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El compromiso revolucionario de los hermanos Aguirre Benavides

Javier Romo Aguirre

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

Adrián, Luis y Eugenio juraron correr juntos la aventura revolucionaria sin esperar nada a cambio. Sus roles fueron diferentes, pero en cada caso ocuparon lugares políticos y militares destacados al lado de Madero, Carranza y Villa.

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Alfredo Vilchis, Valor de Mujer, Siglo XX, Óleo sobre lámina, 22 x 30 cm, Colección Alfredo Vilchis Fotografía Marco A. Pacheco. Cortesía Casa Lamm.

¿Cuáles serían las motivaciones para que un grupo de parientes y conocidos en Coahuila, pertenecientes a una clase social acomodada y culta, se unieran a los movimientos revolucionarios de 1910 y 1913? ¿Qué motivaciones tan poderosas pudieron mover a este conjunto acaudalado que teniéndolo todo arriesgó sus fortunas y sus vidas en esos movimientos libertadores? ¿Habrá influido en ellos por su cercanía geográfica la vocación democrática de los Estados Unidos de América?

¿Pudo ser la tiranía ejercida por el presidente Porfirio Díaz con el argumento de mantener el orden? El propio Díaz se lo expresó al periodista James Creelman, sin faltarle su dosis de arrogancia:

Eramos duros. Algunas veces, hasta la crueldad. Pero todo esto era necesario para la vida y el progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados la han justificado con creces. Fue mejor derramar un poco de sangre, para que mucha sangre se salvara. La que se derramó era sangre mala, la que se salvó, buena. La paz era necesaria, aun cuando fuese una paz forzada, para que la nación tuviera tiempo de pensar y actuar. La educación y la industria han llevado adelante la tarea emprendida por el ejército. O fue la educación familiar, con profundas raíces democráticas, éticas, morales y con un desmedido amor a la patria?

Fue el caso, sin duda, de los hermanos Adrián, Luis y Eugenio Aguirre Benavides, formados con un arraigo profundo a sus tierras coahuilenses desde la llegada de sus antepasados entre los siglos XVI y XVII. Sus padres fueron Rafael Aguirre Valdez y Jovita Benavides Hernández. El primero, descendiente de Fortunato o Diego de Aguirre, quienes acompañaron a Francisco de Urdiñola a la conquista y colonización del entonces territorio de la Nueva Vizcaya entre 1570 y 1576, y fueron primeros pobladores de Saltillo; y la segunda, descendiente de Alonso de León, también ilustre expedicionario y gobernador de Nuevo León.

El matrimonio Aguirre Benavides tuvo nueve hijos: Adrián, Rosalía, Rafael, Eugenio, Luis, Clotilde, Alfonso, Raúl y Gustavo, de los cuales, como se ha se alado, Adrián, Eugenio y Luis se fueron a la revolución. Cuando Madero inició sus actividades políticas y fundó el Partido Antirreeleccionista para contender en las elecciones como candidato a la presidencia contra la séptima reelección de Porfirio Díaz, los hermanos Aguirre Benavides ya estaban enardecidos por la represión política que había desencadenado el gobierno mediante persecuciones y arrestos. Acusado de incitar al pueblo a la rebelión, Madero fue aprehendido y encarcelado en San Luis Potosí, logrando escapar para reunirse con sus más allegados partidarios en Estados Unidos, donde redactó el Plan de San Luis con su programa de acción para iniciar la insurrección armada.

Ante la inminencia del estallido revolucionario y huyendo de la represión porfirista, la familia Aguirre Benavides se trasladó a San Antonio, Texas, con excepción de Luis y Eugenio que permanecieron en Torreón, donde habían almacenado grandes cantidades de armas, preparándose para el 20 de noviembre, fijado por Madero para iniciar el movimiento.

Los Aguirre Benavides, 1914 (800x666)

El general Eugenio Aguirre Benavides al frente de la Brigada Zaragoza, con su padre Rafael Aguirre Valdés, su hermano Rafael y otros jefes revolucionarios en la partida a la Campana del Sur en Ciudad Juárez, el 12 de febrero de 1914. Colección Particular.

Rafael, otro de los hermanos, fue comisionado por la familia Madero para recoger en San Antonio algunos ejemplares del Plan de San Luis y distribuirlos en Torreón y la zona de La Laguna. Adrián permaneció al lado de Madero y sirvió como su consejero y confidente, encargándose además de comisionar y coordinar a un grupo de valerosas mujeres que se prestaron a pasar armas y parque por el ferrocarril de la frontera de Texas a Piedras Negras. Cuando Eugenio y Luis se enteraron de los sucesos acaecidos en Puebla, tras el descubrimiento de las actividades de los hermanos Serdán, decidieron alcanzar a Madero en Eagle Pass, Texas, y luego trasladarse a San Antonio. Para abril de 1911, Eugenio se había incorporado a las fuerzas insurgentes del movimiento maderista, participando como soldado raso al lado de Antonio I. Villarreal y Cesáreo Castro.

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Las reformas que transformaron al ejército

Martha Beatriz Loyo
FES Acatlán, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Terminada la revolución, en 1917 se emprendió la reorganización de las fuerzas militares que hasta entonces no estaban unificadas y significaban un problema político y económico para la estabilidad del país. Fueron medidas graduales, aplicadas a lo largo de más de una década

PrA?cticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de MAi??xico

Prácticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de México

El 9 de febrero de 1913, a las siete de la mañana, el presidente Francisco I. Madero salió escoltado por los cadetes de El Colegio Militar, del Alcázar de Chapultepec, para dirigirse a Palacio Nacional a donde llegó dos horas después por el acecho de los grupos rebeldes que atacaban el recinto. La actitud de los cadetes es conocida ahora como la Marcha de la lealtad. Esa mañana se inició un golpe de Estado en la capital encabezado por los generales Bernardo Reyes, Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros, nombrado después como Decena Trágica. Al ser herido el general Lauro Villar, comandante de la guarnición de la plaza, Madero nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien lo traicionaría culminando con la renuncia y el posterior asesinato de Madero y del vicepresidente José María Pino Suarez.

