Tras las huellas de Victoriano Alemán y su periódico en Nueva Orléans

Alejandra Díaz Bialet

Revista BiCentenario # 17

La original y quijotesca experiencia acontecida al diario La patria y el compromiso político de sus redactores que los enfrentó de plano y en to- tal soledad al expansionismo territorial y la doctrina del Destino Manifiesto, tal como lo revelan las reseñas acerca de la historia de este periódico en lengua hispana y su dramático final, fueron algo ignorado por mí hasta hace poco tiempo. Surgió, sorpresivamente, cuando emprendía la investigación y búsqueda de datos sobre los ancestros de mi rama materna. Así llegué a dar con Victoriano Alemán (1813-1875), tatarabuelo mío, y con las huellas históricas dejadas por el periódico que fundara a mediados del si- glo XIX en Nueva Orleáns.

De este antepasado solo sabía que fue un español de vida ajetreada, enviado a Cuba en cumplimiento de una condena por desertar del llamado Ejército de la Reina y que tras escapar de su prisión, se estableció en la ciudad de Nueva Orleáns, donde se casó y trabajó como periodista; que más tarde pasó otra vez por Cuba, viviendo un tiempo en La Habana, ciudad en la que nació Eugenio Alemán, mi bisabuelo materno, y que encontró el fin de sus días en su ciudad natal, Toledo, España. Eso era todo. Lo verdaderamente significativo y relevante de su legado permanecía silenciado.

Sin conocer este legado, mi propia identidad es- taba incompleta, aunque no lo advirtiese salvo por la persistente incomodidad con que ciertos silencios acostumbran acicatear el relato familiar pre-establecido sin consulta previa. Y del mismo modo que le ocurre a quien ignorando aconteceres de una histo- ria que le concierne, termina siendo un extranjero en su propia patria, como me sucedía con México o Cuba, con Nicaragua o Argentina, esas “patrias” que por tantísimas instancias que la atraviesan y le son comunes forman, junto a otras, aquello que se ha dado en llamar Hispanoamérica. En los fundamentos de ese silencio, quizá se halle que fue la prédica de Domingo F. Sarmiento la que recibió a mi bisabuelo Eugenio Alemán al llegar y establecerse, como tantos inmigrantes, en la Argentina de 1870. Esa que no reconocía fisuras en la admiración que tributaba a Estados Unidos y, como contrapartida de la sobreestimación del éxito económico que lograrían estos pioneros, aquí, en estas tierras argentinas, llevaba aparejado el inexorable corte con sus propias raíces, sobre todo si éstas contenían obvias marcas de hispanidad y todo esto mucho más allá del probado afecto que mi bisabuelo tuvo por su padre.

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