventuales peligros: de los cobradores de impuestos, los censuradores del conocimiento o las lluvias inoportunas. Si te he visto ni me acuerdo. Hay vendedores cuidadosos que los colocan sobre una manta y otros más rupestres sobre pisos de cemento o ladrillo, higienizados escoba mediante –los restos harapientos de una de ellas en la imagen son un buen testigo de su importancia–. Allí muerden el polvo, se dejan acariciar por las brisas invernales o templadas, y esperan que los dedos grasosos corran sus páginas una y otra vez hasta que alguien, misericordia al fin, los cargue bajo el brazo, a cambio de unas pocas monedas, porque sí, su categoría entra en la del regateo y el dosporuno. Se podría decir que hay clases entre los libros, según la ubicación. Los populares y de remate, como los de la foto, están obligados a salir pronto a la venta por añejos, desaliñados o merecedores de una fama ocasional que los hace tentadores. Si han logrado llegar a las estanterías suben el escalón de la estratificación, y qué decir de los que pueden alcanzar el anaquel brilloso de una biblioteca pública o personal. Pero ojo, no es lo mismo estar a la vista directa del comprador en una quinta o sexta fila del escaparate que en las primeras. Allí, la exigencia para el cliente es mayor: entornar la espalda, hurgar en cuclillas o clavar las rodillas en tierra. Y ya para la derrota de cualquier ojo fisgón, las partes altas se convierten en territorios más cercanos al ostracismo que a la curiosidad de un brazo husmeador. Si el vendedor, como este señor de la calle de Seminario de hace un siglo –hoy la zona del templo Mayor de la Ciudad de México–, los tiene para sugerir, quizá puedan sentirse en las prontas consideraciones de los lectores. Sería alentador fantasear que aquellos libros de piso cobraran vida y armasen una revuelta. Que palabras, frases, historias, escaparan a una huelga de páginas en blanco, libros de hojas sin tinta, un grito por la valoración. Sin caer en las tentaciones del radicalismo de aquel monje ciego de Umberto Eco que envenenaba las páginas de ciertos libros para impedir el conocimiento, podrían lanzarse a una travesura que los despojara del polvo y permitiera el aprecio desde la humildad del estante, una mesa o el consejo del librero.