El 18 de febrero los gobernadores de los estados recibieron el siguiente mensaje: Autorizado por el Senado, he asumido el Poder Ejecutivo estando preso el Presidente y su gabinete. Victoriano Huerta. De inmediato, el 19 de febrero, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, recibió mediante un decreto expedido por legislatura estatal, el mandato para desconocer el gobierno usurpador de Huerta y poco después formar un ejército para enfrentarlo. Este sería el ejército constitucionalista que Carranza dividió en varios cuerpos con el fin de operar a lo largo del territorio nacional hasta que se restableciera el orden constitucional interrumpido por el golpe militar.

Para algunos historiadores del ejército, desde hace algunos años, este último acontecimiento marcó el momento en el que se establecieron las bases legales para el nacimiento de un nuevo ejército popular en diferentes partes del país, acaudillado por jefes regionales que se unirían a Carranza en su lucha por la legalidad. Sin embargo, no fue sino hasta junio de 1914 cuando en la batalla de Zacatecas, la división del norte, comandada por Pancho Villa, derrotó al último bastión del ejército federal que había sido una institución fundamental en los regímenes de Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. El 15 de julio de 1914 Huerta renunció a la presidencia y casi un mes después, el 13 de agosto, el general del ejército constitucionalista del noroeste, Álvaro Obregón, y el general José Refugio Velazco, jefe del ejército federal, firmaron cerca de la capital, los tratados de Teoloyucan, donde se establecía la rendición y disolución del ejército federal así como la ocupación de la capital por las fuerzas revolucionarias.

Cadetes de la Escuela Militar de AviaciA?n posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Cadetes de la Escuela Militar de Aviación posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

La unilateralidad de esta acción decidida por Carranza, así como la suspensión del servicio del ferrocarril entre México y Chihuahua, marginaron al ejército villista y desde este momento las dificultades entre ellos se hicieron cada vez más evidentes. Sin embargo, el enfrentamiento no se dio pues ambos esperaban imponer sus objetivos en la convención de líderes militares que se inició en Aguascalientes, en octubre.

La heterogeneidad de los representantes revolucionarios impidió que se lograra la unidad entre las distintas facciones y cuando por fin los líderes se enfrentaron, los convencionistas tuvieron que tomar partido y desbandarse. Obregón, el más importante de ellos, siguió a Carranza y resultó ser el militar más hábil de la revolución, como lo demostró al derrotar a Villa en Celaya, Trinidad, León y Aguascalientes, entre abril y agosto de 1915.

Carranza, ObregA?n y Maytorena con la artillerAi??a quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Carranza, Obregón y Maytorena con la artillería quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

Carranza no sólo triunfó sobre sus opositores en el campo de batalla, sino también en el político gracias a una estrategia que le atrajo más simpatizantes. El 19 de octubre fue reconocido por  Estados Unidos, y convocó a un nuevo Congreso Constituyente que diera legalidad y legitimidad a su mandato, promulgándose una nueva Constitución el 5 de febrero de 1917. Allí se asentaba el marco jurídico-legal con el cual los gobiernos posrevolucionarios darían forma a la nueva nación.

Para saber más

  • GUZMÁN, MARTÍN LUIS, La sombra del caudillo, México, Castalia, 2002.
  • LOYO, MARTHA, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, FCE, IIH-UNAM-INEHRM, 2003.
  • PLASENCIA DE LA PARRA, ENRIQUE, Historia y organización de las fuerzas armadas en México 1917-1937, México, IIH-UNAM, 2010.
  • Ver El general, dir. Natalia Almada, 89 min., dvd.
  • Ver La sombra del caudillo, dir. Julio Bracho, 120 min., http://www.youtube.com/watch?v=t2HHSuwmDJg

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El cine como propaganda

Héctor Luis Zarauz López
Facultad de Economía, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La época revolucionaria fue clave en el desarrollo de un cine documental que informaba pero a su vez estaba muy influenciado por promover la figura de los líderes políticos. Francisco Villa fue uno de los que mejor provecho le sacó. Los intentos por hacer un cine menos politizado hallaban escaso eco

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Enrique Molunini y su empresa familiar dedicada a la exhibición itinerante. Col. Ma. de Lourdes Moulini de Altamirano

Como si fuera un set cinematográfico, el país estaba listo en noviembre de 1910 para ser filmado. Entonces, el largo gobierno de Porfirio Díaz era cuestionado por la vía armada, Madero y sus seguidores habían decidido explorar un nuevo guión después de las fallidas elecciones de ese año. La trama, el escenario, las luces y los actores, toda parecía preparado para escuchar el llamado a cámara.

La revolución mexicana fue la primera que se dio en los albores del siglo XX. Su desarrollo coincidió con el establecimiento del cinematógrafo en el mundo y en México adonde apareció desde 1896 cuando llegaron los primeros representantes de la casa Lumière y de la casa Edison, considerados como los inventores del cine.

Como el cine ya había dado sus primeros pasos en nuestro país, la revolución fue un proceso histórico razonablemente bien filmado para su tiempo. Sin embargo, gran parte de los materiales fílmicos que se hicieron entre 1910 y 1920 desaparecieron, ya sea porque fueron mutilados, fragmentados o destruidos. Aun así ha quedado suficiente de él para utilizarlo como un elemento reconstructivo de la historia de la revolución y de esa época.

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revolución hasta la caída de Madero en ARCHIVO HIStÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de Sigüenza y Góngora

Actualidad revolucionaria

Al haber sido depuesta la dictadura de Díaz, las temáticas que habían interesado al cine de ese tiempo desaparecieron (hasta entonces, don Porfirio y su comitiva aristócrata habían sido uno de los imanes de taquilla) y en lo sucesivo el cinematógrafo se centró en el movimiento revolucionario. El espectador dejó de observar imágenes de concordia y abundancia de esa supuesta belle époque que el cine se empeñaba en captar. Ahora el espectáculo sería ver al pueblo mismo en la pantalla y el enfrentamiento armado en contra del dictador y entre las facciones en rebelión.

Durante los años de la Revolución (considerando la década de 1910 a 1920), predominaron dos corrientes en la producción nacional: por una parte, el documental sobre la Revolución, y por otra, las piezas del cine argumental que ya se venían realizando.

