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Artesanos de plomo y tinta

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55

Scherer, Printmaking workshop, Mexico, ca. 1895. Library of Congress, Estados Unidos.

Estos nueve hombres, en su momento, fueron parte de una revolución. La industrial puede decirse. Y es razonable. La imprenta era parte de ella. Pero digamos, más románticos, que su revolución fue la de aportar al conocimiento, la del tenue y lento recorrido por quebrantar la ignorancia. Algo hacinados en ese escaso espacio, fueron herederos de los primeros ebanistas de la impresión de tipos móviles: Juan Pablos, Antonio de Espinosa, Francisco Rivera Calderón, Zuñiga y Ontiveros, Ignacio Cumplido. Hombres como ellos resultaron perseguidos también. Hubo encarcelamiento, tortura, hoguera y muerte. De ahí que lo de revolucionario también cabe. Y todo por imprimir letras, tan sólo ideas plasmadas sobre papel. Impresores que fueron hasta el mismo Lucifer para la Inquisición. A tal punto demonizados que cuando quemaban libros creían que de las lenguas de fuego salían los gritos del diablo. ¿Qué habrán pensado sobre el Delomelanicon y su leyenda?

Incunables, folletines, opúsculos, cuadernillos, manuscritos, folios, salterios, catálogos, láminas, xilografías impresas pasaron por sus manos. Tanto textos auténticos como los supuestamente falsos. Y aquellos libros que salieron de la misma imprenta y nunca fueron iguales; por la página que faltaba, la encuadernación diferente, el tono de la tinta, la letra corrida.

Artesanos de centurias de sabiduría –al menos cuatro siglos– desde que Gutenberg, en 1449, refinó con los tipos de plomo el trabajo de los esmerados y creativos impresores chinos –perfeccionaron la impresión desde el siglo XI, pero la historia les terminó dando un lugar secundario–, crearon obras que 200 o 300 años después, a decir de los bibliófilos, parecen recién salidas de la prensa. ¿Qué dioses hicieron a esos impresores para entregar tanta calidad? Entre ellos podría figurar uno de esta foto que se ganó la inmortalidad: José Guadalupe Posada. Algún diablillo sembró la duda de que aquel bajo el sombrero colgado de la pared y de bigote característico es el popular grabador y caricaturista, aunque nadie se ha atrevido a confirmarlo. Pero si los dioses existen, saben que la mortalidad los hace efímeros. Estas máquinas de plomo y sus artesanos de la tinta ya no se hallan. Dejaron la huella revolucionaria para sus colegas de la impresión offset y digital de nuestros días.