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Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York

Roberto Fernádez Castro - Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Mariano Azuela, médico de profesión, simpatizante de Madero y después villista, ocupa uno de los sitios más importantes dentro de la narrativa mexicana. Si es verdad que la fuerza de sus obras reside sobre todo en su honradez, el amor entrañable que expresó por la gente y las cosas de México explican por qué en sus novelas quiso exhibir virtudes y lacras por igual. Su verdad consistió en ofrecer, con la mayor fidelidad posible, una imagen del pueblo mexicano y de lo que somos. Por eso, en más de una ocasión, hizo crítica de una Revolución en la que él mismo había participado. La necesidad de decir o de gritar lo que pensaba y sentía, con tal de no traicionarse a sí mismo, le llevó a ser también censurado, pero como él mismo dijo, lo comprendieron los que más le importaban, los revolucionarios auténticos e íntegros.

JosAi?? Clemente Orozco

           José Clemente Orozco

Entre las obras más notables de Mariano Azuela se encuentran Mala Yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Los de abajo: Cuadros y escenas de la revolución mexicana (1916), Los caciques (1917), La luciérnaga (1932), El camarada Pantoja (1937) y Nueva burguesía (1941). Sin embargo, Los de abajo, ese “grande y terrible librito”, como se dijo de él en Madrid cuando comenzó a ser conocido por los críticos literarios de la época, fue la obra de Mariano Azuela que muy pronto se ganó un lugar entre los esfuerzos literarios más representativos en Hispanoamérica, junto a Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos y Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Güiraldes. La novela se publicó por primera vez en El Paso, Texas y su impacto en Estados Unidos sería considerable, aunque sólo algunos años después. La historia de su fama en esta nación comenzó en 1929, en Nueva York.

Orozco, "La batalla" IlustraciA?n para The Underdogs, 1929

Orozco, “La batalla” Ilustración para The Underdogs, 1929

Siendo todavía muy joven, Anita Brenner fue comisionada por la Universidad Nacional de México para realizar una investigación sobre arte mexicano en colaboración con los fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston. Aunque estudiante de nacionalidad estadounidense, ella había nacido en Aguascalientes en 1905 y parte de su niñez trascurrió en México, de modo que cuando regresó a Estados Unidos en 1928, después de cumplir su compromiso con la Universidad, se dedicó a preparar la publicación de su libro Ídolos tras de los altares (1929), se encargó de editar la sección de temas latinoamericanos de la revista The Nation y, lo más importante, la editorial Alfred A. Knopf le propuso encargarse de traducir al inglés Los de abajo. Ella había publicado algunos fragmentos de la novela en The Nation, sin pedir permiso a nadie, así que fue la primera que recibió las felicitaciones por dar a conocer un relato tan vivo y tan desconocido de la Revolución mexicana. Advirtió desde entonces que la obra era casi intraducible por las dificultades que implicaba encontrar el significado apropiado de algunas palabras y expresiones de habla popular empleadas. En cualquier caso, Mariano Azuela rechazó la propuesta de Knopf porque en esos días había comprometido ya la traducción con la editorial Brentano; lo interesante es que en una carta que Anita dirigió al doctor Azuela en enero de 1929 le sugirió que José Clemente Orozco debería ilustrar la obra, pues acababa de hacer unos dibujos a los que ella misma había bautizado como Los horrores de la revolución, que correspondían exactamente con el momento emocional de Los de abajo y además eran los únicos que tenían la fuerza debida. Por el momento, el asunto quedó ahí, aunque más adelante Anita se haría cargo de traducir Mala Yerba con el título de Marcela. A Mexican Love Story (1932).

JosAi?? Clemente Orozco, "Bandit and girl", hecha para la revista The Underdogs, 1929

     José Clemente Orozco, “Bandit and girl”,      hecha para la revista The Underdogs, 1929

José Clemente Orozco es nuestro segundo personaje clave. El artista, que desde 1904 perdió su mano izquierda en un accidente manipulando pólvora, era conocido en México primero como caricaturista de los periódicos El Imparcial, El Ahuizote, El Malora, La Vanguardia y El Machete, pero sobre todo como el autor de los murales de la Escuela Nacional Preparatoria pintados entre 1923 y 1926. Sin embargo, tras los ataques de algunos estudiantes y mujeres católicas que consideraron ofensivos parte de sus temas, el propio Orozco sustituyó y modificó los frescos que fue- ron dañados o destruidos. Al final, se conservó en ellos la imagen de los campesinos revolucionarios junto al banquete de los ricos ridiculizados. Es cierto que el propio Orozco escribió en su Autobiografía que la revolución fue “sainete, drama y barbarie”, pero lo más importante es que él, como Azuela, tampoco necesitó penetrar clínicamente en la mente de los revolucionarios para convencer a sus espectadores. Sus obras son un enjuiciamiento de la raza humana, describen con espantosa sinceridad y honradez la insensata carnicería que implica toda guerra civil, con escenas donde unos a otros se matan y se ultrajan. Lo único que sobrevive es el sentimiento de dolor que se trasmite al espectador para extrañarlo de la violencia, del egoísmo despiadado y de la animalidad, para que no se acostumbre a la brutalidad.

Orozco, "Soldaderas" para la revista The Underdogs, 1929

Orozco, “Soldaderas” para la revista The Underdogs, 1929

Orozco salió de la estación Colonia con rumbo a Nueva York el 11 de diciembre de 1927, pero tuvo que pasar como inmigrante, mediante declaraciones bajo juramento y pagando diez dólares adicionales, una suma de poca importancia, salvo porque viajaba entonces sólo con recursos para el pasaje de ida y tres meses de subsistencia que generosamente le facilitó don Genaro Estrada, entonces secretario de Relaciones Exteriores. Comenzaban los tiempos difíciles para la economía estadounidense y la vida material era muy cara, más que la primera vez que había estado en San Francisco diez años atrás. Esa misma razón le impidió encontrar pronto un apartamento para trabajar; primero pasó el invierno en un frío sótano de Riverside Drive, a una cuadra de la Universidad de Columbia, después instaló su estudio al oeste de la calle 22, donde comenzó a pintar y a dibujar sus primeras impresiones acerca de Nueva York.

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