Casi la totalidad de filmaciones que se hicieron en estos años fueron documentales-reportajes. Por el contrario, se realizaron muy pocas ficciones, lo cual es interesante si tomamos en cuenta que en el mismo periodo en Estados Unidos se filmaron más de cien dramatizaciones sobre el tema revolucionario. Esto podría responder primero al hecho de que en México la industria no había alcanzado un desarrollo pleno que permitiera hacer este tipo de cine, y segundo a que muy probablemente el público demandaba materiales de carácter informativo que consideraba más fidedignos por ser el retrato de la realidad revolucionaria. De manera que estas cintas son muy cercanas a un trabajo periodístico. Sin embargo, no debe perderse de vista que muchos de estos documentales fueron auspiciados por los propios caudillos que vieron en la filmación un vehículo de promoción de sus figuras.

Dentro de los documentales había dos fines fundamentales. El primero fue el periodístico, por lo cual las temáticas estaban evidentemente ligadas a los eventos de actualidad. Se trataba de filmar aquello que acababa de suceder en torno a las movilizaciones armadas a fin de que el espectador estuviera enterado. Entre estas se pueden citar: Las conferencias de paz en el norte y toma de Ciudad Juárez (1911), Viaje triunfal del jefe de la revolución don Francisco I. Madero desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México (1911), La revolución orozquista (1912), La revolución en Veracruz (1912), La revolución felicista (1913). Además, el camarógrafo Jesús H. Abitia filmó campañas militares de Obregón y Carranza, Francisco Villa contaba con camarógrafos de la Mutual Film Corporation, que filmaron la toma de Ojinaga, Torreón y Gómez Palacios, y los zapatistas tuvieron también camarógrafos que editaron La revolución zapatista (1914). Las huestes huertistas llegaron a hacer uso del cinematógrafo al filmar Sangre hermana (1914). Asimismo, fue registrada la invasión estadounidense por Salvador Toscano, bajo el título de Sucesos de Veracruz (1914).

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de Sigüenza y Góngora

El otro uso importante que tuvo el documental en estos años fue el propagandístico, ya que los documentos cinematográficos, fotográficos, periodísticos, etcétera, eran parte de la lucha de los distintos bandos de la Revolución. Estamos pues ante películas vinculadas a una causa específica y que, en consecuencia, no son piezas desinteresadas y meramente testimoniales que se limitaban a registrar los sucesos del país.

Para saber más:

  • LEAL, Juan Felipe. El documental nacional de la Revolución mexicana. Filmografía: 1915-1921. México, Juan Pablos Editores, 2012.
  • MIKELA UREGUI, José Ramón. La historia en la mirada. México, Filmoteca de la UNAM.
  • MIQUEL, Ángel. “Las historias completas de la Revolución de Salvador Toscano”, Fragmentos. Narración cinematográfica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930. México, Imcine-Conaculta, 2010.
  • ____________. En tiempos de Revolución. El cine en la ciudad de México. 1910-1916. México, UNAM, 2012.
  • ROSAS, Enrique. El automóvil gris. México, 1919, dvd. Filmoteca de la UNAM.
  • TOSCANO, Salvador. Memorias de un mexicano. México, 1950, dvd. Fundación Carmen Toscano.

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Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas /Ai??Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de

Pancho Villa en prisión (1912)

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

Apenas iniciado su gobierno, Francisco I. Madero tuvo que hacer frente a una oleada de rebeliones que buscaban su derrocamiento. El 16 de noviembre de 1911 el general Bernardo Reyes lo desconoció como presidente, siguiéndole pocos días después Emiliano Zapata; cuatro meses más tarde Emilio Vázquez Gómez y Pascual Orozco y, en octubre de 1912, Félix Díaz. Madero, no obstante, subestimó a sus enemigos al considerar que neutralizando a los dirigentes, el problema quedaba resuelto.

Bernardo Reyes
El general Reyes había gozado del apoyo y la confianza de Porfirio Díaz por varias razones, entre ellas mantener el control político y social en el estado de Nuevo León durante sus diversas gestiones gubernamentales; también estuvo temporalmente al frente de la secretaría de Guerra y Marina y fue elegido por los opositores de Díaz, para disputarle a éste la primera magistratura a través del Partido Democrático, aunque acabó por no aceptar la postulación. En cambio, cuando Díaz había partido ya al destierro, contendió en las elecciones presidenciales contra Madero, logrando el apoyo de hacendados y empresarios en diversas zonas del país.

Efectuadas las elecciones, triunfó la fórmula Madero-Pino Suárez, aunque a nivel nacional pronto circularon fuertes rumores de un nuevo movimiento armado iniciado por elementos reyistas, defraudados en sus esperanzas de elevar al poder al general.

En el estado de Morelos, Zapata y muchos otros que también habían brindado su apoyo a la revolución maderista se sintieron decepcionados por la política agraria del presidente y en lo sucesivo se mantendrían en pie de lucha para lograr la devolución de las tierras arrebatadas por la Ley de Terrenos Baldíos invocada por el líder demócrata.

Pascual Orozco
En Chihuahua Orozco, quien se adhirió a la lucha democrática encabezada por Madero, se sintió humillado cuando el líder ordenó el licenciamiento de las tropas revolucionarias y le negó la posibilidad de gobernar su estado natal, relegándolo al cargo de jefe de la Primera Zona Rural. Por otra parte, los proyectos de reforma agraria que el gobernador Abraham González pretendía implantar, con el respaldo del ejecutivo federal, alarmaron a la élite local que, sintiendo amenazados sus intereses, cooptó al antiguo arriero haciéndolo el instrumento mediante
el cual derrocarían a Madero.

El gobierno intentó suprimir la revuelta antes de que cobrara fuerza más allá de sus fronteras. El general José González Salas fue el encargado de combatir a Orozco, pero fracasó en su cometido. Fue entonces cuando Francisco Villa, a instancias de Madero, se unió a la División del Norte Federal comandada por Victoriano Huerta. En sus memorias, aquel señaló que el presidente le había dado la orden para que se pusiera a las órdenes del general Huerta. “No era ese mi programa” dice Villa, “pero ante todo estaba mi obediencia al señor Madero.”

El resultado es conocido: acusado por Huerta de insubordinación y robo, Villa fue puesto frente al paredón, perdonado y enviado a la Penitenciaría de la ciudad de México. El 5 de junio de 1912 Huerta telegrafió a Madero:

En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado, debidamente escoltado hasta esa capital, al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando [...] A Villa le he perdonado la vida ya estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo, por razón de haberme suplicado lo oyera antes de ser pasado por las armas, de cuya entrevista resultó el que yo resolviera abrir una averiguación previa y remitirlo con dicha averiguación, poniéndolo a la disposición de la secretaría de Guerra.

Lecumberri

Félix Díaz
El sobrino de don Porfirio declaró, a mediados de mayo de 1912, al periódico neoyorkino The Sun que la popularidad de Madero estaba perdida, acrecentándose día con día la opinión pública en su contra, debido a que muchos pensaban que una vez obtenido el triunfo, éste sólo había servido para el medro personal y egoísta de la familia Madero, dejando incumplidas las promesas hechas.
Díaz conspiraba activamente a pesar de la nube de agentes que lo vigilaban de cerca en Veracruz. El 15 de octubre, el jefe supremo del movimiento militar efectuó el pronunciamiento, cuyo propósito era “restablecer la paz por medio de la justicia.”

Contra todo vaticinio, el movimiento fue rápidamente sofocado y su dirigente capturado, hecho que causó gran sorpresa en todo el país. Por instrucciones de Madero, se formó un Consejo de Guerra Extraordinario que habría de juzgar a los principales implicados en el movimiento. El tribunal sentenció a Díaz a la pena máxima, sin embargo se logró que la Suprema Corte de Justicia lo amparara puesto que ya no pertenecía al ejército. Después de haber pasado un tiempo en la prisión de San Juan de Ulóa, fue trasladado a la ciudad de México e internado en la Penitenciaría el 24 de enero de 1913.

Los grupos contrarios a Madero, se multiplicaron desde el interior del propio gobierno; miembros del ejército federal bajo las órdenes de Victoriano Huerta se sumaron a la rebelión; Alberto García Granados, secretario de Gobernación, aseguraba tener pruebas de que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, estaba preparado para iniciar la revuelta contra el mandatario y de que Miguel M. Acosta, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas era el encargado de recaudar fondos para dicho movimiento. El descontento general pronto se extendió por todo el país.

La lealtad puesta a prueba
La estancia de Villa en la Penitenciaría fue prolongada y difícil y a tres meses de su confinamiento aún no se le juzgaba. Estaba consciente de que su encarcelamiento era político y que había gente trabajando para evitar su liberación. En una carta enviada a Madero el 21 de septiembre, escribió: “A muchos de sus enemigos les cae como anillo al dedo que yo esté preso, pues he tenido ofrecimientos innumerables, pero si yo soy fiel, el tiempo se lo diría”.

Es interesante subrayar que uno de los mitos relacionados con Villa es que no sabía leer ni escribir y que durante su estancia en prisión aprendió gracias a las enseñanzas del ideólogo zapatista, Gildardo Magaña. Lo cierto es que sí sabía leer y escribir, las cartas escritas en prisión son muestra fehaciente de ello. Obviamente su redacción tanto como su ortografía eran deficientes, pero es claro que había tenido una rudimentaria enseñanza escolar y en el caso de que hubiera conocido a Magaña –hay discrepancias al respecto–, lo más que pudo hacer fue darle a conocer las razones de la lucha zapatista y tal vez ayudarle a mejorar su escritura y su lectura.

En la correspondencia enviada por Villa a Madero desde la penitenciaría, nunca obtuvo ninguna respuesta directa del presidente; éste se dirigió en dos ocasiones al reo a través de su secretario Juan Sánchez Azcona y no intervino para conseguir su excarcelación.

El 7 de octubre Villa había suplicado al mandatario trasladarlo a “algín cuartel de esta ciudad, toda vez que causas muy poderosísimas, que a su tiempo explicar, me obligan a solicitar esa gracia”. Es posible que otros reos políticos estuvieran intentando atraerlo al movimiento que se estaba preparando para derrocar al gobierno constitucional. Los abogados José Bonales Sandoval y Antonio Castellanos, a quienes Villa comisionó para hablar con Madero, formaban respectivamente parte del proyecto de Félix Díaz y Bernardo Reyes sin que, hasta ese momento, él lo supiera.

Un mes más tarde, Sánchez Azcona comunicó al general Villa que “obsequiando los deseos expresados por su defensor el Sr. Bonales Sandoval [el señor presidente ha dispuesto] que sea trasladado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

En su nueva prisión, Villa tuvo oportunidad de conocer al general Bernardo Reyes y quizá de enterarse de sus planes subversivos. Luz Corral escribió después que ella acompañaba a su esposo todo el día y algunas veces, Reyes comió con ellos.

En la prisión militar, Pancho Villa escribió detalladamente los servicios que prestó, a lo largo de la revolución maderista, hasta la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911. Según cuenta en las Memorias, el documento lo realizó como parte de un ejercicio mecanográfico, “sin otro maestro que su firme deseo de aprender”.

Ante los oídos sordos de Madero, a sus reiteradas súplicas de justicia y auxilio, Villa optaría por fugarse de Santiago Tlatelolco y trasponer la frontera mexicana. No obstante que el general protestó lealtad al mandatario, permaneció fiel a su causa y siempre le mostró su admiración y respeto, no encontró reciprocidad en Madero, fue, como bien señala el historiador Friedrich Katz, un amor no correspondido.

Carta Villa-Madero

Carta de Villa a Madero (1912)

Las hojas de servicio

Es necesario aclarar que una versión de lo contenido en los papeles escritos a máquina fue recogida por Manuel Bauche Alcalde, quien se encargaría de escribir las memorias de Villa a principios de 1914. El manuscrito de Bauche tiene básicamente la misma información de las hojas de servicio, pero está más completo porque se subsana lo que al reo le fue difícil recordar y que ya en calma, seguramente auxiliado por compañeros y amigos, pudo corregir. También está más pulido porque Bauche era un hombre culto, había ejercido el periodismo y hablaba varios idiomas. Las hojas de servicios son reveladoras de la personalidad de Villa, de sus sentimientos, manera de ser y expresarse.

Como Chihuahua fue el territorio en el que Villa operó durante la revolución maderista, en su hoja de servicios se destaca su relación con Abraham González, su encuentro con Francisco I. Madero, los hechos de armas en los que participó y todas las dificultades que tuvo que superar para hacerse respetar y ganar adeptos.

El relato comienza prácticamente el 17 de noviembre de 1910, cuando González acudió a comería casa de Villa para definir el plan que consistió en el reclutamiento de tropas: el primero en el norte del estado y el segundo en el sur.

Sin duda, la asombrosa facilidad con la que Villa reunió 375 hombres en cinco días admira a cualquiera. ¿Qué impulsó a estos hombres a dejar hogar y familia para embarcarse en una aventura incierta? Cada uno de ellos tenía una historia detrás. A?Era gente conocida con anterioridad? ¿Estaban en deuda con él? ¿Deseaban proteger sus tierras? ¿Hacerse de ellas? ¿Tenían esperanzas de acabar con la oligarquía terrateniente y elegir libremente a las autoridades? A?Ganar acceso a puestos de elección popular? ¿Les faltaba el trabajo? Es seguro que hubo una combinación de todo esto.

En los primeros enfrentamientos, Villa recibió su primera herida como revolucionario y tuvo que enfrentarse a los problemas que le planteaba su nuevo estatus: garantizar la paga a sus hombres y el continuo suministro de armamento, vituallas y vestimenta, así como la curación de los heridos en combate.

El escrito nos hace imaginar las vicisitudes por las que pasaron los revolucionarios en estos incipientes meses de lucha en los que la organización fue primordial. Los hombres que formaban el contingente revolucionario de Chihuahua eran todos buenos jinetes, avezados en el manejo de armamento, pero sin experiencia en enfrentar a un ejército de línea.

La improvisación de los primeros tiempos de lucha propinó varios reveses a los revolucionarios pues en la Sierra Azul, donde tenían su refugio, pasaron no sólo hambre, sino mucho frío por falta de ropa adecuada y cobijas para soportar las intensas nevadas. Había que aprender a no dejarse sorprender por el enemigo y a no dejar armas ni municiones expuestas a pérdida o abandono. La necesidad de contar con buena caballada podía también hacer toda la diferencia entre la vida y la muerte.

En esta época descrita por Villa, uno de los problemas mayores fue tratar de unificar el armamento pues lo había de diferentes marcas y calibres, lo que complicaba el correcto abastecimiento de cartuchos y municiones. Las haciendas consideradas propiedad de los enemigos de la Revolución, sirvieron también para abastecer a los revolucionarios. Tampoco faltaron administradores a favor de la causa que pusieron a su disposición trojes repletas de maíz para la caballada, ganado para alimentar a la tropa y tortillas hechas por mujeres en las casas de cuadrillas. Pero hubo ocasiones en que Villa tuvo necesidad de entrar subrepticiamente a Chihuahua, para proveerse de artículos de primera necesidad como azúcar y café para sus hombres. Estar pendiente de las necesidades de su gente lo convirtieron en una figura paternal.

Uno de los episodios destacados por Villa en las hojas de servicio, fue su primer encuentro con Francisco I. Madero en la hacienda de Bustillos: “Nombre, Pancho Villa que muchacho eres, yo que te creía tan viejo, pues quería conocerte para darte un abrazo por lo mucho que se habla de ti y lo bien que te has portado, ¿qué tanta gente tienes?” Para entonces Villa había aumentado su contingente en 700 hombres, pero como él mismo dijo estaban “mal armados”

En abril de 1911 durante la marcha hacia Ciudad Juárez, plaza fronteriza que los revolucionarios esperaban tomar y controlar, ocurrió el primer connato de sublevación de la gente de Pascual Orozco en contra del presidente provisional, cuando los jefes José Inés Salazar, Luis A. García y Lázaro Alanís trataron de desconocer a Madero. Orozco había rehusado acatar las órdenes dadas por el mandatario para que desarmara a sus hombres, argumentando que podría haber un alto costo en vidas.

Por órdenes de Madero, Villa controló la insubordinación “sin que hubiera habido un solo muerto y sí uno que otro golpeado, de los que trataban de oponer resistencia”. También de acuerdo con el mandatario, entregó el armamento y parque a Orozco. Estas fueron las inconsistencias del presidente provisional, conservar a su lado a hombres levantiscos, sin medir los riesgos futuros.

Los revolucionarios llegaron al rancho de Flores, cerca de Ciudad Juárez, situado a orillas del Río Bravo, donde según el escrito fueron recibidos cariñosamente por las familias del lugar: Madero “caminaba a pie al igual de todas las fuerzas. Parte de estas hicieron jornadas más cortas para servirle de escolta y hacerle menos penosa la travesía. Él iba tapado con un sarape pinto que le hacía confundirse entre el grueso de la tropa, entre la cual se le podía haber tomado por un simple soldado y no por el C. presidente de la República”.

La opinión del general Benjamín J. Viljoen de que era imposible tomar Ciudad Juárez dada la fortificación de la plaza decidió a Madero retirar las tropas hacia el sur para evitar complicaciones internacionales. Villa y Orozco insistieron en que, por dignidad, se debería procurar el asalto “pues era vergonzoso retirarnos sin siquiera haber intentado dicho ataque”. El 8 de mayo ocurrió una inesperada ofensiva a Juárez; Madero ordenó cesar el fuego pero su mandato no fue escuchado, dado que existía el acuerdo entre Pascual Orozco y Francisco Villa para tomar la plaza. Al día siguiente los revolucionarios empezaron a tomar posiciones para el asalto final. El 10 con los cuarteles federales rodeados, exhaustos por el cansancio, el hambre y la sed, los defensores se rindieron. Villa describe la magnitud de la sorpresa de Madero cuando se enteró de que Ciudad Juárez había caído en manos de los revolucionarios.

Uno de los problemas que tuvo que resolver Villa, después de recoger a sus muertos y darles sepultura, fue procurar alimento para los vencidos y para su propia gente: Y aunque comprendía que mis fuerzas estaban en iguales condiciones de hambre que ellos, creí de mi deber como vencedor, procurar primero a los vencidos, quienes al verme entrar con dicho comestible [costales de pan] me aclamaron llenos de gratitud. De ahí me fui a hacer igual operación con mis soldados, más como no alcanzara el pan para todos, organicé escoltas con sus respectivos oficiales y clases, con orden de salir a buscar alimentos.

Lo más increíble de la narración es que Villa se dirigió al cuartel general donde estaban prisioneros los oficiales y se llevó a nueve de ellos a El Paso, Texas, “donde comimos con la mayor fraternidad”. Lo inconcebible no fue que los hubiera invitado a comer, sino que los oficiales vencidos en campaña regresaran a territorio mexicano. Era una época en que la palabra de honor valía y se respetaba.

Villa cierra las hojas de servicio tocando dos aspectos más: el connato de sublevación que intentaron él y Orozco en contra de Madero, por haberse opuesto al fusilamiento del general Juan N. Navarro. Tarde descubrió Villa el ardid de Orozco quien habiéndole ordenado desarmar a la guardia de Madero, ignoró el hecho en el momento mismo, haciéndolo aparecer como el instigador de la insurrección.

Por considerarse “hombre de sentimientos y vergüenza”, Villa puso punto final a su actuación revolucionaria, en esa primera etapa, entregando a Raúl Madero el mando de sus tropas.

El epílogo
De la sencillez de Madero, de su carácter bondadoso, de su desprendimiento, surgieron la admiración, el respeto y la lealtad que Villa le profesaría hasta su muerte. El hecho de que Madero fuera rico terrateniente y empresario y arriesgara su comodidad y su fortuna en una empresa que se antojaba titánica le valió su incondicionalidad.

Abraham González jamás dudó de la lealtad de Pancho Villa y es posible que Madero tampoco dudara, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué orilló al mandatario a distanciarse de su antiguo aliado? ¿Cómo fue que Villa cayó en desgracia? Aquella felicitación que envió Madero luego de sus triunfos sobre Orozco, poco antes de que Huerta intentara fusilarlo en Jiménez, Chihuahua, había perdido todo sentido: “Estoy verdaderamente satisfecho de tu conducta y te aseguro que además de la legítima satisfacción que has de sentir de servir una causa justa y de ser leal conmigo, haré de modo de recompensar debidamente los servicios que has prestado a la República”.

Abraham González trató de hacer valer su influencia con Madero para ayudar a Villa y puso todo lo que estuvo de su parte para liberarlo. La actitud del presidente fue distinta, pues confió más en el ejército federal que en aquellos que lo habían llevado al poder.

Villa escapó de la prisión militar de Santiago Tlatelolco y mantuvo con firmeza su lealtad al presidente y al gobernador de Chihuahua, quienes poco después fueron traicionados por Victoriano Huerta y asesinados por órdenes suyas. En adelante, Villa se empeñó en una lucha, la constitucionalista, para vengar la muerte de aquellos benefactores y amigos suyos.

PARA SABER MÁS:

  • Francisco L. Urquizo, La ciudadela quedó atrás, México, Summa mexicana, 2009.
  • Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato autobiográfico 1878-1914, México, Taurus, 2005.
  • Cuartelazo, Alberto Isaac, dir. Imcine, dvd.

A lomos de la Revolución. Las portadas del semanario Siempre! en los aniversarios del 20 de noviembre (1960-1985)

Revista BiCentenario # 18

Lara Campos PérezAi??/ ENAH / Universidad Complutense de Madrid

Como todo proceso histórico convertido en argumento político, la Revolución de 1910 ha experimentado, a más de cien años de su estallido, múltiples y variadas lecturas. Las sucesivas reinterpretaciones en torno a qué fue y qué significó este acontecimiento en la vida presente del país y qué consecuencias iba a tener en sus expectativas de futuro fueron encontrando momentos de cristalización en las conmemoraciones anuales de su inicio, cada 20 de noviembre, pues éstas brindaban el espacio simbólico adecuado para este tipo de reflexiones. Si durante los años siguientes al final de la fase armada, debido tanto a la inestabilidad política como a las múltiples lecturas de que fue objeto, la atención a este recién creado mito político fue escasa, a partir de la década de los 30, cuando se institucionalizan oficialmente los festejos conmemorativos, fue adquiriendo cada vez mayor espacio en el imaginario, hasta llegar a ocupar un lugar hegemónico en las décadas de los 60 y 70. Sin embargo, al mismo tiempo que se consolidaba como mito contemporáneo de la nación mexicana fueronSiempre 2 surgiendo opiniones discrepantes, tanto respecto a lo que había sido la Revolución en sí, como a los usos que de ella hacía la clase gobernante en turno.

Una de esas voces discordantes fue la que quedó plasmada tanto en los textos como en las imágenes del semanario Siempre!. Esta revista, que se sigue publicando todavía hoy y que ha contado entre sus dibujantes con figuras tan relevantes como Antonio Arias Bernal, Jorge Carreño o Jorge Aviñas, fue fundada en 1953 por el periodista José Pagós Llergo. Desde que salió a la luz, lo hizo con la intención, como señaló su director en el primer número (27 de junio de 1953), de ser imparcial y crítica en los asuntos sociales y políticos que iría abordando a través de sus páginas; una crítica que se fue volviendo paulatinamente más dura y descarnada en relación al grupo en el poder que se había arrogado el privilegio de gestionar la memoria y la herencia de la Revolución de 1910. Las portadas del semanario Siempre!, conocidas y comentadas por aquellos sectores sociales interesados en la vida política del país, muestran, en el periodo que transcurre entre 1960 y 1985, las metáforas visuales más habituales con las que este medio de comunicación identificó a la Revolución, al mismo tiempo que nos permiten percibir las transformaciones que se produjeron respecto tanto a su significado, como a los usos políticos que se hicieron de ella.

Siempre

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PARA SABER MÁS:

  • Javier Garcíadiego, “La Revolución mexicana: distintas perspectivas”, Historia mexicana, vol. LX, no 2, 2010.
  • David E. Loery, “The problema of Order and the Invention of Revolution Day, 1920s-1940s”, en William Beezley y David E. Loery (coords.), ¡Viva México! ¡Viva la Independencia! Celebrations of September 16, Delaware, Scholary Resources, 2000.
  • Jaime Soler Frost (ed.), Los pinceles de la historia. La arqueología del régimen: 1910-1955, México, Munal, 2003.
  • Película: Reed. México insurgente, dir. Paul Leduc, 1973.

El trabajo propagandístico de los profesores carrancistas durante la revolución mexicana: el caso de Santiago Pacheco

Jaime Eduardo Figueroa Daza – Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

 

Gral. Venustiano Carranza

El movimiento constitucionalista se valió de profesores para difundir su mensaje y llegar a sectores indígenas monolingües alejados del desarrollo y el significado de la revolución mexicana. En seguida daremos a conocer el caso del profesor Santiago Pacheco, quien llevó a cabo una interesante y bien diseñada campaña por territorio yucateco entre abril y septiembre de 1915, con la misión de convencer a los pobladores de que el proyecto encabezado por don Venustiano Carranza era el único y, por tanto, el mejor que podía llevarse a cabo.

Veamos los sucesos con detenimiento…

Entre noviembre de 1914 y julio de 1915, la revolución experimentó una de sus etapas más críticas, por el endurecimiento militar “las batallas del Bajío guanajuatense” y el apogeo de una guerra ideológica que trataría de legitimar, por un lado al gobierno de Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y por el otro al presidido por los convencionistas, cuyo ejército estaba encabezado por Francisco Villa, y tenían el respaldo de Emiliano Zapata.

Presidencia Municipal Yucateca

Presidencia Municipal Yucateca

La lucha armada permitió ocupar territorios y declararlos constitucionalistas o convencionistas, según fuera el caso. Sin embargo, persuadir a la desesperada población de que el bando triunfante lograría la anhelada paz y se abocaría a construir una nación más justa, se convirtió en un objetivo difícil de alcanzar. La persuasión, entonces, sería la otra arma que, “bien utilizada” otorgaría la añorada legitimidad a los combatientes. En atención a ello, los constitucionalistas, a diferencia de los convencionistas, pusieron en marcha una campaña propagandística que, para su tiempo, se puede considerar innovadora, bien planificada, sistemática y certera: su labor informativa giró en torno a la divulgación del proyecto de mejora social propuesto por Venustiano Carranza en las Adiciones al Plan de Guadalupe, al tiempo que procuraba contrarrestar la popularidad de Villa, Zapata y los convencionistas.

Los convencionistas, por su parte, publicaban periódicos, pegaban avisos, celebraban reuniones y, sobre todo, confiaron en la popularidad que Villa y Zapata tenían entre los mexicanos, lo que, sin duda, les sumaron adeptos. Esto fue insuficiente, pues carecieron de un centro de información expreso y oficial que pudiese contraatacar las acciones de los constitucionalistas.

Para lograr su cometido persuasivo, los partidarios del carrancismo encabezados por Álvaro Obregón, Rafael Zubarán, Alberto J. Pani, Jesús Urueta, Luis Cabrera y el Dr. Atl (Gerardo Murillo), entre otros fundaron, en noviembre de 1914, la Confederación Revolucionaria, con el fin de coordinar los esfuerzos civiles y militares para unir a la sociedad mexicana en pro del constitucionalismo. Desde su nacimiento, la Confederación se convirtió en la instancia propagandística de mayor importancia en la nueva etapa revolucionaria.

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La Confederación Revolucionaria delegó sus responsabilidades a los ministerios de Gobernación y de Instrucción Pública y Bellas Artes en febrero de 1915. La primera instancia tuvo a su cargo la Oficina Central de Información y Propaganda Revolucionaria (OCIPR), que al poco tiempo se convirtió en un organismo independiente de Gobernación, debido a la envergadura que alcanzó la guerra civil durante el primer semestre de 1915. La segunda, en coordinación con la OCIPR, efectuó el despliegue oficial de profesores, a lo largo del territorio constitucionalista, como difusores ilustrados de la “doctrina carrancista”.

A continuación, damos cuenta del trabajo de convencimiento llevado a cabo por el profesor Santiago Pacheco en algunas comunidades de Yucatán, labor que ejemplifica la buena organización propagandística que echaron a andar los constitucionalistas durante el periodo de “guerra ideológica” que se menciona líneas arriba y de la cual Pacheco Cruz ha dejado memoria impresa en su obra Recuerdos de la propaganda constitucionalista en Yucatán (1956).

Es importante seAi??alar que el proceso revolucionario en Yucatán fue diferente al resto del país, debido fundamentalmente al férreo dominio social ejercido por la clase gobernante en complicidad con los caciques, situación que no libraría a la península de las rebeliones y los enfrentamientos bélicos, aunque fueron menos si comparamos con otras regiones. Entre 1911 y 1914 Yucatán tuvo siete mandatarios; uno de ellos, Eleuterio Ávila, el primer gobernador carrancista del estado, decretó la liberación de los jornaleros, pero debió retractarse ante la amenazante oposición de los hacendados. Al poco tiempo, una rebelión lo derrocaría, lo cual fue el preámbulo de los siguientes gobiernos afines al Primer Jefe: Toribio de los Santos, primero, y Salvador Alvarado, después. Alvarado, distinguido militar sinaloense, tuvo como meta la reconciliación social en Yucatán, para lo cual se apoyó en el trabajo de los profesores propagandistas, como veremos a continuación.

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El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson

Graziella Altamirano Cozzi - Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

El peligro de una inminente invasión militar se cernía sobre México en febrero de 1913.

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El fantasma de la intervención acechaba amenazante en los círculos políticos y diplomáticos del gobierno de Francisco I. Madero como resultado (y parte esencial) de la estrategia de presión instrumentada por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, la cual contribuiría de una manera decisiva para precipitar los graves acontecimientos políticos de la Decena Trágica que culminarían con el derrocamiento del gobierno mexicano y los asesinatos del presidente Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez.

Sobre la Decena Trágica aún quedan numerosas preguntas que responder sobre las causas que produjeron la caída del régimen maderista y los móviles de los grupos políticos que lo derrocaron, pero sobre todo en torno a los grandes intereses que estuvieron detrás de la diplomacia de Estados Unidos, compuesta de amenazas, provocaciones e intrigas a través de un embajador, del que se ha dicho que actuaba sin el consentimiento de su gobierno, aun cuando existen fuentes que sugieren que sí compartió con él la responsabilidad de lo sucedido en México del 9 al 22 de febrero de 1913. El régimen de Madero, además de enfrentar conspiraciones y levantamientos armados, de padecer las críticas de una implacable prensa y no contar con el apoyo cabal de sus colaboradores, tuvo que sortear las exigencias y los reclamos del gobierno de Estados Unidos, así como la evidente hostilidad de su embajador.

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Cuando Madero ocupó la presidencia, en noviembre de 1911, todo parecía indicar que contaba con la aceptación del gobierno de Estados Unidos. Lo que más le interesaba en ese momento al presidente William H. Taft era que se preservara la tranquilidad interna en México, con el fin de que los intereses económicos de su país prosperaran en un ambiente de orden y legalidad.

Sin embargo, ante la fragilidad que presentaba el orden social por la ola de huelgas y las crecientes revueltas antimaderistas que tuvieron lugar en algunas regiones del país, esa política de apoyo muy pronto habría de cambiar, y la tolerancia y aceptación que aquel gobierno mostró en un principio al presidente mexicano se iría transformando en una actitud hostil y amenazante basada en las exigencias de protección a las vidas y a los intereses estadounidenses.

Sin duda, fueron muchos los factores que contribuyeron al cambio de actitud de Estados Unidos. Se ha afirmado que influyó la hostilidad personal del embajador Henry Lane Wilson hacia el presidente mexicano y su poca confianza en la política interior; que tuvo efecto, desde luego, el peligro que corrían los intereses de algunos estadounidenses con grandes inversiones en México, con los que el embajador mantenía estrechos vínculos financieros. Se ha dicho, también, que algunas medidas tomadas por el gobierno de Madero afectaban ciertos intereses enfilados hacia los campos petroleros. Lo cierto es que todo sirvió de pretexto y argumento para que, a lo largo del año de 1912, Estados Unidos llevara a cabo una agresiva política hacia México, que pasó de los avisos y advertencias a las exigencias y amenazas, y cuyo móvil aparente fue la protección de los ciudadanos de aquel país residentes en el nuestro.

Desde los primeros meses de ese año, la política estadounidense hacia México se volvió más dura, y las relaciones se tornaron ásperas, principalmente por la antipatía del embajador Wilson hacia el presidente Madero, a quien consideraba incapaz de sofocar las revueltas y restaurar el orden y al que constantemente descalificó y calumnió en los informes alarmistas que envió a su gobierno. Decía que la oscilante actuación de Madero, apático, ineficaz, cínicamente indiferente o estúpidamente optimista, se debía a cierta debilidad mental que lo imposibilitaba para el puesto.

Sin lugar a dudas, Wilson fue el promotor del envío de las amenazantes notas de su gobierno a la cancillería mexicana en ese año, como la del 15 de septiembre, considerada por historiadores como Friederich Katz como la más insultante exposición que se haya hecho a gobierno alguno. En ella, con un tono arrogante y ofensivo se hacía responsable al gobierno de los actos que ponían en peligro las vidas y los intereses de los estadounidenses residentes en México, en particular en los casos concretos de un reducido grupo de inversionistas, a quienes empezaba a afectar la política maderista de suspender subsidios y prebendas de la época del Porfiriato.

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Surcar con luz y abonar con miradas: Filmando el campo mexicano

Abe Yillah Román Alvarado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Desierto adentro, Rodrigo Pla

Si consideramos que los materiales fílmicos son documentos que revelan cómo se ha visto e interpretado un tema en diversos momentos y espacios socio-culturales, en el cine mexicano se advirtió durante varias décadas la intención de construir un imaginario social del agro desde la visión de las clases en el poder, las cuales veían con recelo y reserva las demandas de los de abajo. Por ello, desde sus inicios, la producción cinematográfica nacional ocultó con un halo romántico el anhelo agrícola social de la Revolución, que buscó un cambio completo en la tenencia de la tierra tanto como los esfuerzos de redistribuirla que se alcanzarían con la reforma agraria cardenista.

Tras la Revolución armada, se produjeron relatos rudimentarios con el campo como escenario (por ejemplo En la hacienda, de Ernesto Vollrath y El caporal, de Miguel Contreras), que inauguraron el ambiente idílico campirano y sus personajes arquetipo (campesinos heroicos, caciques malvados, indias sumisas, etcétera). Fueron antecedentes directos de célebres filmes posteriores. Así, dado que el campo era tan cercano y a la vez tan desconocido para las clases en el poder, se engrandecía la belleza del paisaje e idealizó la pureza y lealtad de los campesinos al instaurar en la pantalla grande argumentos dramáticos que evidenciaran el maltrato a los peones y defendieran la hacienda como una importante institución económico-social amenazada por la insensible y obstinada exigencia de hacer ejidos.

Los herederos, Rodrigo Polgovsky

El cine posrevolucionario de tema rural tomó así tres vertientes: la primera contempla las imágenes de postal, resultantes del exagerado gusto por las luces y sombras erigido por el cineasta ruso Sergei Eisenstein en la década de 1930, influyendo en películas apegadas a un nacionalismo a ultranza, con cierto contenido crítico, como Janitzio, de Navarro y Redes, de Zinnemann (ambas de 1934). En esta línea, hubo interesantes esfuerzos gubernamentales de producción cinematográfica, algunos patrocinados por la Secretaría de agricultura y fomento e incluso por el Partido Nacional Revolucionario, en el marco de la Reforma Agraria, pero ninguna de estas cintas se pudo vincular con la política cardenista. De allí que el tópico viraría a las historias ingenuas y taquilleras de la comedia ranchera.

Esta segunda vertiente, impulsada por grupos opuestos a Lázaro Cárdenas, desarrolló el estereotipo de una provincia mexicana más próxima al siglo XIX que al XX; la intención era que los reveses que el estado propiciaba a las clases acomodadas pudieran ser revocados en la pantalla grande mediante un falso gusto campirano, tal y como sucede en Allí en el rancho grande, de Fernando de Fuentes (1936). Entonces los ambientes fueron haciendas dichosas y pueblos impecables y festivos, que dejaban los del campo propiamente dicho, generando todos los arquetipos de lo mexicano: sarapes, sombreros, un amplio repertorio de trajes tAi??picos, canciones populares, mariachis, tequila, cantinas, juegos de azar, muchachas enamoradas y algunas valentonas.

Definió a la tercera vertiente la mancuerna de Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa, guiados por el auge del indigenismo y la antropología cívica en nuestro país. Mientras el primero dirigía escenas agobiadas de dramas protagonizados por indias bonitas y nobles campesinos, cuya fatalidad los volvía indomables, estoicos e impasibles, a través de sus imágenes el segundo desarrollaba un estilo sensible, plagado de encuadres e inspirado en el claroscuro del país rural registrado por el muralismo. Este cine inició el mito del campo y los campesinos envueltos por la tragedia, en sitios entre estancados y heroicos, territorios desconocidos de topografía infinita y pueblos abandonados o adoloridos por la gesta revolucionaria. Fue un estilo fulminante que impuso la época de oro del cine mexicano (caracterizada por actrices-divas como Dolores del Río, María Félix y Columba Domínguez), que encasilló toda capacidad expresiva y sirvió de modelo hasta los años 1990 (El cometa, de Marise Sistach y José Bull, 1998).

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Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

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